sábado, febrero 17, 2007

SEXTA ENTREGA



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SEGUNDA PARTE


1.
        Una mirada en distorsión hacía un recorrido por alrededor. Un vaso vacío sobre la mesa junto a una botella de vino tinto a medio acabar. El salón decadente, oscuro, decorado con muebles viejos de épocas perdidas en la memoria; papel de flores en las paredes, olor a cerrado, a casa vieja, a muerto; todo marchito, pero limpio. James estaba sentado en un sillón de color verde oscuro, bajo la luz macilenta de una lámpara de pie. Al lado del vaso vacío y la botella de su vicio, un cuaderno a medio escribir y una pluma. En su rostro hundido, ruinoso y triste como todo su entorno, una mueca de amargura lo inunda.
        Se movió y con un pequeño impulso echó su cuerpo hacia delante, llevándose las manos a la cara.. Parecía que lloraba, aunque más en su atormentado interior. Luego vertió el vino en el vaso, hasta el mismo borde, y lo bebió de un solo trago inclinando la cabeza para detrás a medida que lo pasaba por la garganta.
        Sonó el teléfono.
        James se levantó con desgana, de lo profundo del sillón, y se acercó para atenderlo.
        –¿Sí? ¿Dígame?
        –¿James? –preguntó una voz de mujer.
        –Sí. ¿Quién es? –dijo extrañado, pues no tenía ninguna mujer ni nadie que lo llamara.
        –Soy Exex.
        Repentinamente su cara se iluminó de una alegría imprecisa, y, con el corazón en un vuelco por la sorpresa, sostenía el auricular tembloroso por los nervios. ¡Por fin se decidió a llamar y sólo habían transcurrido cinco días! Esto marcha; pensó.
        –Necesito verle –dijo Exex, con cierta inquietud.
        –¿Cuándo?
        –Ahora.
        –Estaré encantado… ¿Dónde nos vemos?
        –No sé… donde sea –respondió.
        –Puede venir aquí, a mi casa –propuso James, después de dudar por unos segundos, con el atrevimiento que le daba no estar del todo en sus cabales por efecto del alcohol.
        –Muy bien… De acuerdo –aceptó Exex.
        –Entonces, venga al 144 de la 153nd. street, en el Bronx, al piso segundo letra F.
        –Ahora mismo voy para allá –y colgó sin decir una palabra más.
        James se quedó pasmado con el auricular en la oreja, como si no creyera del todo lo sucedido. Suponía que la conversación iría para más, aunque, de todas formas, por lo menos ella iba a su encuentro. Se sentía mejor por eso, pero el miedo y la inseguridad le desbordaban. Colgó el teléfono. Las manos las tenía empapadas de sudor.
        Recogió la botella, el vaso, y guardó en un cajón del viejo aparador la libreta con sus escritos, no sin antes arrancar unas cuantas hojas que tiró a la basura.
        Fue al baño y se miró en el espejo, apoyándose con ambas manos sobre el lavabo. Se observaba largo y tendido, haciendo gestos con los ojos entornados, ensayando guiños y frases hechas, comportándose tal como no era. Tras un rato, no muy satisfecho, salió hacia el salón donde empezó a caminar impaciente de un lado para otro, arrastrando los pies por el desgastado parquet. Paró un momento para sonarse la nariz y luego regresó al baño, esta vez para perfumarse. Abrió el armarito, sacó un frasco de colonia azulada, marca Brummel, y se perfumó profusamente. Olía fatal.
        Otra vez en el salón continuó con su arrastrar de pies por el suelo, de un lado para otro. Respiraba hondo y expulsaba el aire con lentitud, no podía controlar los nervios. Su alteración era tal que le entraban ganas de orinar. Iba y venía del baño. Se acercó al frigorífico y le metió un tremendo lingotazo a una botella. Tenía que armarse de valor. Respiraba hondo y exhalaba. Se calmó por un momento, pero su visón era más borrosa. Daba igual, sabía controlar ese detalle, llevaba tantos años metido en la bebida como para no estar acostumbrado, además, tres litros eran poco para él, lo pasaba mal a partir de los seis, cuando perdía la conciencia y más tarde deliraba sin acordarse de lo que hubiera sucedido. También solía pasarlo mal, y peor aún, cuando su sangre estaba limpia de todo rastro de alcohol.
        El espejo del baño volvía a reflejar gestos, poses ridículas, y era testigo de la inseguridad emocional de un hombre realmente acabado. Era James Khan, desastroso solterón y mediocre burócrata de ventanilla.
        Por fin sonó el timbre y corrió torpemente para abrir, tratando de que no se oyeran los pisotones desde afuera. Abrió la puerta y su corazón palpitaba con una fuerza desconocida.
        –¡Hola, Exex!... Pase, pase…
        Ella entró sin decir palabra y James cerró la puerta dando un portazo sin querer.
        –¡Oh! ¡Esta puerta! –exclamó tratando de excusarse–. La engrasé el otro día… Pero bueno, aquí… aquí puede sentirse como si estuviera en su casa –agregó, entrecortado por los nervios.
        Exex, sin quitarse el abrigo de cuero negro, se sentó en el sofá después de dejar la maleta a un lado de la puerta. Miraba el lugar y su bigote casi se sobrecogía de ver tan decadente espectáculo.
        –¿Qué le pasa? La veo preocupada –preguntó James, tragando saliva por la tensión, a la vez que se le acrecentaban las ganas de mear.
        –Sucedió algo inesperado… Necesito quedarme en su casa por unos días –fueron sus primeras palabras.
        James se sentó frente a ella, en otro sillón, quedando ambos separados por una mesita baja.
        –Dígame… ¿Qué es lo que le pasa?
        Exex, sin poder evitarlo, rompió a llorar de improviso. No había sido capaz de digerir lo sucedido con O’Kelly, ya fuera por su juventud o porque de algún modo sentía ahogarse dentro de un mar de remordimientos, de una culpa que sobrepasaba cualquier previsión. Todo le salió mal desde que llegó a Nueva York, su relación fallida con los hombres y cierto rechazo que sufrió en su entorno laboral tras el suceso con Belmont y su muerte inesperada. El destino, sin duda, no le había acompañado y se sentía indefensa ante una inmensidad que se veía imposibilitada de dominar, y ésa fue, precisamente, la razón por la que decidió marcar un número que días antes le dieron en la puerta de un supermercado, pues aquel hombre le pareció, en contraste con O’Kelly, un verdadero trozo de pan.
        –¡He matado a un hombre! –confesó motivada por la angustia y la preocupación–. ¡He matado a un hombre! ¡Necesito que me ayude! –y lloraba, incontenible, como una chiquilla.
        James se acercó hacia ella y la abrazó, de una manera paternal, que le hizo olvidarse por unos instantes de sus ganas de orinar.
        –Cálmate, estoy aquí, yo te cuidaré, no te preocupes –dijo, ya tuteándola.
        –¡Me tiene que ayudar! ¡Me tiene que ayudar!
        Decía destrozada entre sollozos, creyendo que la idea de haber acudido en busca de un desconocido fue la salida más viable, pues en verdad no se le ocurrió nada mejor. Pensó que podría estar unos días en su casa hasta decidir qué hacer con su vida, hasta que lograra calmarse para ver la realidad desde otra perspectiva. Y es que todo le salió así, sin ser meditado, con la secuencia de unos acontecimientos que la llevaron a tomar tal determinación, aunque fuera un tanto precipitada.     
        Le contó a James, nerviosa y sufriente, la historia de los últimos días, dándole una breve visión panorámica de sus preocupaciones, del abismo inmenso que sentía bajo los pies, la locura en que se había convertido su vida a partir del momento del asesinato de Ives Belmont, mientras que James la escuchó, con todo y con eso, al borde del otro de abismo que suponía su vejiga urinaria a punto de estallar.
        –No te preocupes, te comprendo, te ayudaré, haré todo lo que pueda por ti. Te puedes quedar aquí todo el tiempo que desees –trató de calmarla.
        –Gracias James –dijo ella, abrazándole con fuerza en señal de agradecimiento, presión que provocó que a James se le mojaran levemente los pantalones con un poco de pis.
        –No… no tienes por qué darlas –dijo, entrecortado, a la vez que se levantaba, tratando de ocultar con sus manos la parte húmeda–. Espera un momento, tengo que ir al baño…
        Y salió corriendo con la urgencia, pero no le dio tiempo a llegar pues se meó parcialmente encima, antes de que sacara su pene encogido frente a la taza del water. Entonces se sintió doblemente aliviado, pues, aparte de librarse de la necesidad fisiológica y presión del bajo vientre, ella viviría en su casa, cuando no le importaban lo más mínimo los problemas que pudiera tener, en contraposición a la magnitud de que en su casa estuviera, además de la señora que un par de veces a la semana le hacía la limpieza, toda una mujer a su alcance e influencia. Pero ahora, después de mear, y aún sosteniendo entre las manos lo que le dio la naturaleza, no llegó a olvidarse, a pesar de su estado etílico, que debía cambiarse los calzoncillos y el pantalón meados, y caminó con sigilo hasta su habitación.
        Al final, Exex ocupó una habitación contigua a la de James, pues él, que se moría de ganas de acostarse con ella, no tuvo el valor de ofrecerle la suya. Eran su timidez e inseguridad, y no la prudencia, las que frenaban sus deseos y le hacían ver como todo un caballero, cuando en el fondo deseaba hacer algo que nunca había hecho con una mujer.

        “Entre destellos de gracia la mediocridad se hace mayoría. ¡Pobre Humanidad!” (Friedrich Von Günter)


2.
        Exex no durmió bien, le pesaba la muerte de O’Kelly, su violación hipnótica, y tuvo pesadillas. Una vez despertó se sintió mejor, pues ya no debía enfrentar todos los fantasmas que le asaltaban en sueños. Yo no soy culpable, yo soy la víctima, se repetía en una terapia de auto convencimiento cuando valoraba hasta qué punto era un asesinato justificable, cuando tan sólo se excedió en un arrebato impulsivo, movida por el rencor, y aunque él mereciera la muerte no era plausible estar a su nivel. Esta idea la atormentaba, pues ella había sido, al contrario que con Belmont, el motor directo de la acción, la mano ejecutora, a pesar de que en un principio no quería vengarse como lo hizo; pero cuando se vio con el secador de pelo encendido en la mano, y en el espejo el reflejo de O’Kelly bañándose tan tranquilo, le surgió una idea súbita que le pareció magistral, y así lo hizo, sin detenerse a pensar en la conveniencia de un acto de tal magnitud. Pero ahora debía hacer lo que fuera para olvidarlo y empezar, otra vez, de nuevo. Estaba en el punto de partida y establecer un paréntesis con el pasado inmediato era lo más recomendable, para que los sueños de independencia que la motivaron a iniciar su aventura neoyorquina no se fuesen al traste. Y luego, al final, en el último lugar de sus preocupaciones, se preguntaba qué pensaría James de ella.
        Pero James en lo único que pensaba, nada más, era en un par de tetas y en la silueta preciosa de aquella mujer bigotuda, que un día conoció en un supermercado y estaba deseando llevarse a la cama para que su mediocre vida tomara otro vuelo. Sabía perfectamente lo casual de tal circunstancia, pero en el fondo creía merecerla por haber tenido el atrevimiento de acercase a ella, de establecer ese contacto nada fortuito que más tarde desencadenó algo concreto, pues si bien se habían producido una serie de hechos fatales para Exex, que la llevaron a tomar una determinada decisión, al final todo se decantó en un encuentro por una voluntad coincidente. Así James auspiciaba mucho más, una evolución de acuerdo a sus deseos, al saberse con el derecho de por lo menos intentarlo, de conquistar el corazón de Exex y poseer su cuerpo. Y así se mentalizó desde que entró por la puerta, desde que la vio hundida y desmoralizada entre sus remordimientos y sus llantos, cuando pudo comprobar lo indefensa que se encontraba, y no dudó, desde ese instante, en dedicarse de lleno a esa tarea. Y se levantó como siempre para ir a trabajar, pero esta vez un poco más temprano, con el propósito de preparar el desayuno y llevárselo a la cama, para tener un detalle y de paso estar frente a ella, para verla en su intimidad detrás de las sábanas en una situación más comprometida.
        Unos golpecitos sonaron en la puerta de la habitación de Exex…
        –¿Sí? –preguntó ella.
        –Soy James… Te traigo el desayuno.
        –Pase, pase…
        –¡Buenos días!
        Dijo James al abrir la puerta y entrar. Llevaba sobre una bandeja de formica marrón un vaso de leche caliente, unas tostadas con mermelada de ciruelas y unos huevos revueltos con jamón. El desayuno parecía exquisito y su aroma se elevaba en el aire.
        –¡Oh! ¡Huele muy rico!... Gracias James, es usted muy amable.
        –Amable no –contestó James con una sonrisa–, tú lo mereces.
        Y dejó la bandeja sobre las rodillas de Exex, que ya se había medio incorporado. Ahora, nada más despertar, se veía verdaderamente preciosa, con un camisón azul claro donde se marcaban de manera puntiaguda sus pequeños pechos, tensando la tela brillante. Sus hombros pálidos y descubiertos, de curvatura suave, desprendían reflejos satinados a la luz del amanecer que se filtraba por entre los visillos de la ventana, y su cara aparecía, tras el descanso, como la misma porcelana de la china imperial, sin ninguna arruga que la alterara, con el pelo despeinado en la cabeza, de antojo gracioso, que combinaba con aquel prominente bigote, travieso entre tanta hermosura.
        –¡Qué buena pinta tiene! –exclamó Exex con satisfacción.
        –Gracias, gracias… ¡Y buen provecho!
        Exex empezó a comer, mientras él la observaba sentado en un extremo de la cama, relamiéndose ante tan privilegiado espectáculo, sintiendo ya una incipiente erección entre sus piernas.
        –Hummm… ¡Qué ricas tostadas!
        A James casi se le caía la baba al mirar los ojos de Exex y su piel, aquellos picudos bultos que tanto le excitaban.
        –Cuando las cosas se hacen con cariño, siempre salen bien…
        –Es muy amable James.
        –Por favor Exex –le dijo con deferencia–, te pediría que mejor me tutearas, pues me haces sentir mayor.
        –¡Oh! Perdona… Lo que tú quieras –dijo, mostrando su blanca dentadura detrás de una sonrisa bigoteril.
        –Eso está mucho mejor… –hizo una pausa y añadió lamentándose–: Ahora me tengo que ir a trabajar y regresaré por la tarde. Si viene una señora no te asustes, es la que limpia; ya sabe que estás aquí.
        –Muy bien, no te preocupes –asintió Exex.
        –Bueno… ya me voy… Ya sabes que estás en tu casa…
        En ese instante James pensó en darle un beso, aunque fuera en la mejilla, pero no se atrevió, y Exex le sonrió y se fue sin más.
        Transcurrida media hora apareció la señora de la limpieza, mujer entrada en años que se vestía con pésimo gusto, con ropa comprada en almacenes de ocasión, y con un peinado que hacía juego con toda su imagen de auténtica “doña decadente”, tal como si la hubieran sacado de un viejo armario con olor a naftalina. Su cara no tenía ningún rasgo que la hiciera especialmente agradable, pero a Exex, nada más verla, se le hizo familiar.
        –Buenos días –saludó Exex, ataviada todavía con camisón, cuando estaba en el baño ya casi dispuesta para ducharse.
        –Buenos…
        Correspondió ella mirándola de arriba a bajo, sin ningún disimulo, al parecer con la intención de hacer un curioso reconocimiento. Llegó a pensar que era mucha mujer para James, cuando Exex se acordó, al tenerla ahí delante, en esa mirada contemplativa de mutua inspección, a quién le recordaba, pues era igualita que Isabel II de Inglaterra.
        La asistenta no perdió un segundo, mientras Exex se duchaba, para entrar en su dormitorio e ir directa a curiosear y ver la ropa de esa rara mujer bigotuda que James había metido en casa. Cogía los vestidos y los alzaba para examinarlos, frente a la luz de la ventana, con el oído siempre atento para no ser sorprendida en tan indiscreta conducta. ¡Cómo le gustaba mirar lo ajeno! Sentía un placer extraño en ello, cierta emoción malsana de cotilla profesional, un momento álgido dentro de la vulgaridad de una mujer madura y solterona que, tras unos minutos y una vez saciada su curiosidad, volvió a colocarlo todo cuidadosamente en su lugar. Se sorprendió de que James tuviera tal señorita hospedada en casa, más cuando siempre había estado solo y las relaciones con las mujeres nunca se le habían dado bien, pues parecía bastante torpe en esa materia.
        Y ésta era, precisamente, una de las causas de la inclinación de James por la bebida, su incapacidad funcional para conseguir una mujer o tan siquiera despertar algún interés, de ir más allá de una primera cita, pues había algo en él que las ahuyentaba, ya fuera su sola imagen de tristeza o su físico de presencia nada espectacular, cuando en contrapartida casi siempre tenía apetencias por mujeres de belleza extraordinaria, las que suponían, sin duda, un sueño inalcanzable para él; en alguna ocasión también lo había intentado con otras más normales, pero el resultado fue de igual modo un fracaso, sin llegar, por supuesto, al rechazo insultante con el que reaccionaban las primeras. Ésa era su realidad con el sexo opuesto, habiendo renunciado, por miedo a las enfermedades venéreas y por creerlo inmoral, el contratar los servicios de alguna prostituta para romper con el abismo de la imposibilidad. Él necesitaba alguien a quien amar, una mujer real para sustituir la que tenía en su imaginación, y creía, por fin, tener con Exex la oportunidad que siempre había deseado, la ocasión perfecta para materializar el anhelo más importante de su vida. Pero también sabía que no sería fácil, por toda la dinámica anterior de fracasos históricos que le restaban confianza en sí mismo, en la espera de esa oportunidad que nunca llegaba, y ahora, que la tenía al alcance de la mano, en su propia casa, la responsabilidad le sobrepasaba con un miedo terrible, de demostrarse que era suficiente hombre para mantener a la preciosa Exex a su lado, sin olvidar, claro está, la cuestión sexual, cuando se moría de ganas de suplir su mano derecha por hacerlo con una mujer así.      
        Pero, por encima de todo, se le hacía urgente romper con su circulo vicioso de soledad y alcoholismo, donde por medio quedaban entrampados sus deseos sexuales, en una combinación fatal que se erigía con detectables signos de enfermedad mental, de no poder superar esa dependencia, de no reconocerla en su verdadera dimensión, porque James no era feliz y cualquier semejanza con ese estado era siempre engañosa, con los temblores y la dilución del alcohol en la sangre, con las sudoraciones y la distorsión de la mente dentro de una espiral que le engullía hacia el desastre. James era un extraño para sí mismo, un amargado ante la realidad de no hacer lo que le gustaba: estar día tras día detrás de un mostrador al tanto de un trabajo burocrático, atendiendo gente, estampando sellos, clasificando papeles y solicitudes, más lo relativo a una labor de registro y recepción de documentos, aderezado todo con su ya consabida inhabilidad para conseguir una mujer, cuando Exex caía, sin querer, al cobijo de un hombre bajo tan deprimente influjo, esperando una ayuda de la que él estaba mucho más necesitado.

        “El fuego lo consume en la hoguera de su fracaso, cuando todavía espera que de las grises nubes le llegue una lluvia salvadora.” (Ferdinad Roussel)


3.
        En un edificio gubernamental se sucedían largas colas, de personas ordenadas dentro de una sala esperando llegar ante una ventanilla, entre el infinito murmullo que resonaba en la amplitud del lugar. Durante la espera la tensión se centraba en la espina dorsal, en piernas y caderas, en las cansadas articulaciones de casi todo el cuerpo, como tributo vejatorio ante las exigencias de la legalidad. ¡Esperar! En todo hay que esperar, la vida es una auténtica espera, pocas cosas se dan instantáneas. Hay que esperar para nacer y también para morir, en lo absoluto de nuestra existencia estamos marcados por la espera, es lo normal; unos lo hacen tranquilos, aunque la mayoría con nerviosismo, pero todos esperan: para entrar al cine, para cruzar la calle, a tu pareja en algún lugar, al autobús, si conduces frente al semáforo o en un atasco… Pero las peores esperas, sin duda, son las que atañen a la legalidad institucional, como sacar certificados, permisos oficiales, actas de nacimiento, defunción o matrimonio, y todo tipo de papeleos que han de gestionarse delante de una ventanilla y ante un funcionario, por lo general, insatisfecho de la vida, y ésa era, precisamente, la ocupación de James como burócrata de ventanilla.
        Tras una perforación en forma de arco en un cristal, James ocupaba su lugar, sentado en una silla con las piernas encogidas, por ocho horas y seis días a la semana…
        –Buenos días –saludó un hombre que le entregó unos impresos.
        James los ojeó de mala gana, con aires de importancia y autosuficiencia.
        –Esto está mal… Este impreso –le indicó James mostrando un papel de color rosa–, no está bien cumplimentado, además, también necesita presentar una fotocopia del mismo que hay que compulsar en la ventanilla segunda, y luego pasar a ésta para sellarla de recibido y archivarla.
        El buen hombre, triste y aturdido, recogió el papel mirándolo con impotencia. Este contratiempo cada cual se lo tomaba a su manera, unos con resignación y otros con los nervios a flor de piel. El caso era que James disfrutaba rechazando impresos por cualquier mínimo detalle, muchas veces sin ser necesario, descargando de esta forma su infelicidad para provocarla en los demás y sentirse de alguna manera importante. Era más bien una cuestión psicoterapéutica, la de asegurarse que los demás tuvieran al menos un día parecido al suyo.
        –Buenos días –saludó otro.
        James miró los papeles y los selló con un tampón.
        –¡El siguiente…! –decía con voz rutinaria.
        –¿Qué tal? Aquí tiene –dijo un joven, con la alegría de haber llegado por fin a la ventanilla.
        –Aquí falta la fotocopia compulsada –objetó James.
        –Pero usted –replicó nervioso el joven–, la vez anterior, hace dos horas, no me dijo que debía compulsar la fotocopia, solamente el papel rosa.
        –Mire, uno no puede estar en todo…
        –Para eso le pagan –repuso enojado.
        –Me pagan para sellar impresos y admitirlos si están en regla, y los suyos no lo están –afirmó James de manera petulante–. Además, para saber sobre el proceso, está el módulo de información junto a la entrada, en la fila larga.
        –¡Usted es un hijo de puta! –gritó alterado el joven, y se marchó caminando maldiciendo entre dientes.
        James siempre ponía objeciones sin necesidad, pues lo de la fotocopia compulsada no era protocolariamente obligado, tan sólo opcional, aunque sí se debía hacer constar por duplicado. Pero él, siempre disfrutaba haciendo esperar…
        –¡El siguiente!
        Aborrecía tanto su trabajo que no era capaz de reconocer que no servía para otra cosa, pues él siempre quiso ser escritor, pero nunca lograba rellenar más allá de unas cuantas cuartillas, le faltaba técnica e imaginación. Unido a esto estaba lo demás, y viéndolo desde cualquier perspectiva nada en su despreciable vida tenía sentido, cuando el último recurso, con el que trataba de ahogar todo su pesar, era el bálsamo adictivo del alcohol; y si no era el vino tinto de su preferencia, lo era la ginebra, y no dudaba en llevar siempre una petaca en el bolsillo interior de la chaqueta, para beber a escondidas en el trabajo encerrado en una cabina del baño. Todos sus compañeros sospechaban que era alcohólico, pero nadie se atrevía a afirmarlo delante de su cara, pues James era tan extraño que nunca llegó a entablar amistad con nadie, a pesar de llevar más de veinte años en el mismo puesto. Al salir del trabajo recorría los bares y no paraba de beber, y al llegar a la casa escribía a duras penas tomando hasta perder el control. Y ésta fue la dinámica, hasta que una maravillosa mujer con bigote irrumpió en su vida… ¿Sería capaz de cambiar ahora?

        “Una buena razón para vivir, es el miedo a la muerte; una buena razón para morir, es el no saber vivir.” (Ryu Watanabe)


4.
        Respiraba con dificultad; mejor dicho, ya no respiraba. Por fin lo iba a lograr, moriría de una vez por todas, dejaría este mundo… Sus pocas ideas y las imágenes se desvanecían en la mente, los recuerdos… ¿Pero qué pasa? ¿Qué hacen? ¡Otra vez no! ¡Por favor!... Las ideas regresaban y lo nublado de su visión tornaba por instantes a la nitidez. Los pulmones, al llenarse de aire, lo traían de vuelta a una vida que antes se extinguía… Ahora, una sola pregunta retumbaba dentro de su cabeza: ¿Quién será el imbécil esta vez?
        Alguien descolgaba al pequeño Willy y le sostenía entre los brazos, quitándole la soga en torno al cuello, para ponerlo de pies sobre la tierra. El niño miró hacia arriba y vio a un hombre algo pasado de peso, con el pelo rubio cortado a cepillo y las orejas triangulares, que tenía los ojos azules y que además olía a alcohol.
        –¡¡¡Eres un idiota!!! –gritó Willy con rabia.
        ¡Cómo anda el mundo!, se dijo James entre los vapores etílicos, no creyendo del todo lo sucedido y pensando que ese niño tan feo, que casi parecía un monstruo, era subnormal.

        “La vida es lo que es, la muerte lo que no es.” (Gastón Ledit)



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