
PRIMERA
PARTE
1.
Los
titulares del día rezaban: YVES BELMONT,
EL REY DE LAS ANCAS DE RANA, HA SIDO ASESINADO. La nota informaba que había
muerto en la puerta de la discoteca The
Cube, cuando al bajar por las escaleras recibió dos impactos de bala que no
pudieron escucharse entre el sonido de la música que se escapaba a la calle.
O’Kelly
leía la noticia… Exex en su apartamento la lloraba… y el pequeño Willy, con la
soga bajo el brazo, buscaba de nuevo su último escenario…
Aquellas últimas palabras que le dedicó a su
ex novio fueron como una especie de conjuro, cuando le gritó: “¡Ojalá te
mueras, maldito!” Por ello se sentía culpable, a pesar de que llevaban saliendo
juntos algo más de una semana, y no pudo evitar sentir tristeza y llorar por
él, quizá por esa sensación de responsabilidad indirecta que se veía incapaz de
eludir. Se miró en el espejo de la habitación, que estaba sobre el tocador, y
se apreció descompuesta con ese bigote que de repente le endurecía el gesto,
que ya no le era gracioso ni bonito, y como un acto de arrebato, para dejar de
verse así, de ser así, golpeó con fuerza el espejo con un frasco de perfume.
Los pedazos de cristal se esparcieron entre los numerosos potingues de belleza,
y se quedó inmóvil mirando la pared sobre la cual antes dormía el espejo.
Estaba fuera de sí, y en un trance esparció a manotazos lo que tenía ante su
vista. Se lastimó las manos con los agudos vidrios que se clavaron en la carne,
como la decepción en su corazón. Pensaba que no era bueno empezar su aventura neoyorquina
y amorosa de tal manera, con esa inercia trágica que parecía querer instalarse
en su vida. Estaba sola y se sabía indefensa ante la magnitud de su posible
culpa, y aunque no fuera así, con la maldición invalidada, el solo hecho de que
su novio hubiera sido asesinado, alguien tan cercano, le asaltaba con la
crudeza y angustia de saber lo frágil de la existencia. Ahora tenía miedo del
futuro y llegó a pensar, incluso, que sería bueno regresar con su familia; pero
de por medio estaban todos sus sueños, sus ilusiones, su profesión e
independencia, como para regresar con el estigma de la derrota, no podía dejar
que eso sucediera, debía ser fuerte para seguir con el plan establecido.
Bajó la mirada y pudo observar el desorden
que había provocado, de cristales y frascos rotos, y también vio sus manos
manchadas de sangre, como las de una víctima más del destino, un destino que
estaba decidida a cambiar. No me iré de Nueva York, se dijo, seguiré adelante
como sea, por muy sola que me encuentre, con todo el miedo y la incertidumbre. Ya
lo había decidido y así lo haría, pero primero tenía que curar las heridas de
sus manos y recoger ese desorden.
El dolor del corazón no es nada comparable con
el dolor del alma, en la desdicha provocada por los acontecimientos carentes de
explicación y ante lo absoluto de la existencia. (Lucio
Montalvo)
2.
Sonó el teléfono y Exex lo cogió. Era O’Kelly
con su voz de locutor radiofónico. La invitaba para salir a tomar un café y
ella aceptó, pues creyó que sería bueno cambiar de aires y conocer a gente
nueva, además ese hombre le gustaba. Debía romper con el pasado inmediato y él
bien podía representar ese cambio cuando dejó a Belmont y a sus estúpidos
amigos dentro de la discoteca, cuando luego, una vez en la calle, se topó con él,
con Frank O’Kelly, cuando pudo escuchar su voz y sus palabras, ver sus ojos y
su mirada distinta. Ese hombre de edad imprecisa representaba el padre que no
tenía a su lado, la familia y la protección que necesitaba. Pero Exex no sabía
de un detalle importante, y es que Frank O’Kelly era el asesino de Yves
Belmont, que su pasado inmediato estaba comprendido en toda aquella noche y no
había dejado nada atrás como ella pretendía, que continuaba con ese influjo del
cual buscaba desprenderse, tan pegajoso como una mancha de grasa adherida en el
cuerpo.
Se sentía sucia y el sudor reseco, del día
anterior, estaba pegado en su piel como el tatuaje de mentira que se pone un
niño en el brazo o en la mano, como esa mancha grasosa que amenazaba con ensuciar
su existencia. Se desnudó para tomar una ducha y dejó la ropa esparcida por el
suelo. El chorro de agua caliente, exhalando una neblina de vapor, sonaba igual
que una lluvia artificial cuando Exex disfrutaba con ese latigazo continuo que
recorría su cuerpo. Sus pequeños pechos puntiagudos, que podían ocultarse
enteramente con una mano, aparecían brillantes como impregnados de una
sustancia aceitosa, y las curvas de su excitante silueta, al contraste con el
fondo de azulejos, le hacían parecer igual que una Venus bigotuda, tal como si
hubiera sido pintada por Sandro Botticelli, con la piel de marfil y los ojos de
miel, pero con el pelo más corto de Venus postmoderna con bigote, tan preciosa
como aquélla que ocultaba el pubis con sus largos cabellos en su nacimiento a la
orilla del mar de los deseos. Tuvo, entonces, ganas de acariciarse entre las
piernas pero ya no quedaba tiempo, y enjabonó su piel y su bigote hasta quedar
perfectamente limpia. Cerró el grifo y salió de la ducha, para cubrirse con una
esponjosa toalla de igual manera como hacen los niños cuando tienen frío.
Luego, se dirigió al dormitorio contiguo para elegir algo más apropiado que
unos jeans y una camiseta, algún modelito de los que guardaba para las
ocasiones especiales, para que Frank O’Kelly la viera en su máximo esplendor.
Después de vestirse secó su pelo y peinó su
venerado bigote marrón, para terminar de maquillarse ligeramente con un poco de
sombra en los ojos y algo de carmín en los labios, y así, una vez compuesta,
salió de casa para acudir a la cita de su nuevo pretendiente.
Cuando buscas vas, sin remedio, al encuentro
de tu destino. (Ryu Watanabe)
3.
Exex llegó puntual al lugar de la cita, un
solitario café donde el único camarero parecía dormitar con el ruido de fondo
de una radio que sonaba con música de ópera. En el techo dos grandes
ventiladores movían el aire, por encima de seis mesas de mármol blanco y una barra
de madera antigua, detrás de la cual descansaban unas cuantas botellas y un
espejo con marco estilo rococó. Se sentó en un taburete, junto a la barra, y
pidió una limonada para la espera.
Y allí se la pasó esperando, pues al cabo de
media hora, ya con la bebida en el estómago, no había hecho nada más que
recorrer con su mirada todos los rincones del solitario local, y aguantar esa
música operística que nada le gustaba. La situación, en verdad, le parecía una
mala broma y una falta de respeto, estar ahí perdiendo el tiempo por culpa de
un hombre impuntual. Pero allí se mantuvo, entre sorbo y sorbo, creyendo que la
puerta se abriría en cualquier momento, cuando nunca se abrió. Así que, tras
pagar la consumición, frunció su bigote y decidió marcharse de una vez.
Al abrir la puerta, de sorpresa, se topó con
Frank O’Kelly que decidido llegaba a su encuentro.
–¡Hola! –saludó–. ¿Ya te ibas?
–Llevo cuarenta minutos esperando –se quejó,
con un esbozo de sonrisa forzada.
–Perdóname, ya sabes cómo está el tráfico en
esta ciudad –se disculpó.
–Bueno… –dijo Exex, aceptando la disculpa.
O’Kelly entró, con su sonrisa ladeada, y
tomó a Exex suavemente por la cintura para guiarla hacia una mesa, donde se
sentaron. El camarero se acercó, con su paso cansado de no hacer nada, y
pidieron un par de vermuts con aceituna incluida entre el burbujeante líquido
rojizo de sabor amargo.
–He pensado mucho en ti –dijo O’Kelly,
mirándola a los ojos.
–Yo,
sin embargo, lo he pasado bastante mal –dijo apesadumbrada–, pues la noche que
te conocí asesinaron a mi novio en la puerta de The Cube.
–¡No me digas! –exclamó él–. ¡No sabía que
Yves Belmont fuera tu novio! Leí la noticia en los periódicos… Desde luego, es
una verdadera coincidencia.
–Esa noche, antes de que lo asesinaran,
había discutido con él –prosiguió Exex–; y creo que por lo que pasó entre
nosotros todo se había terminado, cuando incluso deseé que se muriera, como
luego sucedió… Para mí, ha sido terrible… –se lamentó bajando la mirada–. Ésa
es mi coincidencia, pero creo que la tuya debe ser la de haber conocido a la ex
novia de Yves Belmont…
–Sí, más o menos, se podría decir así –dejó
caer O’Kelly, sabiendo que la coincidencia iba mucho más allá de lo que ella
imaginaba.
–La
verdad –continuó Exex–, me gustaría que todo hubiera sucedido de otra manera,
pues siento algo de miedo… Es como ver la cara dramática y oscura de la vida; y
a mí me gusta la otra, la de la felicidad.
–No temas, las cosas pasan porque tienen que
pasar –trató de tranquilizarla–. Supongo que le matarían por algo concreto…
Tendría alguna cuenta pendiente… A veces la vida de las personas no es lo que
parece.
–Ya sé, pero siento un vacío en la boca del estómago
cuando pienso en él, pues nunca se sabe dónde acecha la muerte y, cuando la ves
tan de cerca, te das cuenta de lo poco que valemos; y me veo sola e indefensa,
con una fragilidad que me aterra.
–No
lo pienses así, Exex, yo te protegeré –y, cariñosamente, acercó los labios para
besarla en la boca.
Exex recibió ese beso sin saber que en
realidad estaba envenenado, y creía, sin duda, que aquel hombre era ahora su
protector y estaba decidida en darle una oportunidad, pues no deseaba estar
sola ni un solo segundo, quería quitarse el miedo y la mejor solución, pensaba,
era la de tener alguien a su lado que fuera como un padre y su amante a la vez.
–Me gusta que me hables así –dijo Exex,
rozando el rostro de O’Kelly con su bigote.
–Yo te protegeré, mi bigotuda preciosa, yo
te protegeré…
La
promesa de un mundo maravilloso se sitúa en la nebulosa de lo efectivo. (Sarah
Woldtrich)
4.
Quedó en verse con O’Kelly, dos días más
tarde, a las afueras de Central Park. Igual que la vez anterior llegó puntual
al lugar de la cita, y él, del mismo modo, no se presentó a la hora indicada.
Le esperaré quince minutos nada más, se dijo, y así lo hizo, pero O’Kelly no
apareció en ese transcurso de tiempo, por lo que Exex se fue de allí caminando
sin rumbo, de paseante nada más. La gente, como es de suponer, al toparse con
ella se apartaba a su paso y todos se daban la vuelta para verla también por
detrás. Mujer impresionante, sin duda, que sin proponérselo sobresalía del
común denominador, como si una auténtica diosa caminara por las aceras de Nueva
York. Así, no fue difícil que O’Kelly reparase en ella desde su coche
descapotable, un Thunderbird de color rojo, cuando se dirigía a buscarla. Tocó
el claxon para hacerse notar, pero ella siguió con su paso altivo sin volverse,
pues sabía perfectamente que ese bocinazo era un tributo de admiración, como
otros tantos silbidos, miradas y piropos de todo tipo, que siempre debía soportar
con paciencia y naturalidad, y a O’Kelly no le quedó más remedio que llamarla
por su nombre:
–¡Exex! –gritó.
Ella supo al instante que esa voz, tan
profunda y varonil, era la de O’Kelly, que acudía al lugar de la cita donde
ella ya no estaba. Se paró, miró hacia la calle, y vio a un sonriente O’Kelly
dentro de un automóvil descapotable, pero, para su sorpresa, en compañía de dos
llamativas mujeres con el rostro profusamente maquillado, pelucas rubias, y tan
provocadoras como los escotes por donde sus grandes pechos hacían intentos por
escaparse. Ellas, si acaso, eran las verdaderas merecedoras de una esquina
nocturna, para mostrar el material de su cuerpo a los interesados que por ahí
pasasen. Este detalle le pareció de lo más indecoroso, el tener que ver, aunque
fuera de pasada, con gente tan baja y vulgar, no fuera que también la
confundieran con una puta, aunque en este caso de lujo. Y miró furiosa a O’Kelly,
apretando la mandíbula y sacando su bigote, no explicándose cómo era posible la
estampa que tenía enfrente, del hombre que la pretendía, y ella deseaba,
acompañado de semejante par de putones, pues éstas, por su apariencia,
sobrepasaban la más grata denominación de mujeres galantes o de la vida. O’Kelly,
al presentir que Exex no se iba acercar, tomó la determinación de bajarse del
coche para ir a su encuentro.
–¡Hola mi amor! –dijo, a la vez que abría
los brazos.
–No se te ocurra ni tocarme –le advirtió
ella, enfadada.
–No seas así, mi amor… Tan sólo llegaba unos
minutos tarde –trató de excusarse.
–¿Cómo? –preguntó incrédula–. ¿Unos minutos tarde?
¿Y te crees qué es por eso?
–¿Entonces,
por qué? –preguntó con un gesto de teatral extrañeza.
–¿Y esas dos? –decía, ya temblándole el
bigote al hablar–. ¿No me digas que son tus hermanitas?
–¿Qué tienen de malo?
–¡Qué
parecen un par de putas! –respondió, alzando la voz.
–Mira –dijo O’Kelly con paciencia–. No está
bien que te refieras así de otras personas que, por ser como son, también
merecen su respeto.
–¿Y con qué clase de gente me quieres
mezclar? –le preguntó ofendida.
–Perdona, pero yo no te quiero mezclar con
ellas.
–¿Pero tú, quién te crees que soy?
–Pues, mi bigotuda preciosa… –contestó en
tono cariñoso, a la vez que la agarraba suave por la cintura.
–¡Ay! ¡Déjame! –se quejó ella, pero sin
rechazar su abrazo.
–No te pongas así, porque me recuerdas a la
única suegra que tuve.
–Me pongo como tú me pones.
–Bueno… Prometo no ponerte como yo te pongo.
Te pondré como tú me pones… O sea, que tú y yo nos pondremos como tú me pones y
como tú desearías que yo te pusiera… ¿Vale?
–¡Ja! Tu simplicidad me abruma –apuntó Exex
con cierta ironía.
–Así está mejor… Chatina.
–¡No quiero que me llames chatina!
–protestó.
–No seas así conmigo, por favor –seguía
hablando con voz cariñosa–. Yo sólo quiero estar contigo para protegerte… Además,
he de confesar que siento una admiración por ti que jamás haya despertado en mí
ninguna otra mujer –y estas palabras, quizá, sonaron con cierta falsedad.
–Bueno, eso me parece muy bien –continuó
Exex, sin estar del todo convencida–, pero ésas, ¿quiénes son? –insistió.
–Dos amigas –contestó O’Kelly con sonrisa
postinera.
–¿Cómo que dos amigas? –agregó indignada.
–¡Ya cambia el soniquete! –dijo riéndose–. ¡Anda,
ven, no te asustes…! –y, sin soltarla, la llevó hacia el coche.
–¡Abajo! ¡Fuera! –ordenó O’Kelly a las
prostitutas.
–¡Venga, no seas así! –dijo una de ellas.
–Y todo por esta remilgada –protestó la
otra.
–¿Es
que no oyeron? –les urgió O’Kelly con chulería–. ¡Vamos, vamos! ¡Abajito!
–añadió, chascando los dedos.
Se bajaron del coche de mala gana, con gesto
de enfado, mientras Exex subía al asiento delantero, y una de ellas, que iba
enrollada en un leopardino abrigo, dejando al descubierto unas suculentas
piernas vestidas de malla calada, le dijo a Exex con tono despectivo:
–Bigotona estúpida, ya te llegará la hora en
que…
Y no
pudo terminar sus palabras porque O’Kelly le soltó un tremendo rodillazo en el
estómago, que le hizo contraerse del dolor.
–Eso para que hables cuando no te mandan
–dijo O’Kelly, escupiendo tajante sus palabras.
Exex se quedó desconcertada, no sabía cómo
reaccionar, mirando absorta aquel espectáculo con la incredulidad de lo que
nunca se espera.
–¡Ahora, a trabajar! –gritó furioso.
Y después
de dejarles las cosas claras dio la vuelta al coche y entró en él, sentándose
junto a Exex.
–Ves cómo me preocupo por ti… –dijo,
satisfecho.
–¿Pero tú qué eres? –preguntó confundida,
mientras O’Kelly reiniciaba la marcha.
–Soy un hombre de negocios –respondió con
naturalidad.
–Negocios de proxenetismo… ¿No?
–Sí. ¿Tiene algo de malo?
–Sí, que eres un sucio y chulo hijo de puta
–contestó con asco.
O’Kelly calló y siguió conduciendo con cara
agria, virando una esquina tras otra hasta llegar a un desierto callejón, donde
paró el coche para luego fijar, inmediatamente, su mirada en los ojos de Exex.
–Soy
proxeneta, ¿y qué? –le dijo, amenazante, a la vez que la agarraba con violencia
por el cuello–. ¿Qué le vas a hacer? –siguió preguntando con expresión de
locura en los ojos.
Exex
no respondió, pues tenía mucho miedo y no llegaba a comprender cómo ese hombre
podía comportarse así. Todo ahora le parecía un mal sueño, una mentira, de que lo
que estaba viviendo era una ilusión.
–¡Contesta!
–gritó enfurecido.
Y
Exex salió de su probable sueño, al comprobar que era de verdad.
–No, no… no sé –contestó entrecortada.
–¡Nunca nadie sabe nada! –parecía loco–.
¡Viven sin saber nada!
Y riéndose
como un sádico enajenado comenzó a besarla violentamente, echando babas como un
perro rabioso, succionándole los labios y los pelos del bigote. Exex sentía
ahogarse en un pozo profundo y oscuro, pero en lo insufrible de esa profundidad
gozaba, semejante a un escalofrío erógeno que le recorría cada fibra de su
cuerpo. ¿Sería ahora masoquista? ¿O era la atracción que sentía por aquel
maníaco enfurecido? Sin embargo, todo le era confuso y tenía ansias de querer
mucho más, de explorar dentro de aquella pesadilla. O’Kelly le introducía con
fuerza la lengua por un orificio de la nariz, mientras ella se dejaba hacer lo
que fuera, paralizada de miedo pero gustosa con esa terrible sensación de estar
al borde de la locura. O’Kelly ahora jadeaba como un animal, bajando hacia sus
pechos, metiéndole la mitad de la mano dentro de la boca, casi ahogándola entre
arcadas, y ella seguía disfrutando cada vez más. Pero las imágenes pasaban por
su cabeza diciéndole que algo no estaba bien, y la contradicción entre la
lógica y sus deseos también hacían su lucha interna, con lo que Exex no fue
capaz de abandonarse del todo en ese incompresible vacío. Así, movida por un
pensamiento fugaz, como un acto reflejo e imbuida por la violencia del momento,
empujó a O’Kelly para quitárselo de encima con la intención de huir de esa
placentera locura que no era capaz de asimilar.
–Me gustas mucho…
Le dijo O’Kelly con la mirada imposible,
pues sus ojos, uno de cada color, parecían tener vida propia y ser
independientes el uno del otro, como si pertenecieran a personas distintas,
cuando uno le miraba con ternura y el otro inundado de violenta lujuria, y
Exex, ante tan desconcertante mirada, sintió algo más que humedad en las
braguitas.
El delirio de no saber lo que sucede, es como
el abismo de la mirada imposible de un ciego. (Román D’Artigues)
5.
Exex hizo las maletas y decidió, por
incomprensible que parezca y a pesar de todo pronóstico, irse a vivir con O’Kelly
tras un par de semanas de relación. Él fue quien se lo propuso y ella accedió
sin saber exactamente por qué, no se pudo negar, sentía perder la voluntad por
él hasta el punto de doblegarse a sus deseos, incapaz de resistir una fuerza
parecida a un embrujo. Necesitaba saber lo que era convivir con un hombre y no
seguir estando sola, para apreciar en su propia piel, en su interior, todos
aquellos misterios que con la distancia lógica de la edad un día habría de
descubrir. También, por su juventud, tenía ganas de disfrutar una nueva
libertad, como la que siente que estrena un tiempo lleno de aventuras
interesantes que le esperan, sin más, para ser recorridas con el ansia de su
efímera duración, y así, con tales intenciones, muy alegre y decidida, abandonó
su apartamento en Queens después de liquidar la cuenta con el casero.
Abajo,
en la calle, paró al primer taxi que pasó por su lado…
–¿Me ayuda a meter esto? –preguntó Exex
amablemente.
–No, hágalo usted –contestó serio el taxista,
un hombre ya entrado en canas y arrugas.
Exex
abrió la puerta y comenzó a introducir el equipaje con dificultad. ¡Qué pedazo
de cabrón!, pensó, mientras que con un poco de esfuerzo logró meter las dos
maletas.
–Ve cómo
usted podía sola –dijo el taxista.
–Sí, pero hace usted gala de poca
caballerosidad –se quejó ella.
–¡No te fastidia la tía! ¿No querían igualdad?
¡Pues toma igualdad! Se acabó la caballerosidad, eso forma parte del pasado.
–Bueno…
Lléveme al 69 de la 74th. street, en Bensonhurst.
–De acuerdo –dijo, a la vez que bajaba la bandera y
arrancaba.
El taxista no hacía más que observar a Exex
por el espejo retrovisor, con los ojos pegados en su reflejo.
–¿Sabe que está usted muy bonita con ese bigote? –dijo
el taxista, mascando las palabras con cierta repugnancia.
–¿De verdad? –contestó Exex, como dirigiéndose a un
imbécil.
–Sí, eres una maravilla.
–Maravilla que no catarás –le cortó con aspereza.
–Eso nunca se sabe, a lo mejor algún día… –dijo, insinuante.
–Es usted un grosero –replicó Exex.
–Yo, en mi taxi –dijo con insolencia–, soy lo que me da
la gana… Así que no te quieras pasar de lista, no sea que te pase lo que un día
le pasó a una negrita que se puso como tú –amenazó, pronunciando semejante
trabalenguas.
–No me importa –dijo Exex, con ánimo de desviar la
conversación.
–¿De verdad no te gustaría saber cómo acabó? –insistió
el taxista, mirándola fijamente por el espejo.
–Ya le he dicho que no... No me gustan las historias de
negritas violadas.
–¿Y quién te dijo que la violé?
–Me lo figuro –respondió con desdén, mientras miraba a
través de la ventanilla hacia ningún lugar.
–Pues no la violé… ¡La asesiné!
Exex se sobresaltó con tal declaración, pues
el taxista lo dijo bastante serio y convencido, sin dejar de observarla con sus
ojos neuróticos.
–Mira bigotona –y rebuscó debajo del asiento para sacar
una barra metálica–, con esto la golpeé en la cabeza y le rompí el cráneo –dijo,
sonriendo–. Manaba mucha sangre oscura y espesa. ¿Sabes?
El taxista hablaba con naturalidad,
convencido de sus palabras, por lo que Exex cada vez estaba más nerviosa,
preocupada e incómoda, soportando sin remedio el acoso.
–¡Por favor, cállese! ¡No quiero escucharle más!
–Ya te pones nerviosa, ¿eh?... Lo mismo le pasó a esa
negrita… Si no lo crees, puedes mirar el asiento…
Exex
miró, para ver a lo que se refería el taxista, y pegó un grito de horror mientras
se tapaba la boca con las manos, en actitud de asombro y para contener una repentina
náusea, pues el asiento estaba manchado con algo que parecía sangre reseca de
color marrón.
–Ves cómo era verdad…
Agregó
excitado el conductor cuando, en ese preciso instante, el taxi tuvo que parar
frente a un semáforo en rojo de una calle desierta de vehículos y transeúntes,
y, aprovechando la ausencia de testigos incómodos, se volvió con la barra de hierro
en la mano al compás de un grito desencajado:
–¡Y ahora te toca a ti!
Exex
se apartó rápido, con un movimiento reflejo, y el golpe se estrelló contra una
maleta. Luego, hecha un manojo de nervios, abrió la puerta y a tropezones logró
salir del coche para huir desesperada de las garras de aquel asesino serial,
que no tuvo tiempo nada más que para intentar lancearla un par de veces en las
costillas con la barra.
El taxista se quedó alterado, poseso de su
locura, invadido por la impotencia y la decepción que le produjo aquel golpe
tan poco certero, cuando vio cómo ella reaccionó para abrir la puerta y
escapar.
–¡Ven aquí desgraciada! ¡Ven para que te mate! –gritaba
furioso, tanto que en su cuello rojizo se le hinchaban las venas a punto de
estallar.
Entonces arrancó en reversa para perseguirla,
con la puerta trasera abierta, pero Exex, en su frenética carrera, en la que
también perdió los zapatos (pues las dos maletas se quedaron en el taxi), logró
meterse por una zona peatonal que era el acceso hacia un pequeño parque, para
así escapar del taxista. Tenía tanto miedo que continuó corriendo, sin mirar
atrás, hasta quedarse sin fuerzas y caer desfallecida con las piernas
acalambradas en un callejón, ante unos cubos metálicos repletos de basura.
Allí,
entre la mierda, estaba sentado un repulsivo y sucio vagabundo, de los que se
visten con malolientes ropas de añejo orín, el uniforme negro y gris de la
suciedad acumulada por años, con el pelo y la barba llenos de marañas y de
liendres.
–¿Y tú, qué haces ahí? –preguntó el vagabundo
con su voz ronca, sosteniendo una botella de alcohol medio vacía entre sus
asquerosas manos de costra ennegrecida.
Exex no pudo contestar porque estaba
exhausta, y sólo escuchaba esa voz como un eco, sin saber con exactitud su
procedencia.
–Seguramente
me vienes a robar, ¿eh?... Como el otro día, que unos hijos de puta con la
cabeza rapada me golpearon y luego me quitaron la botella y la estamparon
contra el suelo… Esos cabrones me molieron a patadas cuando intenté lamer el
líquido derramado en el piso –y bebió con ansiedad, vertiendo parte del alcohol
por la cara, y luego continuó–: Tú eres joven y puedes hacer lo mismo que esos
hijos de puta, pero antes de que lo hagas te mataré, juro que te mataré.
El vagabundo, dominado por la borrachera, se
levantó ansioso de venganza y sacó una navaja del bolsillo de su raído abrigo,
que abrió sin más dilación. Se acercó hacia Exex, que seguía tirada en el suelo,
y se arrodilló junto a ella. Alzó el brazo con la navaja en el aire,
apuntándola hacia el cuello, cuando Exex le suplicó con la voz quebrada:
–¡No!
¡Por favor! ¡No me mate!… ¡Sería el segundo en intentarlo el día de hoy!
–¡Cómo!
¿Qué no soy el primero? –se preguntó contrariado, a la vez que abandonaba su
actitud agresiva–. ¡Qué emoción tendría matarte hoy! A nosotros, la pobre
gente, siempre nos sale todo mal –dijo apenado–. Además, ahora resulta que eres
una mujer; una mujer con bigote, eso sí, cuando yo te creía un jovenzuelo
detestable…
Y el
vagabundo regresó de nuevo hacia su rincón, llevándose toda la amenaza y el mal
olor entre la basura, y se sentó decepcionado. Se le vieron resbalar, en ese
instante, unas lágrimas que se iban enturbiando a medida que recorrían su sucia
piel. Exex se reincorporó, no sin cierta dificultad, con la única intención de
salir de ahí lo antes posible, caminando con un miedo que le hacía mirar en
todas direcciones.
Ya recuperada un poco del susto, y al llegar
a una calle más transitada, se la jugó de nuevo al tomar otro taxi, que sí la
llevó sin problemas hasta el barrio italiano de Brooklyn, frente al antiguo
edificio de cinco plantas donde vivía O’Kelly. Por fin se sintió más tranquila,
de saber que llegaba al que ahora sería su nuevo hogar. Se internó por el
portal y tomó el ascensor, hasta pararse frente a una puerta donde se leía con
letras doradas: 4C .
La abrió, con la llave que él le había dado, y entró.
El lugar no estaba nada mal, aunque un tanto
estridente en su decoración, con reproducciones baratas de arte erótico en las
paredes, un juego de sofá en charol rojo y una alfombra negra peluda, en lo que
parecía el salón principal y a la vez recibidor, donde al final, en un rincón,
también se observaba una pequeña barra de bar. El suelo era de parquet, ya con
el barniz desgastado, pero de un primer vistazo el salón se veía amplio y daba
buena impresión. Por un momento se olvidó de lo sucedido, pero pronto cayó en
la cuenta de que tenía la ropa sucia y se había quedado sin maletas. Rendida
ante el cansancio, pensó que lo mejor sería echarse a dormir un rato mientras
esperaba la llegada de su nuevo amor. Entonces, se dirigió a la habitación. Se
quedó sorprendida al entrar y toparse con un verdadero palacio del sexo, con
una cama gigante y las paredes forradas de espejo, donde una bola de discoteca
pendía del techo, con varias lámparas de pie y el correspondiente control para
el juego de luces. Se asomó al baño contiguo, también con la intención de hacer
pipí, y mientras orinaba se fijó en la gran bañera redonda que tenía frente a
ella. Al terminar, secó su cosita y regresó a la habitación donde, por fin, se
desnudó para meterse entre las algodonosas sábanas. Y sobre este mudo testigo,
blando y excitante, de noches de sexo y pasión, se quedó dormida Exex.
Descanso
indemne, sueño sublime, el tiempo detenido, mar sin olas y la luz de luna sobre
la caverna; así te veo cuando llega la muerte… (Ferdinad Roussel)
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