<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-29674757</id><updated>2012-01-14T23:57:47.008+01:00</updated><title type='text'>Novela gratis Blognovela: "EXEX, LA MUJER DEL BIGOTE" (blogonovela novela on line blog)</title><subtitle type='html'>“EXEX, LA MUJER DEL BIGOTE” es una "novela on line" en diez entregas . ¡ADVERTENCIA!: SI ERES MENOR DE EDAD, SI NO ERES UNA PERSONA DE AMPLIO CRITERIO, SI TIENES MIEDO A LA LIBERTAD, NO ENTRES A LEER ESTA NOVELA . DERECHOS RESERVADOS - Copyright © Pablo Paniagua . ILUSTRACIONES: Maru Pixies</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://bigotuda.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bigotuda.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Pablo Paniagua</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>11</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-29674757.post-8073340680292842535</id><published>2007-03-28T09:16:00.078+02:00</published><updated>2012-01-10T01:55:16.550+01:00</updated><title type='text'>BIENVENIDOS A LA CULTURA LIBRE</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:0;"&gt;&lt;span style="font-size:78%;color:#c0c0c0;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="color:#c0c0c0;"&gt;&lt;span style="font-size:0;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; DISPLAY: block; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5046872094860108690" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/RgoXbkj345I/AAAAAAAAADw/w5c2gk3VKno/s400/Bigotuda01.jpg" /&gt; &lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;&lt;em&gt;Exex, la mujer del bigote&lt;/em&gt; es una “novela on line” que se publicó en diez entregas como ”blognovela”. En ella se narra la singular historia de una bella mujer bigotuda que, recién llegada a la ciudad de Nueva York para trabajar como modelo, se ve envuelta en una trama de amores insatisfechos y asesinatos que deciden el curso de su vida. &lt;em&gt;Exex, la mujer del bigote&lt;/em&gt; es una novela extraña y diferente con una apuesta estética cercana a las historias de cómic, bajo la influencia del humor negro y la ironía, sin olvidar, desde luego, la preocupación por la forma literaria y el análisis descriptivo y psicológico de sus personajes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En el margen superior izquierdo de la pantalla elige la “entrega” que desees, para leerla en línea.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ahora, ya sólo me queda desearte un buen viaje...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pablo Paniagua&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/29674757-8073340680292842535?l=bigotuda.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/8073340680292842535'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/8073340680292842535'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bigotuda.blogspot.com/2007/03/bienvenido.html' title='BIENVENIDOS A LA CULTURA LIBRE'/><author><name>Pablo Paniagua</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/RgoXbkj345I/AAAAAAAAADw/w5c2gk3VKno/s72-c/Bigotuda01.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-29674757.post-1694736925144049951</id><published>2007-03-18T00:32:00.027+01:00</published><updated>2012-01-14T23:57:47.023+01:00</updated><title type='text'>DÉCIMA ENTREGA</title><content type='html'>&lt;span style="font-size:78%;color:#c0c0c0;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/STW-PM1ooGI/AAAAAAAAAhs/3j-fg1MP8b0/s1600-h/BigotudaKiller_jpg.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; WIDTH: 300px; DISPLAY: block; HEIGHT: 400px; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5275331706887905378" border="0" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/STW-PM1ooGI/AAAAAAAAAhs/3j-fg1MP8b0/s400/BigotudaKiller_jpg.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;4.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Acabaron en una discoteca del bulevar principal, pues aquellas pastillas rosas les incitaban a seguir bailando y disfrutar de la nocturnidad. La vibración de la música atravesaba sus cuerpos con la onda contagiosa que los movía, y sentían fundirse con el ambiente entre las luces de colores de una penumbra sideral. Así estuvieron hasta que disminuyó el efecto de la droga, para salir flotando en algodones, con una sonrisa placentera, a los destellos de la noche que percibían con un halo difuso. Ya era la hora de regresar al hotel, y así lo hicieron.&lt;br /&gt;Nada más entrar en la habitación la ropa cayó al suelo y se amaron impetuosamente, para luego dormirse abrazados bajo las chispas de colores que surgían en algún rincón de sus cerebros. Exex, en sueños, caminaba por la bruma con el movimiento ligero de una brisa que azotaba su túnica blanca. Los espesores violetas de la neblina le infundían cierta inquietud, cuando a su paso se abrían, como laberintos, escaleras y corredores interminables. Buscaba algo, sin saber lo que era. Emergían puertas a su izquierda y derecha, y se internaba por ellas, pero allí sólo había habitaciones siempre vacías. Pasó a otra parte del espacio, dividido por visillos de vaho. Entonces aparecieron hombres morenos y mujeres pelirrojas que hacían el amor esparcidos por un gran salón. Pelirrojas y más pelirrojas. Se sentía confusa y buscaba a Max por todos lados, pero no lo encontraba, sólo veía mujeres pecosas ahí donde mirara. Comenzó a correr por lo ancho del espacio saltando parejas hasta abandonar la región de los tules. Sofocada en su frenética carrera entró en un lugar desconocido, impreciso, una extensión sin materia. Caía por el vacío con la atracción de una leve gravedad, acercándose hacia un punto que tomaba la forma de un vaso alargado lleno de líquido burbujeante de tonalidad amarilla, una piscina cilíndrica con paredes de cristal. Se estrelló aparatosamente contra el fluido, salpicando a su alrededor. Se ahogaba y se aferró a una burbuja para subir a la superficie. Ya podía respirar; pero ante ella estaban Max y la pelirroja sumidos en caricias, riéndose a carcajadas de ella. No aguantó la traición; tenía un cuchillo en su mano y, sin pensarlo, pegó un salto hacia Max para acuchillarle en medio del pecho. Su sangre lo teñía todo de rojo y la pelirroja se diluía en su color, mezclándose con el líquido burbujeante. Entonces comenzó a ahogarse con este crimen, no podía respirar y se despertó agitada… A su lado, en la cama, ya no estaba Max. Se levantó y fue a mirar al baño, pero estaba vacío. Sus cosas seguían ahí, exceptuando la ropa que usó para la noche. Entre el sueño y la misteriosa desaparición se sentía confusa y enojada. ¿Dónde habría ido?&lt;br /&gt;Decidió, sin pensarlo dos veces, vestirse y salir en su busca.&lt;br /&gt;Fue al garaje y el coche tampoco estaba. Optó por coger un taxi en la puerta del hotel…&lt;br /&gt;Recorría las calles desiertas buscando el bungalow de la fiesta y el sol despuntaba al alba. Tardó en llegar veinte minutos. Afuera ya quedaban pocos coches, apenas unos cuantos desperdigados. Entró por la puerta del jardín y se dirigió hacia la parte trasera. Ya se había acabado el jolgorio y solamente continuaban algunas parejas charlando, y algún desquiciado por el alcohol entre monólogos. Dentro de la casa, en un gran salón, encontró un corrillo de gente esnifando cocaína, con el olor de la marihuana de varios canutos que daban vueltas. Todos la miraron al entrar y la invitaron a que se acercara.&lt;br /&gt;–¿Quieres? –preguntó, el que hacía el reparto.&lt;br /&gt;–Sí –aceptó.&lt;br /&gt;¡Ya que más le daba! Le hicieron un sitio y esnifaron por turnos, cediéndole, por supuesto, el primero a la bella y recién llegada bigotuda.&lt;br /&gt;–¿Oye? –preguntó Exex, dirigiéndose al que le había invitado–. ¿Has visto a una pelirroja con un vestido verde que estaba antes por aquí?&lt;br /&gt;–¿Por?&lt;br /&gt;–Es amiga mía –aseguró Exex.&lt;br /&gt;–Creo que se fue hace un momento. La vino a buscar un tipo.&lt;br /&gt;–¿Cómo era él? –preguntó, algo inquieta.&lt;br /&gt;–No sé, no me fijo en eso –contestó, tratando de esquivar la pregunta.&lt;br /&gt;–¿No era uno con tupé y vestido de negro? –insistió Exex.&lt;br /&gt;–Te he dicho que no lo sé.&lt;br /&gt;Exex estaba nerviosa y con los efectos de la cocaína aún más, de tal modo que los pelos del bigote le temblaban. Ahora su preocupación era que Max se hubiera ido con la pelirroja, por eso fumó un poco de marihuana para calmarse, de un joint que de repente le cayó en las manos.&lt;br /&gt;No tenía nada más que hacer ahí y se levantó, despidiéndose de aquella gente que seguía esnifando sin parar. Le asaltaban mil imágenes e ideas, todas nefastas y desconfiantes, y decidió regresar al hotel para esperar.&lt;br /&gt;En el jardín tuvo que soportar que algunos hombres se dirigieran a ella, con intenciones que no deseaba.&lt;br /&gt;–¿Ya te vas, preciosa?&lt;br /&gt;–Sí… Lo que venía a buscar ya no está –contestó sería y segura, para quitárselos de encima.&lt;br /&gt;–Y lo que yo buscaba, parece que se quiere ir –murmuró un rubiales de mirada inteligente.&lt;br /&gt;A Exex, en ese instante, le apareció un súbito deseo de venganza y pensó que aquel joven sería ideal para un desquite en madrugada.&lt;br /&gt;–Si es así, me quedo –contestó Exex.&lt;br /&gt;–Vamos –dijo él.&lt;br /&gt;La tomó de la mano y así entraron en la casa, y por unas anchas escaleras, que ascendían en semicírculo, subieron a la planta superior en busca de una habitación vacía. Por una puerta salió una pareja extasiada, que se cruzó con ellos y les hizo una señal para ocupar el lugar que acababan de dejar. Con el corazón convulso se dejó llevar hasta la habitación, donde había una cama gigante llena de cojines y un televisor encendido con una película pornográfica de una sesión de fornicación múltiple. Se desnudaron, y el rubiales se sirvió un par de dosis de cocaína sobre un espejo. Luego, llegó la hora de las caricias y de intentar hacer algo que no se pudo, pues aquel muchacho había esnifado tanto que cualquier intento de lograr una erección efectiva fue imposible, y la cosa se quedó en un poco de sexo oral y unos cuantos besos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al medio día Exex llegó a la habitación del hotel. Max estaba en el baño afeitándose y vestía un kimono negro.&lt;br /&gt;–¿Dónde has ido? –preguntó tranquilo.&lt;br /&gt;–A buscarte –respondió.&lt;br /&gt;–¿Adónde?&lt;br /&gt;–A la fiesta… no sé, por ahí –contestó, tratando de contener los nervios–. ¿Y tú, dónde fuiste?&lt;br /&gt;–A hacer una llamada telefónica –respondió sin titubear.&lt;br /&gt;–¿Y por qué no llamaste desde aquí? –preguntó desconfiada.&lt;br /&gt;Max no respondió al instante, y se hizo un pesado y desconcertante vacío en la conversación.&lt;br /&gt;–Desde aquí no pasan llamadas de larga distancia –dijo, luego.&lt;br /&gt;–¿Y tuviste que coger el coche para salir a la calle a telefonear? –insistió, con el fin de acorralarlo.&lt;br /&gt;–Era una llamada importante a mi distribuidor; no podía hacerla desde cualquier lugar.&lt;br /&gt;–Eres un cretino… Yo hubiera tenido más imaginación –dijo, con desprecio.&lt;br /&gt;–¿No me crees?&lt;br /&gt;–Eres un cretino, Max –repitió, dándole la espalda.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“La duda es la indecisión, la indecisión la desconfianza, y ésta, la prevención.” (Saraswati Singh)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La crisis les llegó pronto, pues Exex no supo adaptarse a la formas libertinas de un saltador de ambientes, y corría el grave riesgo de actuar con Max como James lo había hecho con ella. Parece que al final todas las personas, por pertenecer a una misma especie, son similares en la resolución de ciertas actitudes posesivas que se manifiestan, de un modo u otro, con la naturalidad establecida a partir de unos usos y costumbres aceptados por la mayoría. Y la manera de pensar de Max era otra muy distinta, cuando sus relaciones con las mujeres no se basaban en la fidelidad (condición que por otro lado no reclamaba para él), sino en una libertad de actos que no requerían justificación. Pero él cometió el error de no explicarle a Exex el ideario de su filosofía personal, cuando le llegó a prometer, incluso, esa lealtad que luego se veía incapaz de cumplir. Ahora las mentiras se encadenaban una tras otra para obtener, a costa de la incertidumbre, la emoción de sortear esas dificultades en lo que suponía toda una trama psicológica tan adictiva como la de un cleptómano o un ludópata. Y dentro de esta correspondencia, viciada desde su origen, ella se había enamorado sin remedio dejándose llevar por el frenesí, cuando lo más difícil era precisamente lo que más anhelaba, lo que se iba conformando poco a poco en una verdadera obsesión.&lt;br /&gt;Ahora, no perdía de vista a Max ni un solo instante, y analizaba sus comportamientos y cada palabra bajo la lupa y distorsión de la paranoia. En su gesto se percibía un rastro de sospecha, y su bigote se adornaba con la gravedad de un rictus de amargura. Max, en contra de lo que se podría imaginar, disfrutaba con esta oposición, por ser las reglas del juego más estrictas y así su práctica más arriesgada y emocionante. Él hacía uso de la farsa y la ironía, cuando Exex, en contrapartida, se calmaba por medio del olvido que otorga el paso del tiempo como bálsamo sobre las heridas del corazón, y así, pasadas las horas, recuperaba otra vez la confianza. Entonces volvían a hacer el amor con ímpetus renovados, aplicando distintos rituales eróticos que Max ponía en práctica y que, de alguna manera, como una poderosa droga los encadenaba a una pasión que se diluía entre el sexo y los sentimientos más sublimes. Hacían el amor donde fuera y como fuera, cinco o seis veces al día, bajo una concepción tántrica en la que Max no siempre eyaculaba y con una diversidad de posturas copulares. Así, con la rapidez de su vertiginosa relación, Exex cada vez se sentía más atraída por Max, deseándolo como a nadie en la vida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya una vez rebajada la tensión decidieron viajar al campo, para romper con la monotonía y así cambiar de aires, aunque fuera por unos días, tomando rumbo hacia las montañas del norte. Exex iba al volante y Max, a su lado, buscaba en el dial de la radio algo de música al gusto de los dos.&lt;br /&gt;–¡Aquí está! ¡Ésta sí es buena! –exclamó, a la vez que comenzaba a moverse al ritmo de la música, dentro de lo que le permitía el reducido espacio de su asiento.&lt;br /&gt;Exex pisó a fondo el acelerador y la aguja del velocímetro, inclinándose hacia la derecha, amenazaba con salirse de su sitio. El árido paisaje era un telón desfigurado, con formas que dejaban atrás consumidas por el motor embravecido de un descapotable que parecía volar.&lt;br /&gt;Llegaron pronto a los pies de un grupo montañoso, cubierto en su cima de grisáceos nubarrones que amenazaban con romperse en millones de gotas. El sol había desaparecido y un viento molesto soplaba con fuerza. A un lado de la carretera se estacionaron para desplegar la capota, justo cuando comenzaba a llover. La tormenta se hacía previsible.&lt;br /&gt;–¡Menudo día elegimos para salir al campo! –exclamó Exex, resignada.&lt;br /&gt;Al llegar al primer pueblo, decidieron inscribirse en el motel donde solían hospedarse los visitantes que en raras ocasiones llegaban al lugar. La población parecía no estar muy animada, pues los lugareños se dedicaban, casi en exclusividad, a trabajos relacionados con el campo como agricultura y ganadería; no obstante, funcionaba un club-discoteca los fines de semana, al que los pueblerinos iban a beber cerveza y emborracharse. Las opciones, desde luego, no eran muchas, así como para cenar de manera decente, y no les quedó más remedio que hacerlo en un burger, a un lado de la carretera. Comieron lo propio: un par de hamburguesas con papas acompañadas de unas cervezas y, de postre, unas pastillas rosadas con forma de corazón. Afuera no paraba de llover y el letrero de neón de la discoteca, parpadeando entre la inclemente oscuridad, les llamaba con sus formas de colores como la única invitación posible para aquella noche.&lt;br /&gt;La discoteca era un simple baile, con tres mesas de billar y música muy comercial y pasada de moda. Los clientes iban a juego con el entorno, de una decoración más bien caduca, y en su mayoría eran pueblerinos enrojecidos por el sol que, nada más entrar, les miraron con la extrañeza del gesto obtuso que les causaba la presencia de dos forasteros de apariencia tan poco común. Las mujeres, de igual manera, no eran como Exex, y no por el hecho de ser una divina y exclusiva bigotuda sino porque se echaba en falta en aquéllas cualquier tipo de clase, al ser el equivalente femenino de los hombres del lugar.&lt;br /&gt;Era un poco incómodo sentirse observados como si fueran bichos raros, y en especial Exex que llamaba tanto la atención con su prominente mostacho. Aun así decidieron tomarse algo, pues no había otro lugar y las dos pastillas de éxtasis comenzaban a hacer su efecto, y no era cuestión de marcharse al cuarto del motel a subirse por las paredes. Pidieron, por tanto, un par de limonadas para refrescar sus gargantas, y fue una sorpresa para los presentes el hecho de que no bebieran alcohol y algún comentario despectivo sonó al respecto, en el sentido de que Max era poco hombre por tomarse una limonada, y rieron todos las ofensas asomando sus feas dentaduras. Max se hizo el sordo, como si con él no fuera la cosa, pero las miradas de aquellos animales no cesaban de escrutarlos con hostilidad. Les parecerían, en definitiva, igual que una atracción de circo o algo por el estilo, cuando Exex, como siempre, con esa sensualidad suya tan característica provocaba erecciones allí donde fuera.&lt;br /&gt;–¿Has visto qué tipejos?... Son lamentables –le comentó Max a Exex en voz baja.&lt;br /&gt;–Déjalos, están en la edad de piedra.&lt;br /&gt;–Yo diría más: son el eslabón perdido.&lt;br /&gt;Sus comentarios les arrancó una risa ligera, y luego se besaron sintiendo encima las miradas de envidia de los que deseaban estar en su lugar. En ese momento se les acercó un tipo alto y flaco, de pelo rubio, con andares de pato bravucón, que se vestía con camisa a cuadros y pantalón de peto. A su lado pidió una cerveza al camarero y, a continuación, le sugirió a Max que la pagase.&lt;br /&gt;–Págala tú, que ya eres mayorcito –fue la contestación de Max.&lt;br /&gt;–Te he dicho que la pagues –le conminó el gañán, enseñando sus amarillentos dientes separados.&lt;br /&gt;–¡Qué te jodan! –fue su respuesta.&lt;br /&gt;El gañán, al instante, se lanzó sobre Max para golpearlo, pero él lo esquivó a la vez que le metía el puño con fuerza en la boca, rompiéndole un par de dientes que cayeron al suelo. Casi doblado por este certero derechazo trató de incorporarse, pero Max lo remachó con otro golpe que le hizo crujir la nariz y lo dejó sentado entre gritos de dolor.&lt;br /&gt;Éste fue el detonante y todos se abalanzaran sobre Max, con la intención de lograr lo que su paisano fue incapaz. Le llovían los golpes por todos lados y Max, a duras penas, trataba de esquivarlos respondiendo a su vez al envite. Eran tantos que a traspiés logró zafarse, no sin antes recibir un mordisco que le arrancó parte del lóbulo de la oreja, y llevarse algunos golpes más.&lt;br /&gt;–¡Corre Exex!&lt;br /&gt;Gritó al huir por la puerta, pero ella ya le estaba esperando en la calle… En una dramática carrera llegaron hasta el coche. Max intentó arrancar, pero el motor no encendía por la humedad resultante de la fuerte lluvia. Seguía intentándolo, dominado por los nervios, pero no había manera, y los pueblerinos, mientras tanto, se acercaban enardecidos hacia ellos gritando:&lt;br /&gt;–¡A por el forastero! ¡A por el forastero! ¡Qué no se escape!&lt;br /&gt;Ya estaban a unos cuantos pasos y por fin el motor rugió, para salir en derrape sin dejar de aprovechar la oportunidad para atropellar a un par de ellos, que quedaron retorciéndose sobre el barro como lombrices pisoteadas. Max sangraba por la oreja y miraba nervioso a través del espejo retrovisor, para comprobar si los perseguían, cuando a lo lejos pudo divisar las luces de tres vehículos. Conducía a toda velocidad sobre el pavimento que brillaba por el agua, en descenso por la serpenteante carretera, cuando se le ocurrió una idea magistral. Disminuyó la velocidad y, tras rebasar una curva peligrosa trazada en desnivel, paró a un lado de la carretera. Bajó del coche a toda prisa y sacó del maletero una lata de aceite, que derramó sobre el asfalto en medio de la curva. Arrancó y condujo un poco más abajo, durante al menos un minuto, para estacionarse fuera de la carretera escondido tras unos matorrales y apagar las luces.&lt;br /&gt;–Espero que esto funcione –dijo Max, respirando agitado.&lt;br /&gt;–¡Ojalá!&lt;br /&gt;Sentían el nerviosismo en las mandíbulas apretadas, y sus corazones latían acelerados con la preocupación de la fatídica espera. Las tres luces se iban agrandando, a medida que descendían a gran velocidad por la empinada carretera. El primer coche derrapó y dando vueltas se precipitó por la pendiente, el segundo corrió con la misma suerte, y el tercero pudo frenar y se quedó justo en el borde del declive como un balancín.&lt;br /&gt;Max, sintiéndose ya triunfador, encendió las luces y tocando el claxon alborozado se despidió de aquellos gañanes entre carcajadas.&lt;br /&gt;–¡Estuvo perfecto! ¡Qué se jodan! ¡Yuhuuu! –gritaba Max.&lt;br /&gt;Exex encendió la radio y empezaron a corear exaltados la canción que era el éxito del momento, pues aquellas pastillas rosas hacían un efecto maravilloso.&lt;br /&gt;Esta escapadita les ayudó a olvidar los viejos rencores y para darse cuenta que un suceso repentino podía cambiar el rumbo de su historia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Ante el peligro siempre surge, ineludiblemente, la alianza o la traición.” (Lao Tse Wang)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Sólo te digo una cosa: estoy cansado de estar en la cama –se quejó Max.&lt;br /&gt;–Pues… ¡Vámonos! –exclamó Exex.&lt;br /&gt;Salieron de entre las sábanas y Max se tuvo que bañar con alguna precaución, ayudado por Exex, ya que las heridas de la reyerta estaban aún recientes.&lt;br /&gt;En la playa el sol caía con aplomo, pero no era impedimento para que se viera invadida por una multitud disfrutando del suplicio de tomar una tonalidad más tostada en la piel, en un día de esparcimiento, entre chapuzones y juegos a la orilla del mar.&lt;br /&gt;–¡Uf! ¡Qué calor! –se quejó Exex–. ¿Te vienes a dar un baño?&lt;br /&gt;–No. Prefiero seguir tomando el sol.&lt;br /&gt;Exex entraba poco a poco en el agua, estirándose como si caminara de puntillas, a través del oleaje que rompía suave contra su cuerpo. Luego se dejó arrastrar por la corriente, sumergiéndose de vez en cuando, y flotar al capricho de las olas que la llevaban hacia tierra para encallar como una preciosa sirena de la especie bigotuda. En esa posición se quedó mirando la mancha homogénea del cielo, bajo el sonido de las olas, detenida en ese rumor que era como una especie de mantra para la meditación, o sea, para dejar escapar las ideas hacia el infinito y tratar de ver una luz que crece en tu interior. Pero Exex no pudo concentrarse todo el tiempo en el sonido, ni mucho menos ver la luz, y levantó medio cuerpo para mirar hacia la arena y observar algo que le causó un vértigo desagradable, pues una mujer, que parecía pelirroja, estaba sentada junto a Max. Se puso en pie, con el corazón en un vuelco, y dirigió sus pasos hacia allí, cuando en ese instante la pelirroja se alejó caminando en otra dirección, perdiéndose entre la gente.&lt;br /&gt;–¿Qué hacía ésa por aquí? –preguntó Exex, con una expresión que le hacía fruncir su bigote con desagrado.&lt;br /&gt;–Quería fuego para un cigarrillo –contestó con su tranquilidad habitual.&lt;br /&gt;–¡Mentira!... Os conocéis de algo –le acusó airada.&lt;br /&gt;–Te juro que no… ¿Acaso no me crees?&lt;br /&gt;–No, no te creo –contestó inquieta.&lt;br /&gt;Max la abrazó para calmarla y, tomándola por la cintura con ambas manos, le dijo en tono reconciliador y cariñoso:&lt;br /&gt;–Créeme… No tengo nada que ver con esa pecosa, ten confianza en mí, no te preocupes, sólo soy para ti y tú para mí.&lt;br /&gt;–Es que son demasiadas coincidencias… –decía, sin dar crédito a las palabras de Max.&lt;br /&gt;–No creo que sea tan extraño, aquí viene todo el mundo y no es raro encontrarla, pues ya estaba por aquí el otro día.&lt;br /&gt;–¿Y también en la fiesta?&lt;br /&gt;–Nos movemos en el mismo ambiente, es como nosotros y tendrá los mismos gustos.&lt;br /&gt;–Pero no puedes negar que te gusta… –dijo Exex, suspicaz.&lt;br /&gt;–Creo que es al revés; quizá sea yo el que le gusta –respondió–. Pero no puedo hacer nada contra eso.&lt;br /&gt;–Podías ignorarla…&lt;br /&gt;–¿Qué quieres, qué le escupa en la cara?... Me parece absurdo que estés otra vez con tus celos, deberías tener más confianza en ti misma.&lt;br /&gt;–Vale, vale. Lo olvidaré. Lo sacaré de mi cabeza –concedió.&lt;br /&gt;Y se tumbaron en las esterillas para seguir tomando el sol, cuando Exex seguía con la preocupación, sin poder olvidar la presencia de aquella pelirroja que se había convertido en una verdadera obsesión. Se veía incapaz de aceptar los argumentos de Max, pues todas las coincidencias sobrepasaban lo admisible, además de la corroboración a través del descaro de unas miradas que invalidaban cualquier excusa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Todo el universo gira en torno a un punto y hasta la casualidad se deshace.” (Paul Bouilhet)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;9.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella noche hacía un calor insoportable, pegajoso, de esos que hacen difícil conciliar el sueño y has de intentarlo desnudo sobre la cama, con las ventanas abiertas de par en par. Exex estaba con los ojos cerrados, inmóvil, con el esfuerzo en la antesala de los sueños, sin conseguir despejar las imágenes de su mente y los pensamientos. Notaba las sábanas húmedas pegadas en la espalda, en los riñones, y oía la respiración de Max junto a ella. Así, en ese estado, llevaba dos horas tratando de dormirse.&lt;br /&gt;Max abrió los ojos y giró la cabeza para mirarla… “Está dormida”, pensó. Con mucho cuidado, con la intención de no despertarla, salió de la cama casi escurriéndose de ella. Exex se percató de la maniobra pero continuó sin moverse, pues pensó que Max iría al baño… Comenzó a vestirse muy despacio, sin dejar de mirarla, y salió de la habitación girando con suavidad la perilla al cerrar la puerta.&lt;br /&gt;Exex brincó de la cama al instante, cuando Max acababa de abandonar la habitación, y se puso a toda prisa lo primero que encontró: el camisón casi transparente que estaba junto a la cama y el chaleco de plumas negras que colgaba en el respaldo de una silla, y así, con unas chanclas de fantasía en los pies, se presentó en el hall del hotel mientras por enfrente, en la calle, vio pasar a Max dentro del coche. Tuvo suerte de que en la puerta, al final de las escalinatas, estuviera un taxi estacionado en cuyo interior el chofer dormía dejando colgar un brazo por la ventanilla.&lt;br /&gt;El taxista, en un sorpresivo despertar, pudo ver a una mujer bigotuda que, vestida de manera muy extraña, le gritaba con los ojos desorbitados y sin poder contener la excitación:&lt;br /&gt;–¡Siga a ese coche! ¡Siga a ese coche! ¡Rápido, rápido! ¡Por favor!&lt;br /&gt;Entró en el taxi casi dando traspiés, cerrando de un portazo, y arrancaron sin más demora. Ahora sabría la verdad y el destino de sus escapadas nocturnas. Sentía el corazón asido en un puño, latiendo acelerado, al ver en la distancia las luces traseras del descapotable.&lt;br /&gt;–¡No lo pierda! ¡No lo pierda! –le decía al taxista, hecha un manojo de nervios.&lt;br /&gt;Y el taxista, de lo más eficiente, iba detrás de esas luces rojas con la debida precaución para no levantar sospechas, dirigiéndose hacia el sur de la ciudad… Tras un rato llegaron a una zona playera donde había unos cuantos bungalows de madera, que en la noche se difuminaban en contraste con el mar, y las luces rojas se apagaron junto a uno de ellos.&lt;br /&gt;–¡Pare, pare! ¡Déjeme aquí! –le pidió al taxista, sintiendo que se le salía el corazón por la boca.&lt;br /&gt;Se bajó del taxi y vio entrar a Max por la puerta del bungalow, donde se encendió la luz de una ventana que luego se apagó. Ella se había sentado sobre la arena y agarraba sus piernas con ambos brazos, mientras imaginaba lo que pudiera estar sucediendo ahí dentro, en esa casita de madera, donde se volvió a encender otra luz que después de unos minutos se apagó de manera permanente. Ahora sólo tenía que averiguar el motivo de sus escapadas, pues, desde luego, no se quedaría ahí sentada esperando como una tonta. Caminó con este objetivo, sigilosa hacia la casa, y empezó a husmear por los alrededores con el fin de ver una ventana entreabierta, que encontró a una altura aceptable para trepar y colarse por ella. Lo hizo sin dificultad, aunque temblando por los nervios y casi al borde del colapso. Fue a parar a un pequeño cuarto de baño, cuya puerta permanecía abierta e iba a dar a una especie de saloncito que, en la penumbra, dejaba ver una mesita redonda con sillas y una estantería con varios libros. El suelo era de listones de madera y los pasos de Exex, aunque fueran cuidadosos, crujían levemente al caminar. Se asomó al pasillo. Estaba decorado en sus paredes con las fotografías de una pelirroja de belleza exquisita. Exex no pudo más que rabiar por dentro al verlas, y apretó los puños con fuerza. Siguió para delante, dominada por ese nerviosismo imposible de calmar, hasta que llegó a la cocina. Un gran cuchillo, en la oscuridad, le llamó la atención con el reflejo leve y difuso de su hoja. Escuchó, entonces, un gemido proveniente de otra parte de la casa, y sintió la traición como nunca antes. Cogió el cuchillo sin pensarlo, guiada por esa furia que la poseía, y se dirigió hacia el origen de los rumores femeninos que la estremecieron de una manera indefinible. Iba con el cuchillo en la mano, decidida, ahora excitada por los gimoteos le la pelirroja, cuando sintió que su ropa íntima se mojaba con los efluvios que escurrían de su sexo. La situación se le hacía confusa, tanto como el fin último de sus actos, pero la idea del engaño y la traición le asaltaban con un desagrado del que debía librarse como fuera. Al final del pasillo, por una puerta abierta, podía percibir el olor de la infidelidad y los sonidos de dos cuerpos que se amaban en la penumbra.&lt;br /&gt;Una vez allí comprobó, con sus propios ojos, el hecho consumado de la traición, pues Max se agitaba entre las imponentes piernas de la pelirroja que se abrían temblando como alas de mariposa.&lt;br /&gt;–¡¡¡Hijo de puta!!! –gritó Exex, histérica.&lt;br /&gt;Max, sobresaltado, salió del húmedo cubículo y se echó para atrás, cuando en ese instante sólo pudo ver a Exex clavándole un cuchillo en el corazón. Se oyó un grito ahogado y la pelirroja enmudeció atenazada de terror, abriendo sus grandes y bonitos ojos que brillaban en la oscuridad, mientras el cuerpo de Max manchaba las sábanas manando sangre a borbotones a través de su herida mortal. Entonces Exex comprendió, como una revelación, al ver temblando de miedo frente a ella a esa maravillosa belleza de piel anaranjada, de cabellos lacios y cuerpo de diosa, que era el amor de su vida y que en realidad había matado a Max por los celos de estar poseyéndola.&lt;br /&gt;Apartó el cuerpo inerte de Max con una patada, que cayó resbalando al suelo igual que un gran pescado, y arrojó el cuchillo lejos, hacia una esquina de la habitación. Luego comenzó a desnudarse, sin dejar de mirar a la pelirroja, con la intención de ir a su encuentro y meterse entre sus brazos. El magnetismo del contacto visual las envolvía, la situación en sí, y una frente a la otra esperaban el momento de fundir sus cuerpos entre la sangre… El primer beso, ese roce de piel, les pareció indescriptible, algo nunca antes experimentado. Pero había un detalle que no las dejaba sentirse en perfecta armonía, por lo que Exex se levantó, sin dejar de mirarla, y caminando de espaldas se dirigió al baño de la habitación. Allí encendió la luz, se miró en el espejo, y se vio indigna con ese bigote. No dudó en que debía afeitárselo y así lo hizo, después de agarrar una maquinilla y humedecer los pelos, de su ahora desconcertante bigote, para enjabonarlo. Cuando realizaba la operación, sin remordimiento alguno, iba descubriendo con deleite su nuevo rostro, mientras los gruesos pelos caían como las etapas de su vida. Entonces se acordó de Belmont, de O’Kelly, de James y del ahora difunto Max, y pensó que ya estaba harta de los hombres.&lt;br /&gt;De regreso en la habitación la pelirroja seguía allí, esperándola. Exex, con su nueva imagen, estaba tan bella como siempre o incluso más. E hicieron de ese momento un extraño ritual amándose entre la sangre de Max, su novio compartido, y así sellaron una nueva alianza con ese secreto.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“En el laberinto de las pasiones, todo es posible.” (John Archibald Holmes)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;10.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cuerpo de Max acabó en el mar, siendo comida para los peces, y ellas regresaron juntas a la ciudad de los rascacielos en el descapotable de color canela.&lt;br /&gt;Exex sin el bigote se sentía como una persona nueva, después de tanto tiempo con ese estigma tan radical para su género femenil y en contraste con su desmesurada hermosura, lo que en sí no dejaba de ser una contradicción, extravagancia de la naturaleza que tuvo que aceptar con dignidad y sin complejo alguno. Ahora, sin embargo, le tocaba tomar una nueva posición ante la existencia y su futuro, sabiendo que por fin, con este nuevo intento, dejaría atrás la fatal influencia de los tiempos pasados, ya sin ese bigote que había significado tanto para ella. A su lado, también, estaba la pelirroja, que se llamaba Tania, a la que ya sentía como el verdadero amor de su vida, la pareja ideal por afinidad, las dos tan perfectas como un mismo reflejo, tan especiales, ahora juntas para amarse sin frustración posible, destinadas a mirarse la una frente a la otra igual que un mismo ser, y en sus rostros luminosos quedaba impreso ese estado de dicha tan pura y sublime.&lt;br /&gt;No tardaron en alquilar un ático provisto de una amplia terraza, en uno de los edificios más altos de la ciudad, desde donde la panorámica era impresionante e inspiradora tanto en el día como en la noche, para gozar de la intimidad necesaria y tomar desnudas el sol y hacer el amor bajo la bóveda celeste sin que nadie las observara. Y así, en ese departamento, fundaron su paraíso particular.&lt;br /&gt;Era de mañana y todavía estaban los restos del desayuno sobre la mesa, cuando sonó el teléfono. Exex lo tomó y comenzó a hablar:&lt;br /&gt;–¡Hola Stephan!... Sí, hace una bonita mañana… Sí, aquí estoy con Tania… ¿Cómo dices? –preguntaba, tratando de escuchar mejor–. No, no creo que sea así la cosa, esas fotos las veo mejor para Reika, pero si tú dices que las quieren los de Femme, está perfecto, a fin de cuentas eres mi representante… Sí, claro que se enfadaron y ruegan para que me deje el bigote, pero eso ya se terminó. Les dije que debía renovarme y no caer en arquetipos de imagen, que la evolución es necesaria… Sí, también están muy contentos con Tania, es hermosa y más con su pelo rojo, tan sensual y diferente –decía mirándola, mientras Tania se balanceaba dentro de una hamaca–. ¿Cómo? ¿Qué para cuándo lo de París?... No sé, cuando tú creas conveniente sacas los billetes del avión y todo lo demás… Sí, eso es, para la pasarela de otoño, y si puedes firmas con Aldo Finni para primavera… Sí, las dos…&lt;br /&gt;Tania, con una expresión de agrado, se mecía observando la delicadeza de Exex al hablar; se miraban de vez en cuando y sonreían con un brillo de alegría en los ojos. Le lanzó un beso suave y ella le guiñó el ojo. Estaban enamoradas, nunca antes habían sentido nada igual.&lt;br /&gt;–A las cuatro está bien… ¡Claro! En los camerinos del Palace… Estaremos perfectas con nuestra piel tostada por el sol y esos trajes de baño… Sí, sí, ya lo sé… Gracias, muchas gracias… ¿A cenar?... Sí, iremos con todos ellos… Muy bien, en eso quedamos… Muchos besos… Ciao.&lt;br /&gt;Y después de colgar el teléfono se echó a los brazos de Tania. Dentro de la hamaca comenzaron a besarse con esa dulzura que sólo ellas podían concederse, con la pausa y la intensidad, embelesadas en un instante mágico que las envolvía con el manto de sus caricias. Pero afuera, en la terraza, andaba un intruso, alguien que se había colado por la escalera de emergencia. No era un gato de tejados, sino un niño suicida llamado Willy que con la soga bajo el brazo buscaba de nuevo su último escenario. Y miraba angustiado, aquí y allá, tratando de elegir, como siempre, el lugar más idóneo donde anudar la soga. No tardó en decidirse por la antena parabólica que estaba instalada en lo alto de una pequeña torreta de metal, de unos tres metros de altura, lo suficientemente alta como para saltar desde ahí al vacío. La visión sería impresionante, con una panorámica perfecta de la ciudad en la clara mañana, con el mundo vivo ante su mirada desde la muerte y mucho mejor que un cartel publicitario o un retrete.&lt;br /&gt;–¡Creo que oí algo! –dijo Exex, con extrañeza–. Saldré a mirar…&lt;br /&gt;Dejó a Tania sola en la hamaca para ir a inspeccionar la terraza. Fue grande su sorpresa al ver a un niño encaramado en la torreta de la antena parabólica, con una soga al cuello, imagen casi imposible y surreal. Pero el niño saltó y la certidumbre de ese acto desesperado le hizo correr hacia la torreta y escalarla, agarrar a Willy, primero por las piernas y luego por la cintura, y así lograr salvarle de la muerte.&lt;br /&gt;–¿Qué haces niño? ¿Qué te pasa? –decía Exex para calmarle, pues no cesaba en sus pataleos.&lt;br /&gt;Willy estaba enfadado, mucho más que las veces anteriores… ¡Cómo era posible que siempre alguien le salvara en el último segundo!... Estaba harto, ésta sería la última… Y desesperado, con el propósito de zafarse de Exex, le pegó un mordisco en la mano con tan mala suerte que ella, en su reacción, resbaló precipitándose sin remedio hacia el vacío desde lo alto del edificio…&lt;br /&gt;Exex caía hacia la calle, en una última dramática experiencia, y los objetos ante sus ojos se iban agrandando a toda velocidad. En su cabeza, dominada por él pánico, se agolpaban, en una sucesión ordenada, todos los recuerdos memorables de su vida que iban pasando, imagen tras imagen, en el sentido inverso de su consumación; de tal modo que se vio besando con Tania en la hamaca, asesinar a Max, asesinar a James, asesinar a O’Kelly, echar el líquido pringoso en la cara de Belmont y muchas otras cosas más, hasta llegar a la imagen de su nacimiento en el instante del impacto contra el suelo.&lt;br /&gt;Exex acababa de nacer y morir a la vez, en un solo segundo, pues nunca antes había existido, sólo en la imaginación de Tania que se balanceaba tranquilamente en una hamaca de gruesos hilos trenzados, pensando que llevaba demasiado tiempo sin compañía y que ya era hora de tener alguna relación sentimental, pues los días transcurrían en la más absoluta soledad, en aquel ático recién rentado, desde que llegó a la ciudad de los rascacielos hacía más de dos semanas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;NOTA: Todas las citas y sus nombres propios son invención del autor. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;___________________________________________&lt;/span&gt;&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Derechos Reservados - Copyright © Pablo Paniagua&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;COMENTARIOS: paniaguauno@yahoo.es&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/29674757-1694736925144049951?l=bigotuda.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/1694736925144049951'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/1694736925144049951'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bigotuda.blogspot.com/2007/03/dcima-entrega.html' title='DÉCIMA ENTREGA'/><author><name>Pablo Paniagua</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/STW-PM1ooGI/AAAAAAAAAhs/3j-fg1MP8b0/s72-c/BigotudaKiller_jpg.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-29674757.post-8022399713850711366</id><published>2007-03-10T23:31:00.018+01:00</published><updated>2012-01-10T22:26:04.477+01:00</updated><title type='text'>NOVENA ENTREGA</title><content type='html'>&lt;span style="font-size:85%;color:#c0c0c0;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/RfMzr77ph0I/AAAAAAAAACQ/HAHcQuh1BjQ/s1600-h/BigotudaBiquinuda.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; DISPLAY: block; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5040429237872985922" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/RfMzr77ph0I/AAAAAAAAACQ/HAHcQuh1BjQ/s400/BigotudaBiquinuda.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:verdana;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;TERCERA PARTE&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al saber que ya quedaba poco, Max se dispuso a ir al baño. Caminó hasta la puerta de los servicios y bajó por las escaleras. El suelo era de baldosas negras y las paredes recubiertas de gresite blanquecino, reluciente en las partes cercanas al techo y con un tono más opaco en el resto. En ese lugar, que estaba solitario, unos veinte mingitorios en la pared permanecían firmes y frescos para ser usados. Se acercó a uno de ellos, elegido al azar, y dejó escurrir por las cañerías el sobrante de sus riñones. Luego, se puso frente al espejo para lavarse las manos y pudo advertir, en ese instante, algo que le llamó la atención, cuando una cuerda atada en una cañería se balanceaba dentro de una cabina sanitaria. Max se acercó para comprobar qué sucedía, pero el cerrojo de la puerta estaba echado. Tomó un poco de impulso, golpeó la puerta con el hombro y ésta se abrió. Su sorpresa fue mayúscula al ver un niño que pendía al extremo de la soga. Lo agarró con dificultad, pues pataleaba con fuerza, y lo descolgó como pudo.&lt;br /&gt;–¡Maricón! –le insultó Willy con su vocecita.&lt;br /&gt;Max le dio un sopapo y, agarrándole de una oreja, lo sacó de allí para entregárselo al primer custodio que encontró.&lt;br /&gt;El altavoz anunciaba la salida de su tren y se apresuró a la consigna para recoger el equipaje, encaminándose después con el billete en la mano hacia el vagón, cargado con una valija de cuero. El revisor le indicó su lugar. Le había tocado un asiento junto a la ventanilla y sus tres compañeros de viaje ya estaban ahí: un matrimonio de la tercera edad, que discutían de no se qué, y una joven y bella bigotuda que miraba triste a través del cristal.&lt;br /&gt;Dejó la valija en la parte superior y se sentó frente a Exex. Ella no le prestó la menor atención, ni siquiera para dirigirle una mirada. Los viejitos, al contrario, no pararon de observarle. Un tipo así no pasaba desapercibido, con no más de treinta años, un tupé embadurnado de brillantina, el arete de oro que colgaba del lóbulo de su oreja y vestido de cuero negro como un verdadero rocker de los sixties.&lt;br /&gt;El tren arrancó tras unos minutos de espera. Era uno de última generación, con compartimientos individuales, cabinas dormitorio, vídeo y un estupendo bar-restaurante. El viaje sería largo y pesado, pues tardaba treinta y seis horas en llegar a su destino, la costa del océano Pacífico, allá en una ciudad turística donde la gente se tostaba al sol en playas de arena blanquecina, para disfrutar de la vida nocturna y de la benevolencia de un clima tropical; lo mejor para unas vacaciones, las que iniciaba Exex para poner tierra de por medio, aunque fuera por unos días, con la ciudad de los rascacielos. Respecto a James, le daba igual, no sentía ningún remordimiento, porque fue un cretino en esta vida y lo sería en la otra. Tampoco le preocupaban las indagaciones de la policía y su posible relación con la muerte de un borracho. Estaba claro que era un acabado, cuando incluso le echaron del trabajo, y pensarían que no pudo soportar que aquella chica, la única que tuvo en su vida, le abandonara, y por ello se suicidó. Ahora, con estas vacaciones, sólo esperaba pasar la página del libro para cambiar el capítulo de su historia.&lt;br /&gt;Estar en una cabina de tren, desde luego, no era demasiado interesante y más en un viaje tan largo, por lo que Max, siendo un tipo simpático, bien parecido y conversador, con un don especial para las relaciones humanas, sobre todo en lo referente a las bellas mujeres, rápido se decidió por entablar conversación con esa particular y bella bigotuda que tenía frente a él.&lt;br /&gt;–Hola –saludó a Exex, mostrando su mejor sonrisa.&lt;br /&gt;–¿Nos conocemos? –preguntó ella con desinterés.&lt;br /&gt;–No. Pero creo que lo más sensato, en una situación como ésta, sería conocernos –y luego se presentó–: Me llamo Max.&lt;br /&gt;–Yo Exex.&lt;br /&gt;Dijo extendiendo la mano, que al instante él tomó para llevarla a sus labios y besarla con suavidad, mientras miraba por encima y directo hacia el interior de los ojos de Exex. Luego, volvió a sonreír, dejando ver su blanca dentadura, que resplandecía de igual modo que el tupé y el arito de su oreja, y ella le correspondió con idéntica sonrisa.&lt;br /&gt;–¿Adónde vas? –preguntó Max.&lt;br /&gt;–A la costa.&lt;br /&gt;–Entonces, estaremos juntos hasta el final… Voy a la playa de vacaciones, a divertirme, a sacarle el jugo a esta vida.&lt;br /&gt;–Igual que yo –dijo Exex, sonriente–. Sólo quiero divertirme y pasarlo bien.&lt;br /&gt;–¿Sabes...? –continuó Max, con un tono confidencial de simpática actuación–. Yo creo que estamos aquí para disfrutar, para pegar un salto y olvidarnos de todas las preocupaciones. Hay que saltar y saltar, cambiar de ambiente, de un sitio para otro. La vida es una aventura que debemos experimentar con la pasión de una juventud interminable. Cambiar de escaparate constantemente, de lugar, tratando de mirar la realidad a través de diferentes prismas… La vida es tan bella cómo la quieras ver, es una cuestión mental, todo es según lo piensas y lo crees, pura sugestión que se materializa… Me gusta evolucionar, por fuera y por dentro, dar el bote y cambiar de ambiente… En realidad, soy un saltador de ambientes; ésa es mi profesión –y acabó sonriendo satisfecho.&lt;br /&gt;Exex comenzó a reír, ya olvidada de cualquier pensamiento nefasto, bajo la influencia de Max que le parecía tan gracioso y, también, no estaba nada mal, incluso mucho más guapo y atractivo que Belmont.&lt;br /&gt;–Sí, de verdad –continuó–. La mayoría de la gente vive para subsistir, para consumir sin dejar de pensar en problemas y preocupaciones; ya no tienen ilusión y viven en la infelicidad. Sólo trabajan y trabajan para mantener en pie un espejismo que es tan ilusorio como sus propias vidas. Ésa es la realidad para una inmensa mayoría.&lt;br /&gt;–Entonces, ¿tú no trabajas?&lt;br /&gt;–¡Por supuesto que no!&lt;br /&gt;–¿Y de dónde sacas el dinero? –preguntó intrigada.&lt;br /&gt;–¡Ja! –rió Max–. Pues, del banco.&lt;br /&gt;–¿Y para meterlo en el banco? –prosiguió, interrogando con curiosidad.&lt;br /&gt;–Pues ahí estaba –dijo, haciendo un gesto condescendiente.&lt;br /&gt;–¡Así cualquiera!... Naciste con estrella y juegas con ventaja sobre los demás.&lt;br /&gt;–No es mi culpa –dijo, a la vez que sonreía.&lt;br /&gt;–Pero tus argumentos, de ese modo, pierden valor –objetó Exex.&lt;br /&gt;–¡Y qué le voy a hacer! –exclamó encogiéndose de hombros.&lt;br /&gt;–Pues cambiarlos…&lt;br /&gt;–Me podría estrujar la cabeza para buscar distintas soluciones, pero sería complicado, y tal cual lo pienso me siento feliz, pues yo no soy culpable de nada… ¿Quién es más culpable: el perro que se caga en la calle o su dueño por dejar que lo haga?&lt;br /&gt;Exex rió por el planteamiento y contestó dubitativa:&lt;br /&gt;–Pues… no sé, supongo que el dueño.&lt;br /&gt;–Pues yo soy el perro, hago lo que quiero cuando sea y donde sea, y también soy el dueño, pues me dejo hacer lo que quiera y encima me saco de paseo –dijo, suspicaz.&lt;br /&gt;Y empezaron a reír a carcajadas ante la mirada atónita del matrimonio de jubilados.&lt;br /&gt;–Pensándolo así, tienes razón –intervino Exex–. El mundo gira y naces condicionado por las circunstancias.&lt;br /&gt;–Uno debe aceptar su esencia, y yo me limito a dar botes mientras nadie me lo impida –agregó riendo.&lt;br /&gt;De momento, pensó Exex, no había nadie más y sería bueno pegarse a un saltador de ambientes para olvidar lo inolvidable, la muerte por su propia mano de los dos últimos hombres de su vida. La vitalidad de Max tal vez fuese contagiosa y, sin duda, ya entreveía las ventajas de estar a su lado. Él también estaba solo, no sabía exactamente adónde ir, y lo mismo le sucedía a ella, además de que le gustaba y sentía cierta atracción por él. Era un vividor pero le daba igual, probaría de su filosofía.&lt;br /&gt;Salieron del compartimiento para caminar por el estrecho pasillo acristalado, siguiendo una flecha que indicaba la dirección del bar-restaurante. El bar se situaba al final del tren y ocupaba un vagón completo, con una barra mostrador y unas cuantas mesas colocadas, de manera contigua, a ambos lados. No había mucha gente y sólo un par de borrachos bebían en la barra, mientras el resto de las mesas permanecían vacías. Se sentaron al fondo.&lt;br /&gt;–Hola buenos días –saludó el camarero, vestido a rayas con los colores de la bandera nacional y gorrita de aviador a juego–. ¿Qué van a tomar? –preguntó solícito.&lt;br /&gt;–Yo, una cerveza tipo pilsen –ordenó Exex.&lt;br /&gt;–A mí, tráigame lo mismo –dijo Max.&lt;br /&gt;–¿Se les ofrece algo de comer?&lt;br /&gt;–No, de momento así está bien…&lt;br /&gt;Al rato ya tenían sobre la mesa un par de espumosas cervezas, bajo la luz de la mañana que se filtraba por el ventanal. Se miraban satisfechos por haberse conocido, con el deseo de compartir ese momento y sin pensar en la duda de no saber nada el uno del otro, simplemente unidos por la atracción de sentir que se correspondían por ese instante.&lt;br /&gt;–Jamás he conocido una mujer como tú… Estás preciosa con ese bigote –dijo él, mirándole a los ojos.&lt;br /&gt;Exex sonrió, elevando el bigote con gracia, para mostrar su agradecimiento. Sus ojos brillaban intensos, desnudando las emociones y aquella repentina pulsión por quien tenía delante. Max, muy hábil y decidido, enseguida se dio cuenta de este detalle y se acercó hacia ella, por encima de la mesa, para besar esos labios que tanto quería sentir junto a los suyos, en un primer roce de piel lleno de encanto. Se miraron tras este beso, con la complicidad de saber que ya se pertenecían por un tiempo que dejaba de serlo, y el rumor de sus pensamientos se agotó en un solo segundo. Era la magia que surgía de quién sabe donde, así de repentina, fuerza alquímica que los unía en una misma sensación. Max, entonces, buscó algo en el bolsillo de su cazadora y sacó la mano cerrada, que abrió para enseñar dos pastillas rosadas con forma de corazón. Eran de MDMA, la sustancia del éxtasis placentero que como un tesoro él le ofrecía. Exex, sin dudarlo, cogió una y se la metió en la boca con un gesto sensual, cerrando los ojos. Él lo hizo de igual manera, y la pasó por la garganta ayudándose con un trago de cerveza. Se tomaron de las manos, mirándose con energía magnética, y ambos sintieron, el uno frente al otro, como si fueran un mismo ser.&lt;br /&gt;Una vez terminadas las cervezas, y ya fuera de ese intervalo astral, decidieron caminar por el pasillo del tren y ver pasar el paisaje, con un borroso movimiento esfumándose de sus retinas igual que los malos recuerdos de Exex. Era el hoy y el ahora y sentían deseos de amarse, de estar el uno dentro del otro, de arrancar sensaciones desconocidas por medio de caricias, entre los efectos de la sustancia que ya corría por sus venas. No podían aguantar, su necesidad era apremiante, de querer fundirse en un mismo cuerpo. Abrieron la puerta del baño y entraron. La ropa cayó al suelo con naturalidad, entre besos y caricias, y sumidos en un estado de éxtasis se amaron como nunca lo habían hecho, con el sonido de las ruedas rozando el riel, como la piel de sus cuerpos que ansiaban querer desgastar de placer. Parecía no terminar aquella escena que querían infinita, como el estado supremo de su goce corporal. Era la copulación tántrica de una ofrenda a la diosa del amor, de una pasión tal, que estuvieron haciendo el amor y acariciándose durante largo tiempo; él con su cuerpo tatuado y ella con la palidez de una piel de selenio, transmutaron el tiempo para inventar una nueva realidad, nada importó, solamente la energía que llegaron a compartir siendo de la misma esencia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“La unidad armoniosa de dos cuerpos se establece a partir de un mismo pensamiento.” (Saraswati Singh)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La ciudad les acogió todavía flotando en los algodones de su dicha, con una sonrisa de puro gusto dibujada en los labios por el influjo de la experiencia vivida, en un viaje que se preveía aburrido pero acabó siendo maravilloso. Era de noche y los edificios brillaban sin lograr opacar el cielo estrellado.&lt;br /&gt;Se hospedaron en un hotel económico, a dos cuadras de la playa, sin vistas al mar pero con una panorámica excelente de la ciudad. Había una sola cama y en ella se acostaron, sin darse tiempo a deshacer las maletas, para dormir durante un día entero y así recuperarse del viaje.&lt;br /&gt;El despertar les llegó con la luz del segundo día y enseguida ordenaron el desayuno. Hicieron el amor al bañarse, bajo el chorro del agua caliente, con una neblina vaporosa que los envolvía entre gemidos de placer. En el desayuno, al ver la mantequilla, a Max no le surgió otra idea que embarrar sus cuerpos con ella para luego repetir el acto, pero esta vez de manera salvaje sobre la mesa, al compás de las embestidas de él y los gritos de ella. Desde luego, una nueva ducha se hacía obligada y entre risas se quitaron la mezcla que los embadurnaba. Luego, deshicieron las maletas y, tras ordenar todas sus cosas y vestirse, la ciudad les recibió, al salir del hotel, tomados de la mano y con una sonrisa que se escapaba de sus rostros.&lt;br /&gt;Se dirigieron a una venta de autos usados donde Max compró un viejo Dodge descapotable, de color canela, que tenía un buen sonido de motor. No fue mucho lo que pagó por él, apenas dos mil dólares, para tener la libertad de movimientos que ellos requerían. El sol lucía intenso y la brisa marina les acariciaba el rostro casi con indecencia, cuando corrían a toda velocidad por la carretera, al borde de un mar tranquilo. Iban hacia la playa cubriendo sus ojos con gafas oscuras, y con todo lo necesario para pasar el día entre el rumor de las olas.&lt;br /&gt;Aparcaron en el bulevar del paseo marítimo, a la sombra de las palmeras, y en pocos segundos ya estaban sobre la ardiente y blanquecina arena. Rápido se quitaron la ropa, para quedarse tan sólo en traje de baño: él con unos shorts negros y ella con un escueto bikini de colores. No había demasiada gente, pues aún era temprano, y tendieron las esterillas y untaron su piel con aceite de coco. Los dos así, en prendas menores, hacían muy bonita pareja, esbeltos, guapos y jóvenes, como si la vida les hubiera regalado la gratitud de haberse conocido. Max se excitó al ver a Exex tan sensual, con la palidez de su cuerpo en contraste con el bigote marrón y las gafas oscuras, y corrió hacia el mar para darse un inesperado y prematuro chapuzón. Exex no dudó y lo siguió, y en el agua, en suspensión gravitatoria, hicieron el amor, pausados para no llamar la atención; él de pie y ella abrazada a su cuello, unidos en tan romántica posición. Se veían como dos pececitos enamorados emergiendo del agua, bajo un cielo azul intenso que nacía del horizonte cubriéndolo todo.&lt;br /&gt;–¡Esto es vida! –exclamó Exex, ya fuera del agua y con el cuerpo salpicado de finas gotas.&lt;br /&gt;–Estoy de acuerdo… Pero todavía nos queda mucho más –declaró él con optimismo–. Estaremos aquí como lagartos al sol, sin hacer nada, dedicándonos al deleite de los sentidos… Sí, esto es vida, pero esta noche, no lo olvides, nos toca tomarle el pulso al ambiente nocturno.&lt;br /&gt;–¿Adónde iremos?&lt;br /&gt;–Lo ideal sería buscar una fiesta y apuntarse a ella.&lt;br /&gt;–¿Y sabes de alguna? –preguntó Exex.&lt;br /&gt;–Hay muchas fiestas por aquí, tendremos para elegir –respondió despreocupado.&lt;br /&gt;–¿Tú crees?&lt;br /&gt;–Confía en mí, soy un auténtico saltador de ambientes, un especialista –dijo, seguro de sí.&lt;br /&gt;–Lo que tú eres es un auténtico vividor, al menos eso parece –comentó ella.&lt;br /&gt;–Más o menos, eso es lo que soy… Debe ser parecido a tu profesión…&lt;br /&gt;–No te creas… Desde afuera se ve muy bien, pero es bastante duro; aunque, la verdad, no me puedo quejar.&lt;br /&gt;–Creo que estamos tocados por la gracia divina –comentó Max, complacido de la vida.&lt;br /&gt;Se hizo un silencio, durante unos segundos, y Exex continuó:&lt;br /&gt;–¿Sabes?... Tengo la sensación de como si te conociera de toda la vida, de haber estado mucho tiempo juntos, pues todo es tan natural, tan fluido, que ya te quiero de una manera muy especial.&lt;br /&gt;–Eso no se dice…&lt;br /&gt;–¿Por qué? –preguntó extrañada.&lt;br /&gt;–Porque nunca hay que mostrar la profundidad de nuestros sentimientos, por una cuestión de simple supervivencia emocional.&lt;br /&gt;–No sé a qué te refieres, de repente me haces desconfiar…&lt;br /&gt;–Perdona, no era mi intención –y se excusó con una sonrisa–. Simplemente, creo que no conviene mostrar la totalidad de lo que llevamos dentro, y más al principio de una relación, para que no se aprovechen de esos sentimientos.&lt;br /&gt;–¿Acaso piensas hacerlo? –preguntó, algo desconcertada.&lt;br /&gt;–No… Sólo lo digo porque me caes bien, porque eres buena chica, demasiado joven y no sabes de estas cosas.&lt;br /&gt;–Eso me suena a advertencia…&lt;br /&gt;–No, ni mucho menos –rió–, sólo quiero ser sincero… Así soy, no te preocupes por unas cuantas palabras –y se acercó para besarla en los labios, después de haberle quitado las gafas de sol–. Eres muy bonita y tú lo sabes, tienes que ser consciente de ese poder… No te preocupes, puedes conseguir y tener lo que quieras.&lt;br /&gt;–Entonces… ¿por qué he de esconderte mis sentimientos?&lt;br /&gt;–Prefiero descubrirlos por mí mismo –contestó, a la vez que le guiñaba un ojo.&lt;br /&gt;–Pues dejaré que me explores a fondo –declaró Exex, con la mirada perdida en él.&lt;br /&gt;Se volvieron a besar, respirando un mismo aliento, y ella sentía algo diferente, algo que nunca había experimentado. Desde niña, cuando se le despertó cierto interés por el sexo opuesto, siempre había imaginado ese momento, el sueño maravilloso de encontrar al hombre de su vida. Ahora todo formaba parte de una corazonada, al estar segura de que Max era un guante hecho a su medida y que estaban predestinados para estar siempre juntos.&lt;br /&gt;El sol se movía en lo alto, y más gente llegaba a la playa para disfrutar de tan benévolo clima. Pronto la extensión se vio invadida de cuerpos expuestos a un sol abrasador, sombrillas de todos los colores y niños que correteaban a la orilla del mar. Cerca de ellos se instaló una pareja. Ella era una suculenta pelirroja de largos cabellos lacios, plagada de pecas, que según bajaba sus pantalones holgados, de tejido liviano de color verde oliva, dejaba al aire unas hermosas piernas al estilo de las de Pati Austin, bien moldeadas y con unos glúteos firmes y redondos que se escapaban de la ley de la gravedad. Su vientre era plano, sin una gota de grasa, y adornaba su ombligo con un arete plateado. Sus pechos, más grandes que los de Exex, buscaban la última línea del mar, tersos y flotando en el espacio, con los pezones insinuándose debajo la tela de un bikini verde claro. Su piel tostada, que se cubría de diminutas pecas, tenía una apariencia de oro anaranjado, y sus ojos verdes, que culminaban dicha hermosura, parecían querer observar más allá de la distancia. Su acompañante era un atlético individuo, de esos que abundan en los gimnasios, que simulaba ser un muñeco escultural desprendiendo mil reflejos por todo el aceite bronceador embadurnado, para acentuar la percepción de su impresionante musculatura. Y llamaban la atención, hasta el punto de que todos los miraban, incluso Max y Exex. Pero en ese intervalo, la solicitud y sonrisa de aquella pelirroja no eran para su acompañante, sino para un hombre de piel tatuada que estaba a lado de una bigotuda.&lt;br /&gt;–Cómo te mira ésa –señaló Exex, ya percatada de la incidencia.&lt;br /&gt;–Así parece.&lt;br /&gt;–¿La conoces?&lt;br /&gt;–No. Es la primera vez que la veo.&lt;br /&gt;El musculoso, con el cuerpo erguido, comenzó con una sesión de culturismo extendiendo e hinchando las formas anabólicas conseguidas en el gimnasio. Hacía poses y concentraba la tensión de sus músculos, en un espectáculo de lo más ridículo, mientras que la imponente pelirroja no cesaba de mirar a Max, que siguiendo el juego le devolvía la mirada de vez en cuando sin importarle que otra mujer estuviera a su lado. Y Exex se sintió molesta con tal situación, cuando sus ilusiones se veían amenazadas antes de tomar consistencia.&lt;br /&gt;–¡No aguanto más! –protestó airada, y cogió sus cosas para salir caminando hacia el bulevar.&lt;br /&gt;Su comportamiento, sin duda, estaba motivado por los celos (actitud que ya quedó clara cuando sorprendió a Belmont con Pati Austin), pero ahora, también, se unía el hecho de no quedar como una idiota, cuando él la despreciaba a través del flirteo descarado que siempre se suscita cuando dos personas se gustan y dentro de un ritual primario de conquista.&lt;br /&gt;–¡Espera, Exex! –gritó Max, en el momento que ella se marchaba.&lt;br /&gt;–¡Eres un cabronazo! ¡Te vas a reír de tu madre! –le gritó enfurecida.&lt;br /&gt;Él optó por levantarse y seguir detrás de ella, después de haber recogido todas sus pertenencias.&lt;br /&gt;–No es para tanto… Estás celosa –trataba de excusarse.&lt;br /&gt;–¿Celosa por ti?... No lo creo –decía, intentando sacar tono de autosuficiencia.&lt;br /&gt;Al llegar al coche, comenzaron a vestirse junto a él.&lt;br /&gt;–¡Qué! ¿Te gusta? –le preguntaba agresiva.&lt;br /&gt;Max prefería no hablar y seguía cambiándose como si nada pasara.&lt;br /&gt;–¡No me gusta que se rían de mí y menos delante de mi cara! –y estas palabras sonaron aún más amenazantes con el bigote encima de los labios que las pronunciaban–. ¡Si quieres acostarte con otra, me lo dices y me voy!&lt;br /&gt;Ya dentro del coche, Max se puso al volante y arrancó.&lt;br /&gt;–Perdóname –dijo, entonces–, no sabía que te ibas a poner así… Tú eres suficiente para mí y para cualquiera, pero eres demasiado celosa, demasiado joven…&lt;br /&gt;–Me das motivos para ello –se quejó Exex, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión seria en el rostro, con los morritos y el bigote para afuera.&lt;br /&gt;–Una miradita de nada, no conlleva al contacto físico –trató de convencerla.&lt;br /&gt;–Perdóname, es que no estoy acostumbrada, será cuestión de adaptarse –contestó con ironía.&lt;br /&gt;Y recorrieron la carretera a toda velocidad, dejando a sus espaldas la ancha y difusa franja del mar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sobre el fondo de estrellas del cielo se recortaba un bungalow, iluminado como si fuera una estatua, entre un jardín de perfecto césped con yucas enanas y palmeras africanas. En la parte posterior, contrastando con el agua oscura del mar, a la luz de unas cuantas farolas, había una piscina ovalada y una de terraza repleta de personas bailando. Bebían y charlaban en ambiente festivo, y el entusiasmo era general.&lt;br /&gt;Al final de una larga hilera de automóviles, aparcados frente a la casa, se sumó otro de color canela que paró junto al enverjado del vasto jardín.&lt;br /&gt;Max sacó dos corazones rosas, le entregó uno a Exex, y los pasaron con un poco de agua. Luego, buscó algo por debajo del asiento y, con algo de dificultad, terminó por extraer una bolsa de plástico negro.&lt;br /&gt;–¿Qué es eso? –preguntó Exex.&lt;br /&gt;–Caramelos.&lt;br /&gt;Max abrió la bolsa y se la enseñó. ¡Estaba llena de pastillas de éxtasis con forma de corazón! ¡Eran, por lo menos, más de quinientas!&lt;br /&gt;–¡Con qué el dinero estaba en el banco! –exclamó Exex con cierta ironía.&lt;br /&gt;–Soy un auténtico saltador de ambientes, no lo olvides.&lt;br /&gt;Resulta que el nuevo novio de Exex era un auténtico dealer, distribuidor de sustancias psicodélicas en fiestas selectas, operaciones con las que llegaba a ganar en una sola noche alrededor de diez mil dólares.&lt;br /&gt;–¡Eres una cajita de sorpresas!&lt;br /&gt;Añadió Exex, ya fuera del coche, cuando Max la abrazó a la luz de una farola de pantalla redonda, y la besó en los labios.&lt;br /&gt;–Yo seré una cajita de sorpresas, pero tú eres preciosa –le dijo, después.&lt;br /&gt;Caminaron hacia la fiesta tomados de la mano. Vestían con gusto. Él con una americana de cuero negro, con la parte de los hombros en terciopelo azul, pantalones ajustados, botas puntiagudas, el tupé resplandeciente, gafas oscuras y toda la fuerza y el atractivo de su personalidad. Ella sublime, como siempre, sacada de un figurín de modas, con sus piernas al aire, la falda extracorta, zapatos de plataforma y un chaleco de plumas negras debajo del cual tan sólo lucían unos puntiagudos pechos con pezones de fina piel.&lt;br /&gt;Entraron por el jardín, al resguardo del personal de seguridad, y Max le dijo algo al oído a un mayordomo que les indicó el camino hacia la fiesta. Todos se apercibieron de su presencia. ¡Por fin llegaba el gran hombre!, y muchas caras se iluminaban con una repentina sonrisa. Algunos se conocían y otros no, pero ya corría la voz de que unos corazones rosas amenizarían la velada… Zis zas, el dinero pasaba de manos una y otra vez, zis zas, todo con discreción, como si nada sucediera, zis zas, al cabo de un rato todos bailaban poseídos por un ritmo frenético y con una sonrisa placentera impresa en los labios. La fiesta &lt;em&gt;rave&lt;/em&gt; daba comienzo gracias a Max. ¡Era la hora de divertirse! Los camareros, vestidos de etiqueta, pasaban bandejas de bocados y canapés; caviar, salmón ahumado, quesos varios, carnes frías, patés, vino tinto, blanco y rosado, todo tipo de bebidas inteligentes, postres y diversas delicias más. Era un reventón refinado, para gente de la alta sociedad y farándula reconocida, donde Max y Exex figuraban como las estrellas de la noche.&lt;br /&gt;Ella, la mujer del lustroso bigote, se movía al ritmo ácido de la música y muchos hombres al verla no podían más que desearla; Max, a su vez, bailaba bajo la mirada de atenta de alguna que otra mujer, y muchos se volteaban para ver a tan bonita pareja. Entre el fulgor del ritmo se abrió paso, entre la gente, hacia el lugar donde ellos estaban, una silueta femenina que se contoneaba al caminar sobre unos zapatos de tacón y con un fino vestido de color verde limón, escotado por delante y por detrás, que cubría con esa levedad el cuerpo plagado de pecas de una mujer espectacular. La pelirroja, de melena lacia, enseñaba las piernas hasta casi por debajo de su parte más secreta, con esa prenda que se sujetaba con un par de finas tiras.&lt;br /&gt;No tardó Max en encontrar su mirada y Exex en darse cuenta. La incomodidad también surgía con su llegada, pues Max, al cabo de un rato, e impulsado por los gratificantes efectos de la droga, acabó, sin poder evitarlo, bailando frente a ella pero sin abandonar del todo a Exex, que se sintió de nuevo despechada. Y le surgió el dilema de siempre, cuando cualquier putilla llegaba con la intención de arrebatarle a su compañero, y no dudó en reaccionar según lo acostumbrado, por lo que se acercó a Max para masticarle a escasos centímetros de su cara las siguientes palabras:&lt;br /&gt;–¡Eres una mierda!&lt;br /&gt;Y se dio la media vuelta, dejando a la vista de Max su bonito trasero, que se alejaba agitado con el caminar en dirección a la puerta de salida. Max, tras despedirse con un guiño de la pelirroja, corrió detrás de Exex como una sombra distante que se perdía entre la multitud.&lt;br /&gt;Exex caminaba cabizbaja y pensativa, enfurecida, hacia el descapotable de color canela, por entre una fila de coches aparcados. Su mente se centraba en la confirmación de sus temores. Era la misma pelirroja de la mañana y las mismas miradas, incluso con más descaro. Sentía el engaño por segunda vez, en un mismo día y con la misma persona.&lt;br /&gt;–¡Espera! –gritó Max, que la seguía a unos cuantos pasos por detrás.&lt;br /&gt;“¡Qué te espere tu madre!”, pensó Exex.&lt;br /&gt;Max aceleró el paso, hasta emparejarse a su lado.&lt;br /&gt;–Ha sido una casualidad –se disculpó.&lt;br /&gt;–¡¡¡Me tomas por estúpida!!! –tronó colérica, enfrentándose a él en actitud violenta.&lt;br /&gt;–¿No podrás decir que te he engañado? –argumentó.&lt;br /&gt;–¡Poco te faltó! ¡Casi te la tiras ahí mismo!&lt;br /&gt;–Ella me miraba y se acercó. No pude evitarlo… ¿Qué querías que hiciera? ¿Qué saliera corriendo?&lt;br /&gt;Y, tras esta disculpa, el contorno de la mano de Exex quedó marcado en el rasurado rostro de Max, a un lado de su rockera patilla.&lt;br /&gt;–Ahora déjame –pidió Exex ahogándose con un sollozo contenido, pero sin soltar ni una sola lágrima.&lt;br /&gt;Max la rodeó con sus brazos y la besó en la boca, cuando los ojos de Exex, ya sin remedio, se humedecieron.&lt;br /&gt;–Perdóname –le rogó Max–, no volverá a suceder… Procuraré adaptarme a ti, seremos uno, créeme, eres una verdadera diosa para mí.&lt;br /&gt;Luego subieron al coche, para arrancar y perderse entre las sombras de la noche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“No hay dos sin tres.” (Dicho popular.) &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;____________________________________________&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Derechos Reservados - Copyright © Pablo Paniagua&lt;br /&gt;COMENTARIOS: paniaguauno@yahoo.es&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/29674757-8022399713850711366?l=bigotuda.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/8022399713850711366'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/8022399713850711366'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bigotuda.blogspot.com/2007/03/novena-entrega.html' title='NOVENA ENTREGA'/><author><name>Pablo Paniagua</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/RfMzr77ph0I/AAAAAAAAACQ/HAHcQuh1BjQ/s72-c/BigotudaBiquinuda.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-29674757.post-5355277074088478018</id><published>2007-03-04T01:15:00.011+01:00</published><updated>2012-01-10T01:44:43.595+01:00</updated><title type='text'>OCTAVA ENTREGA</title><content type='html'>&lt;span style="color:#c0c0c0;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://1.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/ReoRlX-_Z2I/AAAAAAAAACE/gCyt9ruB4W4/s1600-h/Borracha.JPG"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; DISPLAY: block; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5037858466958370658" border="0" alt="" src="http://1.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/ReoRlX-_Z2I/AAAAAAAAACE/gCyt9ruB4W4/s400/Borracha.JPG" /&gt;&lt;/a&gt; &lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;9.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aquella noche Exex durmió en su habitación, con el pestillo de la puerta echado. Nada más entrar en la cama le costó conciliar el sueño, pues una idea le persistía como una extensión de aquel pensamiento, no definitivo, de tener que ayudar a James o de al menos intentarlo. Y se debatía entre quedarse un tiempo o marcharse de inmediato, cuando tras analizarlo con calma concluyó que debía demostrar la capacidad de tener algún interés por los demás, de ser mejor persona y no rehuir las dificultades a la primera y convertirse, por esta vez, en una especie de enfermera para alguien que necesitaba de su ayuda; y al final, después de tomar esa determinación, ya se pudo entregar al sueño con la conciencia tranquila.&lt;br /&gt;Cuando se levantó por la mañana James seguía roncando. Tras desayunar se dedicó a recoger la casa y limpiar, pues la asistenta, con la nueva situación, había decidido marcharse para siempre. Le daba vueltas otra vez al hecho de tener que convivir con un alcohólico, a las dificultades consecuentes y al reto de superarlas, también, como un procedimiento de aprendizaje para ver de cerca la realidad del polo opuesto, el tránsito de la tristeza a la alegría o viceversa, la enriquecedora aventura psicológica que se abría como una puerta entre la luz y la oscuridad, cuando estaba todo por ver y se preguntaba si James sería capaz de recuperar la esperanza para salir a esa vida luminosa que todos quieren, para estar acorde con la visión de una anhelada felicidad, pues, de no ser así, acabaría apartado en un rincón vencido sin remedio en la más penosa de las agonías.&lt;br /&gt;James se levantó y lo primero que hizo fue ir al baño para quitarse, con una buena ducha, el olor ácido y desagradable de la piel. Una vez compuesto, aunque con un terrible dolor de cabeza, se vistió y fue a la cocina para desayunar.&lt;br /&gt;–Buenos días –saludó tímido y avergonzado.&lt;br /&gt;Exex no contestó; estaba sentada detrás de la mesa tomando tranquila un café con leche.&lt;br /&gt;–Siento lo de ayer… Creo que quizás te pegué… Estaba borracho –comenzó a disculparse.&lt;br /&gt;–¡Cómo no! –exclamó sarcástica.&lt;br /&gt;–No quería, te lo juro… Me moría de celos, no puedo soportar que estés alejada de mí ni un sólo segundo. Te amo, mi bigotuda bonita…&lt;br /&gt;Y se arrodilló junto a ella para besarle los pies, suplicando perdón.&lt;br /&gt;–La tuya es una forma extraña de amar… No puedes ser así.&lt;br /&gt;–Sólo quiero que me ayudes –decía, ahora, con su lloriqueo casi por debajo de la mesa.&lt;br /&gt;A Exex le daba una pena tremenda verle así, tan patético, pero desde su posición dominadora, sintiéndose dueña de él, le miraba con cierto desprecio de saber que era poco para ella, que era un pobrecillo nada más, y se le confundían los sentimientos como si tuviera dos voces que le hablaban simultáneas dentro de la cabeza: la de la ácida ironía y la de la condescendencia, la del instinto y la de la razón, y entre dichas fuerzas se dejaba llevar, cuando la segunda se hacía presente ocultando a la primera que al acecho esperaba su turno para imponerse.&lt;br /&gt;–No podría vivir sin ti –continuó James, mientras se incorporaba para abrazarla y seguir llorando sin consuelo.&lt;br /&gt;Ella lo separó, no por asco sino para mirarle a los ojos, y le dijo:&lt;br /&gt;–No me gusta que seas así, debes de ser más hombre, más duro.&lt;br /&gt;–¡No puedo! ¡No puedo! –decía entre lagrimones.&lt;br /&gt;–¡Mírate! Pareces una nena… ¿Así no lograrás salir de tus problemas?&lt;br /&gt;–Ayúdame a ser fuerte… –le rogó.&lt;br /&gt;–¿Cómo? ¿Dejando que me pegues y permitir tus actos neuróticos? –se quejó, separándole de ella.&lt;br /&gt;–No… Comprendiéndome.&lt;br /&gt;–Lo incomprensible no se puede comprender… Tú lo que necesitas es dejar la botella, y mientras no te des cuenta de eso, aceptando tu realidad, no tienes ninguna salida… Si dejaras el alcohol tu vida sería otra muy diferente. No se puede comprender a alguien que no piensa, que no razona. Primero hay que ser persona, comportarse como tal, y luego viene lo demás.&lt;br /&gt;–Sí, comprendo –aceptó James, tragando sus lágrimas.&lt;br /&gt;–¿Comprendes pero no puedes? ¿No?&lt;br /&gt;–Creo que será difícil dejar la bebida… –dijo, con gesto lastimero.&lt;br /&gt;–Entonces, ¿cómo quieres que te ayude? –replicó ella.&lt;br /&gt;–Estando conmigo –suplicó.&lt;br /&gt;–Seguiré contigo si dejas de beber…&lt;br /&gt;Exex pensó en darle una última oportunidad, pero sólo una, no quería perder el tiempo con alguien que no se esforzaba por superar sus problemas, con un tipo así… Si fallaba lo dejaría sin más, sin ningún resentimiento.&lt;br /&gt;–Lo intentaré, lo intentaré –aceptó él.&lt;br /&gt;–Está bien… Pero quiero que seas un hombre, una mujer necesita de un hombre –dijo con solemnidad.&lt;br /&gt;–Procuraré serlo –dijo James, no muy convencido.&lt;br /&gt;–Eso espero, me gustaría verte feliz…&lt;br /&gt;James la miró con indecisión a los ojos y la besó en los labios, pero en su conciencia sabía que el reto era imposible de cumplir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“No prometas lo que no puedes cumplir.” (Dicho popular que sólo cumplen las personas honradas.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;10.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durante una semana James lo intentó, pero pronto en la despensa se vio alguna botella de vino y más tarde de ginebra, cuando día a día se iban renovando las existencias. Bebía sin exceso pero continuo, comedido para su costumbre, entonándose en un punto de embriaguez que no levantara las reticencias de Exex (cambio sustancial un tanto engañoso que, a la larga, en cantidad superaba a su época anterior). Pero el que más notaba este cambio era el dolorido y ulceroso estómago de James, así como su cirrótico hígado que no paraba de destilar. En realidad, ni siquiera se planteó intentar dejar de beber y rápido falló a su promesa, cuando ella, desde luego, fue algo indulgente al ver que no llegaba a los excesos. El no tener trabajo también agravó la situación, pues no sabía cómo emplear el tiempo libre sin tener la cabeza ocupada en otro asunto más que palpar la verdadera dimensión de su mediocridad. Así llegó el día que ya no se contuvo y, aprovechando una ausencia de Exex, acabó con la mesura, entre el ansia de frenar su vicio y el doloroso martirio de los celos. Vio que el líquido estaba ahí, con su poderosa llamada, con su olor penetrante, esperando la garganta y el paladar, su sangre y su cerebro, y no supo parar; la atracción fue mucho más fuerte que la voluntad. Arrasó con toda la bodega sin que nada le importara, con tal de disipar ese ayuno al que se había sometido. Fue una liberación beber sin restricciones hasta llegar al punto sin retorno, cuando la conciencia pierde la noción de la realidad buscando el desenfreno etílico.&lt;br /&gt;James caminaba haciendo eses por el pasillo. Su piel tenía un nuevo matiz amarillento, de tener el hígado enfermo, y su aspecto general era del todo lamentable. Daba pasos lentos y torpes, con vaivenes, y llevaba un pié calzado con un zapato y el otro con un calcetín sucio a medio sacar. Su pecho blanquecino, sin pelos, asomaba por entre la chaqueta de un pijama a rayas y por encima de unos calzoncillos meados. Sus piernas, temblorosas y desnudas, soportaban con dificultad el peso de un cuerpo deshecho por los excesos. De vez en cuando no tenía más remedio que apoyarse en la pared, para evitar caer al suelo y así tratar de llegar al baño… Pero no lo logró, porque se desmayó después de vomitar sin control sobre la pared un babeante líquido que chorreó, salpicado de manchas sanguinolentas, hasta esparcirse por las baldosas del suelo. Se quedó tendido, frío y húmedo, como un sapo muerto en un charco sin profundidad, y se tiró una ventosidad que expulsó hacia afuera un excremento acuoso y fétido. Una corriente de aire, que entraba por una ventana abierta atravesando a lo largo del pasillo, le azotaba sin descanso con toda la inclemencia exterior, y así se quedó inconsciente sobre la ruina de sí mismo.&lt;br /&gt;Cuando llegó Exex, al cabo de cuatro horas, lo encontró en idéntica posición, aflojado sobre el suelo junto a la pared, aunque su piel ya lucía con tintes de un pálido verdoso. No estaba muerto, pues oía la respiración entrecortada. No decidió acercarse, ni mucho menos tocarle, pues le dio un asco terrible. Optó por llamar a un médico de urgencias, que al final llegó después de una hora y media.&lt;br /&gt;El médico lo revisó y vio que su estado no era del todo preocupante, a pesar de tener una severa inflamación pulmonar, que le mantendría postrado durante un tiempo en cama bajo medicación con antibióticos, pero la gravedad no era tal como para tomar otro tipo de medidas. Exex intentó convencer al médico para llevarlo al hospital, y así librarse de toda responsabilidad, pero éste creyó más conveniente que se quedara en casa.&lt;br /&gt;Entre dos enfermeros levantaron a James, no sin dificultad, y lo lavaron en el baño con agua caliente y jabón. En ese momento, abrió los ojos e hizo preguntas sin sentido.&lt;br /&gt;–Deberá estar en cama, bien abrigado, por quince días –ordenó el médico a Exex–, y deberá tomar esta medicina cada ocho horas, también por quince días, y unos sedantes si se llegara a inquietar –y le entregó la receta que acababa de escribir–. Y nada de alcohol, está contraindicado con la medicación –dictaminó locuazmente el especialista.&lt;br /&gt;–Dígaselo usted personalmente.&lt;br /&gt;Le pidió Exex al doctor y éste hizo lo propio, ante un James que acababa de recuperar el conocimiento…&lt;br /&gt;–¡Pero cómo voy dejar de beber! ¿Quién es usted? –escuchaba Exex decir a James, desde afuera de la habitación–. ¡No es posible! ¡No es posible! ¡Son sólo patrañas! –se quejaba con la voz desvariada por la borrachera.&lt;br /&gt;–Ya sabe, nada de beber alcohol –le repetía el doctor–, es peligroso hacerlo con los medicamentos... Y ya me despido… Le deseo que se recupere; pero ya sabe, nada de alcohol…&lt;br /&gt;Exex pagó una buena factura por toda la atención y allí se quedó, al cuidado de alguien al que ya empezaba a odiar. Había decidido abandonarle en cuanto se recuperara, y pensó que era una idiota por haber seguido con él, con esa tontería de tratar de ayudarlo, con los remordimientos de conciencia y demás convencionalismos morales.&lt;br /&gt;–Quiero un trago –fueron sus primeras palabras, a modo de súplica.&lt;br /&gt;–Ya oíste lo que ordenó el médico, ¡estúpido! –le contestó Exex, ya harta de él.&lt;br /&gt;James refunfuñó, sintiendo miedo por lo que se avecinaba. El terror de no tener ni una sola gota de alcohol en su sangre le ponía la piel de gallina. No lo aguantaría.&lt;br /&gt;–¿Qué dijo el médico?... No dijo nada de eso… –se expresó con cinismo.&lt;br /&gt;–¿Qué pasa? ¿Qué sólo escuchas lo que te conviene?&lt;br /&gt;–Eso no es cierto, tú estás confabulada con ese despreciable doctor… ¡No es verdad! ¡Eres una mentirosa! –dijo, llevándose las manos a la cara para ahogar un sollozo–. Tú lo has hecho para joderme –continuó James desesperado–, estás empeñada en algo que a la fuerza es imposible. ¡No me quieres, no me quieres! ¡Así no me ayudarás! –exclamaba entre lloriqueos.&lt;br /&gt;–No me vas a convencer –le dijo impasible, y agregó–: Eres patético.&lt;br /&gt;–¡No podré! ¡No lo aguantaré! –decía, lleno de espanto.&lt;br /&gt;–Eres un cobarde… Si por lo menos lo intentaras…&lt;br /&gt;–¡No! ¡No! ¡Así no me ayudaras! –gritaba.&lt;br /&gt;–Me das pena.&lt;br /&gt;Terminó por decir Exex, con desprecio, cuando salió de la habitación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“El no saber ser es la peor de las perdiciones.” (Gastón Ledit)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;11.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;James, en su delirio etílico, acabó con todas las botellas menos con una de vino tinto, que Exex escondió debajo del sofá. Luego, como siempre, recogió de manera desidiosa todo aquel desastre, con una sensación de desesperanza que le apremiaba a dejarlo cuanto antes. Ahora sentía una tremenda repulsión por él, y sus deseos eran los de hacer las maletas e irse sin despedir, en lo que mejorara un poco.&lt;br /&gt;Todavía no terminaba el invierno y hacía bastante frío, con lloviznas y un cielo opaco que lo abarcaba todo, más allá de los límites de la ciudad, de edificios y árboles sin hojas que parecían esqueletos. Salió a comprar algo de comida e ir a la farmacia, a por las medicinas de James, y de paso para despejarse un poco y quitarse todo el mal humor que la dominaba.&lt;br /&gt;En la farmacia, que se encontraba a una manzana de la casa, compró lo recetado por el médico y algunas cosas más, como tiritas, algodón y unas varillas de nitrato de plata, para quemar un par de molestas verruguitas que le habían salido en el cuello. Luego, sin más dilación, se dirigió al supermercado a por comida fácil de preparar, de platos para recalentar y sopas instantáneas, pues, la verdad, no le apetecía estar al pendiente de James y encima no poder salir de la cocina, además de que debía cumplir con unos compromisos de trabajo.&lt;br /&gt;Al llegar a la casa, cargada con las bolsas de la compra, tropezó y casi se cayó al suelo, y se enfureció de verse ahí, otra vez, como una estúpida que debía consumir su tiempo para alguien que no lo merecía.&lt;br /&gt;–¿Quién es? –preguntó James al oírla entrar.&lt;br /&gt;–¡Quién va ha ser! ¡Soy yo! –gritó de mala manera.&lt;br /&gt;–Ya era hora –se quejó.&lt;br /&gt;–Será estúpido… –se dijo entre dientes.&lt;br /&gt;Fue a la cocina y empezó a sacar todo de las bolsas, para colocar cada cosa en su sitio, y luego dejó las medicinas en el armarito del baño.&lt;br /&gt;–¡Termina lo que estés haciendo! ¡Estoy mal! –se quejó James de nuevo.&lt;br /&gt;–Casi nada acomodarlo todo –decía para sus adentros–. Qué impaciente es… ¡Qué se fastidie!... Ya estoy harta de ti, desgraciado… No sabes las ganas que tengo de perderte de vista.&lt;br /&gt;–¡Vamos! ¿Qué haces? –seguía protestando.&lt;br /&gt;–¡Voy! ¡Ya voy! –gritó.&lt;br /&gt;Y Exex, sin hacerle caso, fue a la cocina a preparar algo sencillo para la cena…&lt;br /&gt;–Hola –saludó seria, al entrar en la habitación.&lt;br /&gt;–¡Por fin!&lt;br /&gt;–Te traigo la cena… Unos panecillos y galletas con un vaso de leche caliente –le dijo, antes de dejar la bandeja sobre sus rodillas, cuando ya se había medio incorporado.&lt;br /&gt;–¿Leche? –preguntó con cara de asco.&lt;br /&gt;–Sí, leche caliente… Es lo recomendable en estos casos.&lt;br /&gt;James agarró el vaso, llevó su nariz hasta el mismo borde y tomó un poco.&lt;br /&gt;–¡Esto está asqueroso! ¡No tiene Cointreau! Toma… –y le regresó el vaso, haciendo un gesto de desaprobación.&lt;br /&gt;–Está endulzado con miel… ¿Qué pasa, no te gusta?&lt;br /&gt;–Exactamente… Tráeme vino –le ordenó.&lt;br /&gt;–De eso nada, ya sabes lo que dijo el médico.&lt;br /&gt;–¡Te he dicho que quiero vino! –exigió, más alterado.&lt;br /&gt;James estaba nervioso y sus ojos tenían expresión de angustia, provocada por ese deseo imposible de satisfacer.&lt;br /&gt;–¡Te he dicho que no! –le dijo Exex, mirándole con severidad.&lt;br /&gt;–Eres una bigotuda despreciable.&lt;br /&gt;–No puedo hacer otra cosa –contestó sin inmutarse–; además, tiré todo el vino.&lt;br /&gt;–¡Cómo que tiraste todo el vino! –exclamó alarmado.&lt;br /&gt;Se le veía inquieto, incluso tembloroso, y cuanto más pensaba en su deseo peor lo pasaba. Un sudor frío le acometía, brotando por los poros de su amarillenta piel.&lt;br /&gt;–¿Dime una cosa? –continuó James, cambiando de tema–. ¿Por qué has tardado tanto cuando la farmacia está a la vuelta de la esquina?&lt;br /&gt;–Fui al supermercado.&lt;br /&gt;–Me estás mintiendo, tú has estado con alguien –dijo, con la mirada paranoica.&lt;br /&gt;–¿Con quién? –le preguntó tranquila.&lt;br /&gt;–Te has visto con algún tipo –aseguró verdaderamente preocupado–, y te has ido por ahí a dejarte manosear…&lt;br /&gt;–Estás loco –se lamentó.&lt;br /&gt;–¡No estoy loco! –gritó James–. Te vibra el bigote al hablar; eso te delata.&lt;br /&gt;–¡Encima que me preocupo por ti, y me tratas así! ¡Estúpido! –gritó ella también.&lt;br /&gt;–No se te ocurra engañarme nunca –le dijo, como advertencia, señalándola con el dedo índice.&lt;br /&gt;Y James se calló al instante, cesando en sus acusaciones, como si se hubiera quedado sin lengua a la vez que observaba, con la miraba atónita, su mano acusadora. Las gotas de sudor ya le mojaban la ropa y temblaba como si tuviera frío, cuando de repente, con la mirada contraída, comenzó a chillar muerto de miedo:&lt;br /&gt;–¡¡¡Mi mano!!! ¡¡¡Mi mano!!!&lt;br /&gt;–¿Qué le pasa a tu mano? –preguntó extrañada y con cierto sobresalto.&lt;br /&gt;–¡Bichos! ¡Está llena de bichos! ¡Se la quieren comer! –gritaba, agitándola de un lado para otro.&lt;br /&gt;–¡Pero si no tienes nada! – exclamó confundida.&lt;br /&gt;James sufría de un delirium tremens, producto de la falta de alcohol en su organismo, cuando después de tantos años de abuso, en ese momento, le aparecía el síndrome de abstinencia acompañado de alucinaciones.&lt;br /&gt;–¡Cucarachas! ¡Estoy lleno de cucarachas! –gritaba retorciéndose entre gemidos–. ¡Cucarachas! ¡Aaahhh!&lt;br /&gt;Exex corrió rápido hacia el baño, para coger del armarito la caja de sedantes, y regresó a la habitación.&lt;br /&gt;–Tómate esto…&lt;br /&gt;James tiritaba cubriéndose la cabeza con la sábana. Lo descubrió para abrirle la boca y meterle las dos pastillas que escupió. Al segundo intento sí las aceptó, y las tragó con la ayuda de un poco de leche entre gestos de rechazo.&lt;br /&gt;Exex acabó llorando y él se quedó dormido después de transcurridos veinte minutos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“El aire se consumió con el fuego y no quedó nada, salvo el olor de la asfixia.” (Laura Kapelman)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;12.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente Exex tuvo que dejar a James solo (hay que admitir que con cierta satisfacción), pues debía cumplir con un compromiso laboral. Le dio los tranquilizantes y el antibiótico, dejándole al alcance, sobre la mesilla, lo suficiente para que se alimentara a capricho.&lt;br /&gt;Estuvo fuera por seis horas, en una sesión fotográfica, mientras James la esperaba sufriendo con todas las maquinaciones paranoicas que construía dentro de su cabeza. Se sentía traicionado e imaginaba cualquier tipo de historias de infidelidad, y los celos le devoraban sin remedio. Esperando entre los vapores somnolientos del barbitúrico tejía y anudaba ideas descabelladas, las estrujaba, las deshacía y las volvía a recomponer de manera distinta, pero siempre con una misma conclusión.&lt;br /&gt;Exex por fin llegó. Lo primero que hizo fue ir al baño para hacer pis y luego a la habitación para ver cómo estaba James.&lt;br /&gt;–Hola –dijo al entrar.&lt;br /&gt;James la miró desconfiado y preguntó dejando ver su nerviosismo:&lt;br /&gt;–¿De dónde vienes?&lt;br /&gt;–¿Cómo? –preguntó ella de manera burlona, a la vez que llevaba la mano a su oreja haciendo como si no escuchara bien.&lt;br /&gt;–¿Qué de dónde vienes?&lt;br /&gt;–A ti, qué te importa –respondió menospreciándole.&lt;br /&gt;–Contéstame –le inquirió.&lt;br /&gt;–Cuando me fui, ya te dije que iba a trabajar.&lt;br /&gt;–¿Y por qué tardaste tanto en contestar?&lt;br /&gt;–¡Déjame en paz! ¡Mira que eres pesado! –exclamó frunciendo el bigote.&lt;br /&gt;–¿Con quién estuviste?&lt;br /&gt;–Tú no eres quién para exigirme nada.&lt;br /&gt;–No me cambies el tema. ¿Con quién has estado?&lt;br /&gt;–Eres un imbécil.&lt;br /&gt;–Seguro que estuviste restregando tu bigote con otro –dijo con rencor.&lt;br /&gt;–Estás loco.&lt;br /&gt;–¿Ves cómo no me quieres decir?&lt;br /&gt;–¿Otra vez con la misma historia? –se quejó Exex.&lt;br /&gt;–¡¡¡No me mientas!!! –gritó enajenado–. ¡Por qué no quieres decírmelo!&lt;br /&gt;–Yo no tengo que darte…&lt;br /&gt;Y no pudo continuar porque James la agarró violentamente por los pelos y le propinó, con la palma abierta de la otra mano, un fuerte golpe en el oído, arrojándola hacia el suelo con un dolor que le inundaba todo el cráneo. Pero esa agresión, por lo visto, no le pareció suficiente y ya más decidido, poseso de una furia demencial, salió de la cama y comenzó a golpearla en la cabeza con el despertador, y luego, ya reincorporado, para terminar, la pateó unas cuantas veces más. Exex no pudo hacer nada, pues el dolor del oído era insufrible, y sólo trató de defenderse de los golpes haciéndose un ovillo sobre el suelo. James, una vez que cesó en su castigo, regresó más tranquilo hacia la cama sintiendo el cansancio de su frenética actividad golpeadora, mientras que Exex seguía en el suelo con un lloro de hipo entre lágrimas. Levantó la mirada, para tantear la situación, y dejó ver su rostro machado de chorretones negros, de pintura de ojos diluida, y algún rastro de sangre fresca sobre el bigote que se contraía con un rictus agitado.&lt;br /&gt;–Eso, para que aprendas –le dijo James orgulloso–; y si tratas de escapar le contaré a la policía que asesinaste al tipo aquél con el que vivías. Así que, ándate con cuidadito, no se te ocurra traicionarme y mucho menos engañarme; te lo advierto… Y ahora, tráeme el vino, que seguro lo tienes escondido por ahí… –le ordenó.&lt;br /&gt;Exex no podía hablar y estaba aterrada; no lo podía creer, pero así era, cuando una inimaginable lluvia de golpes le cayó cuando menos lo esperaba.&lt;br /&gt;–Tráeme el vino –insistió James.&lt;br /&gt;Se levantó a duras penas, temblorosa por el miedo y el dolor, con la intención de cumplir las órdenes de James.&lt;br /&gt;–¡Vamos! ¡Date prisa! –le gritó.&lt;br /&gt;Exex salió cojeando de la habitación, para agarrar la botella de debajo del sofá. En la cocina la descorchó y se dirigió por el pasillo hacia la habitación, pero, al pasar por la puerta del baño, le surgió de pronto una idea desesperada. Entonces su rostro se iluminó con una sonrisa, con un deje perverso, y entró directa hacia el armarito donde guardaba las medicinas. La opciones eran dos (igual que con Belmont a la hora de elegir entre la bebida alcohólica o la pringosa), envenenarle con los barbitúricos o con el nitrato de plata concentrado para quemar las verrugas, cuando sin duda la segunda alternativa le pareció mucho mejor, pues las pastillas le darían sin darse cuenta una muerte placentera, y el nitrato de plata, por ser más cáustico y corrosivo, se hacía más conveniente para provocar una muerte dolorosa. En consecuencia, se decidió por sacar las varillas de nitrato para arrancar las cabezas de sus extremos y echarlas dentro de la botella. Realizaba la operación nerviosa, cuando oyó gritar a James desde la habitación:&lt;br /&gt;–¡Date prisa!&lt;br /&gt;–Sí, ya voy, no te preocupes –dijo para sí, agitando la botella.&lt;br /&gt;Nada más entrar, plenamente convencida de lo que iba a hacer, le tendió la botella.&lt;br /&gt;–Toma… Aquí tienes tu perdición.&lt;br /&gt;–¿Perdición?... No digas tonterías…&lt;br /&gt;Y agarró la botella, por fin satisfecho, para no perder un solo instante en llevarla a su boca. Comenzó a beber con ansiedad mientras Exex le observaba, regodeándose en su interior, con los brazos cruzados sobre el pecho y la cara con manchas de sangre. Pero ya no sentía dolor alguno y sólo miraba, expectante, cómo James se bebía el contenido de la botella con su acostumbrada rapidez.&lt;br /&gt;–¡Ah! ¡Esto sí que es bueno! –exclamó.&lt;br /&gt;–Sí que lo es –corroboró Exex.&lt;br /&gt;–La verdad, yo no quería pegarte –comenzó a excusarse–, y sé que quizás me excedí un poco, pero tú tienes la culpa por ser cómo eres, una mujer desapegada que no asume sus responsabilidades, de fidelidad sobre todo, en un proyecto de pareja… Nunca das o entregas en correspondencia al amor que te profesan, y eso, no está nada bien… –y notó un pequeño dolor en el estómago, una ligera molestia, como unos pinchacitos que cada vez se hacían más continuos y perturbadores–. La fidelidad mental es necesaria en la relación de pareja, para lograr esa estabilidad tan deseada, por eso actué así –y cuando hablaba, se podía observar que las encías y la lengua tenían rastros ennegrecidos–. Y ahora te pido perdón, pero también te pido que me comprendas, porque, en verdad, yo te quiero… –e hizo un gesto de extrañeza, mostrando cierta inquietud, y añadió–: Me pica la boca…&lt;br /&gt;–Ya te advirtió el médico que la medicina estaba contraindicada con el alcohol –le dijo Exex, con tanto cinismo como el suyo.&lt;br /&gt;–No puede ser… –y se quedaba pensativo, prestando atención en las molestias que de pronto sentía.&lt;br /&gt;–¿Qué? ¿Te gusta? –le peguntó, entonces, con una sonrisa maliciosa.&lt;br /&gt;–¿Qué me has hecho? –preguntó desconfiado.&lt;br /&gt;–Matarte –contestó seria, con un gesto de dureza.&lt;br /&gt;–¡No! ¡No puede ser! –exclamó aterrado.&lt;br /&gt;Y comenzó a retorcerse entre convulsiones, quemándose por dentro, en su estómago y en la boca, cauterizado por el nitrato de plata.&lt;br /&gt;–¡Hija de puta! –gritó, asomando una lengua amoratada.&lt;br /&gt;Vomitó vino negro, espuma y comida en efervescencia. Un hilo de baba oscura le escurría por el labio, balanceándose de un lado para otro. Su mirada se contrajo por unos instantes y estremecido de dolor, con un tremendo eructo, cesó en todo atisbo de vida. Ahora la baba le corría por la barbilla y su lengua ennegrecida asomaba de medio lado, entre los dientes, haciendo un gesto grotesco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Y nunca salió del pozo de la desdicha, del dolor y la amargura, porque siempre deseó vivir en esas profundidades.” (Ferdinad Roussel)&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;____________________________________________&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Derechos Reservados - Copyright © Pablo Paniagua&lt;br /&gt;COMENTARIOS: paniaguauno@yahoo.es&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/29674757-5355277074088478018?l=bigotuda.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/5355277074088478018'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/5355277074088478018'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bigotuda.blogspot.com/2007/03/octava-entrega.html' title='OCTAVA ENTREGA'/><author><name>Pablo Paniagua</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://1.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/ReoRlX-_Z2I/AAAAAAAAACE/gCyt9ruB4W4/s72-c/Borracha.JPG' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-29674757.post-6981270655810296424</id><published>2007-02-24T23:40:00.019+01:00</published><updated>2012-01-10T01:40:08.875+01:00</updated><title type='text'>SÉPTIMA ENTREGA</title><content type='html'>&lt;span style="color:#c0c0c0;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/ReC_yhiJdnI/AAAAAAAAAB4/QfQVg16EDeM/s1600-h/BigotudaRoja[1].JPG"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; DISPLAY: block; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5035235258116175474" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/ReC_yhiJdnI/AAAAAAAAAB4/QfQVg16EDeM/s400/BigotudaRoja%5B1%5D.JPG" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;strong&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;5.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;James llegó a casa después de haber acortado su ronda por los bares a tan sólo un par de gin-tonic, para darse un poco de valor sin estar del todo borracho, ya que la petaca encubierta, como todos los días, se le agotaba antes de concluir la jornada laboral.&lt;br /&gt;–Exex… Exex… ¡Dónde estás!&lt;br /&gt;Dijo en voz alta esperando una respuesta, pero nadie contestó. Hizo una revisión por toda la casa y no la encontró. En el cuarto seguían sus cosas. Por unos instantes, casi le dio un sobresalto de pensar que ya le había abandonado. Imaginó encontrarla en el sofá frente a la televisión o con una sorpresa culinaria de agradecimiento, pero nada de eso pasó. Esperaría un rato mientras hacía algo de comer. Abrió un par de latas y puso a calentar el contenido en unas cacerolas, sobre la azulada llama del gas, y también preparó su habitual sopa de sobre.&lt;br /&gt;Pasaban los minutos y Exex no llegaba; la desesperación le invadía. Abrió una botella de vino y comenzó a beber con ansiedad. Pasaba el tiempo y seguía impaciente, bebiendo y esperando. Al final, no llegó. Tuvo que comer los alimentos quemados por el descuido y acabó durmiéndose apoyado sobre la mesa, con la ayuda de las cuatro botellas de vino que tomó.&lt;br /&gt;Ya había oscurecido, abrió los ojos y fue al baño a vomitar. Luego se lavó la cara, se miró en el espejo y al ver su rostro pensó que era menos que cualquiera. Estaba paranoico y se dirigió de nuevo hacia el cuarto de Exex. Vio la cama tendida y todo en prefecto orden, cuando le surgió una idea un tanto impúdica, de curiosear entre sus cosas personales, en especial la ropa interior que encontró en el segundo cajón del armario, doblada con esmero a excepción de una braguita de color negro y encajes que estaba dentro de una bolsa transparente. No perdió el tiempo para observarla y comprobar que estaba usada, con rastros de flujo vaginal insertos en el tejido. La acercó a su nariz para olerla y se excitó con los residuos de la intimidad femenina, que no dudó en llevar a la boca para lamer. No tardó en sacar su miembro por la bragueta y comenzar a acariciarse junto a la puerta, atento a cualquier ruido, con la parte de la prenda que más le interesaba dentro de la boca, vibrando al compás del movimiento.&lt;br /&gt;Una vez que terminó, con esa plácida labor, dejó todo como estaba y se sintió celoso de que ella todavía no estuviera en casa y desconfiado sobre los verdaderos motivos de su ausencia, cuando pensó que seguro estaba con otro y él no importaba. En realidad, por ser de carácter enamoradizo ya la sentía como suya, sin embargo era consciente de que debía hacer algo más por conquistarla. De esa incertidumbre le provenía ahora la angustia, porque ella no llegaba y nada le salió como quería, aunque lo de las braguitas, pensó, no estuvo nada mal. A pesar de tener el estómago dolorido continuó bebiendo para aplacar la desesperación. Se le acabó el vino tinto y abrió una botella de ginebra que guardaba para las emergencias. Fue al salón y se recostó sobre el sofá… ¿Qué es lo que le alejaba de ella? ¿Qué estaba haciendo? ¿Dónde estaba? Y lo peor de todo: ¿con quién? Estas preguntas le rondaban en la cabeza con una insistencia dolorosa. ¡Otra desilusión! ¡Una esperanza más fallida! Era un perdedor, siempre lo había sido. Ya desde pequeño en el colegio se metían con él, con sus orejas triangulares y con su barriga. Su relación con el mundo siempre había sido difícil, como si entremedias se levantara una agobiante barrera infranqueable y todas las tentativas de buscar un cambio, de lograr mejorar, se vieron avocadas al fracaso. Su vida, de un modo u otro, era sufrimiento.&lt;br /&gt;Ya era entrada la noche y bastante tarde para andar en la calle. Exex aún no había llegado. Estaba muy borracho, casi perdiendo la noción de la realidad, fuera de cualquier pensamiento coherente. Tenía ganas de mear y se levantó, con un tambaleo inevitable, para dirigirse entre traspiés al baño. Rebuscó tras la bragueta con cierta torpeza, de una manera ya acostumbrada, para por fin aliviarse con la correspondiente micción que resonó dentro de la taza del water. Luego, al salir del baño, no se pudo contener y vomitó en medio del pasillo, y resbaló al pisar sus propias excrecencias cayendo encima de ellas. Intentó reincorporarse pero volvió a resbalar y se arrastró hasta lograr, apoyándose en la pared, ponerse otra vez en pie, para caminar hacia la cocina en busca de más alcohol. En su nebulosa agarró una botella vacía, que estaba sobre la mesa, y entonces escuchó cómo se abría y cerraba la puerta de entrada. Salió indeciso hacia el pasillo, con la botella en la mano, y allí, en ese estado, fue sorprendido por Exex que llegaba dispuesta a entrar en su habitación, sin imaginar semejante escena.&lt;br /&gt;–¿De dónde vienes? –preguntó James, con la voz desvariada y de mal talante.&lt;br /&gt;–¡Qué pasó aquí! –exclamó confusa.&lt;br /&gt;–¡No me cambies el tema! –gritó James–. ¿De dónde vienes?&lt;br /&gt;–No creo que a ti te importe –contestó ella, con tono de autosuficiencia.&lt;br /&gt;James, con esa afirmación, sintió el rechazo y la prueba patente del desinterés que suscitaba en ella, como un reflejo de su propia estima, y sin poder contenerse se quebró en un llanto terrible. Las lágrimas, como el agua de río desbordado, recorrían su rostro para mezclarse con los mocos que supuraba su babeante nariz, y todo este mejunje, escurriéndose hacia la boca, al hablar producía pompas que estallaban salpicando con el resoplido involuntario del lloriqueo.&lt;br /&gt;–¡Te he estado esperado todo el día! –se quejaba, con una expresión que le contraía el gesto.&lt;br /&gt;Exex estaba atónita viendo a James borracho y fuera de sí, empapado en su propio vómito y con la atmósfera envuelta con el olor ácido del alcohol y los alimentos descompuestos por los jugos gástricos.&lt;br /&gt;–¿Por qué me tratas así? –continuó James–. ¿Por qué me haces tanto daño?&lt;br /&gt;–Pero yo no tengo ninguna obligación contraída contigo –se quejó Exex–. Además, estás muy borracho.&lt;br /&gt;–¡¡¡Muy borracho!!! –gritó histérico y estalló contra el suelo la botella vacía que sujetaba en una de sus manos.&lt;br /&gt;Exex se echó hacia atrás, tratando de evitar los trozos de cristal que salían proyectados a lo largo del pasillo, cuando James caminó rápido hasta ella, dando tumbos con el crujir de los cristales bajo sus zapatos, para abrazarla con fuerza, casi con violencia, y decirle al oído con la voz quebrada:&lt;br /&gt;–Te amo Exex… No puedo vivir sin ti…&lt;br /&gt;Y la forzó para besar sus labios, cogiéndola con ambas manos por las mejillas que se arrugaban dolorosamente por la presión, sacando el bigote erizado. Exex se resistía, pero comenzó a sentir algo extraño, el ya consabido escalofrío masoquista que se encargaba de erotizar su ya confundida percepción, con el sabor salado de la boca de James que le agrandaba ese estremecimiento. Era en sí delirante, pero cierto. El laberinto de la locura se hacía otra vez presente para trocar la violencia repulsiva en placer, para hacer posible que la voluntad de Exex y la lógica fueran cubiertas con una razón subyugada por los sentidos. James la acariciaba con torpeza y brusquedad, desaforado, y acabó haciendo el amor con ella de pie en el pasillo, con los pantalones caídos sobre los zapatos, en un acto que supuso una violación consentida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Uno nunca sabe lo que le espera.” (Dicho popular.)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;6.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al día siguiente estaban durmiendo en la cama de la habitación de James, después de haber pasado la noche juntos, y la luz entraba tímidamente a través de una persiana entreabierta. Eran las doce de la mañana y James no había ido a trabajar. Podía considerarse casi despedido, pues no era la primera vez que faltaba y por esta causa, y por otras indisciplinas, estaba bajo estricta observación. Abrió perezoso un ojo y dirigió su mirada hacia el despertador, que estaba sobre la mesilla.&lt;br /&gt;–¡Mierda! –exclamó, a la vez que despegaba la cabeza de la almohada, levantando la mitad del cuerpo.&lt;br /&gt;–¿Qué pasa? –preguntó Exex somnolienta.&lt;br /&gt;–¡Qué son las doce y no he ido a trabajar!&lt;br /&gt;–No creo que te pase nada por faltar un día.&lt;br /&gt;–Si sólo fuera uno… –se lamentó James.&lt;br /&gt;–Llama y diles que estás enfermo.&lt;br /&gt;–No me creerán, piensan que soy alcohólico…&lt;br /&gt;–¿Y lo eres?&lt;br /&gt;–¡Qué va! ¡Cómo voy a ser alcohólico! ¡Faltaría más! –dijo, convencido.&lt;br /&gt;–Entonces… déjalo, ya encontrarás otro trabajo.&lt;br /&gt;James pensó que sería bueno, ahora que por primera vez tenía una mujer en la cama, dedicarse a una más gratificante actividad, pues sentía algo bastante duro y crecido emergiendo entre las piernas, por lo que no perdió el tiempo para abrazar a Exex por detrás y penetrarla sin más. Ella le dejó hacer, a pesar de que James no le gustaba, porque quería experimentar de la manera normal, por su cosita y no como el difunto O’Kelly acostumbraba. En realidad ambos se morían de ganas, por el hecho de ser primerizos en tales cuestiones, y el uno tomaba la iniciativa cuando la otra recibía sin rechistar, en una peligrosa y desigual correspondencia afectiva que a la larga podría ser determinante para el desarrollo de su incipiente y frágil relación.&lt;br /&gt;Luego se bañaron juntos e hicieron el amor bajo la ducha. Se veía que a James se le habían desatado todas las energías que jamás pudo emplear con una mujer, y lo que estuvo por tanto tiempo reprimido buscaba ahora liberarse con desenfreno, sin que ninguna resaca o malestar se lo impidiera.&lt;br /&gt;James, en su labor de conquista, de intentar parecer el mejor de los hombres, decidió preparar el desayuno para su bigotuda bonita, con un buen tazón de leche caliente, tostadas y verdosa mermelada; y por último, para él, unas magníficas torrijas de pan empapado en ginebra (pues el vino tinto se acabó en la borrachera), con azúcar glasé por encima y servidas con un vaso de leche endulzada con Cointreau.&lt;br /&gt;–No te parece que bebes mucho –le interrogó Exex suspicaz.&lt;br /&gt;–No pienses así, esto es una receta especial…&lt;br /&gt;–No creo que sea muy bueno aderezar la vida con alcohol –insistió.&lt;br /&gt;–¿Acaso me ves mal?&lt;br /&gt;–Se nota que no te viste anoche –dijo seria–. Sólo tienes que echar un vistazo al pasillo…&lt;br /&gt;–No te preocupes, que eso lo limpio luego.&lt;br /&gt;–¿Y estás todo el día empinando? –preguntó, sin quitar el dedo del renglón.&lt;br /&gt;–No, sólo a veces… ¿A ti no te gusta?&lt;br /&gt;–De vez en cuando, pero no mucho –respondió–. Me gusta, sobre todo, el vino tinto californiano con la cena, y la cerveza tipo Pilsen para acompañarla con algo de comida y conversando con alguien en un lugar agradable.&lt;br /&gt;–¡Pues, necesitas de toda una infraestructura para beber! –exclamó, con la intención de hacerse el gracioso–. Yo creo que el alcohol es el elemento primordial… Estaría bien que abrieras el grifo y saliera vino tinto, que el mar y los ríos fueran de vino tinto… ¿Te imaginas nadar en vino? Ja, ja. ¡Sería maravilloso! –dijo, con una amplia sonrisa.&lt;br /&gt;–Sí, eso está muy bien –dijo Exex, después de reír la ocurrencia–, pero no creo que sea bueno apoyarse en el alcohol, y parece que tú lo utilizas para tal fin –añadió incisiva.&lt;br /&gt;–Me ayuda… Efectivamente –admitió James.&lt;br /&gt;–Entonces, ¿no podrías vivir sin él? –prosiguió Exex.&lt;br /&gt;–El alcohol no es malo, lo recomiendan hasta en la Biblia.&lt;br /&gt;–Entonces, ¿eres alcohólico? –y le lanzó la pregunta como un dardo.&lt;br /&gt;–No, de ninguna manera –contestó rotundo–. El que te guste el vino no quiere decir que lo seas.&lt;br /&gt;–¿Pero no puedes dejar de beber? –insistió, con la intención de acorralarle.&lt;br /&gt;–No es que no pueda, es que no quiero.&lt;br /&gt;–Entonces, ¿eres alcohólico? –preguntó, ya casi imponiendo la afirmación.&lt;br /&gt;–No lo soy.&lt;br /&gt;–Sí lo eres –le acusó.&lt;br /&gt;–¿Y tú, cómo lo sabes?&lt;br /&gt;–¡Sí lo eres! –afirmó subiendo el tono, bajo la sombra de su bigote.&lt;br /&gt;–¡No lo soy! –gritó James.&lt;br /&gt;–Eres una mierda –le dijo Exex con desprecio y continuó con gravedad–: Si no bebes no existes; si te quitan la botella no eres nada y con ella tampoco.&lt;br /&gt;–¡No me trates así! –gritó afectado–. ¡No! ¡Así no me ayudarás!&lt;br /&gt;En su mirada podía advertirse el dolor y la confusión, cuando se soltó en un súbito llanto con el que pretendía ahogar su evidente apuro, quedando al descubierto a la vez con esa reacción. Sin querer, Exex le hundió diciéndole en la cara, cuando todo le parecía tan bonito después de haber hecho el amor, una parte más de su fracaso, algo que le sobrepasaba y era su tremendo complejo de inferioridad. Y Exex ya se daba cuenta de todo, de lo patético que se presentaba llorando a moco tendido, un borracho al que se le inflamaban, en su convulsión, rojizos capilares sanguinolentos que como una red se le extendían por la nariz y las mejillas.&lt;br /&gt;–Perdona James, no era mi intención herirte…&lt;br /&gt;Y le abrazó para calmarle, sintiendo algo de repugnancia al tocarlo, aunque paradójicamente se vio invadida de ese morboso placer que tanto le desconcertaba, pero que también tanto le hacía disfrutar. Y le besó en la boca, saboreando otra vez el pringoso salado de sus labios, y se excitó aún más, hasta el punto de querer hacerlo ahí, en la silla, sentada sobre él, pero se contuvo para no ofrecer tantas concesiones a alguien que no las merecía. Pensó que ya tenía suficiente con lo conseguido, cuando ella accedió, dejándose llevar por los impulsos, con alguien que nada le importaba y que sin testigos, sin dejarse ver en público, no tendría mayor inconveniente. Pero ya intuía lo perjudicial de sumergirse en dicha dinámica, de ceder su cuerpo a un hombre tan vulgar, y después de ese beso ya no quiso más, cuando James pensaba lo contrario y ella se levantó en el momento en que él intentaba tocar sus pechos.&lt;br /&gt;James no se sintió rechazado por la negativa, entre otras cosas porque pensó que era normal después de haberlo hecho dos veces, como si el acto sexual supusiera un contrato certificado de mutua aceptación, del macho que se sabe poseedor de su conquista en propiedad; y así se lo hizo saber cuando, a continuación, le pidió amor eterno con un tono de voz que dejaba ver su desesperación, cuando también, más allá de toda prudencia, incluso le habló de matrimonio.&lt;br /&gt;–¿No crees que eres un poco posesivo? –le dijo Exex.&lt;br /&gt;–No soy posesivo, sólo te quiero para mí –contestó casi temblando–. Pienso que si estamos juntos es para amarnos, para ser felices –agregó, convencido de sus palabras.&lt;br /&gt;–¿Y eso qué es? –repuso ella, dejando ver su malestar–. ¿Son tus intenciones las únicas que cuentan?&lt;br /&gt;–¿Qué quieres decir con eso? –preguntó inquieto.&lt;br /&gt;–Que todavía es demasiado pronto para decidir en el sentido que tú pretendes.&lt;br /&gt;–Pero hemos hecho el amor, hemos dormido juntos… –argumentó, creyendo que por ello ya se pertenecían.&lt;br /&gt;–Sí, pero por ese hecho no puedes quitarme la libertad –dijo, tajante–. Yo decido mi destino, no tú.&lt;br /&gt;–Sigo sin entenderte –dijo, desconcertado–. Pienso que si estás conmigo, y yo contigo, tenemos una obligación contraída el uno con el otro.&lt;br /&gt;–Pues, piensas mal.&lt;br /&gt;James decidió no presionar más para no arriesgarse a perderla, y aceptó las reglas del juego sin saber exactamente cuáles eran, creyendo que poco a poco quizá pudiera conquistarla, pues ella no le dejaba otra opción, nada más que morirse de celos ante la libertad de movimientos que ella reclamaba y sabía le sería imposible soportar. Exex, por su lado, pensó que estaría poco tiempo con él y se marcharía en unos días, pero no se lo quiso decir por si se echaba a llorar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Lo indefinido otorga, también, una comprensión indefinida, que se pierde y difumina ante la ausencia de contenidos.” (Richard Lucke)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A James le despidieron del trabajo y tomó unas vacaciones forzadas. De la indemnización tan sólo le dieron una pequeña cantidad, de lo que en condiciones normales le hubiera correspondido, un diez por ciento por ser despido procedente. Esta vez no fue a rondar por los bares, para tratar de olvidar o para celebrarlo, aunque sí se dirigió a una vinatería para hacer una compra especial. Al llegar a la casa se encontró con Exex que iba de salida, a una sesión fotográfica asignada de casualidad cuando se pasó por la agencia para saludar, lo que le iría, pensó ella, muy bien para distraerse y salir de la rutina. A James no le gustó nada la idea, pero se calló para no espantarla y le comentó que le habían despedido. Ella le expresó todo su pesar (ya fuera cierto o no), y le dijo que a la vuelta se lo podría contar con más detalle porque en ese momento se tenía que marchar; y James se quedó como una estatua, con las bolsas de la vinatería en las manos, viendo la puerta cerrarse en sus narices. Pensó, como siempre, que todo le salía mal, nunca como lo imaginaba, y que tal vez debería desear todo lo contrario para que las cosas sucedieran de otra forma. Al menos tenía ocho botellas de vino tinto, y estimó que sería una magnífica inversión gastarse el dinero del finiquito en esa materia, lo cual le hizo asomar una sonrisa de resignación.&lt;br /&gt;Exex no tardó en llegar al lugar de la cita, un teatro en Broadway donde se llevaría a cabo la sesión para un catálogo de ropa informal, de una importante marca, inspirado en el mundo del cabaret. Allí estaba Pati Austin, que no dudó en mirarla por encima del hombro con cierto desdén, por aquella historia compartida que las malas lenguas evocaban, a modo de chiste mordaz, en la versión de una mujer bigotuda que en un ataque de celos, y revolver en mano, había ultimado a Ives Belmont cuando bajaba por las escaleras de The Cube. Exex, por ello, sentía el desprecio de sus compañeras, cuando cuchicheaban a sus espaldas entre risas disimuladas. Pero nada podía hacer, sólo demostrar que era de las mejores sobre la pasarela, posando delante de una cámara.&lt;br /&gt;FLASH, FLASH… Iluminaba su cuerpo la luz resplandeciente, recortando su silueta sobre el escenario bajo los focos y las miradas.&lt;br /&gt;–¡Mueve el cuerpo con gracia!… ¡Así, así!... ¡Eso es!&lt;br /&gt;FLASH, FLASH… Y Exex se movía con garbo, precisa en cada gesto, con la inspiración natural de una gran modelo, pues tenía lo suyo y su belleza, con el aditivo de ese gran mostacho, la elevaba a categoría de diva.&lt;br /&gt;–¡Nena, sólo quedan dos y descansamos!… ¡Muestra lo que tienes! –le animaba el fotógrafo.&lt;br /&gt;FLASH, FLASH…&lt;br /&gt;–¡Muévete!… ¡Mira hacia la izquierda!&lt;br /&gt;FLASH, FLASH…&lt;br /&gt;–¡Muy bien, muy bien!… ¡Perfecto!... ¡Ya acabamos! –gritó el fotógrafo a todo el equipo.&lt;br /&gt;Se apagaron los focos, retiraron las pantallas reflectantes y Exex bajó del escenario. Tras la primera sesión llegó el oportuno descanso, y todas las estilizadas modelos y cada integrante del evento parecieron adoptar otra actitud, ya no tan pendientes de lo que sobre el escenario sucedía, y se formaban corros para comentar la primera ocurrencia mientras fumaban un cigarrillo o iban en busca de un refrigerio. ¡Invita la casa!, se oyó de repente, y el ayudante de producción sacó una bolsa con varios gramos de cocaína. Sobre una mesa grande de cristal comenzó a organizar numerosas rayas, como si fueran lombrices blanquecinas, y la mayoría se acercó al dispendio ocasional de estimulante para tomar su regalía. Exex, aunque no era aficionada a ese tipo de sustancias, se esnifó un par de rayas, porque de vez en cuando no le hacía ningún asco a algo que era tan común en su medio profesional.&lt;br /&gt;Todos conversaban en un ambiente social de cordialidad, cuando a Exex, que estaba sentada en un sofá con un vaso de naranjada en la mano, se le acercó el jefe de producción.&lt;br /&gt;–Hola, preciosa –saludó–. Estuviste muy bien –dijo, sacando su mejor sonrisa.&lt;br /&gt;–Gracias –contestó ella.&lt;br /&gt;El jefe era un guapetón y atractivo treintañero, bien vestido y con gafas oscuras, con la apariencia del típico play-boy que se trae de calle a las modelos principiantes que quieren destacar.&lt;br /&gt;–¿Cómo está la cosa? –continuó él, sentándose junto a ella.&lt;br /&gt;–Muy bien –contestó Exex, con una amplia sonrisa que estiró al máximo su amarronado bigote.&lt;br /&gt;–¿Oye, qué te parece si cenamos juntos esta noche? –le propuso con voz galante el productor.&lt;br /&gt;A Exex no le apetecía salir a cenar con nadie y menos con él, para figurar como una más de sus conquistas, otra de tantas que cedían a su cara bonita por simple conveniencia, con el riesgo agregado de que luego se pudieran contar chistes ante cualquier posible indiscreción sexual contada por aquél.&lt;br /&gt;–No puedo… Pero, de todas formas, gracias.&lt;br /&gt;–¿Y eso? –preguntó, a la vez que echaba su brazo por el respaldo para abrazarla.&lt;br /&gt;–Porque esta noche tengo otras cosas que hacer…&lt;br /&gt;–Y yo tengo un buen trabajo para ti, en la televisión –le ofreció para engatusarla.&lt;br /&gt;–Hasta luego…&lt;br /&gt;Se levantó sin más y le dio la espada, para alejarse al movimiento oscilante de sus caderas, dejando al jefe de producción con un palmo de narices. No era tan fácil como las demás, pensó, no tiene que arrastrarse.&lt;br /&gt;–¡Vamos chicos! –gritó el fotógrafo dando unas palmadas–. ¡Todos a sus puestos!... ¡Exex! ¡Continuamos contigo!&lt;br /&gt;Se encendieron las luces y ella subió al escenario, para ser de nuevo la protagonista, con las poses sensuales y elásticas de su incitante cuerpo.&lt;br /&gt;FLASH, FLASH…&lt;br /&gt;–¡Muy bien, sigue así! –le indicaba el fotógrafo.&lt;br /&gt;FLASH, FLASH…&lt;br /&gt;–Eso es, muy bien, muy bien.&lt;br /&gt;Exex se veía glamorosa y el jefe de producción, desde una esquina, la observaba relamiéndose como un lobo cuando desea atrapar a su presa.&lt;br /&gt;FLASH, FLASH…&lt;br /&gt;Estaba inigualable, desplegando todo ese carisma que le hacía ser tan sexy. Se mostraba infinita, voluptuosa, sublime, cuando todos estaban al pendiente de una diosa que era iluminada por los flashes. Era la mujer bigotuda, de cuerpo esbelto, que hacía despertar todo tipo de pasiones.&lt;br /&gt;Y foto tras foto siguió la sesión, hasta que después de transcurridos cuarenta y cinco minutos, entre cambio y cambio de modelitos, le cedió el podio a Pati Austin, que también, hay que admitir, se veía preciosa con su larga cabellera y sus formidables piernas.&lt;br /&gt;Exex, mientras tanto, fue a cambiarse al camerino… Sobre la pared principal había un espejo grande, el suelo estaba alfombrado y el mobiliario consistía en perchero, sillón y tocador. Se encontraba en esa tarea de desvestirse, cuando la puerta, en la que se echaba en falta un cerrojo, se abrió de improviso.&lt;br /&gt;–Hola, preciosa...&lt;br /&gt;Era el productor jefe, con su impecable traje de lino y sus gafas de sol. Exex estaba desnuda pero no le importó, ya que en su profesión era normal cambiarse delante de peluqueros, maquilladores, productores y diseñadores.&lt;br /&gt;–¿Qué quieres? –le preguntó con naturalidad.&lt;br /&gt;–A ti…&lt;br /&gt;Y se lanzó sobre ella para acariciarla e intentar algo que llevaba horas deseando, abrazándose a las nalgas con una mano mientras que con la otra la tomaba por la espalda, buscando sus pechos para besarlos.&lt;br /&gt;–¡Quita cabronazo! –gritó Exex, metiéndole dos bofetones bien dados.&lt;br /&gt;Eso no se lo esperaba. A la segunda ninguna le había fallado, y más cuando él era un guaperas experto en camerinos.&lt;br /&gt;Entonces se fue como si nada, pero rabioso por dentro y diciendo:&lt;br /&gt;–Eres una puta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Exex llegó a casa…&lt;br /&gt;–Hola –saludó a James, nada más entrar.&lt;br /&gt;Estaba borracho, bastante para ser mediodía, y se levantó del verdoso sofá, que ya conocía sobradamente su trasero, para preguntar de manera inquisitoria:&lt;br /&gt;–¿De dónde vienes?&lt;br /&gt;–De dónde voy a venir… Ya te dije, de trabajar –respondió con extrañeza.&lt;br /&gt;–¿No has tardado mucho? –siguió interrogando nervioso.&lt;br /&gt;–¡Pero tú qué te has creído! –exclamó desafiante.&lt;br /&gt;–¡No me engañes! –gritó James.&lt;br /&gt;–¡Quién te engaña!... ¡Estás loco! –gruñó Exex.&lt;br /&gt;–¡Has estado con otro…!&lt;br /&gt;Ya estaba otra vez con los celos enfermizos, la prueba patente de su inseguridad, de la poca aceptación que de sí mismo tenía. No se llegaba a creer que una mujer tan maravillosa estuviera con él. ¿Si nunca había sido capaz de enamorar a nadie, cómo era posible que una mujer así estuviera a su lado? No terminaba de digerir algo tan grande, de no tener lo suficiente como para despertar su admiración. Era el miedo, el terror a perderla, cuando sabía perfectamente que dicho estado era la misma condición de su ser, la esencia de su mediocridad.&lt;br /&gt;–Has estado con otro –repitió.&lt;br /&gt;–¡Me molesta que desconfíes de mí! ¡Lo que tienes que hacer es dejar de beber! –gritó furiosa, al rápido movimiento de su expresivo bigote.&lt;br /&gt;Exex estaba empezando a cansarse de James y de sus simplezas, cuando el precio que debía de pagar por estar ahí, en su casa, era demasiado alto en comparación con la ayuda y protección que necesitada, de tener a alguien como un padre que se preocupase por ella. Pero James le ofrecía todo lo contrario, las exigencias de un amante celoso, pretendiendo dominarla en la confianza de que lo suyo, lo que compartían, era una relación formal, cuando Exex, quizá, tampoco se explicó como debía, con la firmeza indispensable para dejar las cosas claras.&lt;br /&gt;–No me gusta que trabajes en eso –protestó James.&lt;br /&gt;–Yo soy libre para hacer lo que me venga en gana –se defendió ella–. Además, fui a trabajar, a ganar dinero, precisamente lo que tú no haces, pues, por lo que parece, no sabes nada más que beber.&lt;br /&gt;–Bebo porque me despidieron del trabajo –argumentó con torpeza.&lt;br /&gt;–Pues, en vez de beber, podías buscar trabajo –le aconsejó, escupiéndole las palabras en la cara.&lt;br /&gt;–¿En qué? –preguntó James, extendiendo los brazos y enseñando las palmas de las manos.&lt;br /&gt;–Con esas borracheras, de mendicante –soltó Exex con desprecio.&lt;br /&gt;James, la verdad, no podía decir nada en su favor, pero en la disputa trataba de buscar cualquier argumento para intentar sobreponerse, aunque en sus parámetros mentales, dominados por el alcoholismo y la desesperación, pudiera creer que tenía la razón.&lt;br /&gt;–Es igual, en tu trabajo hay mucha indecencia y malas compañías –contestó, tratando de evadir su responsabilidad.&lt;br /&gt;–Habrá lo que sea, pero ése es mi trabajo.&lt;br /&gt;–¿Ves? ¡Lo reconoces! ¡No es un trabajo decente! –y la señalaba con el dedo índice de manera acusatoria.&lt;br /&gt;–¡Yo soy libre! ¡Yo hago lo que quiero! –gritó Exex.&lt;br /&gt;–¡Entonces, lo reconoces! ¡¡¡Lo reconoces!!! –y gritó colérico, dominado por una fuerza interior desvariada, algo similar a la locura, y se abalanzó sobre ella para golpearla en el rostro.&lt;br /&gt;Exex cayó al suelo y desde abajo, con la mirada llena de odio, le dijo resentida:&lt;br /&gt;–¡Eres un hijo de puta!... ¡Ésta es la última vez que me pones las manos encima!&lt;br /&gt;–¡¡¡Hiiiiii…!!! –gritó James desgarrado, con un alarido dramático, y salió del salón con las manos en la cabeza tapándose los oídos.&lt;br /&gt;En la cocina sacó una botella de vino, a la que le faltaba un cuarto, y la rellenó con ginebra. Se pegó un buen trago, capaz de atragantar al mejor de los bebedores, y se la terminó en unos instantes. Luego, dirigiéndose al armarito donde guardaba su arsenal etílico, abrió otra botella de ginebra. Empezó a bebérsela poco a poco, en acometidas constantes, sentado junto a la mesa de formica y bajo la lúgubre iluminación de un tubo fluorescente, mientras que Exex, con un portazo, salió enfurecida de la casa dejando a James sumergido en su vicio.&lt;br /&gt;La tarde pasó tan rápida como un suspiro acallado por los malos presagios, en torno a una relación imposible, y los miedos de James se materializaban en algo tan real como su misma suposición. Ya tocaba el final o el comienzo, porque nunca hubo un principio, la certidumbre nunca existió, sólo una idea pasajera, igual que la duración de ese mismo suspiro. La historia de amor, por lo visto, era sólo una probadita sexual por ambas partes: obsesión para él y enfermedad para ella, gestión inadecuada de los sentimientos con miras para la nada, y así, en vez de huir, Exex regresó a la casa, entre otras cosas porque no quería perder toda su ropa y empujada por una pulsión malsana, de querer saciar su curiosidad y experimentar, de nuevo, ese ansia que le conmovía hasta el deleite de los sentidos.&lt;br /&gt;James estaba recostado sobre la mesa de la cocina, con la cabeza ladeada detrás de varias botellas vacías. Exex lo miró con indiferencia y comenzó a prepararse algo de cenar. Comió de pié, allí mismo, mirando aquel deprimente espectáculo, y sintió lástima por él. Pensó que en el fondo, al contrario de O’Kelly, él no era malo, tan sólo estaba confundido por las efervescencias del amor y que, con esa actitud posesiva, sólo demostraba a su manera una preocupación vigilante hacia ella. Y vio la equivocación con respecto a sus verdaderas intenciones y recibió esa lástima como una herida infligida por ella en el corazón, y entonces volvió a tantear el peso de su responsabilidad y el compromiso por ayudarle.&lt;br /&gt;Tras la improvisada cena, y una vez reparadas las fuerzas, lavó los platos, recogió las botellas, los vómitos, y a duras penas llevó a James caminando tambaleante hasta la cama. Lo desnudó, le echó una última mirada, y se sintió satisfecha de su nueva actitud compasiva.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;____________________________________________&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Derechos Reservados - Copyright © Pablo Paniagua&lt;br /&gt;COMENTARIOS: paniaguauno@yahoo.es&lt;/span&gt;&lt;span style="font-family:arial;font-size:85%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/29674757-6981270655810296424?l=bigotuda.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/6981270655810296424'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/6981270655810296424'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bigotuda.blogspot.com/2007/02/sptima-entrega.html' title='SÉPTIMA ENTREGA'/><author><name>Pablo Paniagua</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/ReC_yhiJdnI/AAAAAAAAAB4/QfQVg16EDeM/s72-c/BigotudaRoja%5B1%5D.JPG' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-29674757.post-845556194325102729</id><published>2007-02-17T23:26:00.020+01:00</published><updated>2012-01-06T21:30:52.732+01:00</updated><title type='text'>SEXTA ENTREGA</title><content type='html'>&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="color:#c0c0c0;"&gt;.&lt;/span&gt; &lt;a href="http://2.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/RdeBpxiJdmI/AAAAAAAAABs/dD--xD07N8c/s1600-h/bigotudacrying.JPG"&gt;&lt;span style="font-size:78%;"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; DISPLAY: block; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5032633663281002082" border="0" alt="" src="http://2.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/RdeBpxiJdmI/AAAAAAAAABs/dD--xD07N8c/s400/bigotudacrying.JPG" /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-size:78%;color:#c0c0c0;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;SEGUNDA PARTE&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una mirada en distorsión hacía un recorrido por todo alrededor. Un vaso vacío sobre la mesa junto a una botella de vino tinto a medio acabar. El salón decadente, oscuro, decorado con muebles viejos de épocas perdidas en la memoria; papel de flores en las paredes, olor a cerrado, a casa vieja, a muerto; todo marchito, pero limpio. James estaba sentado en un sillón de color verde oscuro, bajo la luz macilenta de una lámpara de pie. Al lado del vaso vacío y la botella de su vicio, un cuaderno a medio escribir y una pluma. En su cara hundida, ruinosa y triste como todo su entorno, una mueca de amargura la inunda.&lt;br /&gt;Se movió y con un pequeño impulso echó su cuerpo hacia delante, llevándose las manos para cubrir el rostro. Parecía que lloraba, aunque más en su atormentado interior. Luego vertió el vino en el vaso, hasta el mismo borde, y lo bebió de un solo trago inclinando la cabeza para detrás a medida que lo pasaba por la garganta.&lt;br /&gt;Sonó el teléfono.&lt;br /&gt;James se levantó con desgana, de lo profundo del sillón, y se acercó para atenderlo.&lt;br /&gt;–¿Sí? ¿Dígame?&lt;br /&gt;–¿James? –preguntó una voz de mujer.&lt;br /&gt;–Sí. ¿Quién es? –dijo extrañado, pues no tenía ninguna mujer ni nadie que lo llamara.&lt;br /&gt;–Soy Exex.&lt;br /&gt;Repentinamente su cara se iluminó de una alegría imprecisa, y, con el corazón en un vuelco por la sorpresa, sostenía el auricular tembloroso por los nervios. ¡Por fin se decidió a llamar y sólo habían transcurrido cinco días! Esto marcha; pensó.&lt;br /&gt;–Necesito verle –dijo Exex, con cierta inquietud.&lt;br /&gt;–¿Cuándo?&lt;br /&gt;–Ahora.&lt;br /&gt;–Estaré encantado… ¿Dónde nos vemos?&lt;br /&gt;–No sé… donde sea –respondió.&lt;br /&gt;–Puede venir aquí, a mi casa –propuso James, después de dudar por unos segundos, con el atrevimiento que le daba no estar del todo en sus cabales por efecto del alcohol.&lt;br /&gt;–Muy bien… De acuerdo –aceptó Exex.&lt;br /&gt;–Entonces, venga al 144 de la 153nd. street, en el Bronx, al piso segundo letra F.&lt;br /&gt;–Ahora mismo voy para allá –y colgó sin decir una palabra más.&lt;br /&gt;James se quedó pasmado con el auricular en la oreja, como si no creyera del todo lo sucedido. Suponía que la conversación iría para más, aunque, de todas formas, por lo menos ella iba a su encuentro. Se sentía mejor por eso, pero el miedo y la inseguridad le desbordaban. Colgó el teléfono, y las manos las tenía empapadas de sudor.&lt;br /&gt;Recogió la botella y el vaso, y guardó en un cajón del viejo aparador la libreta con sus escritos, no sin antes arrancar unas cuantas hojas que tiró a la basura.&lt;br /&gt;Fue al baño y se miró en el espejo, apoyándose con ambas manos sobre el lavabo. Se observaba largo y tendido, haciendo gestos con los ojos entornados, ensayando guiños y frases hechas, comportándose tal como no era. Tras un rato, no muy satisfecho, salió hacia el salón donde empezó a caminar impaciente de un lado para otro, arrastrando los pies por el desgastado parquet. Paró un momento para sonarse la nariz y luego regresó al baño, esta vez para perfumarse. Abrió el armarito y sacó un frasco de agua de colonia azulada, marca Brummel, y se perfumó profusamente. Olía fatal.&lt;br /&gt;Otra vez en el salón continuó con su arrastrar de pies por el suelo, de un lado para otro. Respiraba hondo y expulsaba el aire con lentitud, no podía controlar los nervios. Su alteración era tal que le entraban ganas de orinar. Iba y venía del baño. Se acercó al frigorífico y le metió un tremendo lingotazo a una botella. Tenía que armarse de valor. Respiraba hondo y exhalaba. Se calmó por un momento, pero su visón era más borrosa. Daba igual, sabía controlar ese detalle, llevaba tantos años metido en la bebida como para no estar acostumbrado, además, tres litros eran poco para él, lo pasaba mal a partir de los seis, cuando perdía la conciencia y más tarde deliraba sin acordarse de lo que hubiera sucedido. También solía pasarlo mal, y peor aún, cuando su sangre estaba limpia de todo rastro de alcohol.&lt;br /&gt;El espejo del baño volvía a reflejar gestos, poses ridículas, y era testigo de la inseguridad emocional de un hombre realmente acabado. Era James Khan, desastroso solterón y mediocre burócrata de ventanilla.&lt;br /&gt;Por fin sonó el timbre y corrió torpemente para abrir, tratando de que no se oyeran los pisotones desde afuera. Abrió la puerta y su corazón palpitaba con una fuerza desconocida.&lt;br /&gt;–¡Hola, Exex!... Pase, pase…&lt;br /&gt;Ella entró sin decir palabra y James cerró la puerta dando un portazo sin querer.&lt;br /&gt;–¡Oh! ¡Esta puerta! –exclamó tratando de excusarse–. La engrasé el otro día… Pero bueno, aquí… aquí puede sentirse como si estuviera en su casa –agregó, entrecortado por los nervios.&lt;br /&gt;Exex, sin quitarse el abrigo de cuero negro, se sentó en el sofá tras dejar la maleta a un lado de la puerta. Miraba el lugar y su bigote casi se sobrecogía de ver tan decadente espectáculo.&lt;br /&gt;–¿Qué le pasa? La veo preocupada –preguntó James, tragando saliva por la tensión, a la vez que se acrecentaban sus ganas de mear.&lt;br /&gt;–Sucedió algo inesperado… Necesito quedarme en su casa por unos días –fueron sus primeras palabras.&lt;br /&gt;James se sentó frente a ella, en otro sillón, quedando ambos separados por una mesita baja.&lt;br /&gt;–Dígame… ¿Qué es lo que le pasa?&lt;br /&gt;Exex, sin poder evitarlo, rompió a llorar de improviso. No había sido capaz de digerir lo sucedido con O’Kelly, ya fuera por su juventud o porque de algún modo sentía ahogarse dentro de un mar de remordimientos, de una culpa que sobrepasaba cualquier previsión. Todo le había salido mal desde que llegó a Nueva York, su relación fallida con los hombres y cierto rechazo que sufrió en su entorno laboral tras el suceso con Belmont y su muerte inesperada. El destino, sin duda, no le había acompañado y se sentía indefensa ante una inmensidad que se veía imposibilitada de dominar, y ésa fue, precisamente, la razón por la que decidió marcar un número que días antes le dieron en la puerta de un supermercado, pues aquel hombre le pareció, en contraste con O’Kelly, un verdadero trozo de pan.&lt;br /&gt;–¡He matado a un hombre! –confesó motivada por la angustia y la preocupación–. ¡He matado a un hombre! ¡Necesito que me ayude! –y lloraba, incontenible, como una chiquilla.&lt;br /&gt;James se acercó hacia ella y la abrazó, de una manera paternal, que le hizo olvidarse por unos instantes de sus ganas de orinar.&lt;br /&gt;–Cálmate, estoy aquí, yo te cuidaré, no te preocupes –dijo, ya tuteándola.&lt;br /&gt;–¡Me tiene que ayudar! ¡Me tiene que ayudar!&lt;br /&gt;Decía destrozada entre sollozos, creyendo que la idea de haber acudido en busca de un desconocido fue la salida más viable, pues en verdad no se le ocurrió nada mejor. Pensó que podría estar unos cuantos días en su casa hasta decidir qué hacer con su vida, hasta que lograra calmarse para ver la realidad desde otra perspectiva. Y es que todo le salió así, sin ser meditado, con la secuencia de unos acontecimientos que la llevaron a tomar tal determinación, aunque fuera un tanto precipitada.&lt;br /&gt;Le contó a James, nerviosa y sufriente, la historia de los últimos días, dándole una breve visión panorámica de sus preocupaciones, del abismo inmenso que sentía bajo los pies, la locura en que se había convertido su vida a partir del momento del asesinato de Ives Belmont, mientras que James la escuchó, con todo y con eso, al borde del otro de abismo que suponía su vejiga urinaria a punto de estallar.&lt;br /&gt;–No te preocupes, te comprendo, te ayudaré, haré todo lo que pueda por ti. Te puedes quedar aquí todo el tiempo que desees –trató de calmarla.&lt;br /&gt;–Gracias James –dijo ella, abrazándole con fuerza en señal de agradecimiento, presión que provocó que a James se le mojaran levemente los pantalones con un poco de pis.&lt;br /&gt;–No… no tienes por qué darlas –dijo entrecortado a la vez que se levantaba, tratando de ocultar con sus manos la parte húmeda–. Espera un momento, tengo que ir al baño…&lt;br /&gt;Y salió corriendo con la urgencia, pero no le dio tiempo a llegar pues se meó parcialmente encima, antes de que sacara su pene encogido frente a la taza del water. Entonces se sintió doblemente aliviado, pues, aparte de librarse de la necesidad fisiológica y presión del bajo vientre, ella viviría en su casa, cuando no le importaban lo más mínimo los problemas que pudiera tener, en contraposición a la magnitud del hecho de que en su casa estuviera, además de la señora que un par de veces a la semana le hacía la limpieza, toda una mujer a su alcance e influencia. Pero ahora, después de mear, y aún sosteniendo lo que le dio la naturaleza entre las manos, no llegó a olvidarse, a pesar de su estado etílico, que debía cambiarse los calzoncillos y el pantalón meados, y caminó con sigilo hasta su habitación.&lt;br /&gt;Al final, Exex acabó ocupando una habitación contigua a la de James, pues él, que se moría de ganas de acostarse con ella, no tuvo el valor de ofrecerle la suya. Eran su timidez e inseguridad, y no la prudencia, las que frenaban sus deseos y le hacían ver como todo un caballero, cuando en el fondo deseaba hacer algo que nunca había hecho con una mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Entre destellos de gracia la mediocridad se hace mayoría. ¡Pobre Humanidad!” (Friedrich Von Günter)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Exex no durmió bien, le pesaba la muerte de O’Kelly, su violación hipnótica, y tuvo pesadillas. Una vez despertó se sintió mejor, pues ya no debía enfrentar todos los fantasmas que le asaltaban en sueños. Yo no soy culpable, yo soy la víctima, se repetía en una terapia de auto convencimiento cuando valoraba hasta qué punto era un asesinato justificable, cuando tan sólo se excedió en un arrebato impulsivo, movida por el rencor, y aunque él mereciera la muerte no era plausible estar a su nivel. Esta idea le atormentaba, pues ella había sido, al contrario que con Belmont, el motor directo de la acción, la mano ejecutora, a pesar de que en un principio no quería vengarse como lo hizo; pero cuando se vio con el secador de pelo encendido en la mano, y en el espejo el reflejo de O’Kelly bañándose tan tranquilo, le surgió una idea súbita que le pareció genial, y así lo hizo, sin detenerse a pensar en la conveniencia de un acto de tal magnitud. Pero ahora debía hacer lo que fuera para olvidarlo y empezar, otra vez, de nuevo. Estaba en el punto de partida y establecer un paréntesis con el pasado inmediato era lo más recomendable, para que los sueños de independencia que le motivaron a iniciar su aventura neoyorquina no se fuesen al traste. Y luego, al final, en el último lugar de sus preocupaciones, se preguntaba qué pensaría James de ella.&lt;br /&gt;Pero James en lo único que pensaba, nada más, era en un par de tetas y en la silueta preciosa de aquella mujer bigotuda, que un día conoció en un supermercado y estaba deseando llevarse a la cama para que su mediocre vida tomara otro vuelo. Sabía perfectamente lo casual de tal circunstancia, pero en el fondo creía merecerla por haber tenido el atrevimiento de acercase a ella, de establecer ese contacto nada fortuito que más tarde desencadenó algo concreto, pues si bien se habían producido una serie de hechos fatales para Exex, que la llevaron a tomar una determinada decisión, al final todo se decantó en un encuentro por una voluntad coincidente. Así James auspiciaba mucho más, una evolución de acuerdo a sus deseos, al saberse con el derecho de por lo menos intentarlo, de conquistar el corazón de Exex y poseer su cuerpo. Y así se mentalizó desde que entró por la puerta, desde que la vio hundida y desmoralizada entre sus remordimientos y sus llantos, cuando pudo comprobar lo indefensa que se encontraba, y no dudó, desde ese instante, en dedicarse de lleno a esa tarea. Y se levantó como siempre para ir a trabajar, pero esta vez un poco más temprano, con el propósito de preparar el desayuno y llevárselo a la cama, para tener un detalle y de paso estar frente a ella, para verla en su intimidad detrás de las sábanas en una situación más comprometida.&lt;br /&gt;Unos golpecitos sonaron en la puerta de la habitación de Exex…&lt;br /&gt;–¿Sí? –preguntó ella.&lt;br /&gt;–Soy James… Te traigo el desayuno.&lt;br /&gt;–Pase, pase…&lt;br /&gt;–¡Buenos días!&lt;br /&gt;Dijo James al abrir la puerta y entrar. Llevaba sobre una bandeja de formica marrón un vaso de leche caliente, unas tostadas con mermelada de ciruelas y unos huevos revueltos con jamón. El desayuno parecía exquisito y su aroma se elevaba en el aire.&lt;br /&gt;–¡Oh! ¡Huele muy rico!... Gracias James, es usted muy amable.&lt;br /&gt;–Amable no –contestó James con una sonrisa–, tú lo mereces.&lt;br /&gt;Y dejó la bandeja sobre las rodillas de Exex, que ya se había medio incorporado. Ahora, nada más despertar, se veía verdaderamente preciosa, con un camisón azul claro donde se marcaban de manera puntiaguda sus pequeños pechos, tensando la tela brillante. Sus hombros pálidos y descubiertos, de curvatura suave, desprendían reflejos satinados a la luz del amanecer que se filtraba por entre los visillos de la ventana, y su cara aparecía, tras el descanso, como la misma porcelana de la china imperial, sin ninguna arruga que la alterara, con el pelo despeinado en la cabeza, de antojo gracioso, que combinaba con aquel prominente bigote, travieso entre tanta hermosura.&lt;br /&gt;–¡Qué buena pinta tiene! –exclamó Exex con satisfacción.&lt;br /&gt;–Gracias, gracias… ¡Y buen provecho!&lt;br /&gt;Exex empezó a comer, mientras él la observaba sentado en un extremo de la cama, relamiéndose ante tan privilegiado espectáculo, sintiendo ya una incipiente erección entre sus piernas.&lt;br /&gt;–Hummm… ¡Qué ricas tostadas!&lt;br /&gt;A James casi se le caía la baba al mirar sus ojos y su piel, aquellos picudos bultos que tanto le excitaban.&lt;br /&gt;–Cuando las cosas se hacen con cariño, siempre salen bien…&lt;br /&gt;–Es muy amable James.&lt;br /&gt;–Por favor Exex –le dijo con deferencia–, te pediría que mejor me tutearas, pues me haces sentir mayor.&lt;br /&gt;–¡Oh! Perdona… Lo que tú quieras –dijo, mostrando su blanca dentadura detrás de una sonrisa bigoteril.&lt;br /&gt;–Eso está mucho mejor… –hizo una pausa y añadió lamentándose–: Ahora me tengo que ir a trabajar y regresaré por la tarde. Si viene una señora no te asustes, es la que limpia; ya sabe que estás aquí.&lt;br /&gt;–Muy bien, no te preocupes –asintió Exex.&lt;br /&gt;–Bueno… ya me voy… Ya sabes que estás en tu casa…&lt;br /&gt;En ese instante James pensó en darle un beso, aunque fuera en la mejilla, pero no se atrevió, y Exex le sonrió y se fue sin más.&lt;br /&gt;Transcurrida media hora apareció la señora de la limpieza, mujer entrada en años que se vestía con pésimo gusto, con ropa comprada en almacenes de ocasión, y con un peinado que hacía juego con toda su imagen de auténtica “doña decadente”, tal como si la hubieran sacado de un viejo armario con olor a naftalina. Su cara no tenía ningún rasgo que la hiciera especialmente agradable, pero a Exex, nada más verla, se le hizo familiar.&lt;br /&gt;–Buenos días –saludó Exex, ataviada todavía con camisón, cuando estaba en el baño ya casi dispuesta para ducharse.&lt;br /&gt;–Buenos…&lt;br /&gt;Correspondió ella mirándola de arriba a bajo, sin ningún disimulo, al parecer con la intención de hacer un curioso reconocimiento. Llegó a pensar que era mucha mujer para James, cuando Exex se acordó, al tenerla ahí delante, en esa mirada contemplativa de mutua inspección, a quién le recordaba, pues era igualita que Isabel II de Inglaterra.&lt;br /&gt;La asistenta no perdió un segundo, mientras Exex se duchaba, para entrar en su dormitorio e ir directa a curiosear y ver la ropa de esa rara mujer bigotuda que James había metido en casa. Cogía los vestidos y los alzaba para examinarlos, frente a la luz de la ventana, con el oído siempre atento para no ser sorprendida en tan indiscreta conducta. ¡Cómo le gustaba mirar lo ajeno! Sentía un placer extraño en ello, cierta emoción malsana de cotilla profesional, un momento álgido dentro de la vulgaridad de una mujer madura y solterona que, tras unos minutos y una vez saciada su curiosidad, volvió a colocarlo todo cuidadosamente en su lugar. Se sorprendió de que James tuviera tal señorita hospedada en casa, más cuando siempre había estado solo y las relaciones con las mujeres nunca se le habían dado bien, pues parecía bastante torpe en esa materia.&lt;br /&gt;Y ésta era, precisamente, una de las causas de la inclinación de James por la bebida, su incapacidad funcional para conseguir una mujer o tan siquiera despertar algún interés, de ir más allá de una primera cita, pues había algo en él que las ahuyentaba, ya fuera su sola imagen de tristeza o su físico de presencia nada espectacular, cuando en contrapartida casi siempre tenía apetencias por mujeres de belleza extraordinaria, las que suponían, sin duda, un sueño inalcanzable para él; también en alguna ocasión lo había intentado con otras más normales, pero el resultado había sido de igual modo un fracaso, sin llegar, por supuesto, al rechazo insultante con el que reaccionaban las primeras. Ésa era su realidad con el sexo opuesto, habiendo renunciado, por miedo a las enfermedades venéreas y por creerlo inmoral, el contratar los servicios de alguna prostituta para romper con el abismo de la imposibilidad. Él necesitaba alguien a quien amar, una mujer real para sustituir la que tenía en su imaginación, y creía, por fin, tener con Exex la oportunidad que siempre había deseado, la ocasión perfecta para materializar el anhelo más importante de su vida. Pero también sabía que no sería fácil, por toda la dinámica anterior de fracasos históricos que le restaban confianza en sí mismo, en la espera de esa oportunidad que nunca llegaba, y ahora, que la tenía al alcance de la mano, en su propia casa, la responsabilidad le sobrepasaba con un miedo terrible, de demostrar que era suficiente hombre para mantener a la preciosa Exex a su lado, sin olvidar, claro está, la cuestión sexual, cuando se moría de ganas de suplir su mano derecha por hacerlo con una mujer así.&lt;br /&gt;Pero, por encima de todo, se le hacía urgente romper con su circulo vicioso de soledad y alcoholismo, donde por medio quedaban entrampados sus deseos sexuales, en una combinación fatal que se erigía con detectables signos de enfermedad mental, de no poder superar esa dependencia, de no reconocerla en su verdadera dimensión, porque James no era feliz y cualquier semejanza con ese estado era siempre engañosa, con los temblores y la dilución del alcohol en la sangre, con las sudoraciones y la distorsión de la mente dentro de una espiral que le engullía hacia el desastre. James era un extraño para sí mismo, un amargado ante la realidad de no hacer lo que le gustaba: estar día tras día detrás de un mostrador al tanto de un trabajo burocrático, atendiendo gente, estampando sellos, clasificando papeles y solicitudes, más lo relativo a una labor de registro y recepción de documentos, aderezado todo con su ya consabida inhabilidad para conseguir una mujer, cuando Exex caía, sin querer, al cobijo de un hombre bajo tan deprimente influjo, esperando una ayuda de la que él estaba mucho más necesitado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“El fuego lo consume en la hoguera de su fracaso, cuando todavía espera que de las grises nubes le llegue una lluvia salvadora.” (Ferdinad Roussel)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En un edificio gubernamental se sucedían largas colas, de personas ordenadas dentro de una sala esperando llegar ante una ventanilla, entre el infinito murmullo que resonaba en la amplitud del lugar. Durante la espera la tensión se centraba en la espina dorsal, en piernas y caderas, en las cansadas articulaciones de casi todo el cuerpo, como tributo vejatorio ante las exigencias de la legalidad. ¡Esperar! En todo hay que esperar, la vida es una auténtica espera, pocas cosas se dan instantáneas. Hay que esperar para nacer y también para morir, en lo absoluto de nuestra existencia estamos marcados por la espera, es lo normal; unos lo hacen tranquilos, aunque la mayoría con nerviosismo, pero todos esperan: para entrar al cine, para cruzar la calle, a tu pareja en algún lugar, al autobús, si conduces frente al semáforo o en un atasco… Pero las peores esperas, sin duda, son las que atañen a la legalidad institucional, como sacar certificados, permisos oficiales, actas de nacimiento, defunción o matrimonio, y todo tipo de papeleos que han de gestionarse delante de una ventanilla y ante un funcionario por lo general insatisfecho de la vida, y ésa era, precisamente, la ocupación de James como burócrata de ventanilla.&lt;br /&gt;Tras una perforación en forma de arco en un cristal, ocupaba James su lugar sentado en una silla con las piernas encogidas, por ocho horas y seis días a la semana…&lt;br /&gt;–Buenos días –saludó un hombre que le entregó unos impresos.&lt;br /&gt;James los ojeó de mala gana, con aires de importancia y autosuficiencia.&lt;br /&gt;–Esto está mal… Este impreso –le indicó James mostrando un papel de color rosa–, no está bien cumplimentado, además, también necesita presentar una fotocopia del mismo que hay que compulsar en la ventanilla segunda, y luego pasar a ésta para sellarla de recibido y archivarla.&lt;br /&gt;El buen hombre, triste y aturdido, recogió el papel mirándolo con impotencia. Este contratiempo cada cual se lo tomaba a su manera, unos con resignación y otros con los nervios a flor de piel. El caso era que James disfrutaba rechazando impresos por cualquier mínimo detalle, muchas veces sin ser necesario, descargando de esta forma su infelicidad para provocarla en los demás y sentirse de alguna manera importante. Era más bien una cuestión psicoterapéutica, la de asegurarse que los demás tuvieran al menos un día parecido al suyo.&lt;br /&gt;–Buenos días –saludó otro.&lt;br /&gt;James miró los papeles y los selló con un tampón.&lt;br /&gt;–¡El siguiente…! –decía, con voz rutinaria.&lt;br /&gt;–¿Qué tal? Aquí tiene –dijo un joven, con la alegría de haber llegado por fin a la ventanilla.&lt;br /&gt;–Aquí falta la fotocopia compulsada –objetó James.&lt;br /&gt;–Pero usted –replicó el joven nervioso–, la vez anterior, hace dos horas, no me dijo que debía compulsar la fotocopia, solamente el papel rosa.&lt;br /&gt;–Mire, uno no puede estar en todo…&lt;br /&gt;–Para eso le pagan –repuso enojado.&lt;br /&gt;–Me pagan para sellar impresos y admitirlos si están en regla, y los suyos no lo están –afirmó James de manera petulante–. Además, para saber sobre el proceso, está el módulo de información junto a la entrada, en la fila larga.&lt;br /&gt;–¡Usted es un hijo de puta! –gritó alterado el joven, y se marchó caminando maldiciendo entre dientes.&lt;br /&gt;James siempre ponía objeciones sin necesidad, pues lo de la fotocopia compulsada no era protocolariamente obligado, tan sólo opcional, aunque sí se debía hacer constar por duplicado. Pero él, siempre disfrutaba haciendo esperar…&lt;br /&gt;–¡El siguiente!&lt;br /&gt;Aborrecía tanto su trabajo que no era capaz de reconocer que no servía para otra cosa, pues él siempre quiso ser escritor, pero nunca lograba rellenar más allá de unas cuantas cuartillas, le faltaba técnica e imaginación. Unido a esto estaba lo demás, y viéndolo desde cualquier perspectiva nada en su despreciable vida tenía sentido, cuando el último recurso, con el que trataba de ahogar todo su pesar, era el bálsamo adictivo del alcohol; y si no era el vino tinto de su preferencia, lo era la ginebra, y no dudaba en llevar siempre una petaca en el bolsillo interior de la chaqueta, para beber a escondidas en el trabajo encerrado en una cabina del baño. Todos sus compañeros sospechaban que era alcohólico, pero nadie se atrevía a afirmarlo delante de su cara, pues James era tan extraño que nunca llegó a entablar amistad con nadie, a pesar de llevar más de veinte años en el mismo puesto. Al salir del trabajo recorría los bares y no paraba de beber, y al llegar a la casa escribía a duras penas tomando hasta perder el control. Y ésta fue la dinámica, hasta que una maravillosa mujer con bigote irrumpió en su vida… ¿Sería capaz de cambiar ahora?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Una buena razón para vivir, es el miedo a la muerte; una buena razón para morir, es el no saber vivir.” (Ryu Watanabe)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Respiraba con dificultad; mejor dicho, ya no respiraba. Por fin lo iba a lograr, moriría de una vez por todas, dejaría este mundo… Sus pocas ideas y las imágenes se desvanecían en la mente, los recuerdos… ¿Pero qué pasa? ¿Qué hacen? ¡Otra vez no! ¡Por favor!... Las ideas regresaban y lo nublado de su visión tornaba por instantes a la nitidez. Los pulmones, al llenarse de aire, lo traían de vuelta a una vida que antes se extinguía… Ahora, una sola pregunta retumbaba dentro de su cabeza: ¿Quién será el imbécil esta vez?&lt;br /&gt;Alguien descolgaba al pequeño Willy y le sostenía entre los brazos, quitándole la soga en torno al cuello, para ponerlo de pies sobre la tierra. El niño miró hacia arriba y vio a un hombre algo pasado de peso, con el pelo rubio cortado a cepillo y las orejas triangulares, que tenía los ojos azules y que además olía a alcohol.&lt;br /&gt;–¡¡¡Eres un idiota!!! –gritó Willy con rabia.&lt;br /&gt;¡Cómo anda el mundo!, se dijo James entre los vapores etílicos, no creyendo del todo lo sucedido y pensando que ese niño tan feo, que casi parecía un monstruo, era subnormal.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“La vida es lo que es, la muerte lo que no es.” (Gastón Ledit)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;____________________________________________&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Derechos Reservados - Copyright © Pablo Paniagua&lt;br /&gt;COMENTARIOS: paniaguauno@yahoo.es&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/29674757-845556194325102729?l=bigotuda.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/845556194325102729'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/845556194325102729'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bigotuda.blogspot.com/2007/02/sexta-entrega.html' title='SEXTA ENTREGA'/><author><name>Pablo Paniagua</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://2.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/RdeBpxiJdmI/AAAAAAAAABs/dD--xD07N8c/s72-c/bigotudacrying.JPG' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-29674757.post-7906917377549534754</id><published>2007-02-10T23:21:00.016+01:00</published><updated>2012-01-04T03:41:23.728+01:00</updated><title type='text'>QUINTA ENTREGA</title><content type='html'>&lt;span style="color:#c0c0c0;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://4.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/Rc5H9hiJdlI/AAAAAAAAABc/odHgGkfa3Io/s1600-h/Bigotuda+V+jpg.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; DISPLAY: block; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5030036956118611538" border="0" alt="" src="http://4.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/Rc5H9hiJdlI/AAAAAAAAABc/odHgGkfa3Io/s400/Bigotuda%2BV%2Bjpg.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;15.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Exex aún caminaba optimista por la vida, con esa visión de la mujer soñadora, entre la fantasía y la realidad, que se hacía verdadera bajo la fuerza de su asimilación mental. Iba con la cabeza alta, mirando a su alrededor con una sonrisa en los labios, y su presencia era como un trazo de color allí donde estuviera, en esa ciudad y con ese invierno gris. Pero con O’Kelly su luz perdía brillo por instantes, recuperando sólo el resplandor cuando se apartaba de él, pues su influencia era tal que opacaba todo con su sombra oscura.&lt;br /&gt;Ahora se dirigía a comprar algo y entró en una bodega comercial, inmenso espacio repleto de personas que transitaban con sus respectivos carritos, buscando entre las innumerables estanterías llenas de productos, bajo las frías luces de neón. Exex, con una cesta metálica en la mano, se internó por entre una multitud que, en su frenesí, llegaba a atascarse de vez en cuando por los pasillos. Miraba aquí y allá, sin encontrar lo que buscaba, cuando, en esta ardua labor, se vio interrumpida por un caballero que se acercó a ella clamando:&lt;br /&gt;–¡Dame luz!&lt;br /&gt;Era un tipo de mirada atenta, de ojos azules, con los pelos rubios de punta y las orejas triangulares, que estaba algo pasado de peso pero sin llegar a ser gordo. Se vestía con ropa normal, que no llamaba la atención, y algo desarreglado. Bajo el brazo sostenía un par de botellas de vino tinto.&lt;br /&gt;–¿Cómo? –preguntó extrañada.&lt;br /&gt;–¡Qué necesito de su sonrisa, de su vida! –dijo, como extasiado.&lt;br /&gt;–¡Pero, qué cosas me dice! –soltó riendo incrédula y pensando que ese tipo estaba loco.&lt;br /&gt;–Usted es diferente, no es como todos éstos… Necesito que me contagie –agregó.&lt;br /&gt;–No le comprendo –dijo Exex, ladeando con un gesto la cabeza–. ¿Qué tengo yo de diferente, además de ser mujer y tener bigote?&lt;br /&gt;–¡Y le parece poco! –exclamó–. ¡Eso la hace genuina! ¡Además, usted es alegre, tiene luz propia e ilumina este lugar! –señaló convencido.&lt;br /&gt;Exex pudo darse cuenta por la expresión de su cara, por la mirada, que sus palabras parecían sinceras y que no era un adulador de tantos, de los que sólo buscan una conquista rápida, pues desde luego, un tipo tan normal, se vería muy osado en dicha labor cuando parecía en su actitud, con esas declaraciones, ser de lo más cordial y de alguna forma también auténtico.&lt;br /&gt;–¿Qué es lo que busca? –le preguntó Exex.&lt;br /&gt;–Ya le dije, que me contagie con su luz –respondió sin rodeos– Y usted, ¿qué busca?&lt;br /&gt;–Una lata de caviar –contestó.&lt;br /&gt;–Están por allí –y señaló hacia un lugar indeterminado–. ¡Venga, sígame! –se ofreció entusiasta.&lt;br /&gt;Exex pensó en la utilidad de su ofrecimiento, aunque decidió que nada más encontrar el caviar se despediría de él.&lt;br /&gt;–¡Está bien! ¡Vamos en busca del caviar! –dijo, con simpatía.&lt;br /&gt;Caminaron hacia otro corredor, sorteando carritos y personas, hasta llegar al lugar indicado. Había cientos de latas y tarritos transparentes, de marcas diversas, en su mayoría sucedáneos de huevas de esturión. Era un espectáculo impresionante, cuando millones de huevas de peces, a los que se les impidió nacer, esperaban dentro de sus recipientes para ser consumidas en refinadas fiestas sobre panecillos untados de mantequilla. ¡Qué grandiosidad tan insignificante! Innumerables canapés ordenados sobre bandejas de plata serían ofrecidos, por amables sirvientes de guante blanco, bajo la luz parpadeante de los fuegos artificiales explotando en el cielo nocturno, cuando en el paladar quedaría el rastro de un gusto exquisito y sutil.&lt;br /&gt;–¡Aquí está el caviar señorita! –le indicó él, haciendo un gesto de presentación con el brazo.&lt;br /&gt;–¡Oh! Es usted mejor que un guía indio.&lt;br /&gt;–James Kahn, para servirle –se presentó y, como todo un caballero, al tomar la mano de Exex la besó con deferencia.&lt;br /&gt;–¡Qué galante es usted! –dijo ella, con admiración teatrera.&lt;br /&gt;–Hay que conquistar su corazón…&lt;br /&gt;–¿No va muy deprisa? –objetó de buen talante.&lt;br /&gt;–Sí. Tal vez sí… Perdone usted si la he ofendido, señorita –acabó excusándose.&lt;br /&gt;–De todas formas, me llamo Exex –y no supo en realidad por qué le dijo su nombre, pues ya tenía ganas de que se fuera y la dejara en paz.&lt;br /&gt;–¡Qué nombre tan maravilloso! ¡Cómo su misma persona! –exclamó adulador.&lt;br /&gt;–¿No cree que exagera?&lt;br /&gt;– No piense eso señorita, simplemente me ha impactado.&lt;br /&gt;–¿No será eso una declaración? –preguntó Exex con agudeza, también sin saber por qué.&lt;br /&gt;–En cierto modo sí… Usted me gusta, es bonita –y se sonrojó al pronunciar estas palabras.&lt;br /&gt;–¿Eso es lo único que ve en mí?&lt;br /&gt;–No, veo mucho más –dijo James–. Ya le dije… Es alegre, diferente.&lt;br /&gt;–¿Y usted, cómo es? –preguntó Exex, ya más interesada en la conversación.&lt;br /&gt;James agachó la cabeza, encogiendo levemente los hombros, como avergonzado, a la vez que se sonrojaba aún más, y preguntó:&lt;br /&gt;–¿Y usted cómo me ve?&lt;br /&gt;–No sé, no puedo imaginar tanto, le acabo de conocer…&lt;br /&gt;–Pero… ¿a primera vista?&lt;br /&gt;Exex dudó un momento, sintiendo lástima por él, le observó detenidamente durante unos segundos y exclamó con una sonrisa:&lt;br /&gt;–¡Está loco!&lt;br /&gt;–Eso lo estamos todos… Pero, ¿cómo me ve? –insistió James.&lt;br /&gt;–No sé. Tal vez… bueno y sincero.&lt;br /&gt;–¡Eso es maravilloso! –prorrumpió satisfecho y en voz baja.&lt;br /&gt;–¿Qué es maravilloso? –preguntó Exex con extrañeza.&lt;br /&gt;–¡Usted es maravillosa!&lt;br /&gt;Dijo estas palabras con una alegría casi infantil, dominado por cierto enajenamiento aparente, que quizá se sustentaba en la creencia de una realidad factible, de lo que él deseaba desde hacía mucho tiempo, el encontrar a la mujer soñada. Exex, mientras tanto, no sabía qué pensar. Sólo se le ocurría que aquel hombre era víctima de un flechazo inesperado, cuestión que le incomodaba, y cogió una lata de huevas de esturión, tipo beluga, y se excusó diciendo:&lt;br /&gt;–Bueno, muchas gracias por ayudarme a encontrar esto.&lt;br /&gt;–¿Cómo? ¿Ya se va? –preguntó nervioso.&lt;br /&gt;–¡Qué quiere que haga!&lt;br /&gt;–Pues… que me permita acompañarla.&lt;br /&gt;–¿Acompañarme? ¿Para qué? –preguntó seria.&lt;br /&gt;–La necesito. ¿No lo ve? –dijo James desesperado, cuando las lágrimas inundaran sus ojos azules de mirada triste.&lt;br /&gt;A Exex le conmovió esa visión, sintió pena por él, y no creyó correcto dejarlo ahí en ese estado, de tal modo que suavizó su actitud con la intención de despedirse más tarde, dejándole sin tanta brusquedad.&lt;br /&gt;–Ande. No se ponga así… Vamos, acompáñeme hasta la salida.&lt;br /&gt;Y se dirigieron hacia la caja para pagar, ella con su lata de caviar y él con sus dos botellas de vino tinto, donde una gran cantidad de gente hacía cola con los carritos llenos de productos, todos impacientes para salir.&lt;br /&gt;–No pretendía hacerle daño –se disculpó Exex.&lt;br /&gt;–Me siento avergonzado –dijo él, hundiendo la cabeza.&lt;br /&gt;–No se preocupe, eso nos pasa a todos…&lt;br /&gt;–Soy débil, ésa es mi desgracia –dijo, apenado.&lt;br /&gt;–Peor es ser fuerte y malo.&lt;br /&gt;Estas palabras, pronunciadas por instinto, le hicieron atisbar su verdadera realidad y comenzó a reflexionar de forma inconsciente. Se acordó de O’Kelly, al que amaba y sabía que no era bueno, pero se dejaba llevar por ese sentimiento de afecto y pensó que podía estar equivocada. Y con esta duda, que le llegó a desconcertar, que fue como una especie de aviso, pasó diez minutos más con la compañía de James y su banal conversación.&lt;br /&gt;–Estoy cansada de estar aquí por culpa de esta lata de caviar –se quejó molesta.&lt;br /&gt;–¿Qué hacemos?&lt;br /&gt;–Yo me voy… Esto me fastidia.&lt;br /&gt;–¿Y qué hago con las dos botellas? –dijo, algo preocupado.&lt;br /&gt;–Haga lo que quiera con ellas, yo me voy.&lt;br /&gt;–Pero…&lt;br /&gt;Dijo dubitativo, mirando con angustia a las botellas de vino tinto, y Exex salió en dirección hacia la puerta a la vez que escondía la lata de caviar entre sus ropas. James, tras pensarlo por unos segundos, dejó las botellas y se fue detrás de ella caminando nervioso.&lt;br /&gt;Una vez en la calle, Exex se dispuso a tomar un taxi…&lt;br /&gt;–En realidad, ¿qué quiere de mí? –le preguntó Exex.&lt;br /&gt;–A usted –contestó James sin disimulo, sonrojándose de nuevo.&lt;br /&gt;Se hizo un silencio en la conversación, un tanto incómodo, con el ruido de fondo de los automóviles, y Exex no supo qué decir de primera intención, pues sentía algo indefinible por aquel hombre, pero, la verdad, no le atraía lo más mínimo.&lt;br /&gt;–Ahora no es posible, tal vez en el futuro…&lt;br /&gt;–Déme al menos una oportunidad –rogó él.&lt;br /&gt;Exex pensó por unos instantes, ya cansada del acoso y de la inconveniente compañía, y se le ocurrió algo para deshacerse de él.&lt;br /&gt;–Anotaré su teléfono y algún día le llamaré.&lt;br /&gt;James, sin pensarlo dos veces, escribió su número telefónico en un papel y se lo entregó.&lt;br /&gt;–Muchas gracias, Exex.&lt;br /&gt;Se despidieron sin tocarse, y ella se fue en un taxi mientras que él volvió a entrar al supermercado en busca de las dos botellas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“La casualidad busca una justificación allí donde el hecho inadvertido se pierde y se encuentra.” (Abraham Ibranovich) &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;16. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Un hombre bien vestido, elegante, con apariencia de algo más que un ejecutivo, bebía tranquilo un whisky en las rocas en la barra de un bar. Ojeaba el periódico sentado sobre un taburete con las piernas cruzadas, bajo una de las lámparas zenitales alineadas sobre la barra, donde el humo de un cigarrillo, que a veces sostenía entre los labios, se marcaba ondulante en el haz de luz. Ese hombre, que distraído leía las noticias, era el mismo que habló con O’Kelly en el Exotic Club.&lt;br /&gt;Miró la hora en su pesado reloj de oro macizo, cuando en ese instante, por la puerta, apareció O’Kelly con su atuendo llamativo de gangster postmoderno. También fumaba un cigarrillo, que llevaba en los labios, cuyo humo topaba con el ala de su sombrero.&lt;br /&gt;–Hola –saludó O’Kelly, con su típica sonrisa de medio lado.&lt;br /&gt;–¿Qué tal amigo? –le correspondió–. ¿Lo tiene todo preparado?&lt;br /&gt;–Sí –afirmó seguro O’Kelly–. Y usted… ¿trae el dinero?&lt;br /&gt;–Sí.&lt;br /&gt;–Entonces, espere aquí quince minutos y luego suba al cuarto piso, letra C, del edificio de ahí enfrente.&lt;br /&gt;–De acuerdo –asintió el trajeado.&lt;br /&gt;O’Kelly le había dado la dirección de su casa, y hacia allí se dirigió sin esperar un solo segundo…&lt;br /&gt;Al entrar, Exex veía un programa de variedades en la televisión, sentada cómodamente en el sofá con un tazón de palomitas de maíz en su regazo.&lt;br /&gt;–Hola cariño –dijo O’Kelly–. Ya estoy aquí.&lt;br /&gt;Exex se levantó, según acostumbraba, para recibirle y darle un beso en los labios.&lt;br /&gt;–Hola mi amor –dijo ella, después.&lt;br /&gt;O’Kelly la miró a los ojos, como sólo sabía hacerlo él con su mirada desigual, y con el dedo índice, de manera oscilante, comenzó con todo el proceso de la hipnosis.&lt;br /&gt;–Tienes sueño, mucho sueño… Cierra los ojos… Tienes sueño, mucho sueño…&lt;br /&gt;Ella comenzaba a notar ese sopor en la cabeza que le hacía perder la noción del tiempo, y poco a poco, sin poder evitarlo, sin enterarse de nada, perdía la conciencia.&lt;br /&gt;–Estás dormida, muy dormida, y harás todo lo que yo te diga –dijo él, con la voz más alta, tapándole la cara y sujetándola por las sienes.&lt;br /&gt;–Sí –dijo ella, sin el menor trazo de voluntad.&lt;br /&gt;–Ahora, desnúdate, ponte el camisón negro y vete a la cama –le ordenó O’Kelly–. Hoy perderás tu virginidad.&lt;br /&gt;–Sí –dijo ella.&lt;br /&gt;Y caminando con lentitud, como una marioneta pendida de hilos invisibles, se fue hacia la habitación para cumplir lo ordenado, donde se desnudó y se puso un camisón negro transparente que dejaba apreciar a la levedad sus pequeños y puntiagudos pechos, que competían en delicadeza con aquellas largas piernas, torneadas con primor, para el deleite de la más exigente mirada, y así, con tal presentación, se tumbó sobre la cama.&lt;br /&gt;Sonó el timbre y O’Kelly abrió la puerta. Era el hombre elegante que entró sonriente.&lt;br /&gt;–Ya está todo… Ahora, el dinero –le dijo O’Kelly, a la vez que alargaba la mano con la palma extendida hacia arriba.&lt;br /&gt;El hombre elegante sacó del bolsillo interior de su americana un sobre, que le entregó diciendo:&lt;br /&gt;–Aquí tiene lo acordado, veinte mil dólares en billetes de cien.&lt;br /&gt;O’Kelly, al tomarlo, miró en su interior con un vistazo rápido y añadió:&lt;br /&gt;–Está bien, perfecto… Ahí, en la habitación, tiene a la bigotuda virginal más preciosa del planeta.&lt;br /&gt;Y el hombre elegante caminó hacia la habitación y cerró la puerta tras de sí.&lt;br /&gt;O’Kelly se dirigió a la licorera, se sirvió un whisky en un vaso bajo y se sentó en el sofá con la mirada ligera, imposible, abstraído, como tratando de alejarse lo más posible de lo que iba a suceder. Saboreaba el líquido de gusto fuerte pero agradable, con ese rastro de sabor a madera, que recorría su boca con oleadas suaves y apreciables por un nítido tacto.&lt;br /&gt;Y lo mismo sucedía entre las piernas de Exex, pero de diferente forma y sin darse cuenta…&lt;br /&gt;Luego, el whisky caía ardiente por la garganta haciéndose notar, quemando células, arrancando sensibilidades, para acabar en el estómago bajo el movimiento constante del líquido al ser digerido. Similar al de los amantes cuando acarician su piel…&lt;br /&gt;O’Kelly permanecía serio, con la mirada impasible al observar el color acaramelado del whisky en el vaso, imaginando lo que sucedía tras la puerta de la habitación, mientras observaba, encima de la mesa, el sobre con los veinte mil dólares en su interior. Entonces una satisfacción le inundó, por haber sido tan listo, por haberlo planeado tan bien, cuando supo esperar y controlar sus instintos para no romper el tesoro de la pureza de Exex, pues los negocios eran los negocios y esos veinte mil dólares eran el precio de su virginidad. El alcohol en el estómago de O’Kelly era absorbido para pasar a la sangre, y como un torrente entrar en el cerebro y así notar sus efectos, como el trozo de carne que entraba y salía por entre las piernas de Exex estimulando las células sensibles, para pasar por los nervios conductores hasta llegar al cerebro, desde donde se extendía por todo el cuerpo y por la espina dorsal, para que el placer cambiara su estado hacia el éxtasis. Y en ese preciso instante, de clímax orgásmico, Exex tembló en todo su interior con la fuerza de un volcán capaz de estallar en mil pedazos, de tal modo que esa sublime impresión le hizo abandonar el trance hipnótico, como el que despierta de un agradable sueño.&lt;br /&gt;El hombre trajeado, que había perdido la elegancia al despojarse se su fina ropa, ahora lucía un blancuzco y peludo cuerpo cuando se agitaba entre las piernas de Exex, con el rostro teñido de rosa congestionado, respirando rápido por el esfuerzo y el goce de estar dentro de tan divina hermosura. Gritó al extremo, sacudiendo el aire interior, y cesó en sus embestidas. Exex, que ya había recuperado totalmente la conciencia, desorientada y asustada, pero invadida por una sensación en extremo placentera, preguntó confusa:&lt;br /&gt;–¿Qué es esto? ¿Qué pasa?&lt;br /&gt;–No es nada chiquita –dijo aquel hombre saliendo de entre unas piernas ligeramente ensangrentadas, de un rojo claro y transparente por el himen rasgado.&lt;br /&gt;Exex temblaba como un pajarillo sobre una mano raptora, y no sabía explicarse lo sucedido, de verse desnuda sobre la cama con la virginidad perdida y en compañía de un desconocido. El hombre antes elegante, ahora de cuerpo blancuzco y peludo, en un segundo pegó un brinco hacia atrás, y apresurado recogió la ropa para salir de la habitación.&lt;br /&gt;–¡Se ha despertado! ¡Se ha despertado! –le dijo a O’Kelly, una vez ya estaba en el salón poniéndose los calzoncillos y los pantalones–. ¡Se despertó la bigotuda! –y reía entrecortado para sus adentros–. Estuvo de maravilla, Frank, estuvo de maravilla…&lt;br /&gt;–¡Cómo! –exclamó alarmado.&lt;br /&gt;–Sí… En el orgasmo se despertó –le contaba según se iba vistiendo–. No sé cómo pasó, pero se despertó. Menos mal que pude terminar… Estuvo muy bien, amigo, estuvo muy bien; además con ese final tan inesperado –y no podía reprimir la risa.&lt;br /&gt;–¡Váyase antes de que salga! –le urgió.&lt;br /&gt;El hombre ya vestido, ahora elegante otra vez, abandonó el apartamento mientras O’Kelly se quedó pensativo sin saber qué hacer, pues no tenía excusas que le librasen del engaño y por primera vez sintió algo parecido al miedo. Sin lograr hilvanar pensamiento alguno, dubitativo, caminó despacio hacia la habitación. Exex lloraba desconsolada con la cabeza entre las manos, tapando su trémulo bigote y ya percibida del engaño.&lt;br /&gt;–¡¡¡Fuera!!! –gritó como un animal, nada más verle.&lt;br /&gt;Había sido vendida como una fulana sin darse cuenta y sin poder resistirse. Aquel hombre, que la miraba desde la puerta, nunca la amó. Ése era su único pensamiento, su gran decepción.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“De las estrellas que se opacan en la noche, del sol que no se deja ver tras lucir intenso, de un sueño que se derrumba, de tu vida que se acaba tras una derrota sin muerte.” (Luisa Fuentes Azcárate) &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;17. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Al día siguiente estaba O’Kelly tomando un tonificante baño, con agua cálida y sales perfumadas, dentro del jacuzzi. Sólo se le veía la cabeza que asomaba por encima de la blanca espuma, sobre la superficie, con los ojos cerrados y con un cigarrillo entre los labios. La última noche, a su pesar, había dormido en el sofá del salón, pues ella no lo quería ni ver y no habían cruzado desde entonces palabra alguna. Él tampoco fue a disculparse pues sabía que no tenía perdón y, de haberlo hecho, hubiera parecido más una mofa que cualquier otra cosa. Ahora aguantaría lo que viniera, aunque tampoco sin esforzarse demasiado. Para él lo sucedido era un simple desliz, una anécdota dentro de su larga trayectoria de proxeneta, llena de sucesos y situaciones incluso más comprometidas, por lo que lo embarazoso de ésta se le antojaba insignificante. El verse descubierto en su engaño le daba igual, aunque hubiera sido mejor, desde luego, la otra opción, pero tenía el dinero que era lo importante y Exex era una de tantas. En su momento, si le diera muchos problemas, la dejaría sin más; pero todavía era pronto para eso, pues aún intentaría someterla con alguna estrategia para explotarla como puta de lujo.&lt;br /&gt;Exex entró en el baño y no se miraron. O’Kelly, viéndola por detrás, pensó que era una estúpida y que ya se le pasaría. Se rió para sus adentros, preguntándose cómo era posible haber sido virgen hasta los diecinueve, estando dentro del mundillo de la moda. Sin duda, pensaba, era una mentecata que sentía guardar un tesoro entre las piernas. Ja, ja, ja ¡Qué necia! ¡De qué le valió esperar tanto! Gané veinte mil dólares a costa de su rosa terquedad. Ahora le compraré unos regalitos y todo quedará en el olvido, y luego, a lo mejor, la embarazaré para forzarla poco a poco y chantajearla con hacerle daño al niño. ¡Es una estúpida! ¡Nada más que una estúpida engreída!&lt;br /&gt;Exex se acercó a un armario empotrado, que se situaba junto al lavamanos, y sacó un cepillo redondo y un secador de pelo. Frente al espejo lo enchufó y comenzó a peinase, estirando su cabello corto hacia arriba, revolviéndolo para lograr un efecto atrevido y casual. Estaba consternada, tenía los ojos hinchados de tanto llorar y la expresión de su rostro era de una tristeza suprema. Por un lado había sido vejada en su propia y más profunda intimidad, y, por el otro, el desengaño echó abajo el castillo de naipes de sus ilusiones, con el estrépito de la burla de un ser asqueroso y despreciable, que seguía mirándola por la espalda y riéndose de ella en sus pensamientos.&lt;br /&gt;Y tan ensimismado estaba O’Kelly, planeando toda su estrategia futura, que no reparó en ningún tipo de amenaza, cuando Exex, de repente, se dio la vuelta y mirándole a sus ojos asimétricos, con una expresión de odio incontenible, le lanzó el secador de pelo dentro del jacuzzy, gritando:&lt;br /&gt;–¡¡¡Hijo de puta!!! ¡¡¡Cómete esto!!!&lt;br /&gt;Todo el voltaje de la corriente alterna hizo que el cuerpo de O’Kelly comenzara a agitarse con acelerados espasmos, irguiéndose como si quisiera batir el agua y levantar la espuma, cuando la electricidad le atravesaba y los latidos de su corazón se incrementaban a una velocidad taquicárdica.&lt;br /&gt;Exex miraba el terrible espectáculo, echándose hacia atrás, con la espalda oprimida contra el lavabo, tratando de contener el asco que le provocaba ver aquella escena.&lt;br /&gt;O’Kelly temblaba con violencia, sin poder hablar, con la desesperación impresa en su mirada y el gesto contraído. Sus pensamientos ahora eran otros, llenos de odio hacia Exex y de miedo hacia la inevitable llegada de la muerte. Su cuerpo palidecía tomando matices violáceos, y se retorcía entre la agitación como la cola de una lagartija tras ser cercenada. Un ligero vaho brotaba de su piel, con el olor de la carne cocida, cuando el corazón no pudo más y O’Kelly murió cesando de golpe en sus movimientos. La palidez de un muerto se veía adornada de toques morados y verdosos, en un final de espanto, y el rostro mostraba una mueca de fealdad indescriptible, con la mirada quieta, donde sus ojos de colores ya habían perdido todo el brillo.&lt;br /&gt;Exex desenchufó el secador y vomitó en el suelo, sin apartar la vista de O’Kelly, pues le daba miedo hacerlo en el lavabo dándole la espalda, no fuera que todavía se pudiera levantar, por lo que, una vez terminó de limpiarse la boca con la toalla, volvió a enchufar el secador.&lt;br /&gt;Luego, salió del bañó, empacó todas sus pertenencias, cogió los veinte mil dólares y abandonó ese departamento para no regresar jamás.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Todo final supone un nuevo comienzo.” (Lao Tse Wang) &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;__________________________________________&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Derechos Reservados - Copyright © Pablo Paniagua&lt;br /&gt;COMENTARIOS: paniaguauno@yahoo.es&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-family:Trebuchet MS;font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/29674757-7906917377549534754?l=bigotuda.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/7906917377549534754'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/7906917377549534754'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bigotuda.blogspot.com/2007/02/quinta-entrega_10.html' title='QUINTA ENTREGA'/><author><name>Pablo Paniagua</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/Rc5H9hiJdlI/AAAAAAAAABc/odHgGkfa3Io/s72-c/Bigotuda%2BV%2Bjpg.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-29674757.post-1153708015036332160</id><published>2007-02-04T00:56:00.023+01:00</published><updated>2012-01-04T00:34:51.621+01:00</updated><title type='text'>CUARTA ENTREGA</title><content type='html'>&lt;span style="color:#c0c0c0;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://3.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/RcUhcXRaeuI/AAAAAAAAAAw/-k5e96i5q_8/s1600-h/BigotudaIV.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; DISPLAY: block; CURSOR: hand" id="BLOGGER_PHOTO_ID_5027461330196134626" border="0" alt="" src="http://3.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/RcUhcXRaeuI/AAAAAAAAAAw/-k5e96i5q_8/s400/BigotudaIV.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;10.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo iría ahora al cine, pensó Exex mientras se encontraba de paseo por una avenida de Manhattan, mirando de escaparate en escaparate. También quería darse algún capricho, hacer algo inusual. El día estaba nublado, hacía frío y no era muy apetecible estar en la calle, pero la gente no se resistía a pisotear el cemento bajo aquel cielo plomizo. Exex se había apartado eventualmente de sus actividades profesionales, pues, con el cambio de domicilio y todas las dificultades, tuvo que rechazar un par de ofertas y posponer otras mientras se organizaba de nuevo. Por ahí tenía sus ahorrillos para suplir la ropa que perdió y algo más, cuando O’Kelly, de momento, se haría cargo de sus necesidades domésticas. Andaba visitando tiendas para comprar sus nuevos modelitos, con dos grandes bolsas en las manos de conocidas boutiques, fijando su atención en lo que había expuesto detrás de los cristales. Su mirada se detuvo en un punto preciso, en la esquina de un escaparate donde un maniquí, inmóvil, lucía un elegante vestido verde con escamas de reflejos dorados, que se ajustaba con curvas sinuosas. Sin pensarlo dos veces, entró en la tienda con intención de comprarlo.&lt;br /&gt;–Buenos días –le dio la bienvenida una dependienta.&lt;br /&gt;–Me gusta ése –dijo Exex, señalando al rincón del escaparate.&lt;br /&gt;–¡Ah! Ese vestido… Sígame por aquí, le daré su talla…&lt;br /&gt;–¡No, no!... No quiero el vestido… Quiero el maniquí.&lt;br /&gt;La vendedora, incrédula, se paró en seco y mirando a Exex preguntó:&lt;br /&gt;–¡Cómo! ¿El maniquí?&lt;br /&gt;–Sí, el maniquí –repitió.&lt;br /&gt;–Pero, es que… aquí vendemos ropa, no maniquíes –repuso la dependienta.&lt;br /&gt;–Yo quiero ese maniquí, y creo que también está expuesto. ¿No? –volvió a insistir.&lt;br /&gt;–Pero…&lt;br /&gt;–¿Cuánto vale? –le interrumpió.&lt;br /&gt;–Pero yo…&lt;br /&gt;La vendedora no sabía qué hacer ni qué decir, pues nunca le había sucedido nada semejante, de tal modo que decidió consultar el asunto con un superior.&lt;br /&gt;–Espere aquí, señorita, hablaré con el encargado –dijo ella.&lt;br /&gt;Se fue hacia dentro de la tienda para tratar la inusual incidencia con un hombre vestido de traje y modales amanerados, mientras miraban de vez en cuando a Exex con expresión de desconcierto. Luego, tras una corta deliberación, se acercaron a ella.&lt;br /&gt;–¿Qué quiere, el maniquí? –preguntó el encargado.&lt;br /&gt;–Sí, me gusta mucho.&lt;br /&gt;–Bueno, entonces, le podemos vender el maniquí, pero tendrá que comprar también la ropa que muestra, pues se puede considerar todo como una misma pieza expuesta a la venta. Por tanto, tendrá que pagar el valor del maniquí más el del vestido –concluyó con eficiencia el encargado.&lt;br /&gt;–De acuerdo –respondió Exex, satisfecha.&lt;br /&gt;Exex pagó, dejó la dirección de su nuevo domicilio, y se fue echando una última sonrisa bigoteril a aquellos asombrados vendedores.&lt;br /&gt;Darse ese repentino capricho le complació como ninguna otra adquisición anterior, algo casi orgásmico, pero en un nivel satisfactorio lejos de lo físico, más etéreo, razón por la cual esta vez no llegó a humedecer las braguitas, aunque poco le faltó. Fue divertido ver la cara estupefacta e incrédula de la dependienta, y una sonrisa permaneció luminosa, durante unos minutos, al pensar cuál sería la reacción de O’Kelly al ver el maniquí sentado en el sofá del salón. Tal vez, por su presencia casi humana, el maniquí sería un personaje vivo que traspasaba su ordinaria utilidad y no, simplemente, un objeto más de la decoración, pues encajaba armonioso sentado en el sillón rojo brillante con fondo de estampas eróticas, como un ser emancipado de todo lo que orbitara a su alrededor, y bajo este influjo despertaría cierta atracción sobre su entorno y sobre los sentidos de quienes posaran la vista sobre él. Entonces, O’Kelly haría el amor imaginariamente con el maniquí, excitándose, y ahí estaría ella para satisfacerle en la realidad, llevando a límites insospechados la erótica del juego, en un ritual donde la rígida compañera tomara un papel preponderante en la acción. ¿Cómo puedo pensar estas cosas, fabular de tal manera en un futuro de ensueño?, se preguntaba Exex. Pero ahí estaban dentro de su cabeza todos aquellos pensamientos, tan locos como el mundo. Merecía la pena experimentar esos pequeños espacios de locura controlada, que hacían su vida más impredecible y divertida, de sensaciones paralelas que llegaban a mezclarse con la realidad. Con dicha estrategia el capricho dejaba de serlo y se convertía en el detonador del cambio, pues ella, así, transformaba su percibir y su relación con una verdad que era tan dispar como sus propios pensamientos, y todo esto, esta manipulación de la realidad, le hacía sentirse diferente y mucho mejor. De esta forma moldeaba su propia vida más allá de los modos que imponían las conductas socialmente establecidas, en un acto de libertad que se desdibujaba en las fronteras de lo adecuado. ¿Dónde quedaba ese sentir en contraposición con lo anormal? ¿No era tan factible lo uno como lo otro? ¿Quién marcaba lo correcto en la elección cuando se decide? Era un acto para reivindicar lo subjetivo ante lo preciso y formal, una estrategia para huir de los sucesos negativos del acontecer, una puerta de momentánea escapatoria. De ahí la importancia de lo insólito, cuando, en similar planteamiento, pero desde una óptica negativa, O’Kelly hacía su propia manipulación de la realidad. Eran dos polos distantes bajo una misma visión, la dinámica de una fuerza que arrastraba sus sentimientos hacia una pasión de verdadera locura. El maniquí era el ejemplo y representación de este pensamiento, el doble irreal de la unidad de sus almas, el objeto que traspasaba al sujeto dentro del viaje sin retorno hacia las profundidades de sus deseos incontrolados.&lt;br /&gt;Ahora me gustaría ir al cine, a masturbarme en la oscuridad, entre la gente, pensó Exex, dejando de lado sus elucubraciones mentales…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“La decisión ahonda el sentido de la dirección.” (Adrián Michelet) &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;11. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Se escucharon, como un silbido, dos leves detonaciones… el frenazo desesperado de un vehículo… un cuerpo que choca…&lt;br /&gt;Las personas se van amontonando con morbosa curiosidad en torno a un punto. Unos alarmados, otros serenos. ¿Qué hay ahí? ¿Qué es lo que ha pasado?&lt;br /&gt;En medio de la calle, sobre el asfalto, yace un cuerpo inerte. Un charco de sangre lo empapa y se extiende como una inmensa gota de aceite. Es grade, fofo, reventado por las ruedas de un autobús del servicio público, cuyos ocupantes se bajaron para curiosear. La multitud está expectante, todos comentan… Se dice que primero fue abatido de dos disparos cuando cruzaba, y que luego, accidentalmente, el autobús lo atropelló. Dicen, también, que se trata del comisario de distrito que ha sido asesinado.&lt;br /&gt;Detrás de la muchedumbre se ve un brillo confuso, de dos ojos dispares que sobresalen entre otros tantos que miran… En un momento, desaparecen y no se ven más. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;12. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Sonó el timbre.&lt;br /&gt;Exex dejó de cocinar y fue a abrir la puerta…&lt;br /&gt;–¡Hola mi amor! ¿Cómo estás?&lt;br /&gt;Le abrazó besándole en los labios y dejó en ellos pequeños rastros de carmín, pues a pesar de tener bigote siempre le gustaba pintarse, tal vez para contrarrestar la masculinidad que le aportaba su raro atributo.&lt;br /&gt;–Muy bien…&lt;br /&gt;Contestó O’Kelly satisfecho. Inmediatamente, casi de manera mecánica, se quitó la gabardina, llenó un vaso de whisky y, después de encender la televisión, se sentó espatarrado en el sofá poniendo los pies sobre la mesa. Exex, mientras tanto, se dirigió a la cocina donde estaba cocinando un guiso especial de propia invención, pues era muy buena en esos menesteres.&lt;br /&gt;El humo de un cigarrillo flotaba cercano al techo y a la lámpara del salón, cuando O’Kelly ya casi había apurado su copa y estaba al tanto de las noticias.&lt;br /&gt;–Aquí está la comida –irrumpió Exex en el salón, con una sonrisa y portando una cacerola en las manos, que desprendía un exquisito olor a guisado de pavo.&lt;br /&gt;Se sentaron en la mesa para empezar a comer…&lt;br /&gt;–Humm… Esto está muy rico –afirmó O’Kelly, dando crédito a lo que su olfato ya le había advertido.&lt;br /&gt;Exex, de repente, se acordó de algo que no tenía nada que ver con la apreciación sobre el guisado, sino con una noticia de su interés.&lt;br /&gt;–¿Sabes lo que han dicho en la televisión?&lt;br /&gt;–¿El qué? –preguntó a su vez O’Kelly, que hacía malabarismos para comerse un rosado muslo de pavo.&lt;br /&gt;–Pues… que han asesinado al comisario de tu distrito.&lt;br /&gt;–¡No me digas! ¡Qué maravillosos son los de la televisión! –exclamó sarcástico.&lt;br /&gt;Exex, no quedando contenta con la indiferencia de O’Kelly ante la noticia, y sospechosa de su burla disimulada, pensó que algo escondía detrás de sus palabras.&lt;br /&gt;–¿No era aquel tipo gordo que nos echó de La Gardenia?&lt;br /&gt;–Sí, el mismo.&lt;br /&gt;–¿No tendrás algo que ver? –preguntó, dejando apreciar su desconfianza.&lt;br /&gt;–¡Qué tonterías dices! –respondió, quitándole importancia al asunto.&lt;br /&gt;–Te creo capaz de cualquier cosa…&lt;br /&gt;–¿Hasta de asesinar? –le preguntó, mirándola directo a los ojos.&lt;br /&gt;Exex se quedó helada con el sonido de esas palabras al ser pronunciadas, tan directas, y por un instante no supo qué decir, pues en el fondo algo le decía que sí, que había sido él.&lt;br /&gt;–No. Cómo voy a pensar eso de ti –dejó caer, como la que da la razón a los tontos.&lt;br /&gt;–O sea… ¿qué para ti soy un asesino?&lt;br /&gt;–Pensándolo fríamente, tienes capacidad para ello.&lt;br /&gt;–Entonces… ¿Qué haces conmigo?&lt;br /&gt;–Es que… ¿no se puede vivir con un asesino? –dijo tontamente la primera respuesta que le pasó por la cabeza.&lt;br /&gt;–¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! –rió O’Kelly–. Entonces, te podría asesinar –agregó con malicia fingida.&lt;br /&gt;–Yo no soy tu enemiga, soy tu compañera –argumentó sentimental.&lt;br /&gt;–Así me gusta, que me comprendas –sonrió al decir esto, hizo una pausa, mientras pegaba otro mordisco al muslo de pavo, y continuó–: Lo de La Gardenia fue una humillación, no sólo para mí sino también para ti; además, había amenazado con hundirme, no lo podía permitir.&lt;br /&gt;Exex, de improviso, comenzó a reírse agitada con la ayuda de ese vino tinto californiano que bebía para acompañar la comida del mediodía, suave y afrutado pero suficiente para encender sus ánimos.&lt;br /&gt;–¡Parecía un cerdito! –reía–. ¡Era repugnante con esa papada rosa!… ¡Imagínate la cantidad de michelines que debía tener!&lt;br /&gt;O’Kelly, sorprendido y ya contagiado por la risa, también acabó entrándole al juego del humor negro:&lt;br /&gt;–Sí, era repugnante –dijo–. Fíjate, que en la misma comisaría le llamaban el Teta Floja.&lt;br /&gt;Los dos estallaron en una risa incontenible y se retorcían el uno frente al otro, con los estómagos contraídos e incapaces de variar ese estado supremo de momentánea felicidad.&lt;br /&gt;–¡Brindemos por el Teta Floja! –exclamó Exex, entrecortada por la risa.&lt;br /&gt;Llenaron los vasos con dificultad, derramando parte del vino por encima del mantel, y los alzaron entre sacudidas involuntarias.&lt;br /&gt;–¡Por el Teta Floja! –clamaron entre risas.&lt;br /&gt;Y pasaron el vino por sus gargantas de un solo trago, con tan mala suerte que Exex se atragantó al tomarlo, cuando el líquido se le fue hacia las vías pulmonares, y empezó a toser un poco, luego un poco más, en dramático crescendo, hasta que su cara enrojeció de tal modo que por primera vez el bigote perdía preponderancia visual. O’Kelly siguió riéndose, pero ahora también de ella, cuando Exex tosía y tosía debatiéndose entre la asfixia y la salvación. Por fin, O’Kelly se levantó de la silla y se acercó para ayudarla, dándole unas fuertes palmadas en la espalda, con lo que al instante logró calmarse.&lt;br /&gt;–¡Mierda! –maldijo Exex–. ¡Qué mal se pasa!&lt;br /&gt;–Peor lo pasó ese cerdo… –dijo serio y pensativo–. Todavía estaba vivo cuando lo atropelló el autobús.&lt;br /&gt;–No me gusta que hables así –le increpó Exex.&lt;br /&gt;–Se lo merecía.&lt;br /&gt;–De todas formas…&lt;br /&gt;–¡No!... ¡Había amenazado con hundirme! ¡No podía permitirlo!... Así es la vida, dura como el pedernal, dura como el dolor, dura como la muerte. No me quedaba otra…&lt;br /&gt;Exex agachó la cabeza pensativa y él la agarró por el brazo, e inclinándose sobre ella le dijo amenazante:&lt;br /&gt;–Y más te vale, que nunca digas nada sobre esto. ¿Entendido?&lt;br /&gt;–Sí –asintió Exex, todavía con la cabeza agachada.&lt;br /&gt;–¡Mírame! –gritó–. ¡Dímelo a la cara!&lt;br /&gt;–Sí –repitió, viendo esta vez su mirada impasible.&lt;br /&gt;O’Kelly regresó hacia su lugar en la mesa, cogió el trozo de pavo con la mano y continuó comiendo.&lt;br /&gt;–Has de serme fiel en todo.&lt;br /&gt;–Sí, mi amor –asintió ella, que comenzó a comer haciendo uso adecuado de tenedor y cuchillo–. ¡Qué pronto se pasa de la risa a la seriedad! –acabó lamentándose.&lt;br /&gt;–Cada cosa en su momento –dijo O’Kelly–. Todo acto es justificable según su causa.&lt;br /&gt;–Muchas veces tus actos parecen estar dominados por el instinto y no por la razón –dijo ella–, como el día de nuestra segunda cita, cuando empezaste a besarme como si fueras un animal.&lt;br /&gt;–Yo no digo que no me deje llevar por los instintos, razono, pero también soy animal.&lt;br /&gt;–¿Animal o bestia?&lt;br /&gt;–Los ganadores, bestias; los perdedores, animales –contestó con su particular locuacidad.&lt;br /&gt;–Todos bestias y animales a la vez –apuntó Exex.&lt;br /&gt;–¿Quiénes todos? –rió con desprecio–. ¿Los hombres?&lt;br /&gt;–No, las personas.&lt;br /&gt;–Para el caso es lo mismo, porque lo ideal sería la superioridad del instinto sobre la razón –argumentó O’Kelly.&lt;br /&gt;–Así ha sido siempre y ahí están los resultados…&lt;br /&gt;–Pero me refiero a una totalidad de bestias deshumanizadas, de tal modo que no hubiera lugar para lo bueno en este mundo: una existencia destinada a la glorificación de la maldad.&lt;br /&gt;–¿Qué existencia?&lt;br /&gt;–Toda, la Humanidad entera –afirmó rotundo.&lt;br /&gt;–Ésta no anda tan lejana, pues siempre camina por la senda del fracaso –se lamentó.&lt;br /&gt;–Y su fracaso, en su lucha contra el bien, es casi un triunfo.&lt;br /&gt;–¿Ése es tu existencialismo de un presente sin futuro?&lt;br /&gt;–Más allá no me interesa llegar, pues, te aseguro, después de esta vida no hay nada. De eso estoy convencido… ¿De qué vale entonces ser bueno?&lt;br /&gt;–Pudieras estar equivocado…&lt;br /&gt;–¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! –rió sonoramente–. ¡No pagaré la entrada sin saber cuál es el espectáculo!… Esto es lo único, no hay nada más, todo se acaba con la muerte.&lt;br /&gt;Exex, que siempre había creído en la esperanza, en los valores de bondad, ahora, ante tal visión nihilista de la existencia, le surgían las dudas, pues cada día que pasaba al lado de O’Kelly más se parecía a él, como si se viera infectada de negatividad.&lt;br /&gt;–¡Hagamos de la vida un fuego devorador de la duda existencial! ¡Materia es materia! ¡Ésa es la religión! ¡Nuestro rito sagrado! –agregó él.&lt;br /&gt;–¿Deberé creer en ti? –preguntó Exex dubitativa.&lt;br /&gt;–¡Claro que sí! –exclamó O’Kelly con la mirada de un loco inserta en los ojos–. ¡Y para celebrarlo debes bautizarme con el rito dionisiaco!&lt;br /&gt;Entonces, Exex miró el vino rojo, tan rojo y brillante como la sangre de una ninfa, y se lo derramó por encima de la cabeza.&lt;br /&gt;O’Kelly se puso en pie, con la cara empapada, y alzando los brazos gritó:&lt;br /&gt;–¡¡¡Soy la bestia primordial!!!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“La vida oscila entre la ignorancia sobre el principio y la incógnita del final.” (Charang Rao) &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;13. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Ya comenzaba el invierno, con lluvias esporádicas y un frío que provocaba que la gente caminara encogida por las calles. La atmósfera de la ciudad era de tonalidades grisáceas, cuando la luz difusa y escasa, que se filtraba por el denso manto de las nubes, era incapaz de arrancar los más vivos colores. El viento, al soplar, murmuraba entre los edificios con la inclemencia de sus embestidas. Las personas trataban de refugiarse bajo algún techo y salían nada más para lo indispensable, agolpándose por montones en bares y cafeterías, respirando vahos y humo de cigarrillos, para así poder entrar en calor, cuando el resto permanecía trabajando o en casa al cobijo de la calefacción, frente al televisor, pues ya es sabido que no son muchos los que leen.&lt;br /&gt;Muy pocos caminaban por las calles, y sólo hacían vida en ellas los vagabundos y las prostitutas, pues la mayoría buscaba algún lugar cubierto donde poder evitar, de momento, tiempo tan desagradable. Ellas, las prostitutas, ahora no exhibían la sensualidad de su carne en las aceras, a la vista de los conductores que con sus vehículos recorrían el asfalto, y dejaban ver la silueta de su cuerpo bajo algún portal o recoveco. Las que tenían más suerte trabajaban en algún local establecido, y entre estas últimas se encontraban las nuevas asiáticas de O’Kelly, que hacían del Exotic Club un lugar más atrayente.&lt;br /&gt;En un apartado del Exotic Club, bajo su luz peculiar de tonalidades rojizas, se encontraba O’Kelly hablando con un hombre vestido con un traje de corte perfecto.&lt;br /&gt;–Es indispensable, ante todo, tener discreción –decía O’Kelly, cauteloso–. Este asunto hay que llevarlo con mucho tacto. Merece la pena, se lo aseguro.&lt;br /&gt;–Si usted lo dice…&lt;br /&gt;–Ya verá cómo no se arrepiente, no encontrará nada mejor.&lt;br /&gt;–Ya lo estoy deseando… Pagaré lo que acordamos.&lt;br /&gt;–No se preocupe, ya le avisaré con tiempo –finalizó O’Kelly.&lt;br /&gt;Luego se levantó y despidiéndose con un apretón de manos, en señal de haber cerrado el trato, dejó ahí al hombre elegante que parecía, por la expresión de su cara, relamerse en los pensamientos. O’Kelly recorrió con la mirada todo el burdel, para comprobar cómo funcionaban las muchachitas filipinas, sintiéndose amo y señor de sus dominios, pues ellas constituían, junto con la preciosa Exex (que le amenizaba en la vida familiar), una de sus más importantes posesiones. Lo suyo, desde hacía bastante tiempo, era el proxenetismo, actividad prohibida que la autoridad hacía la vista gorda con su debida comisión, y su vida y sus negocios, ahora, pasaban por un periodo inmejorable, pues la compra de las asiáticas supuso uno de los mayores logros de su carrera delictiva. O’Kelly, sin duda, era un valor en alza en los bajos fondos, y su vida transcurría con la perspectiva de una plácida subsistencia, que le hacía encarar el futuro con la seguridad del poder ya cosechado. Y así estaban las cosas, bastante favorables, cuando todavía le quedaba algo por hacer, algo en suma delicado, el residuo de una antigua historia que le pesaba como una gran losa de la cual no podía desprenderse.&lt;br /&gt;Salió del local. Era de noche y se ajustó unos guantes de cuero negro. La bruma le impedía ver a dos pasos entre la pobre iluminación, y se encaminó guiado como por una fuerza invisible que le hacía trazar una ruta laberíntica. Subía una calle, torcía una esquina, bajaba y cambiaba de sentido, cruzaba callejones y volvía a torcer otra esquina, hasta que al rato llegó a un lugar donde todo eran penumbras a su alrededor. Se intuían unas casas viejas de ladrillo, no muy altas, con portales enverjados que se alzaban sobre cuatro o cinco escalones, los mismos que subió para entrar en una de ellas. Se podría pensar que era el mejor sitio para cometer un asesinato o rodar una película de terror, pues los pasillos estaban cubiertos de antiguo papel pintado, hecho jirones, y una luz amarillenta los iluminaba. Subió por las escaleras, pues no había ascensor, y tocó en una puerta del segundo piso.&lt;br /&gt;–Hola –saludó seria una mujer rubia, que le abrió la puerta.&lt;br /&gt;O’Kelly entró sin hablar ni saludar. Ella lucía con el aspecto de una mujer que en su juventud habría sido guapa, tipo Marilin, pero que en la actualidad las arrugas delataban sus cuarenta y muchos años.&lt;br /&gt;–¡Ya era hora de que vinieras! –protestó.&lt;br /&gt;–¡Cállate! –dijo O’Kelly con desprecio–. ¡Qué siempre te andas quejando!&lt;br /&gt;–Si trajeras el dinero a tiempo, no te diría nada –contestó de mala manera–. La avaricia te corroe, tacaño de mierda –agregó.&lt;br /&gt;–¡Qué dices! Encima que vengo hasta esta pocilga…&lt;br /&gt;–Esto es lo que me has dado –se quejó ella con cara de asco.&lt;br /&gt;–Ponte a trabajar, aunque sea abriendo las piernas –dijo, riéndose en su cara.&lt;br /&gt;–Eres un hijo de puta. Me sentiría feliz si algún día te murieras.&lt;br /&gt;–No seas tonta, te quedarías sin tu dinero mensual.&lt;br /&gt;–¿Crees que esa mierda nos alcanza para tu hijo y para mí? –le preguntó quejosa.&lt;br /&gt;–Creo que es suficiente para ti y para el poliomielítico ése.&lt;br /&gt;–¡Cómo eres capaz de hablar así de tu propio hijo!&lt;br /&gt;Gritó ofendida, y le miró con toda la expresión del odio que desprendía su estado de indignación, pero él la fulminó aun más con su mirada y, tan tranquilo, sacó un cigarrillo que encendió sin apartar la vista de ella, soltando el humo en el pequeño y poco ostentoso salón que estaba decorado con viejo mobiliario pasado de moda.&lt;br /&gt;–Ya me estoy aburriendo de ti… Ándate con cuidadito… –le advirtió O’Kelly.&lt;br /&gt;–Ándate con cuidado tú, desgraciado, si no quieres que le cuente a la policía quien mató a esas cuatro chicas que aparecieron descuartizadas dentro de aquel camión de basura –dijo amenazante, la rubia tipo Marilin.&lt;br /&gt;–¡Tú eres una estúpida y no dirás nada! –le gritó.&lt;br /&gt;–¡Te equivocas! –contestó con los ojos inflamados por el odio.&lt;br /&gt;O’Kelly, al oír estas palabras, que suponían mucho más que una afrenta, una imperdonable amenaza de delación, dio dos pasos rápidos para acercarse hasta ella y agarrarla por el cuello.&lt;br /&gt;–¡No dirás nada, desgraciada!&lt;br /&gt;Y ella reaccionó escupiéndole en la cara un salivazo, que se escurrió y quedó colgando, balanceante, en la nariz de O’Kelly.&lt;br /&gt;–¡Eres una zorra! ¡Esto será lo último que hagas! –gritó enfurecido, y empezó a apretar sus manos con fuerza–. ¡Ahora me libraré para siempre de ti! ¡Estúpida!&lt;br /&gt;Ella no podía gritar, se ahogaba sintiendo cómo se le detenía la sangre en la cabeza y las pulsaciones del corazón le golpeaban el cerebro. La garganta le dolía y se agarraba a las manos de O’Kelly, a sus guantes negros, tratando de luchar con angustia. No tardó en sacar la lengua, como queriendo robar el aire que le era imposible respirar, y en segundos su cara se tornó violácea y los brazos dejaron de hacer fuerza cayendo a lo largo de su cuerpo. En ese instante, él dejó de apretar y ella se desplomó hacia el suelo, junto a un viejo sofá de cuero agrietado.&lt;br /&gt;Fue más fácil de lo que pensó, pero O’Kelly aún debía proseguir un trabajo que sólo acababa de iniciar, y de tal modo, con una tranquilidad pasmosa, se dirigió hacia una habitación que estaba contigua al pasillo del salón.&lt;br /&gt;La poca luz que entraba por la ventana, de una farola en la calle, dejaba ver el cuerpo de un niño arropado que dormía plácidamente. Se acercó hacia él, miró a su alrededor, y pudo distinguir, con levedad, una muleta de aluminio que se apoyaba a un lado de la cama. La agarró, pero no con intención de observarla sino con otra finalidad, pues comenzó a golpear a su hijo con una violencia incontenible, certero e incesante, hasta dejarle inerte con la cabeza destrozada, sobre un almohadón empapado con la sangre oscura que manaba a borbotones. El niño, tras los primeros golpes, hizo unos pequeños movimientos reflejos y parece que no sufrió, como si fuese un sueño del que nunca tuvo la oportunidad de despertar.&lt;br /&gt;O’Kelly, habiendo terminado, arrojó la muleta sobre la cama, encima de él, y antes de salir de la habitación le escupió, con cara de asco pero sin llegar a sonreír.&lt;br /&gt;Otra vez en el saloncito se acercó al cuerpo de su ex mujer, y le quitó del dedo anular un anillo de platino que tenía engarzado un rubí resplandeciente. Y ya, sin nada más que hacer, abandonó el lugar cerrando la puerta tras de sí.&lt;br /&gt;Así acabó O’Kelly con su familia más cercana, con su misma sangre… ¿Qué le podía esperar, entonces, a la preciosa Exex?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“El hombre, siendo un aspirante a Dios, lo es de la nada.” (Luigi Minore) &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;14. &lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;El maniquí, por fin, encontró un lugar en la esquina del baño teniendo su propia funcionalidad, pues, además de decorar, sobre sus brazos colgaban un par de toallas.&lt;br /&gt;Un lapicero guiado por la mano de Exex recorría el contorno de su ojo, delineándolo de negro. Dio rimel en las pestañas, recortó con cuidado algunos pelos sobrantes de su bigote, puso esmalte rojo en las uñas, dejando sobre la cutícula una media luna, y pintó sus sensuales labios con carmín. Estaba muy bella, ahora con el pelo ya no tan rapado y ligeramente crecido en la parte superior. El espejo reflejaba un rostro inigualable, genuino, y su piel de marfil, tersa y suave, en un óvalo perfecto, era penetrada por aquellos ojos de color miel con los que miraba la réplica de toda su hermosura.&lt;br /&gt;En ese momento de narcisismo consumado, O’Kelly entró en el baño.&lt;br /&gt;–¡Estás preciosa! –y le guiñó un ojo a través de espejo.&lt;br /&gt;–Gracias –dijo ella, satisfecha.&lt;br /&gt;–Eres tan bella que te mereces lo mejor, y, para demostrar la admiración que tengo por ti, he de ofrecerte algo que es de un gran valor sentimental para mí.&lt;br /&gt;Exex le miró con la ternura de una mujer enamorada, y se dio la media vuelta para dejar de verse en el espejo y esperar con una sonrisa en los labios aquello que le iban a entregar.&lt;br /&gt;–Éste es un día muy especial para mí –continuó O’Kelly–, en el que quiero demostrar lo mucho que te amo.&lt;br /&gt;Y, a continuación, sacó del bolsillo de su americana un bonito anillo de platino, con un rubí engarzado de perfecto brillo, que le entregó.&lt;br /&gt;–Toma… Espero que te guste… Es el único recuerdo que tengo de mi madre.&lt;br /&gt;–¡Oh, mi amor! –exclamó con una alegría infinita–. ¡Te amo! ¡Te amo! –decía casi llorando por la emoción.&lt;br /&gt;–Espero que lo cuides, este anillo es muy importante para mí.&lt;br /&gt;–¡Te amo! ¡Te amo! –repetía, a la vez que le plagaba de besos manchándole el rostro de carmín.&lt;br /&gt;–¿Estás contenta? ¡Qué bien que te gustó!... Alguna, echará de menos algo así…&lt;br /&gt;–Sí, sí, me gustó mucho… Pero también me gustaría que ahora hiciéramos el amor –le pidió Exex.&lt;br /&gt;–¡Cómo tú quieras!&lt;br /&gt;–Pero házmelo por delante, por favor… –le suplicó.&lt;br /&gt;–No –dijo con cierta frialdad.&lt;br /&gt;–Por favor, por favor…&lt;br /&gt;–¡No!... Quiero reservarte… Tu virginidad es algo muy especial para mí.&lt;br /&gt;–¿Reservarme para qué? –preguntó extrañada, pero con voz de niñita caprichosa.&lt;br /&gt;–Para desearte aún más, como una mujer enteramente virgen.&lt;br /&gt;–Pero algún día…&lt;br /&gt;–Muy pronto mi amor, no te preocupes –le dijo O’Kelly, antes de que pudiera continuar con sus ruegos.&lt;br /&gt;–¿Y por qué no ahora? –insistió.&lt;br /&gt;–¡Te he dicho que no!&lt;br /&gt;–¿Por qué? ¿Por qué?&lt;br /&gt;Y O’Kelly la miró en lo ojos de una manera extraña, como si desprendiera alfileres magnetizados, y con la punta de su dedo índice, de manera oscilante, empezó a moverlo frente a su cara tratando de hipnotizarla o algo por el estilo. Exex sintió un repentino sopor en la cabeza, cuando O’Kelly le decía con voz monótona:&lt;br /&gt;–Tienes sueño, mucho sueño… Cierra los ojos… Tienes sueño, mucho sueño…&lt;br /&gt;Exex perdía poco a poco el conocimiento y la voluntad, instante en el que O’Kelly le tapó la cara con su mano, sujetándola por las sienes con los dedos anular y pulgar, para luego añadir con la voz más alta:&lt;br /&gt;–Estás dormida, muy dormida, y harás todo lo que yo te diga…&lt;br /&gt;–Sí –dijo ella, sin el menor trazo de voluntad.&lt;br /&gt;–Ahora, tírate por la ventana –le ordenó.&lt;br /&gt;Exex comenzó a caminar dirigiendo sus pasos hacia la ventana, que no tardó en abrir para inclinar su cuerpo con la intención de saltar al vacío…&lt;br /&gt;–¡Espera! –dijo apresurado–. Ven aquí.&lt;br /&gt;Y ella, obedeciendo, se dio la vuelta y caminó hasta pararse frente a él.&lt;br /&gt;–Bésame.&lt;br /&gt;Y como una autómata le besó en los labios…&lt;br /&gt;–Ahora… ¡Despierta! –le ordenó O’Kelly, con un chasquido de dedos ante su cara.&lt;br /&gt;Exex, al instante, moviendo la cabeza con levedad hacia los lados y abriendo sus ojos con gesto de confusión, salió del trance hipnótico, momento que aprovechó O’Kelly para besarla con suavidad, estrechándola entre los brazos.&lt;br /&gt;–¿Por qué? ¿Por qué? –fueron sus primeras palabras.&lt;br /&gt;–Porque te voy a dar una sorpresa.&lt;br /&gt;El corazón de Exex latía con la fuerza de un tambor. ¿Qué pretendía ahora O’Kelly? ¿Para qué la había hipnotizado? Y pensar pensaban los dos, pero no de la misma forma. Ella soñaba con la ilusión de un amor correspondido, y él, dominado por el turbio sentir de su percepción particular de la realidad, planeaba a su antojo los sucesos del por venir. La diferencia los separaba en su mente y en la esencia de su ser, como fórmulas magistrales opuestas, cuando Exex, movida por sus más nobles sentimientos, le dijo a O’Kelly entregada y con la voz dulce:&lt;br /&gt;–Esperemos que sea buena esa sorpresa, mi amor.&lt;br /&gt;–Lo será.&lt;br /&gt;Dijo él, limpiándose el carmín impregnado en los labios, y agregó:&lt;br /&gt;–Exex... Te pincha el bigote.&lt;br /&gt;–¡Qué quieres que le haga! –dijo cursilona y algo turbada, después de haberse quedado confundida por unos instantes–. ¿Qué me lo afeite? Perdería todo mi atractivo.&lt;br /&gt;–En eso tienes razón.&lt;br /&gt;–Entonces… ¿De qué te quejas? –preguntó con desdén.&lt;br /&gt;–De nada, sólo era una apreciación –se excusó.&lt;br /&gt;–Pues guarda tus apreciaciones para otra –le indicó molesta.&lt;br /&gt;–No hace falta que te pongas así.&lt;br /&gt;–Nadie me había dicho nada semejante –agregó dolida.&lt;br /&gt;–Olvídalo, olvídalo.&lt;br /&gt;–Y encima, tienes el descaro de…&lt;br /&gt;–¡Cállate! –gritó, alterado por el acoso.&lt;br /&gt;Y con esa tonta discusión, que paradójicamente surgía después de la emotiva entrega del anillo, cada cual se fue, llevándose su enfado, hacia una esquina del salón.&lt;br /&gt;Ella pensaba:&lt;br /&gt;La verdad, me he pasado un poquito. El bigote, en realidad pincha y es lo más normal. No sé por qué me he puesto así. ¡Qué estúpida soy! ¡Reaccionar de tal manera por esa tontería! Desde luego…&lt;br /&gt;Y él:&lt;br /&gt;Será imbécil. Ya verá. Cómo me caliente se va a enterar. Y pensar que tenga que aguantar a una estúpida como ésta… Ya te enterarás, ya te enterarás, me vas a pagar una detrás de otra todo lo que te estoy aguantando… Si no fuera por esa cara bonita, ya te hubiera pateado el trasero…&lt;br /&gt;–Te quiero amor… Perdóname –rompió Exex el silencio–. He sido un poco tonta –concluyó.&lt;br /&gt;–Menos mal que lo reconoces –dijo él, sentándose en el sofá–. Anda, tráeme la botella de whisky –le ordenó en actitud triunfante.&lt;br /&gt;–Sí mi amor –dijo ella, solícita.&lt;br /&gt;Y así estaban las cosas… Ella soportaba casi lo que fuera por el amor que le tenía, llegándose a cegar en el mismo entendimiento como la esclava que acepta, sin remedio, su obligado destino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“El perdón llega cuando el remordimiento vence al rencor.” (Cristina Rodríguez Aldama)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;____________________________________________&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Derechos Reservados - Copyright © Pablo Paniagua&lt;br /&gt;COMENTARIOS: paniaguauno@yahoo.es&lt;/span&gt; &lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/29674757-1153708015036332160?l=bigotuda.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/1153708015036332160'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/1153708015036332160'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bigotuda.blogspot.com/2007/02/cuarta-entrega_749.html' title='CUARTA ENTREGA'/><author><name>Pablo Paniagua</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://3.bp.blogspot.com/_MVPk8yJsmiI/RcUhcXRaeuI/AAAAAAAAAAw/-k5e96i5q_8/s72-c/BigotudaIV.jpg' height='72' width='72'/></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-29674757.post-116992054768978132</id><published>2007-01-27T18:46:00.052+01:00</published><updated>2011-12-30T22:00:38.354+01:00</updated><title type='text'>TERCERA ENTREGA</title><content type='html'>&lt;p align="justify"&gt;&lt;/p&gt;&lt;span style="color:#c0c0c0;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/x/blogger/6818/3167/1600/245763/BigotudaIII.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; DISPLAY: block; CURSOR: hand" border="0" alt="" src="http://photos1.blogger.com/x/blogger/6818/3167/400/147400/BigotudaIII.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-family:times new roman;font-size:78%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;6.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;Rosas criadas en invernadero traía ese otoño O’Kelly, en un ramo envuelto en papel transparente y cintas de colores. Le acompañaba una de sus libidinosas damiselas.&lt;br /&gt;–Aquí me huele a alguien… Ella debe de haber llegado ya…&lt;br /&gt;Dijo O’Kelly nada más entrar, y luego le ordenó a su llamativa y curvilínea acompañante que encendiera algo de incienso. La mujer de melena oscura y rasgos latinos, se sentó en el sofá del salón cruzando sus bien torneadas piernas y abrió una cajita rectangular, de concha y plata, para sacar una varilla de sándalo perfumado, de esencia de limón, que encendió. O’Kelly, mientras tanto, se dirigió hacia la habitación con el ramo de rosas en sus manos.&lt;br /&gt;Exex dormía plácidamente, acurrucada en posición fetal, y el olor a limón ya entraba en la habitación cuando su bigote parecía la guinda de un delicioso pastel. O’Kelly, muy despacio, retiró la sábana que cubría su cuerpo y, con algo más de curiosidad, observó cada centímetro de su desnudez. Luego la besó en la piel, recorriéndola con la lengua, mientras ella se estremecía por caricia tan sutil. En esa labor, al llegar en su trayecto hasta la oreja, le dijo suave:&lt;br /&gt;–Exex… Despierta…&lt;br /&gt;Ella respiró hondo, exhalando entrecortada con su aliento de frescura, y se desperezó por unos instantes entreabriendo sus grandes ojos de color miel.&lt;br /&gt;–¡Oh!... Ya llegaste –dijo, somnolienta–. ¿A qué huele?&lt;br /&gt;–A perfume de sed de amor…&lt;br /&gt;Y, al compás de estas palabras, sacó un &lt;em&gt;lipstick&lt;/em&gt; del bolsillo de su americana y le pintó los labios de carmín brillante, de tal modo que pudiera advertir los destellos incitantes de pasión bajo aquel extraño bigote. Entonces, se inclinó sobre ella y la besó en la boca, mientras alargaba la mano hacia su parte más íntima para comprobar la suavidad de un himen incorrupto. Se sorprendió con su virginidad y le vino a la mente una idea magistral; se debatía entre el deseo de romper tan preciado tesoro y por otros más oscuros y precisos planteamientos. Decidió acercar su boca hacia manjar tan exquisito, y caminando beso a beso, por aquella piel de seda, acabó con su cabeza entre dos piernas que temblaban con la excitación. Sorbió el manjar del néctar de su flor, de un sabor indescifrable, que le hizo aferrar sus manos con firmeza a aquellas estilizadas piernas blanquecinas.&lt;br /&gt;–¡Oh mi amor!… ¡Eres maravilloso! –exclamó con un suspiro de placer.&lt;br /&gt;O’Kelly se reincorporó y rápido se quitó los pantalones, y así, con la americana de color pistacho puesta, se situó entre las piernas de Exex.&lt;br /&gt;–Soy virgen –dijo, con una expresión entremezclada de temor y ternura.&lt;br /&gt;–Ya lo sé –respondió O’Kelly, mirándola en la profundidad de sus ojos–. Y no vas a dejar de serlo –agregó.&lt;br /&gt;La empezó a acariciar por otro lugar cercano, y a continuación, sin que ella lo esperase, le hundió su miembro viril en cueva tan recóndita. Exex lanzó al aire un grito de dolor, que retumbó en toda la habitación.&lt;br /&gt;–¡¡¡No!!! ¡¡¡No!!! –suplicaba entre quejidos.&lt;br /&gt;Pero ya nada podía hacerse, pues O’Kelly se agitaba violentamente, en un acto de sodomía forzado que provocaba que las uñas de Exex, como poderosos aguijones, buscaran la piel de aquél que la sometía para perforarla debajo de sus ropas.&lt;br /&gt;Entre el dolor compartido pronto llegó la excitación, y los gemidos de placer se extendieron por todo el apartamento, mientras que, bajo el marco de la puerta, la fulana miraba la escena con una sonrisa perversa a la vez que aspiraba el humo de un cigarrillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Es importante no marginar los hechos reales de la vida, para no llegar a negar los sucesos que puedan convertir la verdad en una mentira ilusoria. Todo tiene un valor cuando existe y, por tanto, merece ser contado.” (Renato Scaldio)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;7.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Exex se acordó de todo lo malo que le había sucedido en ese día…&lt;br /&gt;–Hoy, intentaron matarme en dos ocasiones –dijo, apenada.&lt;br /&gt;–¡Cómo! –exclamó O’Kelly.&lt;br /&gt;–Sí; un taxista intentó matarme con una barra de acero, pero logré escapar y así perdí las maletas… Luego, un vagabundo intentó apuñalarme, pero le convencí para que no lo hiciera… No sabes qué mal lo pasé…&lt;br /&gt;–Hijos de puta... –maldijo O’Kelly–. Si me enterara ahora mismo dónde están esos desgraciados los mataría. No permitiré que nadie te haga daño; de ahora en adelante yo te cuidaré, no te preocupes –y la besó con ternura en la boca–. Ahora, más vale que te bañes y te vistas, pues tenemos cosas que hacer –agregó.&lt;br /&gt;Y O’Kelly salió de la habitación hacia el salón así como se encontraba, sin pantalones, donde le esperaba la morena de piernas torneadas y pechos grandes, con un par de rayas de escopolamina de belladona encima de la mesa.&lt;br /&gt;–Aquí tienes, cariño –dijo ella.&lt;br /&gt;–Estás en todo Carmelita…&lt;br /&gt;Dijo él, cuando ya se sentaba en el sofá de charol, al lado de ella, para esnifarse con un tubito transparente los polvos amarillos que estaban sobre la mesa de cristal.&lt;br /&gt;–¡Esto es demasiado! –exclamó O’Kelly, mientras Carmelita se metía la suya–. Ya todo me da vueltas y le veo la cara al mismo diablo, sentir su energía cerca de mí… Su poder me atrapa con una sensación gloriosa que me hace comprender lo que soy. ¡Ja¡ ¡Ja! ¡Ja! –y su risa parecía perversa–. Siento su fuerza entre mis piernas y mi verga es el centro del universo. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! –y su risa tenía rastros de maldad–. ¡Soy el verdugo! –gritó, de repente, alzando los brazos–. ¡En esta vida sólo hay víctimas y verdugos, y yo prefiero sostener la espada sobre las cabezas! ¡Así nadie se reirá de mí!&lt;br /&gt;–¡Brindemos por ello! –exclamó Carmelita con la mirada ida.&lt;br /&gt;–¡Sí! ¡Tráeme algo!&lt;br /&gt;Ella se levantó tambaleante para dirigirse hacia la barra de bar, donde agarró dos vasos bajos, una botella de Chivas Regal, y preparó las bebidas con unos cubitos de hielo. Luego regresó, y se la pasó a O’Kelly.&lt;br /&gt;–¡Por los verdugos y sus víctimas! –exclamó alzando el vaso.&lt;br /&gt;Bebían el líquido y, al cruzar las miradas, en sus mentes asomó el deseo incontenible de poseerse, y dado que en ese momento el universo entero giraba en torno al miembro viril de O’Kelly, pronto se vieron envueltos en caricias y el uno dentro de la otra, cuando él seguía haciéndolo medio desnudo, con la americana puesta, ya que sus pantalones todavía estaban tirados en el suelo de la habitación, en cuyo baño una bigotuda se duchaba felizmente pensando en su amor.&lt;br /&gt;Al terminar de bañarse, tras secar su cuerpo y ataviada con una bata de hombre que tomó del armario, se dirigió hacia el salón para decirle a O’Kelly lo mucho que le amaba, cuando, por encima de ese sentimiento y esa intención, fue grande su sorpresa al comprobar lo que allí sucedía.&lt;br /&gt;–¡¡¡Esto qué es!!! –gritó casi histérica.&lt;br /&gt;O’Kelly, sin abandonar la postura en la que se encontraba, y aún entre los brazos de su amante, contestó con insolencia:&lt;br /&gt;–Pues está claro… Esto es una bella mujer, y yo, soy yo.&lt;br /&gt;Exex sentía que el mundo se le caía encima, con esa escena y todas las reproducciones de arte erótico en las paredes, con el sofá rojo chillón y al alfombra peluda, todo girando en torno a ella como un mareante set de película porno, sumida en el desconcierto más que sorprendida.&lt;br /&gt;–¡No estoy dispuesta a aguantar ciertas cosas! –gritó Exex, amenazante.&lt;br /&gt;Carmelita comprobaba con asombro cómo O’Kelly era advertido y gritado por una mujer. Él no podía permitir semejante actitud, estaba en juego su prestigio y ya no podía seguir actuando frente a Exex, pues tal reacción era una burla manifiesta hacia el más fiero proxeneta de la ciudad, consumada delante de ella, de Carmelita, una de sus chicas y ahora testigo incómodo de tal atrevimiento.&lt;br /&gt;–¡¡¡Y yo no aguanto otras!!!&lt;br /&gt;Gritó furioso saliendo de entre las piernas de Carmelita, para acercarse hacia Exex y propinarle un bofetón que la tiró al suelo. Eso era otra cosa, pensó Carmelita, mientras Exex lloraba atemorizada viendo de cerca el desgastado parquet. Para O’Kelly ésta era una gratificante escena, cuando su dureza no quedaba en entredicho ante el ejemplo de la regla establecida, al someter las voluntades por el ejercicio de la violencia. Ya había dominado de momento la situación y sus mujeres quedaban en su lugar.&lt;br /&gt;–¡Voy a dejar las cosas claras! ¡Aquí el que manda soy yo! ¿Entendido? –gritó O’Kelly agarrándola por el cuello y apretando con fuerza.&lt;br /&gt;Exex muerta de miedo asintió con la cabeza, a la vez que miraba a O’Kelly con una extraña expresión en sus ojos que mezclaba los sentimientos de tristeza, odio y amor, difícil cóctel ahora factible, lo que evidenciaba la falta de entereza en su personalidad. Sin duda, era una actitud humillante para ella, que se veía rebajada a ser algo parecido a una esclava, pero la rara y posesiva forma de amar de O’Kelly, o su comportamiento respecto a ella, dominador desde cualquier punto de vista, le causaba rechazo y agrado al mismo tiempo, como una tendencia masoquista que le provocaba que, a pesar del miedo, ahora se deshiciese de placer tirada en el suelo.&lt;br /&gt;–Sí, sí, entiendo… –dijo ella entre lágrimas, con la voz temblorosa.&lt;br /&gt;–¿Te queda claro? –le advirtió O’Kelly.&lt;br /&gt;–Sí, me queda claro –aceptó sin más.&lt;br /&gt;O’Kelly dejó de apretarle el cuello y la soltó, y Exex le miró asustada sabiendo que no podía resistirse a él, que le deseaba por encima de cualquier otra cosa; y O’Kelly, quizá adivinando el trasfondo de esa mirada, la besó en la boca con ademán posesivo, dejándose barrer los labios con los pelos del bigote, en un beso ardiente e impulsivo que suponía un pacto con el mismo diablo, cuando Carmelita, que asistía impasible a la escena, pensó: “Ya valiste madre, bigotuda.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;8.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;–Me voy a maquillar, que si no tardo mucho –dijo Exex.&lt;br /&gt;–Sí, pero ponte el perfume que te regalé –le indicó O’Kelly.&lt;br /&gt;–De acuerdo.&lt;br /&gt;Y Exex se dirigió desde la habitación hacia el cuarto de baño…&lt;br /&gt;–Hoy voy a cerrar un trato –dijo O’Kelly.&lt;br /&gt;–¿Cuál?&lt;br /&gt;Hablaban en voz alta, uno desde el baño y otro desde la habitación.&lt;br /&gt;–Una ampliación de negocios… Voy a adquirir cinco asiáticas –decía, tan normal.&lt;br /&gt;–¿Cómo?&lt;br /&gt;–¡Qué voy a adquirir cinco asiáticas! –repitió, elevando el tono de su voz.&lt;br /&gt;–¿Para qué?&lt;br /&gt;–Para qué va a ser…&lt;br /&gt;Decía tumbado en la cama, con una sonrisa malévola y la mente puesta en el futuro, sosteniendo entre sus manos un vaso lleno hasta la mitad de whisky con hielos.&lt;br /&gt;–También tengo más planes…&lt;br /&gt;–¿Sí?&lt;br /&gt;–Sí. Para ti.&lt;br /&gt;–¿Cuáles? –preguntó intrigada.&lt;br /&gt;–Planes…&lt;br /&gt;Y dejó caer esta palabra, suave, como la serpiente venenosa que se acerca para atacar a su presa.&lt;br /&gt;–¿Pero cuáles?&lt;br /&gt;–No te preocupes, son buenos.&lt;br /&gt;–¿Pero cuáles? –insistió.&lt;br /&gt;–Ya lo sabrás, es una sorpresa.&lt;br /&gt;Contestó O’Kelly mirando muy serio el vaso que tenía en la mano, y luego saboreó el líquido con un trago pausado.&lt;br /&gt;–Date prisa, que se hace tarde –ordenó–. Me tienes que acompañar en esto.&lt;br /&gt;–¿Acompañarte? ¿En qué?&lt;br /&gt;–En lo de las asiáticas.&lt;br /&gt;–Lo que tú quieras mi amor –dijo, con una sonrisa condescendiente, viendo el reflejo de su rostro en el espejo del baño con aquel tremendo bigote.&lt;br /&gt;Una vez compuestos, salieron por la puerta del apartamento. Él portaba un maletín negro esposado en su mano izquierda y cubría la cabeza con un sombrero de ala ancha. Ella iba graciosamente vestida a la última, desprendiendo el agradable olor a mandarina de su nuevo perfume.&lt;br /&gt;Ya en la calle, subieron a un furgón blanco que estaba estacionado junto a la puerta. O’Kelly abrió la guantera y sacó dos pistolas automáticas, tipo escuadra, y se guardó una en el pecho, bajo la gabardina, y la otra que era más pequeña, del nueve corto, se la entregó a Exex.&lt;br /&gt;–Toma, ésta es para ti.&lt;br /&gt;– Yo… ¿para qué quiero esto? –preguntó inquieta.&lt;br /&gt;–Para usarla si algo no saliera bien.&lt;br /&gt;–Pero yo nunca…&lt;br /&gt;Y O’Kelly la interrumpió, quitándole importancia a la dificultad que pudiera tener utilizar un arma de fuego:&lt;br /&gt;–Es sencillo… Lo único que tienes que hacer es quitar el seguro, que es esta palanquita, y a continuación apuntas y, pum pum, aprietas el gatillo… Ahora, guárdatela en el bolso y no te preocupes.&lt;br /&gt;O’Kelly, tras esta corta explicación, arrancó y salieron sin prisa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;9.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ya de noche en el puerto estaba todo tranquilo. La luna llena comenzaba a salir por entre los barracones de almacenaje, y su luz, tenue y difusa, hacía reflejos sobre el agua quieta y oscura. El silencio reinante era total, sólo roto o acompañado por el movimiento casi imperceptible de las embarcaciones fondeadas en los muelles. En poco tiempo toda esta armonía fue deshaciéndose, con el ruido de un automóvil que surgió por la parte trasera. Entre unas grandes grúas y el mar, aparecieron las luces de un furgón blanco iluminando fríamente lo que llegaban a alcanzar, arrebatándolo de la penumbra.&lt;br /&gt;De esta misma forma, al cabo de una larga hora, el mismo furgón se alejó de los muelles dejando el lugar otra vez en perfecta armonía. O’Kelly había cerrado la operación sin problemas e iba al volante con una sonrisa, mientras en la parte trasera estaban sentadas, con la expresión seria y temerosa, cinco jovencitas filipinas de ojos rasgados. A Exex, desde luego, esas cosas no le parecían nada bien, pero ya tenía asumido que así eran aquellos negocios y no podía hacer ni un solo comentario al respecto, ya se tratase de un denigrante caso de trata de blancas o de cualquier otra cosa, cuando atrás seguían apocadas las cinco asiáticas que O’Kelly pondría a funcionar aquella misma noche.&lt;br /&gt;Llegaron a la puerta de un local donde un cartel luminoso anunciaba: “Exotic Club”, y en un callejón contiguo aparcó el furgón, para descargar la mercancía en la parte trasera del tugurio. Exex siguió sentada, mirándose entre tanto la pintura de las uñas, hasta que después de unos veinte minutos apareció O’Kelly silbando alegre una canción.&lt;br /&gt;–Ya está –dijo–. Esto hay que celebrarlo… Iremos al mejor restaurante de la ciudad.&lt;br /&gt;–Está bien –aceptó Exex–. Podríamos ir a cenar a La Gardenia…&lt;br /&gt;Se subieron en el Thunderbird, que estaba en la acera de enfrente, para marcharse después de haber dejado a buen recaudo las cinco filipinas. El coche rojo circulaba por las grandes avenidas, bajo la mirada de los inmensos rascacielos, y como en una carroza cesárea un O’Kelly triunfante observaba complacido sus dominios, feliz como nunca en la vida por saberse poseedor de la gracia del destino.&lt;br /&gt;No tardaron en llegar a la puerta de La Gardenia, lujoso restaurante frecuentado por magnates e importantes hombres de negocios. El coche, inmediatamente, fue recogido por un &lt;em&gt;valet-parking&lt;/em&gt; y accedieron al recibidor caminando bajo un toldo semicircular. Una puerta de cristal se abrió a su paso, al compás de la reverencia de un portero vestido como de primera comunión, que se quitó el sombrero en ademán respetuoso. En el &lt;em&gt;hall&lt;/em&gt; les atendió otro servicial personaje, vestido de negro y sin tanta botonadura, que les dijo:&lt;br /&gt;–Están en su casa, señores… Síganme por favor.&lt;br /&gt;El &lt;em&gt;maitre&lt;/em&gt; andaba altivo y estirado, como un pavo queriendo avistar lo más lejano del horizonte. Les condujo hasta una mesa para dos, en un rincón del inmenso salón, en cuyos manteles blancos bordados en rosa se apoyaban las manos ensortijadas, en oro y brillantes, de las damas que allí cenaban en compañía de caballeros adinerados, herederos de grandes fortunas, intrépidos y exitosos hombres de negocios e inigualables play-boys de prestigio en la alta sociedad; y en ese lugar, fuera de lo acostumbrado para O’Kelly, se sentaron a la vista de todos, pues entre la americana de color pistacho y el sombrero de ala ancha que se gastaba, y lo inusual de ver a una hermosa y llamativa bigotuda, desde el trayecto de la entrada hasta la mesa fueron el blanco de todas las miradas. Pidieron champagne antes de consultar la carta, en forro de cuero rosa, para elegir de comer entre las diversas exquisiteces de la alta cocina y especialidades de la casa. El maitre tomó la orden y los dejó solos, con una botella de champagne y unos panecillos untados de queso roquefort.&lt;br /&gt;–¿Sabes todo lo que hay aquí?... Millones en joyas y oro –dijo O’Kelly entre dientes.&lt;br /&gt;–A ver cuándo me haces un regalito así –añadió Exex, graciosa y oportuna.&lt;br /&gt;–¿Qué quieres, qué atraque una joyería? –y rió.&lt;br /&gt;–No. Con que pongas un poco de voluntad…&lt;br /&gt;–Voluntad y un buen fajo de billetes –agregó con ironía.&lt;br /&gt;–Tú, con olor a mandarina te conformas –repuso ella.&lt;br /&gt;–Exex, no me calientes que te sacudo –dijo bromeando– ¿Qué quieres, ser como todas estas mujeres, que por la mañana se levantan y mean y cagan como todas las demás? ¿Qué tienen de especial?&lt;br /&gt;–Pues, que viven mejor –contestó ella.&lt;br /&gt;–Si a eso le llamas tú vivir bien…&lt;br /&gt;–Ellas así lo pasan, envueltas en alhajas.&lt;br /&gt;–A pesar de tanta joya, te aseguro que están vacías como casi todas, y quizá sin disfrutar de una buena verga entre las piernas –dijo soez.&lt;br /&gt;–Desde luego, tú, todo lo reduces a eso…&lt;br /&gt;–Mi verga es el centro de universo, nena, no te hagas líos, y así es para una inmensa mayoría –dijo sapiente–. El sexo y el dinero son el motor de este mundo –afirmó convencido–. Eso es lo que veo a diario y me ha enseñado la vida.&lt;br /&gt;–¿Y dónde queda la espiritualidad?&lt;br /&gt;–¿Y para qué queremos esa estupidez de la espiritualidad? Hay que ser prácticos y mirar el presente, pues el resto no está comprobado, son mamadas y cuentos chinos nada más.&lt;br /&gt;–¿Y dónde queda el amor?&lt;br /&gt;–El amor y el sexo son para nosotros –concluyó.&lt;br /&gt;–¡Brindemos entonces por el amor! –exclamó Exex.&lt;br /&gt;Elevaron las copas más arriba de sus cabezas, chocando el cristal que tintineó, para beber de un solo trago el burbujeante líquido francés.&lt;br /&gt;Exex destacaba entre los allí presentes, pues aparecía hermosa con ese particular bigote, y desde una mesa cercana eran observados con detenimiento por un señor gordo que, vestido con un traje ajustado a punto de estallar, era poseedor de una tremenda papada que casi le cubría la estridente pajarita con la que adornaba el cuello de su camisa. Estaba acompañado por dos hombres más, de edad similar, entre los cincuenta años. Mientras tanto, Exex y O’Kelly seguían a lo suyo sin percatarse de que eran la atención del lugar, y de que los ojos inquietos de aquel gordinflón no se apartaban ni un solo segundo de ellos.&lt;br /&gt;–¡Soy feliz contigo! –exclamó Exex.&lt;br /&gt;–Pocas lo son –dijo satisfecho.&lt;br /&gt;Si algo no podía aguantar O’Kelly era hacer feliz a una mujer, lo suyo ni siquiera se catalogaba como hipocresía, era puro desdén, misoginia, cuando se aprovechaba del sufrimiento de ellas para lograr sus despreciables objetivos, manipulándolas para hacerles sentir el miedo hasta en la misma médula de los huesos, de tal manera que no pudieran negarse a las obligaciones impuestas por su mente despiadada. Odiaba ver a la gente feliz, y en especial a las mujeres, en un mundo donde la alegría y los sufrimientos se daban compartidos. Él pensaba que las cosas debían darse puras, y no confusas y mezcladas. Existía el bien y el mal, y las medias tintas no eran para él, que se decidió sin duda por lo segundo, pues en una sociedad injusta no podía ser justo, no era lógico ese antagonismo, y así lo correcto era estar en sintonía con ese pensamiento siguiendo la inercia natural de la negatividad, porque quien siembra injusticia va acorde con la vida. No existía una recompensa en el después, era el presente y su materialidad, sólo eso importaba, de nada valía intentar cualquier otra cosa.&lt;br /&gt;–¿Es que no te gusta que te quiera? –le preguntó Exex con tierna mirada.&lt;br /&gt;–¡Claro que sí, mi amor! –exclamó con total simulación.&lt;br /&gt;–Siempre estaré contigo, en lo bueno y en lo malo –dijo, verdaderamente enamorada.&lt;br /&gt;En ese preciso instante, cuando jugaba la trama entre la ilusión y el amor verdadero, tramoya de parte de él y vuelo en triple salto mortal para ella, fueron interrumpidos por el vigilante gordinflón, rosado ser porcino disfrazado de persona, que no les había quitado el ojo desde que entraron por la puerta.&lt;br /&gt;–Buenas noches O’Kelly. ¿Cómo tú por aquí?&lt;br /&gt;–Ya ve, señor comisario, ¿qué quiere que le diga? Aquí, cenando a dos pasos de su mesa.&lt;br /&gt;Exex miraba con atención a ese regordete, que al hablar parecía emitir los mismos ruidos o ronquidos que hacen los cerdos cuando no hablan.&lt;br /&gt;–Es que… ¿piensas cenar aquí? –preguntó sarcástico el comisario.&lt;br /&gt;–Ya he tomado el espumoso, y estoy esperando a que traigan la comida para degustarla a su salud –contestó O’Kelly, con cierta arrogancia.&lt;br /&gt;–Eso, ya lo veremos… –dijo roncando el gordo, a la vez que levantaba la mano para llamar al &lt;em&gt;maitre&lt;/em&gt;–. La gente como tú no es bien recibida aquí, la gente como tú cena en McDonald’s o en alguna pizzería de segunda, pero no en La Gardenia, este lugar no es para arrabaleros como tú.&lt;br /&gt;–Pues creo, entonces, que usted también anda sobrando de aquí, señor comisario –dijo O’Kelly, sonriendo con chulería.&lt;br /&gt;El cerdito trajeado, en su papel de superioridad, se ofendió con estas palabras y le dijo amenazante a O’Kelly, señalándole con el dedo índice de su regordeta mano:&lt;br /&gt;–¡De ahora en adelante vas a saber lo que es bueno! ¡Se van a acabar todos tus sucios negocios! ¡Te lo aseguro! –y, por momentos, el color rosado de su piel agarró tintes más rojizos–. ¡Acabaré contigo! ¡Te lo juro, O’Kelly, acabaré contigo! –le amenazó, tratando de no alzar demasiado la voz para no llamar la atención.&lt;br /&gt;En esto llegó el &lt;em&gt;maitre&lt;/em&gt; general del salón, de presencia alta y espigada, y portador de una hermosa nariz aguileña, que se vestía nada más y nada menos que de rosa pálido con botonadura de oro, cordones y florituras.&lt;br /&gt;–¿Qué sucede señor comisario? –preguntó solícito.&lt;br /&gt;–Que estos dos se van…&lt;br /&gt;–Eso ya veremos –dijo O’Kelly, rabioso.&lt;br /&gt;–Llama a los muchachos –ordenó el comisario al maitre, que al instante fue en busca del personal de seguridad.&lt;br /&gt;–O’Kelly, vámonos –le rogó Exex.&lt;br /&gt;–¿Ve lo que ha hecho?... Ha asustado a mi chica. ¿Le parece bonito, señor comisario?&lt;br /&gt;Tres formidables “gorilas”, con cara de no muy buenos amigos, aparecieron siguiendo al maitre por el fondo del salón, y O’Kelly, al verlos, de inmediato cambió de parecer.&lt;br /&gt;–Bueno, será mejor que nos vayamos… –dijo con chulería–. De momento el mantequilloso gana.&lt;br /&gt;–¡Estás acabado, O’Kelly! –roncó el comisario.&lt;br /&gt;Se levantaron y salieron hacia el recibidor, acompañados durante el trayecto por los tres musculosos matones, y con las miradas de todos los presentes que comentaban por lo bajo y reían. Fue tremendo y bochornoso ser motivo de mofas entre dientes y cuchicheos, por lo que O’Kelly, sintiendo como nunca el desaire, juró vengarse del despreciable obeso que daba la casualidad era el comisario del distrito de la ciudad donde operaban la mayoría de sus chicas.&lt;br /&gt;El comisario, ya satisfecho, regresó a su mesa con un difícil caminar de carnes bamboleantes, se sentó sobre la silla como sebo, y se dirigió a sus contertulios:&lt;br /&gt;–Entonces… ¿cuánto están dispuesto a pagar por esos veinte kilos de cocaína?&lt;br /&gt;Preguntó roncando silenciosamente, mientras en la calle, fuera de La Gardenia, un coche de color sangre se alejaba del lugar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“La venganza acecha tras su mismo pensamiento.” (Tomas Krincher)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;___________________________________________&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Derechos Reservados - Copyright © Pablo Paniagua&lt;br /&gt;COMENTARIOS: paniaguauno@yahoo.es&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:0;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/29674757-116992054768978132?l=bigotuda.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/116992054768978132'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/116992054768978132'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bigotuda.blogspot.com/2007/01/tercera-entrega.html' title='TERCERA ENTREGA'/><author><name>Pablo Paniagua</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-29674757.post-116933541132059659</id><published>2007-01-21T00:18:00.040+01:00</published><updated>2011-12-29T22:38:38.497+01:00</updated><title type='text'>SEGUNDA ENTREGA</title><content type='html'>&lt;span style="color:#c0c0c0;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/x/blogger/6818/3167/1600/175511/Bigotuda02.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; DISPLAY: block; CURSOR: hand" border="0" alt="" src="http://photos1.blogger.com/x/blogger/6818/3167/400/7931/Bigotuda02.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;strong&gt;&lt;span style="font-size:0;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/strong&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;PRIMERA PARTE&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;br /&gt;1.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los titulares del día rezaban: “YVES BELMONT, EL REY DE LAS ANCAS DE RANA, HA SIDO ASESINADO.” La nota informaba que había muerto en la puerta de la discoteca The Cube, cuando bajando por las escaleras recibió dos impactos de bala, que no pudieron escucharse entre el sonido de la música que se escapaba a la calle.&lt;br /&gt;O’Kelly leía la noticia… Exex en su apartamento la lloraba… y el pequeño Willy, con la soga bajo el brazo, buscaba de nuevo su último escenario…&lt;br /&gt;Aquellas últimas palabras que le dedicó a su ex novio fueron como una especie de conjuro, cuando le gritó: “¡Ojalá te mueras, maldito!” Por ello se sentía culpable, a pesar de que llevaban saliendo juntos algo más de una semana, y no pudo evitar sentir tristeza y llorar por él, quizá por esa sensación de responsabilidad indirecta que se veía imposibilitada de eludir. Se miró en el espejo de la habitación, que estaba sobre el tocador, y se vio despreciable con ese bigote que de repente le endurecía el gesto, que ya no le era gracioso ni bonito, y como un acto de arrebato, para dejar de verse así, de ser así, golpeó con fuerza el espejo con un frasco de perfume. Los pedazos de cristal se esparcieron entre los numerosos potingues de belleza, y se quedó inmóvil mirando la pared sobre la cual antes dormía el espejo. Estaba fuera de sí, y en un trance esparció a manotazos todo lo que ante su vista tenía. Se lastimó las manos con los agudos vidrios que se clavaron en la carne, como la decepción en su corazón. Pensaba que no era bueno empezar su aventura neoyorquina y amorosa de tal manera, con esa inercia trágica que parecía querer instalarse en su vida. Estaba sola y se sabía indefensa ante la magnitud de su posible culpa, y aunque no fuera así, con la maldición invalidada, el solo hecho de que su novio hubiera sido asesinado, alguien tan cercano, le asaltaba con la crudeza y con la angustia de saber lo frágil de la existencia. Ahora tenía miedo del futuro y llegó a pensar, incluso, que sería bueno regresar con su familia; pero de por medio estaban todos sus sueños, sus ilusiones, su profesión e independencia, como para regresar con el estigma de la derrota; no podía dejar que eso sucediera, debía ser fuerte para seguir adelante con el plan establecido.&lt;br /&gt;Bajó la mirada y pudo observar el desorden que había provocado, de cristales y frascos rotos, y también vio sus manos manchadas de sangre, como las de una víctima más del destino, un destino que estaba decidida a cambiar. No me iré de Nueva York, se dijo, seguiré adelante cómo sea, por muy sola que me encuentre, con todo el miedo y la incertidumbre. Ya lo había decidido y así lo haría, pero primero tenía que curar las heridas de sus manos y recoger todo ese desorden.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“El dolor del corazón no es nada comparable con el dolor del alma, en la desdicha provocada por los acontecimientos carentes de explicación y ante lo absoluto de la existencia.” (Lucio Montalvo)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sonó el teléfono y Exex lo cogió. Era O’Kelly con su voz de locutor radiofónico. La invitaba para salir a tomar un café y ella aceptó, pues creyó que sería bueno cambiar de aires y conocer a gente nueva, además de que ese hombre le gustaba. Debía romper con el pasado inmediato, y él bien podía representar ese cambio cuando dejó a Belmont y a sus estúpidos amigos dentro de la discoteca, cuando luego, una vez en la calle, se topó con él, con Frank O’Kelly, cuando pudo escuchar su voz y sus palabras, ver sus ojos y su mirada distinta. Ese hombre de edad imprecisa representaba el padre que no tenía a su lado, la familia y la protección que necesitaba. Pero Exex no sabía de un detalle importante, y es que Frank O’Kelly era el asesino de Yves Belmont, que su pasado inmediato estaba comprendido en toda aquella noche y no había dejado nada atrás como ella pretendía, que continuaba con ese influjo del cual buscaba desprenderse, tan pegajoso como una mancha de grasa adherida en el cuerpo.&lt;br /&gt;Se sentía sucia y el sudor reseco, del día anterior, estaba pegado en su piel como el tatuaje de mentira que se pone un niño en el brazo o en la mano, como esa mancha grasosa que amenazaba con ensuciar toda su existencia. Se desnudó para tomar una ducha y dejó la ropa esparcida por el suelo. El chorro de agua caliente, exhalando una neblina de vapor, sonaba igual que una lluvia artificial cuando Exex disfrutaba con ese latigazo continuo que recorría su cuerpo. Sus pequeños pechos puntiagudos, que podían ocultarse enteramente con una mano, aparecían brillantes como impregnados de una sustancia aceitosa, y las curvas de su excitante silueta, al contraste con el fondo de azulejos, le hacían parecer igual que una Venus bigotuda, tal como si hubiera sido pintada por Sandro Botticelli, con la piel de marfil y los ojos de miel, pero con el pelo mucho más corto, de Venus postmoderna con bigote, tan preciosa como aquélla que ocultaba el pubis con sus largos cabellos, en su nacimiento a la orilla del mar de los deseos. Tuvo, entonces, ganas de acariciarse entre las piernas pero ya no quedaba tiempo, y enjabonó su piel y su bigote hasta quedar perfectamente limpia. Cerró el grifo y salió de la ducha, para cubrirse con una esponjosa toalla de igual manera como hacen los niños cuando tienen frío. Luego, se dirigió al dormitorio contiguo para elegir algo más apropiado que unos jeans y una camiseta, algún modelito de los que guardaba para las ocasiones especiales, para que Frank O’Kelly la viera en su máximo esplendor.&lt;br /&gt;Después de vestirse secó su pelo corto y peinó su venerado bigote marrón, para terminar de maquillarse ligeramente con un poco de sombra en los ojos y algo de carmín en los labios, y así, una vez compuesta, salió de casa para acudir a la cita de su nuevo pretendiente.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Cuando buscas vas, sin remedio, al encuentro de tu destino.” (Ryu Watanabe)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Exex llegó puntual al lugar de la cita, un solitario café donde el único camarero parecía dormitar con el ruido de fondo de una radio, que sonaba con música de ópera. En el techo tres grandes ventiladores movían el aire, por encima de seis mesas de mármol blanco y una barra de madera antigua, tras la cual descansaban unas cuantas botellas, en una estantería, y un espejo sobre la pared con un marco tipo rococó. Se sentó en un taburete, junto a la barra, y pidió una limonada para la espera.&lt;br /&gt;Y allí se la pasó esperando, pues al cabo de media hora, ya con la bebida en el estómago, no había hecho nada más que recorrer con su mirada todos los rincones del solitario local, y aguantar esa música operística que nada le gustaba. La situación, en verdad, le parecía una mala broma y una falta de consideración, el estar ahí perdiendo el tiempo por culpa de un hombre impuntual. Pero allí se mantuvo, entre sorbo y sorbo, creyendo que la puerta se abriría en cualquier momento, cuando nunca se abrió. Así que, tras pagar la consumición, frunció su bigote y decidió marcharse de una vez.&lt;br /&gt;Al abrir la puerta, de sorpresa, se topó con Frank O’Kelly que decidido llegaba a su encuentro.&lt;br /&gt;–¡Hola! –saludó–. ¿Ya te ibas?&lt;br /&gt;–Llevo cuarenta minutos esperando –se quejó, con un esbozo de sonrisa forzada.&lt;br /&gt;–Perdóname, ya sabes cómo está el tráfico en esta ciudad –se disculpó.&lt;br /&gt;–Bueno… –dijo Exex, aceptando la disculpa.&lt;br /&gt;O’Kelly entró, con su sonrisa ladeada, y tomó a Exex suavemente por la cintura para guiarla hacia una mesa, donde se sentaron. El camarero se acercó, con su paso cansado de no hacer nada, y pidieron un par de vermouths con aceituna incluida entre el burbujeante líquido rojizo de sabor amargo.&lt;br /&gt;–He pensado mucho en ti –dijo O’Kelly, mirándole a los ojos.&lt;br /&gt;–Yo, sin embargo, lo he pasado bastante mal –dijo apesadumbrada–, pues la noche que te conocí asesinaron a mi novio en la puerta de The Cube.&lt;br /&gt;–¡No me digas! –exclamó él–. ¡No sabía que Yves Belmont fuera tu novio! Leí la noticia en los periódicos… Desde luego, es una verdadera coincidencia.&lt;br /&gt;–Esa noche, antes de que lo asesinaran, había discutido con él; y creo que por lo que pasó entre nosotros todo se había terminado, cuando incluso deseé que se muriera, como luego sucedió… Para mí, ha sido terrible… –se lamentó bajando la mirada–. Ésa es mi coincidencia, pero creo que la tuya debe ser la de haber conocido a la ex novia de Yves Belmont…&lt;br /&gt;–Sí, más o menos, se podría decir así –dejó caer O’Kelly, sabiendo que la coincidencia iba mucho más allá de lo que ella imaginaba.&lt;br /&gt;–La verdad –continuó Exex–, me gustaría que todo hubiera sucedido de otra manera, pues siento algo de miedo… Es como ver la cara dramática y oscura de la vida; y a mí me gusta la otra, la de la felicidad.&lt;br /&gt;–No temas, las cosas pasan porque tienen que pasar –trató de tranquilizarla–. Supongo que le matarían por algo concreto… Tendría alguna cuenta pendiente… A veces la vida de las personas no es lo que parece.&lt;br /&gt;–Ya sé, pero siento un vacío en la boca del estómago cuando pienso en él, pues nunca se sabe dónde acecha la muerte y, cuando la ves tan de cerca, te das cuenta de lo poco que valemos; y me veo sola e indefensa, con una fragilidad que me aterra.&lt;br /&gt;–No lo pienses así, Exex, yo te protegeré –y, cariñosamente, acercó los labios para besarla en la boca.&lt;br /&gt;Exex recibió ese beso sin saber que en realidad estaba envenenado, y creía, sin duda, que aquel hombre era ahora su protector y estaba decidida en darle una oportunidad, pues no deseaba estar sola ni un solo segundo, quería quitarse el miedo y la mejor solución, pensaba, era la de tener alguien a su lado que fuera como un padre y su amante a la vez.&lt;br /&gt;–Me gusta que me hables así –dijo Exex cariñosa, rozando el rostro de O’Kelly con su bigote.&lt;br /&gt;–Yo te protegeré, mi bigotuda preciosa, yo te protegeré…&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“La promesa de un mundo maravilloso se sitúa en la nebulosa de lo efectivo.” (Sarah Woldtrich)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;4.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Quedó en verse con O’Kelly, dos días más tarde, a la afueras de Central Park. Igual que la vez anterior llegó puntual al lugar de la cita, y él, del mismo modo, no se presentó a la hora indicada. Le esperaré quince minutos nada más, se dijo, y así lo hizo, pero O’Kelly no apareció en ese transcurso de tiempo, por lo que Exex se fue de allí caminando sin rumbo, de paseante nada más. La gente, como es de suponer, al toparse con ella se apartaba a su paso y todos se daban la vuelta para verla también por detrás. Mujer impresionante, sin duda, que sin proponérselo sobresalía del común denominador, como si una auténtica diosa caminara por las aceras de Nueva York. Así, no fue difícil que O’Kelly la viera desde su coche descapotable, un Thunderbird de color rojo, cuando se dirigía a buscarla. Tocó el claxon para hacerse notar, pero ella siguió con su paso altivo sin volverse, pues sabía perfectamente que ese bocinazo era un tributo de admiración, como otros tantos silbidos, miradas y piropos de todo tipo, que siempre debía soportar con paciencia y naturalidad, y a O’Kelly no le quedó más remedio que llamarla por su nombre:&lt;br /&gt;–¡Exex! –gritó.&lt;br /&gt;Ella supo al instante que esa voz, tan profunda y varonil, era la de O’Kelly, que acudía al lugar de la cita donde ella ya no estaba. Se paró, miró hacia la calle, y vio a un sonriente O’Kelly dentro de un automóvil descapotable, pero, para su sorpresa, en compañía de dos llamativas mujeres con el rostro profusamente maquillado, pelucas rubias, y tan provocadoras como los escotes por donde sus grandes pechos hacían intentos por escaparse. Ellas, si acaso, eran las verdaderas merecedoras de una esquina nocturna, para mostrar el material de su cuerpo a los interesados que por ahí pasasen. Este detalle le pareció de lo más indecoroso, el tener que ver, aunque fuera de pasada, con gente tan baja y vulgar, no fuera que también la confundieran con una puta, aunque en este caso de lujo. Y miró furiosa a O’Kelly, apretando la mandíbula y sacando su bigote, no explicándose cómo era posible la estampa que tenía enfrente, del hombre que la pretendía, y ella deseaba, acompañado de semejante par de putones, pues éstas, por su apariencia, sobrepasaban la más grata denominación de mujeres galantes o de la vida. O’Kelly, al presentir que Exex no se iba acercar, tomó la determinación de bajarse del coche para ir a su encuentro.&lt;br /&gt;–¡Hola mi amor! –dijo, a la vez que abría los brazos.&lt;br /&gt;–No se te ocurra ni tocarme –le advirtió ella, enfadada.&lt;br /&gt;–No seas así, mi amor… Tan sólo llegaba unos minutos tarde –trató de excusarse.&lt;br /&gt;–¿Cómo? –preguntó incrédula–. ¿Unos minutos tarde? ¿Y te crees qué es por eso?&lt;br /&gt;–¿Entonces, por qué? –preguntó, con un gesto de teatral extrañeza.&lt;br /&gt;–¿Y esas dos? –decía, ya temblándole el bigote al hablar–. ¿No me digas que son tus hermanitas?&lt;br /&gt;–¿Qué tienen de malo?&lt;br /&gt;–¡Qué parecen un par de putas! –respondió, alzando la voz.&lt;br /&gt;–Mira –dijo O’Kelly con paciencia–. No está bien que te refieras así de otras personas que, por ser como son, también merecen su respeto.&lt;br /&gt;–¿Y con qué clase de gente me quieres mezclar? –le preguntó ofendida.&lt;br /&gt;–Perdona, pero yo no te quiero mezclar con ellas.&lt;br /&gt;–¿Pero tú, quién te crees que soy?&lt;br /&gt;–Pues, mi bigotuda preciosa… –contestó en tono cariñoso, a la vez que la agarraba suave por la cintura.&lt;br /&gt;–¡Ay! ¡Déjame! –se quejó ella, pero sin rechazar su abrazo.&lt;br /&gt;–No te pongas así, porque me recuerdas a la única suegra que tuve.&lt;br /&gt;–Me pongo como tú me pones.&lt;br /&gt;–Bueno… Prometo no ponerte como yo te pongo. Te pondré como tú me pones… O sea, que tú y yo nos pondremos como tú me pones y como tú desearías que yo te pusiera… ¿Vale?&lt;br /&gt;–¡Ja! Tu simplicidad me abruma –apuntó Exex con cierta ironía.&lt;br /&gt;–Así está mejor… Chatina.&lt;br /&gt;–¡No quiero que me llames chatina! –protestó.&lt;br /&gt;–No seas así conmigo, por favor –seguía hablando con voz cariñosa–. Yo sólo quiero estar contigo para protegerte… Además, he de confesar que siento una admiración por ti que jamás haya despertado en mí ninguna otra mujer –y estas palabras, quizá, sonaron con cierta falsedad.&lt;br /&gt;–Bueno, eso me parece muy bien –continuó Exex, sin estar del todo convencida–, pero ésas, ¿quiénes son? –insistió.&lt;br /&gt;–Dos amigas –contestó O’Kelly con sonrisa postinera.&lt;br /&gt;–¿Cómo que dos amigas? –agregó indignada.&lt;br /&gt;–¡Ya cambia el soniquete! –dijo riéndose–. ¡Anda, ven, no te asustes…! –y, sin soltarla, la llevó hacia el coche.&lt;br /&gt;–¡Abajo! ¡Fuera! –ordenó O’Kelly a las prostitutas.&lt;br /&gt;–¡Venga, no seas así! –dijo una de ellas.&lt;br /&gt;–Y todo por esta remilgada –protestó la otra.&lt;br /&gt;–¿Es que no oyeron? –les urgió O’Kelly con chulería–. ¡Vamos, vamos! ¡Abajito! –añadió, chascando los dedos.&lt;br /&gt;Se bajaron del coche de mala gana, con gesto de enfado, mientras Exex se subía en el asiento delantero, y una de ellas, que iba enrollada en un leopardino abrigo, dejando al descubierto unas suculentas piernas vestidas de malla calada, le dijo a Exex con tono despectivo:&lt;br /&gt;–¡Bigotona estúpida, ya te llegará la hora en que…!&lt;br /&gt;Y no pudo terminar sus palabras porque O’Kelly le soltó un tremendo rodillazo en el estómago, que le hizo contraerse del dolor.&lt;br /&gt;–Eso para que hables cuando no te mandan –dijo O’Kelly, escupiendo tajante sus palabras.&lt;br /&gt;Exex se quedó desconcertada y no sabía cómo reaccionar, mirando absorta aquel espectáculo con la incredulidad de lo que nunca se espera.&lt;br /&gt;–¡Ahora, a trabajar! –gritó furioso.&lt;br /&gt;Y después de dejarles las cosas claras dio la vuelta al coche y entró en él, sentándose junto a Exex.&lt;br /&gt;–Ves cómo me preocupo por ti… –dijo satisfecho.&lt;br /&gt;–¿Pero tú qué eres? –preguntó confundida, mientras O’Kelly reiniciaba la marcha.&lt;br /&gt;–Soy un hombre de negocios –respondió con naturalidad.&lt;br /&gt;–Negocios de proxenetismo… ¿No?&lt;br /&gt;–Sí. ¿Tiene algo de malo?&lt;br /&gt;–Sí, que eres un sucio y chulo hijo de puta –contestó con asco.&lt;br /&gt;O’Kelly calló y siguió conduciendo con cara agria, virando una esquina tras otra hasta llegar a un desierto callejón, donde paró el coche para luego fijar, inmediatamente, su mirada en los ojos de Exex.&lt;br /&gt;–Soy proxeneta, ¿y qué? –le dijo, amenazante, a la vez que la agarraba con violencia por el cuello–. ¿Qué le vas a hacer? –siguió preguntando con una expresión de locura en los ojos.&lt;br /&gt;Exex no contestó, pues tenía mucho miedo, y no llegaba a comprender cómo ese hombre podía comportarse así. Todo ahora le parecía un mal sueño, una mentira, de que lo que estaba viviendo era una ilusión.&lt;br /&gt;–¡¡¡Contesta!!! –gritó enfurecido.&lt;br /&gt;Y Exex salió de su probable sueño, al comprobar que era de verdad.&lt;br /&gt;–No, no… no sé –contestó entrecortada.&lt;br /&gt;–¡Nunca nadie sabe nada! –parecía loco–. ¡Viven sin saber nada!&lt;br /&gt;Y riéndose como un sádico enajenado comenzó a besarla violentamente, echando babas como un perro rabioso, succionándole los labios y los pelos del bigote. Exex sentía ahogarse en un pozo profundo y oscuro, pero en lo insufrible de esa profundidad gozaba, semejante a un escalofrío erógeno que le recorría cada fibra de su cuerpo. ¿Sería ahora masoquista? ¿O era la atracción que sentía por aquel maníaco enfurecido? Sin embargo, todo le era confuso y tenía ansias de querer mucho más, de explorar dentro de aquella pesadilla. O’Kelly le introducía con fuerza la lengua por un orificio de la nariz, mientras ella se dejaba hacer lo que fuera, paralizada de miedo pero gustosa con esa terrible sensación, de estar al borde de la locura. O’Kelly ahora jadeaba como un animal, bajando hacia sus pechos, metiéndole la mitad de la mano dentro de la boca, casi ahogándola entre arcadas, y ella seguía disfrutando cada vez más. Pero las imágenes pasaban por su cabeza diciéndole que algo no estaba bien, y la contradicción entre la lógica y sus deseos también hacían su lucha interna, con lo que Exex no fue capaz de abandonarse del todo en ese incompresible vacío. Así, movida por un pensamiento fugaz, como un acto reflejo e imbuida por la violencia del momento, empujó a O’Kelly para quitárselo de encima, con la intención de huir de esa placentera locura que no era capaz de asimilar.&lt;br /&gt;–Me gustas mucho…&lt;br /&gt;Le dijo entonces O’Kelly con una mirada imposible, pues sus ojos, uno de cada color, parecían tener vida propia y ser independientes el uno del otro, como si pertenecieran a personas distintas, cuando uno le miraba con ternura y el otro inundado de violenta lujuria, y Exex, ante tan desconcertante mirada, sintió algo más que humedad en las braguitas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“El delirio de no saber lo que sucede, es como el abismo de la mirada imposible de un ciego.” (Román D’Artigues)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;5.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Exex hizo las maletas y decidió, por incomprensible que parezca y a pesar de todo pronóstico, irse a vivir con O’Kelly tras un par de semanas de relación. Él fue quien le pidió que vivieran juntos, y sin saber exactamente por qué ella accedió, no se pudo negar, pues sentía perder la voluntad por él hasta el punto de doblegarse a sus deseos, sólo supo que eso debía de hacer, incapaz de resistir una fuerza parecida a un embrujo. Necesitaba saber lo que era convivir con un hombre y no seguir estando sola, para apreciar en su propia piel, en su interior, todos aquellos misterios que con la distancia lógica de la edad un día habría de descubrir. También, por su juventud, tenía ganas de disfrutar una nueva libertad, como la que siente que estrena un tiempo lleno de aventuras interesantes que le esperan, sin más, para ser recorridas con el ansia de su efímera duración, y así, con tales intenciones, muy alegre y decidida abandonó su apartamento en Queens tras liquidar la cuenta con el casero.&lt;br /&gt;Abajo, en la calle, paró al primer taxi que pasó por su lado…&lt;br /&gt;–¿Me ayuda a meter todo esto? –preguntó Exex amablemente.&lt;br /&gt;–No, hágalo usted –contestó serio el taxista, que era un hombre ya entrado en canas y arrugas.&lt;br /&gt;Exex abrió la puerta y comenzó a introducir el equipaje con dificultad. ¡Qué pedazo de cabrón!, pensó, mientras que con un poco de esfuerzo logró meter las dos maletas que llevaba.&lt;br /&gt;–Ve cómo usted podía sola –dijo el taxista.&lt;br /&gt;–Sí, pero hace usted gala de poca caballerosidad –se quejó ella.&lt;br /&gt;–¡No te fastidia la tía!... ¿No querían igualdad? ¡Pues toma igualdad! Se acabó la caballerosidad, eso forma parte del pasado.&lt;br /&gt;–Bueno… Lléveme al 69 de la 74th. street, en Bensonhurst.&lt;br /&gt;–De acuerdo –dijo, a la vez que bajaba la bandera y arrancaba.&lt;br /&gt;El taxista no hacía nada más que observar a Exex por el espejo retrovisor, con los ojos pegados en su reflejo.&lt;br /&gt;–¿Sabe que está usted muy bonita con ese bigote? –dijo el taxista, mascando las palabras con cierta repugnancia.&lt;br /&gt;–¿De verdad? –contestó Exex, como dirigiéndose a un imbécil.&lt;br /&gt;–Sí, eres una maravilla.&lt;br /&gt;–Maravilla que no catarás –le cortó con aspereza.&lt;br /&gt;–Eso nunca se sabe, a lo mejor algún día… –dijo insinuante.&lt;br /&gt;–Es usted un grosero –replicó Exex.&lt;br /&gt;–Yo, en mi taxi –dijo con insolencia–, soy lo que me da la gana, ¿sabes? Así que no te quieras pasar de lista, no sea que te pase lo que un día le pasó a una negrita que se puso como tú –amenazó, pronunciando semejante trabalenguas.&lt;br /&gt;–No me importa –dijo Exex, con ánimo de desviar la conversación.&lt;br /&gt;–¿De verdad no te gustaría saber cómo acabó? –insistió el taxista, mirándola fijamente por el espejo.&lt;br /&gt;–Ya le he dicho que no... No me gustan las historias de negritas violadas.&lt;br /&gt;–¿Y quién te dijo que la violé?&lt;br /&gt;–Me lo figuro –respondió con desdén, mirando a través de la ventanilla hacia ningún lugar.&lt;br /&gt;–Pues no la violé… ¡La asesiné!&lt;br /&gt;Exex se sobresaltó ante tal declaración, pues el taxista lo dijo bastante serio y convencido, sin dejar de observarla con sus ojos neuróticos.&lt;br /&gt;–Mira bigotona –y rebuscando debajo del asiento sacó una barra metálica–, con esto la golpeé en la cabeza y le rompí el cráneo –dijo sonriendo–. Manaba mucha sangre oscura y espesa. ¿Sabes?&lt;br /&gt;El taxista hablaba con naturalidad, convencido de sus palabras, por lo que Exex cada vez estaba más nerviosa, preocupada e incómoda, soportando sin remedio el acoso.&lt;br /&gt;–¡Por favor, cállese! ¡No quiero escucharle más!&lt;br /&gt;–Ya te pones nerviosa, ¿eh?... Lo mismo le pasó a esa negrita… Si no lo crees, puedes mirar el asiento…&lt;br /&gt;Exex miró, para ver a lo que se refería el taxista, y pegó un grito de horror mientras se tapaba la boca con las manos, en actitud de asombro y para contener una repentina náusea que se escapaba de su estómago, pues el asiento estaba manchado con algo que parecía sangre reseca de color marrón.&lt;br /&gt;–Ves cómo era verdad…&lt;br /&gt;Agregó excitado el conductor cuando, en ese preciso instante, el taxi tuvo que parar frente a un semáforo en rojo de una calle desierta de vehículos y transeúntes, y, aprovechando la ausencia de testigos incómodos, se volvió con la barra de hierro en la mano al compás de un grito desencajado:&lt;br /&gt;–¡¡¡Y ahora te toca a ti!!!&lt;br /&gt;Exex se apartó rápido, con un movimiento reflejo, y el golpe se estrelló contra una maleta. Luego, hecha un manojo de nervios, abrió la puerta y a tropezones logró salir del coche, para huir desesperada de las garras de aquel asesino serial, que no tuvo tiempo nada más que para intentar lancearla un par de veces en las costillas con la barra.&lt;br /&gt;El taxista se quedó alterado, poseso de su locura, invadido por la impotencia y la decepción que le produjo aquel golpe tan poco certero, cuando vio como ella reaccionó para abrir la puerta y escapar.&lt;br /&gt;–¡¡¡Ven aquí desgraciada!!! ¡¡¡Ven para que te mate!!! –gritaba furioso, tanto que en su cuello rojizo se le hinchaban las venas a punto de estallar.&lt;br /&gt;Entonces fue cuando arrancó en reversa para perseguirla, con la puerta trasera abierta, pero Exex, en su frenética carrera, en la que también perdió los zapatos (pues las dos maletas se quedaron en el taxi), logró meterse por una zona peatonal que era el acceso hacia un pequeño parque, para así despistar de una vez al peligroso taxista. Tenía tanto miedo que continuó corriendo, sin mirar atrás, hasta quedarse sin fuerzas y caer desfallecida en un callejón con las piernas acalambradas, ante unos cubos metálicos repletos de basura.&lt;br /&gt;Allí, entre los cubos, estaba sentado un repulsivo y sucio vagabundo, de los que se visten con malolientes ropas fétidas de añejo orín, con todo el uniforme negro y gris de la suciedad acumulada por años, con el pelo y la barba llenos de marañas y de liendres.&lt;br /&gt;–¿Y tú, qué haces ahí? –preguntó el vagabundo con su voz ronca, sosteniendo una botella de alcohol medio vacía entre sus asquerosas manos de costra ennegrecida.&lt;br /&gt;Exex no pudo contestar porque estaba exhausta, y sólo escuchaba esa voz como un eco, sin saber con exactitud su procedencia.&lt;br /&gt;–Seguramente me vienes a robar, ¿eh?... Como el otro día, que unos hijos de puta con la cabeza rapada me golpearon y luego me quitaron la botella y la estamparon contra el suelo… Esos cabrones me molieron a patadas, cuando intenté lamer el líquido derramado en el piso –y bebió con ansiedad, vertiendo parte del alcohol por la cara, y luego continuó–: Tú eres joven y puedes hacer lo mismo que esos hijos de puta, pero antes de que lo hagas te mataré, juro que te mataré.&lt;br /&gt;El vagabundo, dominado por la borrachera, se levantó ansioso de venganza sacando una navaja del bolsillo de su raído abrigo, que abrió sin más dilación. Se acercó hacia Exex, que seguía tirada en el suelo, y se arrodilló junto a ella. Alzó el brazo con la navaja en el aire, apuntándola hacia el cuello, cuando Exex le suplicó con la voz quebrada:&lt;br /&gt;–¡No! ¡Por favor! ¡No me mate!… ¡Sería el segundo en intentarlo el día de hoy!&lt;br /&gt;–¡Cómo! ¿Qué no soy el primero? –se preguntó contrariado, a la vez que abandonaba su actitud agresiva–. ¡Qué emoción tendría matarte hoy! A nosotros, la pobre gente, siempre nos sale todo mal –dijo apenado–. Además, ahora resulta que eres una mujer; una mujer con bigote, eso sí, cuando yo te creía un jovenzuelo detestable…&lt;br /&gt;Y el vagabundo regresó de nuevo hacia su rincón, llevándose toda la amenaza y el mal olor entre la basura, y se sentó decepcionado. Se le vieron resbalar, en ese instante, unas lágrimas que se iban enturbiando a medida que recorrían su sucia piel. Exex pudo ya reincorporarse, no sin cierta dificultad, con la única intención de salir de ahí lo antes posible, caminando con un miedo que le hacía mirar en todas direcciones.&lt;br /&gt;Ya recuperada un poco del susto, y al llegar a una calle más transitada, se la jugó de nuevo al tomar otro taxi, que sí la llevó sin problemas hasta el barrio italiano de Brooklyn, frente al antiguo edificio de cinco plantas donde vivía O’Kelly. Por fin se sintió más tranquila, por saber que llegaba al que ahora sería su nuevo hogar. Se internó por el portal y tomó el ascensor, hasta pararse frente a una puerta donde se leía con letras doradas: 4C. La abrió, con la llave que él le había dado, y entró.&lt;br /&gt;El lugar no estaba nada mal, aunque un tanto estridente en su decoración, con reproducciones baratas de arte erótico colgando en las paredes, un juego de sofá en charol rojo y una alfombra negra peluda, en lo que parecía el salón principal y a la vez recibidor, donde al final, en un rincón, también se observaba una pequeña barra de bar. El suelo era de parquet, ya con el barniz desgastado, pero de un primer vistazo el salón se veía amplio y daba buena impresión. Por un momento se olvidó de todo lo sucedido, pero pronto cayó en la cuenta de que tenía la ropa sucia y se había quedado sin maletas. Rendida ante el cansancio, pensó que lo mejor sería echarse a dormir un rato mientras esperaba la llegada de su nuevo amor. Se dirigió entonces a la habitación. Se quedó sorprendida al entrar y toparse con un verdadero palacio del sexo, con una cama gigante y las paredes forradas de espejo, donde una bola de discoteca pendía del techo, con varias lámparas de pie y el correspondiente control para el juego de luces. Se asomó al baño contiguo, también con la intención de hacer pipí, y mientras orinaba se fijó en la gran bañera redonda que tenía frente a ella. Al terminar, secó su cosita y regresó hacia la habitación donde, por fin, se desnudó para meterse entre las algodonosas sábanas. Y sobre este mudo testigo, blando y excitante, de noches de sexo y pasión, se quedó dormida Exex.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Descanso indemne, sueño sublime, el tiempo detenido, mar sin olas y la luz de luna sobre la caverna; así te veo cuando llega la muerte…” (Ferdinad Roussel)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;___________________________________________&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Derechos Reservados - Copyright © Pablo Paniagua&lt;br /&gt;COMENTARIOS: paniaguauno@yahoo.es&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;span style="font-size:0;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/29674757-116933541132059659?l=bigotuda.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/116933541132059659'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/116933541132059659'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bigotuda.blogspot.com/2007/01/segunda-entrega_116933541132059659.html' title='SEGUNDA ENTREGA'/><author><name>Pablo Paniagua</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-29674757.post-116863012651681490</id><published>2007-01-12T20:23:00.040+01:00</published><updated>2011-12-28T05:16:07.365+01:00</updated><title type='text'>PRIMERA ENTREGA</title><content type='html'>&lt;span style="color:#c0c0c0;"&gt;.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;a href="http://photos1.blogger.com/x/blogger/6818/3167/1600/860179/Bigotuda01.jpg"&gt;&lt;img style="TEXT-ALIGN: center; MARGIN: 0px auto 10px; DISPLAY: block; CURSOR: hand" border="0" alt="" src="http://photos1.blogger.com/x/blogger/6818/3167/400/784655/Bigotuda01.jpg" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;INTRODUCCIÓN&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;1.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Cuando nos surge la idea de realizar algo diferente, respecto a lo que sucede en la vida cotidiana, pasamos al mundo de lo imaginario, a los espacios donde se desarrolla la fantasía.” (Jean Pierre Tuffy)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Exex, sin duda, es única y especial. A primera vista se la ve, acercándose al caminar, de cuerpo esbelto y torneado, con un paso decidido y cadencioso que le hace mover las caderas con cierta elegancia sensual, con el pelo corto y de cara hermosa, por esos grandes ojos de color miel y esa boca de labios carnosos que la decoran, de tez blanca con textura de melocotón. Pero en ella, aparte de tal belleza general, hay algo que la hace diferente a cualquier otra mujer, algo en sí desconcertante, un estigma capaz de atraer la mirada de cualquiera; y no es que esa marca distintiva afee su persona, pues parece que su personalidad por tal hecho se acrecienta, pero en el fondo resulta tan extraño, tan irreal, que es difícil de aceptar. Exex parece toda una mujer, y lo es, vestida con moderna elegancia de modelo de pasarela, la que es su profesión, donde cada día es más famosa por ser portada de algunas revistas, además de ser requerida por los mejores diseñadores para figurar en los eventos internacionales de la moda, en París y en Milán. ¡Qué guapa es!, y todo a pesar de eso, de esa marca que en cualquier otra mujer sería motivo de mofa, pero en ella lo es de admiración, que la sublima hasta límites insospechados. Y es que Exex, en contraste con su belleza descomunal, tiene bigote, aunque el suyo no es al estilo de la mítica Frida Kahlo, una mera sombra de vello, pues más se parece al de aquel dictador soviético llamado Josef Stalin, por ser espeso y de color marrón, de gruesos y largos pelos. Pero aun así, sin ningún complejo, se deja ver Exex, con ese rastro insólito de belleza convulsa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;2.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Willy no es un niño normal para su edad, pues ya, a sus cinco años, en su mente le ronda una sola idea: la de querer suicidarse. Y todo porque no le gusta esta vida, porque su padre cuando llega todos los días a casa borracho le golpea, sin que su madre haga nada para evitarlo; porque los demás niños en el colegio, también todos los días, se ríen de él, por ese labio leporino mal cosido y su cara fea, con la nariz escurrida hacia abajo y las orejas de soplillo; y piensa que Dios y la vida, la naturaleza, han sido injustos con él, porque siendo tan pequeño ya se da cuenta de estas cosas y para él la existencia es algo parecido a un infierno, pues no quiere echar para adelante con las golpizas de su padre y los insultos de sus compañeros que le gritan en el recreo: ¡Feo, feo, feo!&lt;br /&gt;Lo suyo poco arreglo tiene, cuando ni siquiera se imagina la posibilidad de una cirugía plástica o la adopción de una nueva familia, con lo que la salida más rápida y sencilla parece ser la del suicidio, la de atarse una soga al cuello y saltar al vacío, pues ésta es, en principio, la opción que más le gusta, la que eligió; y me refiero a la forma y no a la idea en sí, pues podía haber pensado en beberse una botella de lejía o amoniaco, cortarse las venas o meter la cabeza dentro de una bolsa de plástico, tirarse bajo las ruedas de un autobús o a las vías del metro, o saltar al vacío en un único e irrepetible planeo (y no digo esto por sus orejas desplegadas, más cuando en el colegio le pusieron el mote del “Avioneta”). Alguna razón psicológica tiene que haber respecto a la elección en la modalidad de un suicidio, pues lo de la soga al cuello es más metódico y estudiado, cuestión arquitectónica y no debida a un simple arrebato sino a un pensamiento ya definitivo, fuera de todo impulso, salvo ese último del salto gravitatorio que es algo físico y natural (aunque hacerlo de Ícaro, en este caso, sería más apropiado de acuerdo a las leyes de la física); pero lo curioso es que cada suicida tiene aferrada en su mente, además del hecho de acabar con su vida, la manera de cómo hacerlo, y si falla, no lográndolo a la primera, lo intenta de igual forma sin variar el método aunque varíen las circunstancias, como podría ser cambiar las pastillas rojas por las azules. Todo un mundo el de los suicidas, muy particular, con su técnica añadida, aparte del desequilibrio mental y el sufrimiento, de la desesperación para decidirse a tomar esa puerta de escape, de algo que les fue regalado sin querer y en situación desventajosa, una vida que no se desea y se convierte en una pesadilla, tal como le sucede a Willy a pesar de su corta edad.&lt;br /&gt;También, como una reacción a este problema, a ese capricho de la genética y el azar, Willy decidió dejar de hablar para no atraer más la atención hacia él con el sonido de sus palabras, para no sentirse herido con las miradas de inspección al toparse con semejante fealdad. Prefiere negar, con el silencio, todo rastro suyo en este mundo que le duele, que nunca deseó, cuando llegó de invitado con ese labio leporino y esa cara de monstruo repelente.&lt;br /&gt;Y se encaminó con la soga bajo el brazo buscando algún lugar, que sólo quería solitario y sin la presencia de molestos espectadores. Iba por el arcén de una autopista con una sola imagen aferrada en su cabeza, en la que aparecía él, colgando inerte, sobre un fondo de cielo azul nítido. Hubiera sido más fácil, en ese momento, echarse a las ruedas de un coche o un camión, pues a su lado pasaban a gran velocidad, pero esa alternativa ni siquiera se la planteó, sólo quería sentir la cuerda apretando el cuello, el vacío bajo los pies. Vio a su derecha un camino que conducía hacia una importante industria láctea, y el lugar le pareció perfecto, pues era día festivo. Una vez en las inmediaciones buscó la manera de entrar, y lo hizo por un hueco, en una esquina de la parte posterior, lo suficientemente ancho para que su pequeño cuerpo se escurriera por ahí. Ya había burlado el control de los vigilantes de seguridad y ahora sentía cierta excitación, pues ya se acercaba el momento crítico, definitivo, y oteaba aquí y allá para encontrar el sitio donde atar la soga. Su atención se fijó en unas escaleras que ascendían en espiral, alrededor de una alta torre, y hacia allí dirigió decidido sus pasos. El cielo no estaba limpio y había grises nubarrones, cuando su último lugar le atraía con una fuerza extraña, esa torre de hormigón que se recortaba con su escalera roja en el espacio, la que luego subió hasta la mitad de su tramo. Soplaba un aire ligero y comenzó a anudar la cuerda, metódico para su edad, preciso a pesar de los nervios, y en un par de minutos ya tenía todo dispuesto. Se la echó al cuello y sin pensarlo, mirando hacia abajo, saltó al vacío… Willy aparecía sobre las escaleras de forma dramática y grotesca, sacando su lengua roja asfixiantemente, con los ojos bizcos e inflamados por la presión de la sangre en la cabeza. Estaba a punto de morir, el solitario lugar le miraba indiferente y sus segundos en este mundo estaban contados. Delante de él, decorando la escena, en un gran cartel publicitario se podía leer: “Lácteos Sun Life.”&lt;br /&gt;Y cuando ya casi lo había conseguido, en ese preciso instante en el cual creía que iba a acabar con su penosa existencia, alguien cortó la cuerda. El chiquillo, tras caer con estrépito sobre los escalones, miró hacia arriba con su cara fea y gritó furioso: ¡¡¡Idiota!!!&lt;br /&gt;Este hombre que conseguía que Willy volviera a hablar era Frank O’Kelly, que de casualidad bajaba por esa escalera acompañado de una mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“A merced del mundo estás, si en él estás.” (Richard Lucke)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;3.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Exex se arregló para salir a bailar, con un vaporoso y escotado vestido, un chal de plumas blancas y zapatos de tacón. Recién llegada estaba en Nueva York, con sus diecinueve años cumplidos, para trabajar en la mejor agencia de modelos, la misma de las afamadas Fiona Krüger, Pati Austin y Dana Bowles, las diosas de la pasarela. Se fue para la ciudad de los rascacielos sola, sin conocer a nadie y con una carta de recomendación de Alfredo Spaci, el diseñador más connotado de Milán y triunfador en la última gala parisina de la moda, de la temporada primavera-verano. Y llegó con un par de pesadas maletas y con toda su inocencia virginal, después de terminar el bachillerato en un colegio femenil. Pero pronto se abrió a la vida y, en ese círculo de divas sin par, empezó a salir con Yves Belmont, el conocido play-boy y multimillonario que amasó una fortuna con la venta de productos culinarios envasados, de huevas de rana, ancas en salmuera y renacuajos en vinagreta, de la más alta calidad bajo la genuina marca Belmont, y con él, precisamente, era con quien había quedado en verse en The Cube, la discoteca más exclusiva de Nueva York.&lt;br /&gt;Tomó un taxi y en un rato estaba frente a la puerta, donde la mayoría de las personas, todas vestidas a la última, esperaban la oportunidad de entrar bajo la mirada atenta de los porteros y las luces de neón que se reflejaban en la noche con destellos plateados. Pero ella no era de las que debían esperar y rápido se le abrió paso entre la multitud, para que con su andar armonioso, de largas piernas, entrara en el hall acristalado de The Cube, con su mostacho prominente y su increíble hermosura, cuando era presa de todas las miradas.&lt;br /&gt;Mientras tanto, en un reservado de la zona “vip”, entre la penumbra discotequera y la música electro dance, Yves Belmont hablaba de algún asunto delicado con Frank O’Kelly, personaje de oscuros negocios, que algo le andaba reclamando al “rey de las ancas de rana”:&lt;br /&gt;–Ni se te ocurra pensar que me la vas a quitar así de fácil –le decía O’Kelly.&lt;br /&gt;–A mí, nadie me da órdenes –le respondió Belmont, con insolente desdén y aires de superioridad.&lt;br /&gt;–Mira... Conmigo no te quieras pasar de listo –le advirtió.&lt;br /&gt;–Yo, lo que quiero lo tomo –replicó–. Más cuando tú no eres dueño de ella –añadió envalentonado, y al saberse protegido por los dos guardaespaldas que siempre le acompañaban.&lt;br /&gt;–Ésa, es muy mala decisión –le dijo, amenazante.&lt;br /&gt;–¿Sabes lo que te pasa? –reaccionó Belmont–. ¡Qué estás fuera de lugar!… A si que, ¡ale!, largo, fuera de aquí… –dijo, moviendo la mano con desprecio.&lt;br /&gt;O’Kelly hizo intención de abalanzarse sobre él, pero uno de los fornidos guardaespaldas se interpuso empujándole hacia atrás.&lt;br /&gt;–¿Estás sordo? ¿O qué? –se burló Belmont–. Vete a tu sitio, por ahí en la puerta de los retretes… –y rió arrogante la ocurrencia.&lt;br /&gt;O’Kelly le echó una última mirada, inundada de odio, y se marchó sin otra opción de la zona “vip”.&lt;br /&gt;–¡Qué se habrá creído este tipejo!&lt;br /&gt;Terminó por exclamar Belmont, que se acercó hacia una mesa donde le esperaban un par de bellas mujeres y unos amigos, y ahí se sentó sonriente. Exex no tardó en unirse al grupo cuando, al minuto de la salida forzada de Frank O’Kelly, llegó con su presencia bigoteril.&lt;br /&gt;–¡Hola chicos! –saludó simpática, con su voz de todavía ingenua adolescente.&lt;br /&gt;En la oscuridad los flashes parpadeaban en la pista principal, que estaba repleta de personas bailando, pero ahí, en los reservados, el sonido no era tan alto y el ambiente asemejaba una bruma artificial que se teñía de colores. Pati Austin, con su cabellera lacia a lo rubio platino, se acercó también hacia la mesa para saludar, en especial a Belmont, que se levantó (cosa poco habitual en él por su ya conocida petulancia) para regalarle un beso, suave y casi licencioso, en la mejilla derecha. Exex sintió algo feo, celosa ella, seguro que por su poco conocimiento de la ociosidad nocturna y experiencia general de la vida, y frunció tantito el bigote; aunque luego pensó que no sería bueno mostrar así sus emociones y trató de controlarse sacando una sonrisa, pues no era inteligente hacer ver su desagrado delante de tan afamada modelo (por eso de las envidias profesionales, más cuando ella era todavía una primeriza), por lo que rápido su bella dentadura relució bajo aquel espeso bigote, arqueándose hacia arriba por el estiramiento natural del labio superior. Pati Austin se fue, con su andar sensual minifaldero, hacia una mesa contigua donde le esperaba Adrián Gonsalves (destacado piloto brasileño de Fórmula 1), mientras que Belmont regresaba para sentarse junto a Exex.&lt;br /&gt;–¡Brindemos por las bellas mujeres!... ¡Y en especial por Exex! –exclamó Belmont, mientras un camarero comenzaba a abrir una botella de champagne Don Perignon.&lt;br /&gt;Alzaron las copas, con el espumoso y burbujeante líquido contenido, y refrescaron sus gargantas con la alegría compartida de esa velada, entre sonrisas y canapés de huevas de rana Belmont, caviar, queso francés y diverso tipo de panecillos hojaldrados. Esex se sintió satisfecha por ser el centro de atención, aunque fuera por unos segundos, después de que Pati Austin le robara el protagonismo tras su llegada.&lt;br /&gt;La reunión se fue animando, entre copas de champagne y alguna que otra raya de cocaína, hasta alcanzar el grado de fiesta alegre, momento en el que Exex decidió irse a bailar en compañía y por invitación de un tal Roger, amigo íntimo de Yves Belmont.&lt;br /&gt;Ella se movía con cierta gracia, con la elegancia elástica de modelo profesional, pero él, en contraste, parecía más bien un primate agarrotado, auténtico orangután vestido con traje de chaqueta (de Giorgio Armani, eso sí), cuando trataba de mantener el tipo con sus torpes movimientos frente Exex. La atención en aquella pista, desde luego, era para esa mujer que alzaba orgullosa su bigote al movimiento de los ritmos repetitivos de la música electrónica, y algunos hombres, los que tenían el valor para acercarse, viraban sus pasos envueltos en el baile en dirección hacia ella, mientras que su acompañante seguía con toda suerte de saltos simiescos. Pronto se vio rodeada por tres atractivos danzantes, más otro que ya parecía sobrar, hasta que este último, intuyendo su ridícula presencia, al terminar la canción tomó la mano de Exex y se la llevó de allí con pretensión altanera.&lt;br /&gt;Al llegar a la mesa Yves Belmont ya no estaba, aunque sí el resto del grupo, y Exex miró a su alrededor con la intención de localizarle, pero sólo pudo advertir que Adrián Gonsalves permanecía solo en su mesa sin la compañía de la rubísima Pati Austin. Decidió, entonces, ir a buscarle, por lo que se excusó con el pretexto de ir al baño, momento que aprovechó una de las amigas de Belmont para acompañarla. Exex no se pudo negar, aunque sus intenciones no eran las de hacer pipí (pues las mujeres bellas no mean), y así aceptó la compañía con tal de echar un vistazo por los alrededores. Cuando llegaban a la entrada de los baños, Exex decidió dar esquinazo a la amiga de Belmont con la típica estrategia de haber visto a alguien conocido.&lt;br /&gt;–¡Vi a Patrice! –exclamó, y salió corriendo al encuentro de la multitud.&lt;br /&gt;Exex sabía perfectamente que el remilgado de su novio era casi incapaz de mezclarse con la gente vulgar, o sea, con los normales, pues una cosa era ser famoso y pertenecer a la jet-set y otra muy distinta ser un perfecto desconocido, lo que al final, para él, era una cuestión de clase y eso de juntarse con los plebeyos le parecía poco estiloso e incluso denigrante, tal como estrechar la mano de un limpiabotas o un fregador de urinarios. Por esa razón se dirigió hacia la otra zona “vip”, que era el único sitio, aparte del baño de caballeros, donde podía haberse metido. El otro reservado era similar, pero sus visitantes solían ser parejas y no grupos de amigotes escandalosos y gritones, gente que buscaba cierta intimidad para charlar o que de plano se entregaba al juego de la seducción. La luz era roja y al entrar el cuerpo y la ropa se teñían de ese color, como si todos se hubieran bañado en “mercromina”. Algunos se besaban, otros bailaban sensualmente en pareja, mientras los demás charlaban o se insinuaban sentados. En un rincón pronto vio una cabellera rubia, que ahora con la iluminación se mostraba de rosa chillón, tal como un semáforo o una señal cuando te advierten del peligro. Sin duda era Pati Austin, por su reconocible minifalda y las impresionantes piernas que se mostraban de espaldas, que estaba siendo abrazada y besada por un hombre cuyas manos eran idénticas a las de Yves Belmont. ¿Qué hacer?, pensó nerviosa y con el corazón acelerado. Una de dos, se dijo, o salgo de aquí con la cabeza gacha y quedo como una tonta (pues ya tenía claro que lo de irse a bailar con el amigo de Yves, fue una estrategia para escabullirse con la maldita Pati a ese rincón), o reacciono de algún modo, con algo más de carácter, para demostrar que soy toda una mujer y algo más que una niñata. Miró hacia su derecha y vio dos vasos llenos, uno de whisky en las rocas y el otro de una bebida de las que se preparan con leche y algún tipo de licor, y creyó más conveniente arrojarle a la cara el preparado lácteo, por eso de la mancha desagradable y pegajosa, aunque tampoco era de desestimar el escozor en los ojos de la mayor concentración etílica del whisky, pero supuso que a su novio traicionero le sería insoportable aguantar toda la noche con un blancuzco empaste encima.&lt;br /&gt;–¡Yves! –gritó Exex.&lt;br /&gt;A lo que Pati Austin se volvió para mirar, dejando a la vista el sorprendido rostro de Belmont que en ese instante recibió una lluvia dulzona, sin que sus guardaespaldas, que vigilaban a la distancia, lo pudieran evitar. Pati reaccionó y se echó instintivamente hacia un lado, mientras observaba la acción ofensiva de la bigotuda, pero él, que se quedó inmóvil, no pudo hacer nada para esquivar el ataque. Acabó empapado, con chorretones blancos por el pecho y la ropa, y con un nuevo tipo de gomina. Ahora, por lo menos, se iban a enterar de que con ella no se jugaba, aunque tuviera que cambiar su círculo de amistades. El suceso estaría en boca de todos, cuando el mismísimo Yves Belmont se veía humillado por una mujer de diecinueve años sin tan siquiera llevarse el triunfo de su virginidad. Ahora, lo más probable, es que todos se rieran a sus espaldas o al menos sería el blanco de un sinfín de comentarios sarcásticos, con lo que su cotización de galán se iría a la baja.&lt;br /&gt;–¡No sabes lo que has hecho! –alcanzó a exclamar un furioso Belmont–. ¡Voy a acabar con tu carrera! ¡Bigotuda de mierda!&lt;br /&gt;–¡Ojalá te mueras, maldito! –le gritó Exex, a la vez que se dio la vuelta y se marchó.&lt;br /&gt;Pati Austin, sin saber qué hacer, no tardó en excusarse, pues desde luego no iba a exhibirse con Belmont en tal estado, cuando la ponía, por demás, en evidencia.&lt;br /&gt;–Con permiso –dijo, y se fue de allí tratando de contener la risa.&lt;br /&gt;Exex optó por marcharse y se dirigió hacia la salida, donde se cruzó con Fiona Krüger a la que saludó con un gesto ligero, pues caminaba rápido. Luego bajó el corto tramo de escaleras que terminaba entre multitud, y ante el escrutinio de todas las miradas, pues siempre era espectacular ver a una top model en carne y hueso, acabó en la calle con la intención de tomar un taxi para regresar a su casa. No era normal que una mujer tan bella saliera sola de The Cube, sin la compañía de algún galán o dispuesto y solícito amigo, pero las cosas se dieron así, además de que no le quería amargar la noche a nadie, con la excepción, claro está, de Yves Belmont.&lt;br /&gt;Por ahí fuera, apoyado en un coche, estaba un pensativo Frank O’Kelly que, al ver pasar a Exex, se acercó hacia ella.&lt;br /&gt;–¡Señorita! ¡Señorita!&lt;br /&gt;Exex miró de reojo, y vio a un hombre vestido con una americana de color pistacho y pantalones negros. El tipo tenía un aspecto singular, pues no era ni joven ni maduro, con el gesto férreo y varonil, con una mirada extraña por el hecho de tener un ojo de cada color.&lt;br /&gt;–No es bueno que una mujer como usted, ande sola en la noche –señaló O’Kelly.&lt;br /&gt;–Sólo voy a tomar un taxi… –dijo seria.&lt;br /&gt;–Permítame, entonces, acompañarla hasta que llegue –se ofreció, sonriendo galante.&lt;br /&gt;Como Exex no tenía ganas de discutir aceptó el ofrecimiento sin decir nada, además de que el tipo le parecía interesante con su presencia de hombre verdadero y esa mirada fuerte y desigual, la que le ofrecían unos ojos de color ámbar y otro marrón.&lt;br /&gt;–Me llamo Frank O’Kelly –y le tendió la mano.&lt;br /&gt;Ella se fijó en los labios cuando le hablaba, en su rictus cuando entre ellos salía esa voz masculina, en su mentón rectangular, y sintió un repentino escalofrío y una contracción entre las piernas, un cosquilleo de placer en ese lugar, algo efímero, como un soplo nocturno que también le endureció los pezones.&lt;br /&gt;–Yo, Exex –y al juntar su mano con la de él esa sensación se incrementó.&lt;br /&gt;O’Kelly acercó los labios a su piel, a la mejilla, y la besó suave, deteniéndose en ese instante. Exex creyó que se le erizaba todo el vello de su cuerpo y los pelos del bigote. Se quedó casi paralizada y algo nerviosa, pues nunca había experimentado nada similar, cuando los latidos del corazón se concentraron en su parte más íntima.&lt;br /&gt;–Ese bigote que tienes te sienta muy bien –dijo él, sin soltar su mano–, además, eres una mujer impresionante.&lt;br /&gt;Exex respiró hondo, pues parecía que se le acababa el aire, y pudo llenar sus pulmones con el aroma de ese hombre. Sus ojos estaban fijos en los suyos, con la atracción hipnótica que desprendían, y sintió perder la voluntad en el momento en que les iluminó las luces de un taxi, al que Frank O’Kelly le hizo la señal de alto. El taxi paró a su lado, y él le abrió la puerta. Exex siguió de pie, mirándole, y O’Kelly la besó en los labios. Luego, entró en el automóvil sin dejar de mirarle, como lo haría un animalillo indefenso, y él, antes de cerrar la puerta, le pidió el número telefónico que ella le entregó después de apuntarlo con lápiz de ojos en un papel.&lt;br /&gt;El taxi arrancó y Frank O’Kelly esbozó una sonrisa, a la vez que veía desaparecer una mancha amarilla en la oscuridad, al final de la calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;“Todo sucede en un instante.” (Saraswati Singh)&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;____________________________________________&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Derechos Reservados - Copyright © Pablo Paniagua&lt;br /&gt;COMENTARIOS: paniaguauno@yahoo.es&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div align="justify"&gt;&lt;span style="font-size:0;"&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/29674757-116863012651681490?l=bigotuda.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/116863012651681490'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/29674757/posts/default/116863012651681490'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://bigotuda.blogspot.com/2007/01/primera-entrega_12.html' title='PRIMERA ENTREGA'/><author><name>Pablo Paniagua</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author></entry></feed>
