sábado, enero 27, 2007

TERCERA ENTREGA





6. 
        Rosas criadas en invernadero traía ese otoño O’Kelly, en un ramo envuelto en papel transparente y cintas de colores. Le acompañaba una de sus libidinosas damiselas.
        –Aquí me huele a alguien… Ella debe de haber llegado…
        Dijo O’Kelly nada más entrar, y luego le ordenó a su llamativa y curvilínea acompañante que encendiera algo de incienso. La mujer de melena oscura y rasgos latinos, se sentó en el sofá del salón cruzando sus bien torneadas piernas y abrió una cajita rectangular, de concha y plata, para sacar una varilla de sándalo perfumado, de esencia de limón, que encendió. O’Kelly, mientras tanto, se dirigió hacia la habitación con el ramo de rosas en sus manos.
        Exex dormía plácidamente, acurrucada en posición fetal, y el olor a limón ya entraba en la habitación cuando su bigote parecía la guinda de un delicioso pastel. O’Kelly, muy despacio, retiró la sábana que cubría su cuerpo y, con algo más de curiosidad, observó cada centímetro de su desnudez. Luego la besó en la espalda, recorriéndola con la lengua, mientras que Exex se estremecía por caricia tan sutil. En esa labor, al llegar en su trayecto hasta la oreja, le dijo suave:
        Exex… Despierta…
        Ella respiró hondo, entrecortada con su aliento de frescura, y se desperezó por unos instantes entreabriendo sus grandes ojos de color miel.
        ¡Oh!... Ya llegaste –dijo, somnolienta. ¿A qué huele?
        A perfume de sed de amor…
        Y, al compás de estas palabras, sacó un lipstick del bolsillo de su americana y le pintó los labios de carmín brillante, de tal modo que pudiera advertir los destellos incitantes de pasión bajo aquel extraño bigote. Entonces, se inclinó sobre ella y la besó en la boca, mientras alargaba la mano hacia su parte más íntima para comprobar la suavidad de un himen incorrupto. Se sorprendió con su virginidad y le vino a la mente una idea magistral; se debatía entre el deseo de romper tan preciado tesoro y por otros más oscuros y precisos planteamientos. Decidió acercar su boca hacia manjar tan exquisito, y caminando beso a beso, por aquella piel de seda, acabó con su cabeza entre dos piernas que temblaban con la excitación. Sorbió el manjar del néctar de su flor, de un sabor indescifrable, que le hizo aferrar sus manos con firmeza a aquellas estilizadas piernas blanquecinas.
        ¡Oh mi amor!… ¡Eres maravilloso! –exclamó con un suspiro de placer.
        O’Kelly se reincorporó y rápido se quitó los pantalones, y así, con la americana de color pistacho puesta, se situó entre las piernas de Exex.
        Soy virgen –dijo, con una expresión entremezclada de temor y ternura.
        Ya lo sé –respondió O’Kelly, mirándola en la profundidad de sus ojos. Y no vas a dejar de serlo –agregó.
        La empezó a acariciar por otro lugar cercano, y a continuación, sin que ella lo esperase, le hundió su miembro viril en cueva tan recóndita. Exex lanzó al aire un grito de dolor, que retumbó en toda la habitación.
        ¡¡¡No!!! ¡¡¡No!!! –suplicaba entre quejidos.
        Pero ya nada podía hacerse, pues O’Kelly se agitaba violentamente, en un acto de sodomía forzado que provocaba que las uñas de Exex, como poderosos aguijones, buscaran la piel de aquél que la sometía para perforarla debajo de sus ropas.
        Entre el dolor compartido pronto llegó la excitación, y los gemidos de placer se extendieron por todo el apartamento, mientras que, bajo el marco de la puerta, la fulana miraba la escena con una sonrisa perversa a la vez que aspiraba el humo de un cigarrillo.

        “Es importante no marginar los hechos reales de la vida, para no llegar a negar los sucesos que puedan convertir la verdad en una mentira ilusoria. Todo tiene un valor cuando existe y, por tanto, merece ser contado.” (Renato Scaldio)


7.
        Exex se acordó de todo lo malo que le había sucedido en ese día…
        Hoy, intentaron matarme en dos ocasiones –dijo, apenada.
        –¡Cómo! –exclamó O’Kelly.
        Sí; un taxista intentó matarme con una barra de acero, pero logré escapar y así perdí las maletas… Luego, un vagabundo intentó apuñalarme, pero le convencí para que no lo hiciera… No sabes qué mal lo pasé…
         –Hijos de puta... –maldijo O’Kelly. Si me enterara ahora mismo dónde están esos desgraciados los mataría. No permitiré que nadie te haga daño; de ahora en adelante yo te cuidaré, no te preocupes –y la besó con ternura en la boca–. Ahora, más vale que te bañes y te vistas, pues tenemos cosas que hacer –agregó.
        Y O’Kelly salió de la habitación hacia el salón así como se encontraba, sin pantalones, donde le esperaba la morena de piernas torneadas y pechos grandes, con un par de rayas de escopolamina de belladona encima de la mesa.
        –Aquí tienes, cariño –dijo ella.
        –Estás en todo Carmelita…
        Dijo él, cuando ya se sentaba en el sofá de charol, al lado de ella, para esnifarse con un tubito transparente los polvos amarillos que estaban sobre la mesa de cristal.
        ¡Esto es demasiado! –exclamó O’Kelly, mientras Carmelita se metía la suya–. Ya todo me da vueltas y le veo la cara al mismo diablo, sentir su energía cerca de mí… Su poder me atrapa con una sensación gloriosa que me hace comprender lo que soy. ¡Ja¡ ¡Ja! ¡Ja! –y su risa parecía perversa. Siento su fuerza entre mis piernas y mi verga es el centro del universo. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! –y su risa tenía rastros de maldad. ¡Soy el verdugo! –gritó, de repente, alzando los brazos. ¡En esta vida sólo hay víctimas y verdugos, y yo prefiero sostener la espada sobre las cabezas! ¡Así nadie se reirá de mí!
        ¡Brindemos por ello! –exclamó Carmelita con la mirada ida.
        ¡Sí! ¡Tráeme algo!
        Ella se levantó tambaleante para dirigirse hacia la barra de bar, donde agarró dos vasos bajos, una botella de Chivas Regal, y preparó las bebidas con unos cubitos de hielo. Luego regresó, y se la pasó a O’Kelly.  
        ¡Por los verdugos y sus víctimas! –exclamó alzando el vaso.
        Bebían el líquido y, al cruzar las miradas, en sus mentes asomó el deseo incontenible de poseerse, y dado que en ese momento el universo entero giraba en torno al miembro viril de O’Kelly, pronto se vieron envueltos en caricias y el uno dentro de la otra, cuando él seguía haciéndolo medio desnudo, con la americana puesta, ya que sus pantalones todavía estaban tirados en el suelo de la habitación, en cuyo baño una bigotuda se duchaba felizmente pensando en su amor.
        Al terminar de bañarse, tras secar su cuerpo y ataviada con una bata de hombre que tomó del armario, se dirigió hacia el salón para decirle a O’Kelly lo mucho que le amaba, cuando, por encima de ese sentimiento y esa intención, fue grande su sorpresa al comprobar lo que allí sucedía.
        ¡¡¡Esto qué es!!! –gritó casi histérica.
        O’Kelly, sin abandonar la postura en la que se encontraba, y aún entre los brazos de su amante, contestó con insolencia:
        –Pues está claro… Esto es una bella mujer, y yo, soy yo.
        Exex sentía que el mundo se le caía encima, con esa escena y todas las reproducciones de arte erótico en las paredes, con el sofá rojo chillón y al alfombra peluda, todo girando en torno a ella como un mareante set de película porno, sumida en el desconcierto más que sorprendida.
        ¡No estoy dispuesta a aguantar ciertas cosas! –gritó Exex, amenazante.
        Carmelita comprobaba con asombro cómo O’Kelly era advertido y gritado por una mujer. Él no podía permitir semejante actitud, estaba en juego su prestigio y ya no podía seguir actuando frente a Exex, pues tal reacción era una burla manifiesta hacia el más fiero proxeneta de la ciudad, consumada delante de ella, de Carmelita, una de sus chicas y ahora testigo incómodo de tal atrevimiento.
        ¡¡¡Y yo no aguanto otras!!!
        Gritó furioso saliendo de entre las piernas de Carmelita, para acercarse hacia Exex y propinarle un bofetón que la tiró al suelo. Eso era otra cosa, pensó Carmelita, mientras Exex lloraba atemorizada viendo de cerca el desgastado parquet. Para O’Kelly ésta era una gratificante escena, cuando su dureza no quedaba en entredicho ante el ejemplo de la regla establecida, al someter las voluntades por el ejercicio de la violencia. Ya había dominado de momento la situación y sus mujeres quedaban en su lugar.
        –¡Voy a dejar las cosas claras! ¡Aquí el que manda soy yo! ¿Entendido? –gritó O’Kelly agarrándola por el cuello y apretando con fuerza.
        Exex muerta de miedo asintió con la cabeza, a la vez que miraba a O’Kelly con una extraña expresión en sus ojos que mezclaba los sentimientos de tristeza, odio y amor, difícil cóctel ahora factible, lo que evidenciaba la falta de entereza en su personalidad. Sin duda, era una actitud humillante para ella, que se veía rebajada a ser algo parecido a una esclava, pero la rara y posesiva forma de amar de O’Kelly, o su comportamiento respecto a ella, dominador desde cualquier punto de vista, le causaba rechazo y agrado a la vez, como una tendencia masoquista que le provocaba, a pesar del miedo, que ahora se deshiciese de placer tirada en el suelo.
        –Sí, sí, entiendo… –dijo ella entre lágrimas, con la voz temblorosa.
        –¿Te queda claro? –le advirtió O’Kelly.
        –Sí, me queda claro –aceptó sin más.
        O’Kelly dejó de apretarle el cuello y la soltó. Exex le miró asustada, sabiendo que no podía resistirse a él, que le deseaba por encima de cualquier otra cosa, y O’Kelly, quizá adivinando el trasfondo de esa mirada, la besó en la boca con ademán posesivo, dejándose barrer los labios con los pelos del bigote, en un beso ardiente e impulsivo que suponía un pacto con el mismo diablo, cuando Carmelita, que asistía impasible a la escena, pensó: “Ya valiste madre, bigotuda.”

     
8.
        –Me voy a maquillar, que si no tardo mucho –dijo Exex.
        –Sí, pero ponte el perfume que te regalé –le indicó O’Kelly.
        –De acuerdo.
        Y Exex se dirigió desde la habitación hacia el cuarto de baño…
        –Hoy voy a cerrar un trato –dijo O’Kelly.
        –¿Cuál?
        Hablaban en voz alta, uno desde el baño y otro desde la habitación.
        –Una ampliación de negocios… Voy a adquirir cinco asiáticas –decía tan normal.
        –¿Cómo?
        –¡Qué voy a adquirir cinco asiáticas! –repitió, elevando el tono de su voz.
        –¿Para qué?
        –Para qué va a ser…
        Decía tumbado en la cama, con una sonrisa malévola y la mente puesta en el futuro, sosteniendo entre sus manos un vaso lleno hasta la mitad de whisky con hielos.
        –También tengo más planes…
        –¿Sí?
        –Sí. Para ti.
        –¿Cuáles? –preguntó intrigada.
        –Planes…
        Y dejó caer esta palabra, suave, como la serpiente venenosa que se acerca para atacar a su presa.
        –¿Pero cuáles?
        –No te preocupes, son buenos.
        –¿Pero cuáles? –insistió.
        –Ya lo sabrás, es una sorpresa.
        Contestó O’Kelly muy serio, con la mirada fija en el vaso que tenía en la mano, y luego saboreó el líquido con un trago pausado.
        –Date prisa, que se hace tarde –ordenó–. Me tienes que acompañar en esto.
        –¿Acompañarte? ¿En qué?
        –En lo de las asiáticas.
        –Lo que tú quieras mi amor –dijo, con una sonrisa condescendiente, viendo el reflejo de su rostro en el espejo del baño con aquel tremendo bigote.
        Una vez compuestos, salieron por la puerta del apartamento. Él portaba un maletín negro esposado en la muñeca izquierda y cubría la cabeza con un sombrero de ala ancha. Ella iba graciosamente vestida a la última, desprendiendo el agradable olor a mandarina de su nuevo perfume.
        Ya en la calle, subieron a un furgón blanco que estaba estacionado junto a la puerta. O’Kelly abrió la guantera y sacó dos pistolas automáticas, tipo escuadra; se guardó una en el pecho, bajo la gabardina, y la otra que era más pequeña, del nueve corto, se la entregó a Exex.
        –Toma, ésta es para ti.
        – Yo… ¿para qué quiero esto? –preguntó inquieta.
        –Para usarla si algo no saliera bien.
        –Pero yo nunca…
        Y O’Kelly la interrumpió, quitándole importancia a la dificultad que pudiera tener utilizar un arma de fuego:
         –Es sencillo… Lo único que tienes que hacer es quitar el seguro, que es esta palanquita, y a continuación apuntas y, pum pum, aprietas el gatillo… Ahora, guárdatela en el bolso y no te preocupes.
         O’Kelly, tras esta corta explicación, arrancó y salieron sin prisa.


9.
        De noche en el puerto estaba todo tranquilo. La luna llena comenzaba a salir por entre los barracones de almacenaje, y su luz, tenue y difusa, hacía reflejos sobre el agua quieta y oscura. El silencio reinante era total, sólo roto o acompañado por el movimiento casi imperceptible de las embarcaciones fondeadas en los muelles. En poco tiempo toda esta armonía fue deshaciéndose, con el ruido de un automóvil que surgió por la parte trasera. Entre unas grandes grúas y el mar aparecieron las luces de un furgón blanco, iluminando fríamente lo que llegaban a alcanzar, arrebatándolo de la penumbra.
        De esta misma forma, al cabo de una larga hora, el mismo furgón se alejó de los muelles para dejar el lugar otra vez en perfecta armonía. O’Kelly había cerrado la operación sin problemas e iba al volante con una sonrisa, mientras en la parte trasera estaban sentadas, con la expresión seria y temerosa, cinco jovencitas filipinas de ojos rasgados. A Exex, desde luego, esas cosas no le parecían nada bien, pero ya tenía asumido que así eran aquellos negocios y no podía hacer ni un solo comentario al respecto, ya se tratase de un denigrante caso de trata de blancas o de cualquier otra cosa, cuando atrás seguían apocadas las cinco asiáticas que O’Kelly pondría a funcionar aquella misma noche.
        Llegaron a la puerta de un local donde un cartel luminoso anunciaba: “Exotic Club”, y en un callejón contiguo aparcó el furgón, para descargar la mercancía en la parte trasera del tugurio. Exex siguió sentada, mirándose entre tanto la pintura de las uñas, hasta que después de unos veinte minutos apareció O’Kelly silbando alegre una canción.
        –Ya está –dijo–. Esto hay que celebrarlo… Iremos al mejor restaurante de la ciudad. 
        –Está bien –aceptó Exex–. Podríamos ir a cenar a La Gardenia
        Se subieron en el Thunderbird, que estaba en la acera de enfrente, para marcharse después de haber dejado a buen recaudo las cinco filipinas. El coche rojo circulaba por las grandes avenidas, bajo la mirada de los inmensos rascacielos, y como en una carroza cesárea un O’Kelly triunfante observaba complacido sus dominios, feliz como nunca en la vida por saberse poseedor de la gracia del destino.
        No tardaron en llegar a la puerta de La Gardenia, lujoso restaurante frecuentado por magnates e importantes hombres de negocios. El coche, inmediatamente, fue recogido por un valet-parking y accedieron al recibidor bajo un toldo semicircular. Una puerta de cristal se abrió a su paso, al compás de la reverencia de un portero vestido como de primera comunión, que se quitó el sombrero en ademán respetuoso. En el hall les atendió otro servicial personaje, vestido de negro y sin tanta botonadura, que les dijo:
        –Están en su casa, señores… Síganme por favor.
        El maitre andaba altivo y estirado, como un pavo queriendo avistar lo más lejano del horizonte. Les condujo hasta una mesa para dos, en un rincón del inmenso salón en cuyos manteles bordados en rosa se apoyaban las manos ensortijadas, en oro y brillantes, de las damas que allí cenaban en compañía de caballeros adinerados, herederos de grandes fortunas, intrépidos y exitosos hombres de negocios e inigualables play-boys de prestigio en la alta sociedad; y en ese lugar, fuera de lo acostumbrado para O’Kelly, se sentaron a la vista de todos, pues entre la americana de color pistacho y el sombrero de ala ancha que se gastaba, y lo inusual de ver a una hermosa y llamativa bigotuda, desde el trayecto de la entrada hasta la mesa fueron el blanco de todas las miradas. Pidieron champagne antes de consultar la carta, en forro de cuero rosa, para elegir de comer entre las diversas exquisiteces de la alta cocina y especialidades de la casa. El maitre tomó la orden y los dejó solos, con una botella de champagne y unos panecillos untados de queso roquefort.
        –¿Sabes todo lo que hay aquí?... Millones en joyas y oro –dijo O’Kelly entre dientes.
        –A ver cuándo me haces un regalito así –añadió Exex, graciosa y oportuna.
        –¿Qué quieres, qué atraque una joyería? –y rió.
        –No. Con que pongas un poco de voluntad…
        –Voluntad y un buen fajo de billetes –agregó con ironía.
        –Tú, con olor a mandarina te conformas –repuso ella.
        –Exex, no me calientes que te sacudo –dijo, bromeando– ¿Qué quieres, ser como todas estas mujeres, que por la mañana se levantan y mean y cagan como todas las demás? ¿Qué tienen de especial?
        –Pues, que viven mejor –contestó ella.
        –Si a eso le llamas tú vivir bien…
        –Ellas así lo pasan, envueltas en alhajas.
        –A pesar de tanta joya, te aseguro que están vacías como casi todas, y quizá sin disfrutar de una buena verga entre las piernas –dijo soez.
        –Desde luego, tú, todo lo reduces a eso…
        –Mi verga es el centro de universo, nena, no te hagas líos, y así es para una inmensa mayoría –dijo sapiente–. El sexo y el dinero son el motor de este mundo –afirmó convencido–. Eso es lo que veo a diario y me ha enseñado la vida.
        –¿Y dónde queda la espiritualidad?
        –¿Y para qué queremos esa estupidez de la espiritualidad? Hay que ser prácticos y mirar el presente, pues el resto no está comprobado, son mamadas y cuentos chinos nada más.
        –¿Y dónde queda el amor?
        –El amor y el sexo son para nosotros –concluyó.
        –¡Brindemos entonces por el amor! –exclamó Exex.
        Elevaron las copas más arriba de sus cabezas, chocando el cristal que tintineó, para beber de un solo trago el burbujeante líquido francés.
        Exex destacaba entre los allí presentes, pues aparecía hermosa con ese particular bigote, y desde una mesa cercana eran observados con detenimiento por un señor gordo que, vestido con un traje ajustado a punto de estallar, era poseedor de una tremenda papada que casi le cubría la estridente pajarita con la que adornaba el cuello de su camisa. Estaba acompañado por dos hombres más, de edad similar, entre los cincuenta años. Mientras tanto, Exex y O’Kelly seguían a lo suyo sin percatarse de que eran la atención del lugar, y de que los ojos inquietos de aquel gordinflón no se apartaban ni un solo segundo de ellos.
        –¡Soy feliz contigo! –exclamó Exex.
        –Pocas lo son –dijo satisfecho.
        Si algo no podía aguantar O’Kelly era hacer feliz a una mujer, lo suyo ni siquiera se catalogaba como hipocresía, era puro desdén, misoginia, cuando se aprovechaba del sufrimiento de ellas para lograr sus despreciables objetivos, manipulándolas para hacerles sentir el miedo hasta en la misma médula de los huesos, de tal manera que no pudieran negarse a las obligaciones impuestas por su mente despiadada. Odiaba ver a la gente feliz, y en especial a las mujeres, en un mundo donde la alegría y los sufrimientos se daban compartidos. Él pensaba que las cosas debían darse puras, y no confusas y mezcladas. Existía el bien y el mal, y las medias tintas no eran para él, que se decidió sin dudar por lo segundo, pues en una sociedad injusta no podía ser justo, no era lógico ese antagonismo, y así lo correcto era estar en sintonía con ese pensamiento, con la inercia natural de la negatividad, porque quien siembra injusticia va acorde con la vida. No existía una recompensa en el después, era el presente y su materialidad, sólo eso importaba, de nada valía intentar cualquier otra cosa.
        –¿Es que no te gusta que te quiera? –le preguntó Exex con tierna mirada.
        –¡Claro que sí, mi amor! –exclamó con total simulación.
        –Siempre estaré contigo, en lo bueno y en lo malo –dijo, verdaderamente enamorada.
        En ese preciso instante, cuando jugaba la trama entre la ilusión y el amor verdadero, tramoya de parte de él y vuelo en triple salto mortal para ella, fueron interrumpidos por el vigilante gordinflón, rosado ser porcino disfrazado de persona, que no les había quitado el ojo desde que entraron por la puerta.
        –Buenas noches O’Kelly. ¿Cómo tú por aquí?
        –Ya ve, señor comisario, ¿qué quiere que le diga? Aquí, cenando a dos pasos de su mesa.
        Exex miraba con atención a ese regordete, que al hablar parecía emitir los mismos ruidos o ronquidos que hacen los cerdos cuando no hablan.
        –Es que… ¿piensas cenar aquí? –preguntó sarcástico el comisario.
        –Ya he tomado el espumoso, y estoy esperando a que traigan la comida para degustarla a su salud –contestó O’Kelly, con cierta arrogancia.
        –Eso, ya lo veremos… –dijo, roncando el gordo, a la vez que levantaba la mano para llamar al maitre–. La gente como tú no es bien recibida aquí, la gente como tú cena en McDonald’s o en alguna pizzería de segunda, pero no en La Gardenia, este lugar no es para arrabaleros como tú.
        –Pues creo, entonces, que usted también anda sobrando de aquí, señor comisario –dijo O’Kelly, sonriendo con chulería.
        El cerdito trajeado, en su papel de superioridad,  se ofendió con estas palabras y le dijo amenazante a O’Kelly, señalándole con el dedo índice de su regordeta mano:
        –¡De ahora en adelante vas a saber lo que es bueno! ¡Se van a acabar tus sucios negocios! ¡Te lo aseguro! –y, por momentos, el color rosado de su piel agarró tintes más rojizos–. ¡Acabaré contigo! ¡Te lo juro, O’Kelly, acabaré contigo! –le amenazó, tratando de no alzar demasiado la voz para no llamar la atención.
        En esto llegó el maitre general del salón, de presencia alta y espigada, y portador de una hermosa nariz aguileña, que se vestía nada más y nada menos que de rosa pálido con botonadura de oro, cordones y florituras.
        –¿Qué sucede señor comisario? –preguntó solícito.
        –Que estos dos se van…
        –Eso ya veremos –dijo O’Kelly, rabioso.
        –Llama a los muchachos –ordenó el comisario al maitre, que al instante fue en busca del personal de seguridad.
        –O’Kelly, vámonos –le rogó Exex.
        –¿Ve lo que ha hecho?... Ha asustado a mi chica. ¿Le parece bonito, señor comisario?
         Tres formidables “gorilas”, con cara de no muy buenos amigos, aparecieron siguiendo al maitre por el fondo del salón, y O’Kelly, al verlos, de inmediato cambió de parecer.
        –Bueno, será mejor que nos vayamos… –dijo con chulería–. De momento el mantequilloso gana.
        –¡Estás acabado, O’Kelly! –roncó el comisario.
        Se levantaron y salieron hacia el recibidor, acompañados durante el trayecto por los tres musculosos matones y con las miradas de todos los presentes que comentaban por lo bajo y reían. Fue tremendo y bochornoso ser motivo de mofas entre dientes y cuchicheos, por lo que O’Kelly, sintiendo como nunca el desaire, juró vengarse del despreciable obeso que daba la casualidad era el comisario del distrito donde operaban la mayoría de sus chicas.
        El comisario, ya satisfecho, regresó a su mesa con un difícil caminar de carnes bamboleantes, se sentó sobre la silla como sebo, y se dirigió a sus contertulios:
        –Entonces… ¿Cuánto están dispuesto a pagar por esos veinte kilos de cocaína?
        Preguntó silenciosamente, mientras en la calle, fuera de La Gardenia, un coche de color sangre se alejaba del lugar.

        “La venganza acecha tras su mismo pensamiento.” (Tomas Krincher)



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