
15.
Exex aún caminaba optimista, con esa
visión de mujer soñadora, entre la fantasía y la realidad, que se hacía
verdadera bajo la fuerza de su asimilación mental. Iba con la cabeza alta,
mirando a su alrededor con una sonrisa en los labios, y su presencia era como
un trazo de color allí donde estuviera, en esa ciudad y con ese invierno gris.
Pero con O’Kelly su luz perdía brillo por instantes, recuperando sólo el
resplandor cuando se apartaba de él, pues su influencia era tal que opacaba
todo con su sombra oscura.
Ahora
se dirigía a comprar algo y entró en una bodega comercial, inmenso espacio
repleto de personas que transitaban con sus respectivos carritos, en busca de
productos entre las innumerables estanterías, bajo las frías luces de neón. Exex,
con una cesta metálica en la mano, se internó por entre una multitud que, en su
frenesí, llegaba a atascarse por los pasillos. Miraba aquí y allá, sin
encontrar lo que buscaba, cuando, en esta ardua labor, se vio interrumpida por
un caballero que se acercó y le dijo:
–¡Dame
luz!
Era un tipo de mirada atenta, de ojos
azules, con los pelos rubios de punta y las orejas triangulares, que estaba
algo pasado de peso pero sin llegar a ser gordo. Se vestía con ropa normal, que
no llamaba la atención, y algo desarreglado. Bajo el brazo sostenía un par de
botellas de vino tinto.
–¿Cómo? –preguntó extrañada.
–¡Qué
necesito de su sonrisa, de su vida! –dijo como extasiado.
–¡Pero,
qué cosas dice! –rió incrédula, pensando que ese tipo estaba loco.
–Usted es diferente, no es como todos éstos…
Necesito que me contagie –agregó.
–No le comprendo –dijo Exex, ladeando con un
gesto la cabeza–. ¿Qué tengo yo de diferente, además de ser mujer y tener
bigote?
–¡Y
le parece poco! –exclamó–. ¡Eso la hace genuina! ¡Además, usted es alegre,
tiene luz propia e ilumina este lugar! –señaló convencido.
Exex
pudo darse cuenta por la expresión de su cara, por la mirada, que sus palabras
parecían sinceras y que no era un adulador de tantos, de los que sólo buscan
una conquista rápida, pues desde luego, un tipo tan normal, se vería muy osado
en dicha labor cuando parecía en su actitud, con esas declaraciones, ser de lo
más cordial y de alguna forma también auténtico.
–¿Qué
es lo que busca? –le preguntó Exex.
–Ya
le dije, que me contagie con su luz –respondió sin rodeos y añadió–: Y usted, ¿qué
busca?
–Una
lata de caviar –contestó.
–Están
por allí –Y señaló hacia un lugar indeterminado–. ¡Venga, sígame! –se ofreció
entusiasta.
Exex
pensó en la utilidad de su ofrecimiento, aunque decidió que nada más encontrar
el caviar se despediría de él.
–¡Está
bien! ¡Vamos en busca del caviar! –dijo con simpatía.
Caminaron
hacia otro corredor, sorteando carritos y personas, hasta llegar al lugar
indicado. Había cientos de latas y tarritos transparentes, de marcas diversas,
en su mayoría sucedáneos de huevas de esturión. Era un espectáculo
impresionante, cuando millones de huevas de peces, a los que se les impidió
nacer, esperaban dentro de sus recipientes para ser consumidas en refinadas
fiestas sobre panecillos untados de mantequilla. ¡Qué grandiosidad tan
insignificante! Canapés ordenados sobre bandejas de plata serían ofrecidos, por
amables sirvientes de guante blanco, bajo la luz de fuegos artificiales
explotando en el cielo nocturno, mientras en el paladar quedaría el rastro de
un gusto exquisito y sutil.
–¡Aquí
está el caviar señorita! –le indicó él, con un gesto de presentación con el
brazo.
–¡Oh! Es usted mejor que un guía indio.
–James Kahn, para servirle –se presentó y, como
todo un caballero, al tomar la mano de Exex la besó con deferencia.
–¡Qué
galante es usted! –dijo ella, con admiración teatrera.
–Hay que conquistar su corazón…
–¿No
va muy deprisa? –objetó de buen talante.
–Sí. Tal vez sí… Perdone usted si la he
ofendido, señorita –acabó excusándose.
–De
todas formas, me llamo Exex –y no supo en realidad por qué le dijo su nombre,
pues ya tenía ganas de que se fuera y la dejara en paz.
–¡Qué
nombre tan maravilloso! ¡Cómo su misma persona! –exclamó adulador.
–¿No
cree que exagera?
–
No piense eso señorita, simplemente me ha impactado.
–¿No
será eso una declaración? –preguntó Exex con agudeza, también sin saber por
qué.
–En
cierto modo sí… Usted me gusta, es bonita –y se sonrojó al pronunciar estas
palabras.
–¿Eso
es lo único que ve en mí?
–No,
veo mucho más –añadió James–. Ya le dije… Es alegre, diferente.
–¿Y
usted, cómo es? –preguntó Exex, ya más interesada en la conversación.
James agachó la cabeza, encogió levemente
los hombros, como avergonzado, a la vez que se sonrojaba aún más, y preguntó:
–¿Y
usted cómo me ve?
–No sé, no puedo imaginar tanto, le acabo de
conocer…
–Pero,
¿a primera vista?
Exex dudó un momento, sintiendo lástima por
él, le observó detenidamente durante unos segundos y exclamó con una sonrisa:
–¡Está
loco!
–Eso
lo estamos todos… Pero, ¿cómo me ve? –insistió James.
–No
sé. Tal vez… bueno y sincero.
–Eso
es maravilloso… –prorrumpió satisfecho y en voz baja.
–¿Qué
es maravilloso? –preguntó Exex con extrañeza.
–¡Usted es maravillosa!
Dijo
estas palabras con una alegría casi infantil, dominado por cierto enajenamiento
aparente, que quizá se sustentaba en la creencia de una realidad factible, de
lo que él deseaba desde hacía mucho tiempo: el encontrar a la mujer soñada.
Exex, mientras tanto, no sabía qué pensar. Sólo se le ocurría que aquel hombre
era víctima de un flechazo inesperado, cuestión que la incomodaba, y cogió una lata
de huevas de esturión, tipo beluga, y se excusó diciendo:
–Bueno,
muchas gracias por ayudarme a encontrar esto.
–¿Cómo?
¿Ya se va? –preguntó nervioso.
–Qué
quiere que haga…
–Pues,
que me permita acompañarla.
–¿Acompañarme?
¿Para qué? –preguntó seria.
–La necesito. ¿No lo ve? –dijo James desesperado,
cuando las lágrimas inundaron sus ojos azules de mirada triste.
A Exex le conmovió dicha visión, sintió pena
por él, y no creyó correcto dejarlo ahí en ese estado, de tal modo que suavizó
su actitud con la intención de despedirse más tarde, dejándole sin tanta
brusquedad.
–Ande.
No se ponga así… Vamos, acompáñeme hasta la salida.
Y se dirigieron hacia la caja para pagar, ella
con su lata de caviar y él con sus dos botellas de vino tinto, donde una gran
cantidad de gente hacía cola con los carritos llenos de productos, todos impacientes
para salir.
–No
pretendía hacerle daño –se disculpó Exex.
–Me
siento avergonzado –dijo él, hundiendo la cabeza.
–No
se preocupe, eso nos pasa a todos…
–Soy
débil, ésa es mi desgracia –dijo, apenado.
–Peor
es ser fuerte y malo.
Estas palabras, pronunciadas por instinto,
le hicieron atisbar su verdadera realidad y comenzó a reflexionar de forma
inconsciente. Se acordó de O’Kelly, al que amaba y sabía que no era bueno, pero
se dejaba llevar por ese sentimiento de afecto y pensó que podía estar equivocada.
Y con esta duda, que la llegó a desconcertar, que fue como una especie de aviso,
pasó diez minutos más con la compañía de James y su banal conversación.
–Estoy
cansada de estar aquí por culpa de esta lata de caviar –se quejó molesta.
–¿Qué
hacemos?
–Yo
me voy… Esto me fastidia.
–¿Y
qué hago con las dos botellas? –dijo, algo preocupado.
–Haga
lo que quiera con ellas, yo me voy.
–Pero…
Dijo
dubitativo, mirando con angustia a las botellas de vino tinto, y Exex salió en
dirección hacia la puerta a la vez que escondía la lata de caviar entre sus
ropas. James, tras pensarlo por unos segundos, dejó las botellas y se fue
detrás de ella con nervioso caminar.
Una
vez en la calle, Exex se dispuso a tomar un taxi…
–En
realidad, ¿qué quiere de mí? –le preguntó Exex.
–A
usted –contestó James sin disimulo, sonrojándose de nuevo.
Se hizo un silencio en la conversación, un
tanto incómodo, con el ruido de fondo de los automóviles, y Exex no supo qué
decir de primera intención, pues sentía algo indefinible por aquel hombre, pero,
la verdad, no le atraía lo más mínimo.
–Ahora no es posible, tal vez en el futuro…
–Deme
al menos una oportunidad –rogó él.
Exex pensó por unos instantes, ya cansada
del acoso y de la inconveniente compañía, y se le ocurrió algo para deshacerse
de él.
–Anotaré su teléfono y algún día le llamaré.
James, sin pensarlo dos veces, escribió su
número telefónico en un papel y se lo entregó.
–Muchas gracias, Exex.
Se
despidieron sin tocarse, y ella se fue en un taxi mientras que él volvió a
entrar al supermercado en busca de las dos botellas.
La casualidad busca una justificación allí
donde el hecho inadvertido se pierde y se encuentra. (Abraham Ibranovich)
16.
Un hombre bien vestido, elegante, con
apariencia de algo más que un ejecutivo, bebía tranquilo un whisky en las rocas
en la barra de un bar. Ojeaba el periódico sentado sobre un taburete con las piernas
cruzadas, bajo una de las lámparas zenitales alineadas sobre la barra, donde el
humo de un cigarrillo, que a veces sostenía entre los labios, se marcaba
ondulante en el haz de luz. Ese hombre, que distraído leía las noticias, era el
mismo que habló con O’Kelly en el Exotic
Club.
Miró
la hora en su pesado reloj de oro macizo, cuando en ese instante, por la
puerta, apareció O’Kelly con su atuendo llamativo de gánster postmoderno.
También fumaba un cigarrillo, que llevaba en los labios, cuyo humo topaba con
el ala de su sombrero.
–Hola –saludó O’Kelly, con su típica sonrisa
de medio lado.
–¿Qué tal amigo? –le correspondió–. ¿Lo tiene
todo preparado?
–Sí –afirmó seguro O’Kelly–. Y usted, ¿trae el
dinero?
–Sí.
–Entonces,
espere aquí quince minutos y luego suba al cuarto piso, letra C, del edificio de
ahí enfrente.
–De
acuerdo –asintió el trajeado.
O’Kelly le había dado la dirección de su
casa, y hacia allí se dirigió sin esperar un solo segundo…
Al
entrar Exex veía un programa de variedades en la televisión, sentada
cómodamente en el sofá con un tazón de palomitas de maíz en su regazo.
–Hola
cariño –dijo O’Kelly–. Ya estoy aquí.
Exex
se levantó, según acostumbraba, para recibirle y darle un beso en los labios.
–Hola
mi amor –dijo ella.
O’Kelly
la miró a los ojos, como sólo sabía hacerlo él con su mirada desigual, y con el
dedo índice, de manera oscilante, comenzó con todo el proceso de la hipnosis.
–Tienes
sueño, mucho sueño… Cierra los ojos… Tienes sueño, mucho sueño…
Ella
comenzaba a notar ese sopor en la cabeza que le hacía, poco a poco, perder la noción
de la realidad, sin poder evitarlo, sin enterarse de nada…
–Estás dormida, muy dormida, y harás todo lo
que yo te diga –dijo él, con la voz más alta, tapándole la cara y sujetándola
por las sienes.
–Sí
–dijo ella.
–Ahora, desnúdate, ponte el camisón negro y ve
a la cama –le ordenó O’Kelly–. Hoy perderás tu virginidad.
–Sí –dijo ella.
Y
caminando con lentitud, como una marioneta pendida de hilos invisibles, se fue
hacia la habitación para cumplir lo ordenado, donde se desnudó y se puso un
camisón negro transparente que dejaba apreciar a la levedad sus pequeños y
puntiagudos pechos, que competían en delicadeza con aquellas largas piernas,
torneadas con primor, para el deleite de la más exigente mirada, y así, con tal
presentación, se tumbó sobre la cama.
Sonó el timbre y O’Kelly abrió la puerta. Era
el hombre elegante que entró sonriente.
–Ya está todo… Ahora, el dinero –le dijo O’Kelly,
a la vez que alargaba la mano con la palma extendida hacia arriba.
El hombre elegante sacó del bolsillo
interior de su americana un sobre, que le entregó diciendo:
–Aquí tiene lo acordado, cinco mil dólares
en billetes de cien.
O’Kelly, al tomarlo, miró en su interior con
un vistazo rápido y añadió:
–Está
bien, perfecto… Ahí, en la habitación, tiene a la bigotuda virginal más
preciosa del planeta.
Y
el hombre elegante caminó hasta la habitación y cerró la puerta.
O’Kelly
se dirigió a la licorera, se sirvió un whisky en un vaso bajo y se sentó en el
sofá con la mirada ligera, imposible, abstraído, como tratando de alejarse lo
más posible de lo que iba a suceder. Saboreaba el líquido de gusto fuerte pero
agradable, con ese rastro de sabor a madera, que recorría su boca con oleadas
suaves y apreciables por un nítido tacto.
Y
lo mismo sucedía entre las piernas de Exex, pero de diferente forma y sin darse
cuenta…
Luego, el whisky caía ardiente por la garganta
haciéndose notar, quemando células, arrancando sensibilidades, para acabar en
el estómago bajo el movimiento constante al ser digerido, similar al de los amantes
cuando acarician su piel…
O’Kelly
permanecía serio, con la mirada impasible al observar el color acaramelado del
whisky en el vaso, imaginando lo que sucedía tras la puerta de la habitación,
mientras encima de la mesa estaba el sobre con los cinco mil dólares en su
interior. Entonces una satisfacción le inundó, por haber sido tan listo, por
haberlo planeado tan bien, cuando supo esperar y controlar sus instintos para
no romper el tesoro de la pureza de Exex, pues los negocios son los negocios y
esos cinco mil dólares eran el precio de su virginidad. El alcohol en el estómago
de O’Kelly era absorbido para pasar a la sangre, y como un torrente entrar en
el cerebro y así notar sus efectos, como el trozo de carne que entraba y salía
por entre las piernas de Exex estimulando las células sensibles, para pasar por
los nervios conductores hasta llegar al cerebro, desde donde se extendía por
todo el cuerpo y por la espina dorsal para que el placer cambiara su estado hacia
el éxtasis. Y en ese preciso instante, de clímax orgásmico, Exex tembló en su
interior con la fuerza de un volcán capaz de estallar en mil pedazos, de tal
modo que esa sublime impresión le hizo abandonar el trance hipnótico, como el
que despierta de un agradable sueño.
El
hombre trajeado, que había perdido la elegancia al despojarse de su fina ropa,
ahora lucía un blancuzco y peludo cuerpo entre las piernas de Exex, con el
rostro teñido de rosa congestionado, respirando rápido por el esfuerzo y el goce
de estar dentro de tan divina hermosura. Gritó al extremo, sacudido en su
interior, y cesó en las embestidas. Exex, que ya había recuperado totalmente la
conciencia, desorientada y asustada, pero invadida por una sensación en extremo
placentera, preguntó confusa:
–¿Qué es esto? ¿Qué pasa?
–No es nada, chiquita –dijo aquel hombre al
salir de entre unas piernas ligeramente ensangrentadas, de un rojo claro y transparente
por el himen rasgado.
Exex temblaba como un pajarillo sobre una
mano raptora, y no sabía explicarse lo sucedido, de verse desnuda sobre la cama
con la virginidad perdida y en compañía de un desconocido. El hombre antes
elegante, ahora de cuerpo blancuzco y peludo, en un segundo pegó un brinco hacia
atrás y apresurado recogió la ropa para salir de la habitación.
–¡Se
ha despertado! ¡Se ha despertado! –le dijo a O’Kelly, una vez ya estaba en el
salón poniéndose los calzoncillos y los pantalones–. ¡Se despertó la bigotuda! –y
reía entrecortado para sus adentros–. Estuvo de maravilla, Frank, estuvo de
maravilla…
–¡Cómo!
–exclamó alarmado.
–Sí… En el orgasmo se despertó –le contaba
según se iba vistiendo–. No sé cómo pasó, pero se despertó. Menos mal que pude
terminar… Estuvo muy bien, amigo, estuvo muy bien; además con ese final tan
inesperado –y no podía reprimir la risa.
–¡Váyase
antes de que salga! –le urgió.
El hombre ya vestido, ahora elegante otra
vez, abandonó el apartamento mientras O’Kelly se quedó pensativo sin saber qué
hacer, pues no tenía excusas que le librasen del engaño y por primera vez sintió
algo parecido al miedo. Sin lograr hilvanar pensamiento alguno, dubitativo, caminó
despacio hacia la habitación. Exex lloraba desconsolada con la cabeza entre las
manos, tapando su trémulo bigote y ya percibida del engaño.
–¡Fuera!
–gritó como un animal nada más verle.
Había
sido vendida como una fulana sin darse cuenta y sin poder resistirse. Aquel
hombre, que la miraba desde la puerta, nunca la amó. Ése era su único
pensamiento, su gran decepción.
De las estrellas que se opacan en la noche,
del sol que no se deja ver tras lucir intenso, de un sueño que se derrumba, de
tu vida que se acaba tras una derrota sin muerte. (Luisa Fuentes Azcárate)
17.
Al día siguiente estaba O’Kelly, con
agua cálida y sales perfumadas, dentro del jacuzzi.
Sólo se le veía la cabeza sobre la superficie, que asomaba por encima de la
blanca espuma, con los ojos cerrados y un cigarrillo entre los labios. La
última noche, a su pesar, había dormido en el sofá del salón, pues ella no lo
quería ni ver y no habían cruzado desde entonces palabra alguna. Él tampoco fue
a disculparse pues sabía que no tenía perdón, y, de haberlo hecho, hubiera
parecido más una mofa que cualquier otra cosa. Ahora aguantaría lo que viniera,
aunque tampoco sin esforzarse demasiado. Para él lo sucedido era un simple
desliz, una anécdota dentro de su larga trayectoria de proxeneta, llena de
sucesos y situaciones incluso más comprometidas, por lo que lo embarazoso de
ésta se le antojaba insignificante. El verse descubierto en su engaño le daba
igual, aunque hubiera sido mejor, desde luego, la otra opción, pero tenía el
dinero que era lo importante y Exex era una de tantas. En su momento, si le
diera muchos problemas, la dejaría sin más; pero todavía era pronto para eso, pues
aún intentaría someterla con alguna estrategia para explotarla como puta de
lujo.
Exex
entró en el baño y no se miraron. O’Kelly, viéndola por detrás, pensó que era
una estúpida y que ya se le pasaría. Se rió para sus adentros, preguntándose
cómo era posible haber sido virgen hasta los diecinueve estando en el mundillo
de la moda. Sin duda, pensaba, era una mentecata que sentía guardar un tesoro
entre las piernas. Ja, ja, ja. ¡Qué necia! ¡De qué le valió esperar tanto! Gané
cinco mil dólares a costa de su rosa terquedad. Ahora le compraré unos
regalitos y todo quedará en el olvido, y luego, a lo mejor, la embarazaré para
después forzarla poco a poco y chantajearla con hacerle daño al niño. ¡Es una
estúpida! ¡Nada más que una estúpida engreída!
Exex se acercó a un armario empotrado, que
se situaba junto al lavamanos, y sacó un cepillo redondo y un secador de pelo.
Frente al espejo lo enchufó y comenzó a peinarse, estirando su cabello corto
hacia arriba, revolviéndolo para lograr un efecto atrevido y casual. Estaba
consternada, tenía los ojos hinchados de tanto llorar y la expresión de su
rostro era de una tristeza suprema. Por un lado había sido vejada en su propia
y más profunda intimidad, y, por el otro, el desengaño echó abajo el castillo
de naipes de sus ilusiones, con el estrépito de la burla de un ser asqueroso y
despreciable que seguía mirándola por la espalda y riéndose de ella en sus
pensamientos.
Y
tan ensimismado estaba O’Kelly, con los planes de su futura estrategia, que no reparó
en ningún tipo de amenaza, cuando Exex, de repente, se dio la vuelta y
mirándole a sus ojos asimétricos, con una expresión de odio incontenible, le
lanzó el secador de pelo dentro del jacuzzy,
gritando:
–¡Hijo
de puta! ¡Cómete esto!
El voltaje de la corriente alterna hizo que
el cuerpo de O’Kelly comenzara a agitarse con acelerados espasmos, irguiéndose como
si quisiera batir el agua y levantar la espuma, mientras que la electricidad le
atravesaba y los latidos de su corazón se incrementaban a una velocidad
taquicárdica.
Exex
miraba el terrible espectáculo, echándose hacia atrás, con la espalda oprimida
contra el lavabo, tratando de contener el asco que le provocaba ver aquella
escena.
O’Kelly temblaba con violencia, sin hablar,
con la desesperación impresa en su mirada y el gesto contraído. Sus
pensamientos ahora eran otros, llenos de odio hacia Exex y de miedo hacia la
inevitable llegada de la muerte. Su cuerpo palidecía con matices violáceos, y se
retorcía como la cola de una lagartija tras ser cercenada. Un ligero vaho
brotaba de su piel, con el olor de la carne cocida. Su corazón no pudo más y
O’Kelly murió cesando de golpe en sus movimientos. La palidez de un muerto se
veía adornada de toques morados y verdosos, en un final de espanto, y el rostro
mostraba una mueca de fealdad indescriptible, con la mirada quieta y unos ojos
de colores que ya habían perdido su brillo.
Exex
desenchufó el secador y vomitó en el suelo, sin apartar la vista de O’Kelly,
pues le daba miedo hacerlo en el lavabo dándole la espalda, no fuera que
todavía se pudiera levantar, por lo que, una vez terminó de limpiarse la boca
con la toalla, volvió a enchufar el secador.
Luego,
salió del bañó, empacó sus pertenencias, cogió los cinco mil dólares y abandonó
ese apartamento para no regresar jamás.
Todo final supone un nuevo comienzo. (Lao
Tse Wang)
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