domingo, febrero 04, 2007

CUARTA ENTREGA





10.
        Yo iría ahora al cine, pensó Exex mientras se encontraba de paseo por una avenida de Manhattan, mirando de escaparate en escaparate. También quería darse algún capricho, hacer algo inusual. El día estaba nublado, hacía frío y no era muy apetecible estar en la calle, pero la gente no se resistía a pisotear el cemento bajo aquel cielo plomizo. Exex se había apartado eventualmente de sus actividades profesionales, pues, con el cambio de domicilio y todas las dificultades, tuvo que rechazar un par de ofertas y posponer otras mientras se organizaba de nuevo. Por ahí tenía sus ahorrillos para suplir la ropa que perdió y algo más, cuando O’Kelly, de momento, se haría cargo de sus necesidades domésticas. Andaba de tiendas para comprar sus nuevos modelitos, con dos grandes bolsas en las manos de conocidas boutiques y su atención en lo que había expuesto detrás de los cristales. Su mirada se detuvo en un punto preciso, en la esquina de un escaparate donde un maniquí, inmóvil, lucía un elegante vestido verde con escamas de reflejos dorados, que se ajustaba con curvas sinuosas. Sin pensarlo dos veces, entró en la tienda con intención de comprarlo.
        –Buenos días –le dio la bienvenida una dependienta.
        –Me gusta ése –dijo Exex, señalando al rincón del escaparate.
        –¡Ah! Ese vestido… Sígame por aquí, le daré su talla…
        –¡No, no!... No quiero el vestido… Quiero el maniquí.
        La vendedora, incrédula, se paró en seco y mirando a Exex preguntó:
        –¡Cómo! ¿El maniquí?
        –Sí, el maniquí –repitió.
        –Pero, es que… aquí vendemos ropa, no maniquíes –repuso la dependienta.
        –Yo quiero ese maniquí, y creo que también está expuesto. ¿No? –volvió a insistir.
        –Pero… 
        –¿Cuánto vale? –la interrumpió.
        –Pero yo…
        La vendedora no sabía qué hacer ni qué decir, pues nunca le había sucedido nada semejante, de tal modo que decidió consultar el asunto con un superior.
         –Espere aquí, señorita, hablaré con el encargado –dijo ella.
        Se fue hacia dentro de la tienda para tratar la inusual incidencia con un hombre vestido de traje y modales amanerados, mientras miraban de vez en cuando a Exex con expresión de desconcierto. Luego, tras una corta deliberación, se acercaron a ella.
        –¿Qué quiere, el maniquí? –preguntó el encargado.
        –Sí, me gusta mucho.
        –Bueno, entonces, le podemos vender el maniquí, pero tendrá que comprar también la ropa que muestra, pues se puede considerar todo como una misma pieza expuesta a la venta. Por tanto, tendrá que pagar el valor del maniquí y el del vestido –concluyó con eficiencia el encargado.
        –De acuerdo –respondió Exex, satisfecha.
        Exex pagó, dejó la dirección de su nuevo domicilio, y se fue echando una última sonrisa bigoteril a aquellos asombrados vendedores.
        Darse ese repentino capricho le complació como ninguna otra adquisición anterior, algo casi orgásmico, pero en un nivel satisfactorio lejos de lo físico, más etéreo, razón por la cual esta vez no llegó a humedecer las braguitas, aunque poco le faltó. Fue divertido ver la cara estupefacta e incrédula de la dependienta, y una sonrisa permaneció luminosa, durante unos minutos, al pensar cuál sería la reacción de O’Kelly al ver el maniquí sentado en el sofá del salón. Tal vez, por su presencia casi humana, el maniquí sería un personaje vivo que traspasaba su ordinaria utilidad y no, simplemente, un objeto más de la decoración, pues encajaba armonioso sentado en el sillón rojo brillante con fondo de estampas eróticas, como un ser emancipado de todo lo que orbitara a su alrededor, y bajo este influjo despertaría cierta atracción sobre su entorno y sobre los sentidos de quienes posaran la vista sobre él. Entonces, O’Kelly haría el amor imaginariamente con el maniquí, excitándose, y ahí estaría ella para satisfacerle en la realidad, llevando a límites insospechados la erótica del juego, en un ritual donde la rígida compañera tomara un papel preponderante en la acción. ¿Cómo puedo pensar estas cosas, fabular de tal manera en un futuro de ensueño?, se preguntaba Exex. Pero ahí estaban dentro de su cabeza todos aquellos pensamientos, tan locos como el mundo. Merecía la pena experimentar esos pequeños espacios de locura controlada, que hacían su vida más impredecible y divertida, de sensaciones paralelas que llegaban a mezclarse con la realidad. Con dicha estrategia el capricho dejaba de serlo y se convertía en el detonador del cambio, pues ella, así, transformaba su percibir y su relación con una verdad que era tan dispar como sus propios pensamientos, y todo esto, esta manipulación de la realidad, le hacía sentirse diferente y mucho mejor. De esta forma moldeaba su propia vida más allá de los modos que imponían las conductas socialmente establecidas, en un acto de libertad que se desdibujaba en las fronteras de lo adecuado. ¿Dónde quedaba ese sentir en contraposición con lo anormal? ¿No era tan factible lo uno como lo otro? ¿Quién marcaba lo correcto en la elección cuando se decide? Era un acto para reivindicar lo subjetivo ante lo preciso y formal, una estrategia para huir de los sucesos negativos del acontecer, una puerta de momentánea escapatoria. De ahí la importancia de lo insólito, cuando, en similar planteamiento, pero desde una óptica negativa, O’Kelly hacía su propia manipulación de la realidad. Eran dos polos distantes bajo una misma visión, la dinámica de una fuerza que arrastraba sus sentimientos hacia una pasión de verdadera locura. El maniquí era el ejemplo y representación de este pensamiento, el doble irreal de la unidad de sus almas, el objeto que traspasaba al sujeto dentro del viaje sin retorno hacia las profundidades de sus deseos incontrolados.
        Ahora me gustaría ir al cine a masturbarme en la oscuridad, entre la gente, pensó Exex, dejando de lado sus elucubraciones…

        “La decisión ahonda el sentido de la dirección.” (Adrián Michelet)


11.
        Se escucharon, como un silbido, dos leves detonaciones… el frenazo desesperado de un vehículo… un cuerpo que choca…
        Las personas se van amontonando con morbosa curiosidad en torno a un punto. Unos alarmados, otros serenos. ¿Qué hay ahí? ¿Qué es lo que ha pasado?
        En medio de la calle, sobre el asfalto, yace un cuerpo inerte. Un charco de sangre lo empapa y se extiende como una inmensa gota de aceite. Es grade, fofo, reventado por las ruedas de un autobús del servicio público, cuyos ocupantes se bajaron para curiosear. La multitud está expectante, todos comentan… Se dice que primero fue abatido de dos disparos cuando cruzaba, y que luego, accidentalmente, el autobús lo atropelló. Dicen, también, que se trata del comisario de distrito que ha sido asesinado.
        Detrás de la muchedumbre se ve un brillo confuso, de dos ojos dispares que sobresalen entre otros que miran… En un momento, desaparecen y no se ven más.


12.
        Sonó el timbre.
        Exex dejó de cocinar y fue a abrir la puerta…
        –¡Hola mi amor! ¿Cómo estás?
        Le abrazó besándole en los labios y dejó en ellos pequeños rastros de carmín, pues a pesar de tener bigote siempre le gustaba pintarse, tal vez para contrarrestar la masculinidad que le aportaba su raro atributo.
        –Muy bien…
        Contestó O’Kelly satisfecho. Inmediatamente, casi de manera mecánica, se quitó la gabardina, llenó un vaso de whisky y, después de encender la televisión, se sentó espatarrado en el sofá con los pies sobre la mesa. Exex, mientras tanto, se dirigió a la cocina donde estaba cocinando un guiso especial de propia invención, pues era muy buena en esos menesteres.
        El humo de un cigarrillo flotaba cercano al techo y a la lámpara del salón, cuando O’Kelly ya casi había apurado su copa y estaba al tanto de las noticias.
        –Aquí está la comida –irrumpió Exex en el salón, con una sonrisa y una cacerola en las manos que desprendía un exquisito olor a guisado de pavo.
        Se sentaron en la mesa para empezar a comer…
        –Humm… Esto está muy rico –afirmó O’Kelly, dando crédito a lo que su olfato ya le había advertido.
        Exex, de repente, se acordó de algo que no tenía nada que ver con la apreciación sobre el guisado, sino con una noticia de su interés.
        –¿Sabes lo que han dicho en la televisión?
        –¿El qué? –preguntó a su vez O’Kelly, que hacía malabarismos para comerse un rosado muslo de pavo.
        –Pues… que han asesinado al comisario de tu distrito.
        –¡No me digas! ¡Qué maravillosos son los de la televisión! –exclamó sarcástico.
       Exex, no contenta con la indiferencia de O’Kelly ante la noticia, y sospechosa de su burla disimulada, pensó que algo escondía detrás de sus palabras.
        –¿No era aquel tipo gordo que nos echó de La Gardenia?
        –Sí, el mismo.
        –¿No tendrás algo que ver? –preguntó con cierta desconfianza.
        –¡Qué tonterías dices! –respondió, quitándole importancia al asunto.
        –Te creo capaz de cualquier cosa…
        –¿Hasta de asesinar? –le preguntó, mirándola directo a los ojos.
        Exex se quedó helada con el sonido de esas palabras al ser pronunciadas, tan directas, y por un instante no supo qué decir, pues en el fondo algo le decía que sí, que había sido él.
        –No. Cómo voy a pensar eso de ti –dejó caer, como la que da la razón a los tontos.
        –O sea… ¿qué para ti soy un asesino?
        –Pensándolo fríamente, tienes capacidad para ello.
        –Entonces… ¿qué haces conmigo?
        –Es que… ¿no se puede vivir con un asesino? –dijo tontamente la primera respuesta que le pasó por la cabeza.
        –¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! –rió O’Kelly–. Entonces, te podría asesinar –agregó con malicia fingida.
        –Yo no soy tu enemiga, soy tu compañera –argumentó sentimental.
        –Así me gusta, que me comprendas –sonrió al decir esto, hizo una pausa, mientras pegaba otro mordisco al muslo de pavo, y continuó–: Lo de La Gardenia fue una humillación, no sólo para mí sino también para ti; además, había amenazado con hundirme, no lo podía permitir.
        Exex, de improviso, comenzó a reírse agitada con la ayuda de ese vino tinto californiano que bebía para acompañar la comida, suave y afrutado pero suficiente para encender sus ánimos.
        –¡Parecía un cerdito! –reía–. ¡Era repugnante con esa papada rosa!… ¡Imagínate la cantidad de michelines que debía tener!
        O’Kelly, sorprendido y ya contagiado por la risa, también acabó entrándole al juego del humor negro:
        –Sí, era repugnante –dijo–.  Fíjate, que en la misma comisaría le llamaban el Teta Floja.
        Los dos estallaron en una risa incontenible y se retorcían el uno frente al otro, con los estómagos contraídos e incapaces de variar ese estado supremo de momentánea felicidad.
        –¡Brindemos por el Teta Floja! –exclamó Exex, entrecortada por la risa.
        Llenaron los vasos con dificultad, derramando parte del vino por encima del mantel, y los alzaron entre sacudidas involuntarias.
        –¡Por el Teta Floja! –clamaron entre risas.
        Y el vino pasó por sus gargantas de un solo trago, con tan mala suerte que Exex se atragantó cuando el líquido se le fue hacia las vías pulmonares, y empezó a toser un poco, luego un poco más, en dramático crescendo, hasta que su cara enrojeció de tal modo que por primera vez el bigote perdía preponderancia visual. O’Kelly siguió riéndose, pero ahora también de ella, cuando Exex tosía y tosía debatiéndose entre la asfixia y la salvación. Por fin, O’Kelly se levantó de la silla y se acercó para ayudarla, dándole unas fuertes palmadas en la espalda, con lo que al instante logró calmarse.
        –¡Mierda! –maldijo Exex–. ¡Qué mal se pasa!
        –Peor lo pasó ese cerdo… –dijo serio y pensativo–. Todavía estaba vivo cuando lo atropelló el autobús.
        –No me gusta que hables así –le increpó Exex.
        –Se lo merecía.
        –De todas formas…
        –¡No!... ¡Había amenazado con hundirme! ¡No podía permitirlo!... Así es la vida, dura como el pedernal, dura como el dolor, dura como la muerte. No me quedaba otra…
        Exex agachó la cabeza pensativa y él la agarró por el brazo, e inclinándose sobre ella le dijo amenazante:
        –Y más te vale, que nunca digas nada. ¿Entendido?
        –Sí –asintió Exex, todavía con la cabeza agachada.
        –¡Mírame! –gritó–. ¡Dímelo a la cara!
        –Sí –repitió, viendo esta vez su mirada impasible.
        O’Kelly regresó hacia su lugar en la mesa, cogió el trozo de pavo con la mano y continuó comiendo.
        –Has de serme fiel en todo.
        –Sí, mi amor –asintió ella, que comenzó a comer haciendo uso adecuado de tenedor y cuchillo–. ¡Qué pronto se pasa de la risa a la seriedad! –acabó lamentándose.
        –Cada cosa en su momento –dijo O’Kelly–. Todo acto es justificable según su causa.
        –Muchas veces tus actos parecen estar dominados por el instinto y no por la razón –dijo ella–, como el día de nuestra segunda cita, cuando empezaste a besarme como si fueras un animal.
        –Yo no digo que no me deje llevar por los instintos, razono, pero también soy animal.
        –¿Animal o bestia?
        –Los ganadores, bestias; los perdedores, animales –contestó con su particular locuacidad.
        –Todos bestias y animales a la vez –apuntó Exex.
        –¿Quiénes todos? –rió con desprecio–. ¿Los hombres?
        –No, las personas.
        –Para el caso es lo mismo, porque lo ideal sería la superioridad del instinto sobre la razón –argumentó O’Kelly.
        –Así ha sido siempre y ahí están los resultados…
        –Pero me refiero a una totalidad de bestias deshumanizadas, de tal modo que no hubiera lugar para lo bueno en este mundo: una existencia destinada a la glorificación de la maldad.
        –¿Qué existencia?
        –Toda, la Humanidad entera –afirmó rotundo.
        –Ésta no anda tan lejana, pues siempre camina por la senda del fracaso –se lamentó.
        –Y su fracaso, en su lucha contra el bien, es casi un triunfo.
        –¿Ése es tu existencialismo de un presente sin futuro?
        –Más allá no me interesa llegar, pues, te aseguro, después de esta vida no hay nada. De eso estoy convencido… ¿De qué vale entonces ser bueno?
        –Pudieras estar equivocado…
        –¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! –rió sonoramente–. ¡No pagaré la entrada sin saber cuál es el espectáculo!… Esto es lo único, no hay nada más, todo se acaba con la muerte.
        Exex, que siempre había creído en la esperanza, en los valores de bondad, ahora, ante tal visión nihilista de la existencia, le surgían las dudas, pues cada día que pasaba al lado de O’Kelly más se parecía a él, como si se viera infectada de negatividad.
        –¡Hagamos de la vida un fuego devorador de la duda existencial! ¡Materia es materia! ¡Ésa es la religión! ¡Nuestro rito sagrado! –agregó él.
        –¿Deberé creer en ti? –preguntó Exex dubitativa.
        –¡Claro que sí! –exclamó O’Kelly con la mirada de un loco inserta en los ojos–. ¡Y para celebrarlo debes bautizarme con el rito dionisiaco!
        Entonces, Exex miró el vino rojo, tan rojo y brillante como la sangre de una ninfa, y lo derramó por encima de la cabeza de O’Kelly, que se puso en pie, con la cara empapada, y alzando los brazos gritó:
        –¡¡¡Soy la bestia primordial!!!

      “La vida oscila entre la ignorancia sobre el principio y la incógnita del final.” (Charang Rao)


13.
        Ya comenzaba el invierno, con lluvias esporádicas y un frío que provocaba que la gente caminara encogida por las calles. La atmósfera de la ciudad era de tonalidades grisáceas, cuando la luz difusa y escasa, que se filtraba por el denso manto de las nubes, era incapaz de arrancar los más vivos colores. El viento, al soplar, murmuraba entre los edificios con la inclemencia de sus embestidas. Las personas trataban de refugiarse bajo algún techo y salían nada más para lo indispensable, agolpándose por montones en bares y cafeterías, respirando vahos y humo de cigarrillos, para así poder entrar en calor, cuando el resto permanecía trabajando o en casa al cobijo de la calefacción, frente al televisor, pues ya es sabido que no son muchos los que leen.
        Muy pocos caminaban por las calles, y sólo hacían vida en ellas los vagabundos y las prostitutas, pues la mayoría buscaba algún lugar cubierto donde poder evitar, de momento, tiempo tan desagradable. Ellas, las prostitutas, ahora no exhibían la sensualidad de su carne en las aceras, a la vista de los conductores que con sus vehículos recorrían el asfalto, y dejaban ver la silueta de su cuerpo bajo algún portal o recoveco. Las que tenían más suerte trabajaban en algún local establecido, y entre estas últimas se encontraban las nuevas asiáticas de O’Kelly, que hacían del Exotic Club un lugar más atrayente.
        En un apartado del Exotic Club, bajo su luz peculiar de tonalidades rojizas, estaba O’Kelly hablando con un hombre vestido con un traje de corte perfecto.
        –Es indispensable, ante todo, tener discreción –decía O’Kelly, cauteloso–. Este asunto hay que llevarlo con mucho tacto. Merece la pena, se lo aseguro.
        –Si usted lo dice…
        –Ya verá cómo no se arrepiente, no encontrará nada mejor.
        –Ya lo estoy deseando… Pagaré lo que acordamos.
        –No se preocupe, ya le avisaré con tiempo –finalizó O’Kelly.
        Luego se levantó y despidiéndose con un apretón de manos, en señal de haber cerrado el trato, dejó ahí al hombre elegante que parecía, por la expresión de su cara, relamerse en los pensamientos. O’Kelly recorrió con la mirada todo el burdel, para comprobar cómo funcionaban las muchachitas filipinas, sintiéndose amo y señor de sus dominios, pues ellas constituían, junto con la preciosa Exex (que le amenizaba en la vida familiar), una de sus más importantes posesiones. Lo suyo, desde hacía bastante tiempo, era el proxenetismo, actividad prohibida que la autoridad hacía la vista gorda con su debida comisión, y su vida y sus negocios, ahora, pasaban por un periodo excepcional, pues la compra de las asiáticas supuso uno de los mayores logros de su carrera delictiva. O’Kelly, sin duda, era un valor en alza en los bajos fondos, y su vida transcurría con la perspectiva de una plácida subsistencia, que le hacía encarar el futuro con la seguridad del poder ya cosechado. Y así estaban las cosas, bastante favorables, cuando todavía le quedaba algo por hacer, algo en suma delicado, el residuo de una antigua historia que le pesaba como una gran losa de la cual no podía desprenderse.
        Salió del local. Era de noche y se ajustó unos guantes de cuero negro. La bruma le impedía ver a dos pasos entre la pobre iluminación, y se encaminó guiado como por una fuerza invisible que le hacía trazar una ruta laberíntica. Subía una calle, torcía una esquina, bajaba, cambiaba de sentido, cruzaba callejones y volvía a torcer otra esquina, hasta que al rato llegó a un lugar donde todo eran penumbras a su alrededor. Se intuían unas casas viejas de ladrillo, no muy altas, con portales enverjados que se alzaban sobre cuatro o cinco escalones, los mismos que subió para entrar en una de ellas. Se podría pensar que era el mejor sitio para cometer un asesinato o rodar una película de terror, pues los pasillos estaban cubiertos de antiguo papel pintado, hecho jirones, y una luz amarillenta los iluminaba. Subió por las escaleras, pues no había ascensor, y tocó en una puerta del segundo piso.
        –Hola –saludó seria una mujer rubia, que le abrió la puerta.
        O’Kelly entró sin hablar ni saludar. Ella lucía con el aspecto de una mujer que en su juventud habría sido guapa, tipo Marilin, pero que en la actualidad las arrugas delataban sus cuarenta y muchos años.  
        –¡Ya era hora de que vinieras! –protestó.
        –¡Cállate! –dijo O’Kelly con desprecio–. ¡Qué siempre te andas quejando!
        –Si trajeras el dinero a tiempo, no te diría nada –contestó de mala manera–. La avaricia te corroe, tacaño de mierda –agregó.
        –¡Qué dices! Encima que vengo hasta esta pocilga… 
        –Esto es lo que me has dado –se quejó con cara de asco. 
        –Ponte a trabajar, aunque sea abriendo las piernas –dijo, riéndose en su cara.
        –Eres un hijo de puta. Me sentiría feliz si algún día te murieras.
        –No seas tonta, te quedarías sin tu dinero mensual.
        –¿Crees que esa mierda nos alcanza para tu hijo y para mí? –le preguntó quejosa.
        –Creo que es suficiente para ti y para el poliomielítico ése.
        –¡Cómo eres capaz de hablar así de tu propio hijo!
        Gritó ofendida y le miró con toda la expresión del odio que desprendía su estado de indignación, pero él la fulminó aun más con su mirada y, tan tranquilo, sacó un cigarrillo que encendió sin apartar la vista de ella, soltando el humo en el pequeño y poco ostentoso salón que estaba decorado con viejo mobiliario pasado de moda.
        –Ya me estoy aburriendo de ti… Ándate con cuidadito… –le advirtió O’Kelly.
        –Ándate con cuidado tú, desgraciado, si no quieres que le cuente a la policía quien mató a esas cuatro chicas que aparecieron descuartizadas dentro de aquel camión de basura –dijo amenazante, la rubia tipo Marilin.
        –¡Tú eres una estúpida y no dirás nada! –le gritó.
        –¡Te equivocas! –contestó con los ojos inflamados por el odio.
        O’Kelly, al oír estas palabras, que suponían mucho más que una afrenta, una imperdonable amenaza de delación, dio dos pasos rápidos para acercarse hasta ella y agarrarla por el cuello.
        –¡No dirás nada, desgraciada!
        Y ella reaccionó escupiéndole en la cara un salivazo, que se escurrió y quedó colgando, balanceante, en la nariz de O’Kelly.
        –¡Eres una zorra! ¡Esto será lo último que hagas! –gritó enfurecido, y empezó a apretar sus manos con fuerza–. ¡Ahora me libraré para siempre de ti! ¡Estúpida! 
        Ella no podía gritar, se ahogaba sintiendo cómo se le detenía la sangre en la cabeza y las pulsaciones del corazón le golpeaban el cerebro. La garganta le dolía y se agarraba a las manos de O’Kelly, a sus guantes negros, tratando de luchar con angustia. No tardó en sacar la lengua, para robar el aire que le era imposible respirar, y en segundos su cara se tornó violácea y los brazos dejaron de hacer fuerza cayendo a lo largo de su cuerpo. En ese instante, él dejó de apretar y ella se desplomó hacia el suelo, junto a un viejo sofá de cuero agrietado.
        Fue más fácil de lo que pensó, pero O’Kelly aún debía proseguir un trabajo que sólo acababa de iniciar, y de tal modo, con una tranquilidad pasmosa, se dirigió hacia una habitación que estaba contigua al pasillo del salón.
        La poca luz que entraba por la ventana, de una farola en la calle, dejaba ver el cuerpo de un niño arropado que dormía plácidamente. Se acercó hacia él, miró a su alrededor y pudo distinguir, con levedad, una muleta de aluminio que se apoyaba a un lado de la cama. La agarró, pero no con intención de observarla sino con otra finalidad, pues comenzó a golpear a su hijo con una violencia incontenible, certero e incesante, hasta dejarle inerte con la cabeza destrozada, sobre un almohadón empapado con la sangre oscura que manaba a borbotones. El niño, tras los primeros golpes, hizo unos pequeños movimientos reflejos y parece que no sufrió, como si fuese un sueño del que nunca tuvo la oportunidad de despertar.
        O’Kelly, una vez terminó, arrojó la muleta sobre la cama, encima de él, y antes de salir de la habitación le escupió, con cara de asco pero sin llegar a sonreír.
        Otra vez en el saloncito se acercó al cuerpo de su ex mujer, y le quitó del dedo anular un anillo de platino que tenía engarzado un rubí resplandeciente. Y ya, sin nada más que hacer, abandonó el lugar cerrando la puerta tras de sí.
        Así acabó O’Kelly con su familia más cercana, con su misma sangre… ¿Qué le podía esperar, entonces, a la preciosa Exex?  

        “El hombre, siendo un aspirante a Dios, lo es de la nada.” (Luigi Minore)


14.
        El maniquí, por fin, encontró con su propia funcionalidad un lugar en la esquina del baño, pues, además de decorar, sobre sus brazos colgaban un par de toallas.
        Un lapicero guiado por la mano de Exex recorría el contorno de su ojo, delineándolo de negro. Dio rimel en las pestañas, recortó con cuidado algunos pelos sobrantes de su bigote, puso esmalte rojo en las uñas, dejando sobre la cutícula una media luna, y pintó sus sensuales labios con carmín. Estaba muy bella, ahora con el pelo ya no tan rapado y ligeramente crecido en la parte superior. El espejo reflejaba un rostro inigualable, genuino, y su piel de marfil, tersa y suave, en un óvalo perfecto, era penetrada por aquellos ojos de color miel con los que miraba la réplica de toda su hermosura.
        En ese momento de narcisismo consumado, O’Kelly entró en el baño.
        –¡Estás preciosa! –y le guiñó un ojo a través del espejo.
        –Gracias.
        –Eres tan bella que te mereces lo mejor, y, para demostrar la admiración que tengo por ti, he de ofrecerte algo que es de un gran valor sentimental para mí.
        Exex le miró con la ternura de una mujer enamorada, y se dio media vuelta para dejar de verse en el espejo y esperar con una sonrisa en los labios aquello que le iban a entregar.
        –Éste es un día muy especial para mí –continuó O’Kelly–, en el que quiero demostrar lo mucho que te amo.
        Y, a continuación, sacó del bolsillo de su americana un bonito anillo de platino, con un rubí engarzado de perfecto brillo, que le entregó.
        –Toma… Espero que te guste… Es el único recuerdo que tengo de mi madre.
        –¡Oh, mi amor! –exclamó con una alegría infinita–. ¡Te amo! ¡Te amo! –decía casi llorando por la emoción.
       –Espero que lo cuides, este anillo es muy importante para mí.
       –¡Te amo! ¡Te amo! –repetía, a la vez que le plagaba de besos manchándole el rostro de carmín.
       –¿Estás contenta? ¡Qué bien que te gustó!... Alguna, echará de menos algo así…
       –Sí, sí, me gustó mucho… Pero también me gustaría que ahora hiciéramos el amor –le pidió Exex.
        –¡Cómo tú quieras!
        –Pero házmelo por delante, por favor… –le suplicó.
        –No –dijo con cierta frialdad.
        –Por favor, por favor…
        –¡No!... Quiero reservarte… Tu virginidad es algo muy especial para mí.
        –¿Reservarme para qué? –preguntó extrañada, pero con voz de niñita caprichosa.
        –Para desearte aún más, como una mujer enteramente virgen.
        –Pero algún día…
        –Muy pronto mi amor, no te preocupes –le dijo O’Kelly, antes de que pudiera continuar con sus ruegos.
        –¿Y por qué no ahora? –insistió.
        –¡Te he dicho que no!
        –¿Por qué? ¿Por qué?
       Y O’Kelly la miró en lo ojos de una manera extraña, como si desprendiera alfileres magnetizados, y con la punta de su dedo índice, de manera oscilante, empezó a moverlo frente a la cara de Exex para hipnotizarla o algo por el estilo. Ella sintió un repentino sopor en la cabeza, cuando O’Kelly le decía con voz monótona:
        –Tienes sueño, mucho sueño… Cierra los ojos… Tienes sueño, mucho sueño…
        Exex perdía poco a poco el conocimiento y la voluntad, instante en el que O’Kelly le tapó la cara con su mano, sujetándola por las sienes con los dedos anular y pulgar, para luego añadir con la voz más alta:
        –Estás dormida, muy dormida, y harás todo lo que yo te diga…
        –Sí –dijo ella, sin el menor trazo de voluntad.
        –Ahora, tírate por la ventana –le ordenó.
        Exex comenzó a caminar dirigiendo sus pasos hacia la ventana, que no tardó en abrir para inclinar su cuerpo con la intención de saltar al vacío…
        –¡Espera! –dijo apresurado–. Ven aquí.
        Y ella, obedeciendo, se dio la vuelta y caminó hasta pararse frente a él.
        –Bésame.
        Y como una autómata le besó en los labios…
        –Ahora… ¡Despierta! –le ordenó O’Kelly, con un chasquido de dedos ante su cara.
        Exex, al instante, movió la cabeza con levedad hacia los lados y abriendo sus ojos con gesto de confusión salió del trance hipnótico, momento que aprovechó O’Kelly para besarla con suavidad, estrechándola entre los brazos.
        –¿Por qué? ¿Por qué? –fueron sus primeras palabras.
        –Porque te voy a dar una sorpresa.
        El corazón de Exex latía con la fuerza de un tambor. ¿Qué pretendía ahora O’Kelly? ¿Para qué la había hipnotizado? Y pensar pensaban los dos, pero no de la misma forma. Ella soñaba con la ilusión de un amor correspondido, y él, dominado por el turbio sentir de su percepción particular de la realidad, planeaba a su antojo los sucesos por venir. La diferencia los separaba en su mente y en la esencia de su ser, como fórmulas magistrales opuestas, cuando Exex, movida por sus más nobles sentimientos, le dijo a O’Kelly entregada y con voz dulce:
        –Esperemos que sea buena esa sorpresa, mi amor.
        –Lo será.
        Dijo él, limpiándose el carmín impregnado en los labios, y agregó:
        –Exex... Te pincha el bigote.
        –¡Qué quieres que le haga! –dijo cursilona y algo turbada, después de haberse quedado confundida por unos instantes–. ¿Qué me lo afeite? Perdería todo mi atractivo.
        –En eso tienes razón.
        –Entonces… ¿De qué te quejas? –preguntó con desdén.
        –De nada, sólo era una apreciación –se excusó.
        –Pues guarda tus apreciaciones para otra –le indicó molesta.
        –No hace falta que te pongas así.
        –Nadie me había dicho nada semejante –agregó dolida.
        –Olvídalo, olvídalo.
        –Y encima, tienes el descaro de…
        –¡Cállate! –gritó, alterado por el acoso.
        Y con esa tonta discusión, que paradójicamente surgía después de la emotiva entrega del anillo, cada cual se fue, llevándose su enfado, hacia una esquina del salón.
        Ella pensaba:
        La verdad, me he pasado un poquito. El bigote, en realidad pincha y es lo más normal. No sé por qué me he puesto así. ¡Qué estúpida soy! ¡Reaccionar de tal manera por esa tontería! Desde luego…
        Y él:
        Será imbécil. Ya verá. Cómo me caliente se va a enterar. Y pensar que tenga que aguantar a una estúpida como ésta… Ya te enterarás, ya te enterarás, me vas a pagar una detrás de otra todo lo que te estoy aguantando… Si no fuera por esa cara bonita, ya te hubiera pateado el trasero…
        –Te quiero amor… Perdóname –rompió Exex el silencio–. He sido un poco tonta –concluyó.
        –Menos mal que lo reconoces –dijo él, sentándose en el sofá–. Anda, tráeme la botella de whisky –le ordenó en actitud triunfante.
        –Sí mi amor –dijo ella, solícita.
        Y así estaban las cosas… Ella soportaba casi lo que fuera por el amor que le tenía, llegándose a cegar en el mismo entendimiento como la esclava que acepta, sin remedio, su obligado destino.

        “El perdón llega cuando el remordimiento vence al rencor.” (Cristina Rodríguez Aldama)



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